ANCIANOS, OBISPOS Y PASTORES

A modo de introducción, y antes de abordar directamente el tema de los ancianos, obispos, y pastores, nos parece necesario comenzar poniendo en evidencia esa operación del hombre na­tural en su forma religiosa, que reclama y pretende primacía y jerarquía. Y deseamos asimismo, considerar cómo el Señor Jesús respondió a tal pretensión cuando enfrentó al mundo reli­gioso de su época; y cómo también, corrigió a sus discípulos cuando esa misma pretensión surgió en sus corazones.

“Aman los primeros asientos en las cenas, y las primeras si­llas en las sinagogas, y las salutaciones en las plazas, y que los hombres los llamen: Rabí, Rabí. Pero vosotros no queráis que os llamen Rabí; porque uno es vuestro Maestro, el Cristo, y to­dos vosotros sois hermanos. Y no llaméis padre vuestro a na­die en la tierra; porque uno es vuestro Padre, el que está en los cielos. Ni seáis llamados maestros; porque uno es vuestro Maestro, el Cristo. El que es el mayor de vosotros, sea vues­tro siervo. Porque el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido”(Mateo 23:6-12).

Hay en el hombre adámico una terrible e inicua forma religio­sa, que se torna tanto más inicua toda vez que pretende espiri­tualidad y piedad, procurando, de una manera camuflada, la propia gloria y exaltación personal. Esta forma del hombre reli­gioso nunca se contenta en ser “un hermano entre hermanos”; ella quiere superioridad y primacía. Demanda para sí títulos rim­bombantes, dignidades especiales, jerarquía sobre otros. No im­porta cuál sea el credo de ese hombre religioso en Adán, y no im­porta si lleva el título de “cristiano” o cualquier otro, de todos modos él anhelará el reconocimiento de otros, un lugar espe­cial, un título de distinción, una primacía o jerarquía superior. Los escribas y fariseos de la época del Señor, constituyen la más contundente expresión de esta clase. Ellos deseaban ser llama­dos “Rabí, Rabí”. Mas la preciosa enseñanza del Señor a los dis­cípulos, iba en diametral oposición al curso de esta hipócrita pretensión religiosa. “Vosotros no queráis que os llamen Rabí; porque uno es vuestro Maestro, el Cristo, y todos vosotros sois hermanos”. Si Cristo es el objeto de mi corazón y Él es todo para mí, yo no desearé ninguna dignidad especial para mí mis­mo. Si Cristo es todo para mí, yo no buscaré mi propia gloria ni pretenderé superioridad entre mis hermanos. Si Cristo llena mi corazón, yo me vacío de mí mismo. Es necesario que velemos y nos juzguemos a fin de que no se manifieste en nosotros mis­mos, este hombre religioso en Adán que busca títulos, reconoci­mientos especiales, y glorias personales. A él le suena muy mal la expresión: “todos vosotros sois hermanos”. Él no aceptará ser como otros, él deseará ser más que ellos y estar por sobre ellos. Así, este inicuo hombre ha hecho del cristianismo el lugar y la posibilidad para su exaltación. Y en este sentido, ha origina­do sistemas de jerarquías y títulos rimbombantes que gusta os­tentar y exhibir. A hecho del cristianismo un sitio que alberga las más obstinadas jerarquías para la honra de su propia y despre­ciable gloria humana. Humanidad, que aunque con el brillo de la religión y con la apariencia de la piedad, es tan perversa co­mo toda otra forma adámica.

¡Cuán necesario es velar sobre nosotros mismos en relación a esto! Notemos que aun los mismos discípulos cayeron en esta trampa. Ellos, discutieron entre sí sobre quién sería el mayor.

“Entonces entraron en discusión sobre quién de ellos sería el mayor”(Lucas 9:46). Ni aun los más íntimos seguidores del Señor, se vieron libres de tan nefasto sentimiento e influencia. Pero no­temos la respuesta del Señor a ello:“Jesús, percibiendo los pensamientos de sus corazones, tomó a un niño y lo puso jun­to a sí, y les dijo: Cualquiera que reciba a este niño en mi nom­bre, a mí me recibe; y cualquiera que me recibe a mí, recibe al que me envió; porque el que es más pequeño entre todos vosotros, ése es el más grande” (Lucas 9:47-48).“El que es el mayor de vosotros, sea vuestro siervo. Porque el que se enaltece se­rá humillado, y el que se humilla será enaltecido” (Mateo 23:11-­12). La verdadera grandeza está en la capacidad de humillación y de servicio. Hacerse como un niño pequeño, que nada preten­de para sí, que no busca gloria por sobre otros ni reclama los de­rechos del “yo”, era el remedio al asunto. El espíritu que debía regir la relación entre los discípulos era el fraternal:“porque uno es vuestro Maestro, el Cristo, y todos vosotros sois her­manos” (Mateo 23:8). Si Cristo es la autoridad entre los suyos, na­die debe pretender un lugar de superioridad o señorío sobre el otro. Así, el Señor erradica de entre los discípulos el espíritu de señorío, pues allí debe primar el sentimiento fraterno.

Como lo hemos dicho, el cristianismo no se ha visto ajeno a es­tas pretensiones de primacía. En 3Juan 9 encontramos a Diótrefes, “al cual le gusta tener el primer lugar”, y no recibía a los após­toles. Es tan propio del hombre religioso el anhelo de primacía sobre otros, que es necesario que cada uno de nosotros velemos en ello. El hecho de que hayan existido en la Iglesia antigua car­gos locales u oficios (que conocemos como ancianos u obispos), y el hecho de que exista el don de pastor, ha motivado que mu­chos que procuran la primacía hayan echado mano a estas cosas para tergiversarlas y quitarlas de su correcto lugar según las Escrituras. Por otro lado, un sinnúmero de títulos y jerarquías tan artificiales como anti-escriturales, hoy pululan en la cris­tiandad profesante. Deseamos abrir la Palabra en este asunto, procurando hacerlo de una manera sencilla y breve, a fin de traer alguna luz a aquellos que por la gracia del Señor, sean guar­dados de ese nefasto deseo de primacía o de superioridad sobre otros.

Habiendo ya denunciado esa perversa pretensión de primacía del hombre religioso en Adán, es necesario dar un paso adelante en nuestro análisis, para abordar el tema de los ancianos u obis­pos, y el de los pastores. Y al entrar en este terreno, debemos afirmar que la confusión es grande. Los diversos sistemas deno­minacionales del cristianismo de hoy, hacen un uso indiscrimi­nado de títulos para designar jerarquías, apartándose general­mente del sentido y orden escritural, e incluso introduciendo muchas otras jerarquías que no están mencionadas en la Pala­bra de Dios, y que solo agregan confusión a la mucha que ya rei­na. Así, un cristiano cualquiera se ve bombardeado por un idio­ma eclesiástico en donde no solo oye acerca de pastores, de obispos y de ancianos, sino también de sacerdotes, de reveren­dos, de apóstoles, de arzobispos, de cardenales, de prelados, entre otras pretendidas dignidades. Ante tal confusión, debe­mos recurrir a las Escrituras para procurar dar luz al asunto. Y al hacerlo, notaremos que ellas hablan bajo cierto rigor que es ne­cesario captar, para no caer en profundos errores. El solo hecho de que en ciertos pasajes se mencionen ancianos, obispos, o pas­tores, no significa una ilimitada licencia para establecer indis­criminadamente jerarquías o introducir todo un orden de pri­macía, que en ocasiones se desarrolla como un rígido e impermeable sistema clerical.

En este escrito solo abordaremos el tema de los ancianos u obispos o sobreveedores, y el de los pastores, pues son los tér­minos que aparecen en las Escrituras y que más frecuentemente han sido y son utilizados de una manera errónea, por los nume­rosos sistemas de la cristiandad. Al llegar aquí, es necesario de­cir que es de importancia fundamental distinguir entre lo que es un cargo local (u oficio), y lo que es un don. En tal sentido, nos proponemos demostrar según las Escrituras, que los “ancia­nos”, “sobreveedores” u “obispos” son cargos locales y no do­nes. A la vez, veremos que “pastor” es un don y no un cargo lo­cal. Y que en el caso de los dones no hay nadie que tenga la po­testad de designarlos ni conferirlos. Veremos también, que el cargo local responde a una designación formal que involucra la intervención de autoridad apostólica (Hechos 14:23). Por el contra­rio, el don es una capacidad espiritual para el ministerio conce­dida directamente por el Cristo resucitado y ascendido a los cie­los (Efesios 4:8). Y confirmaremos que en tanto que el cargo local es­tá circunscripto a la Asamblea local, el don es universal. El don no posee una Asamblea local como límite que circunscribe su ejercicio y el ministerio que le corresponde, sino que por el con­trario, tiene como terreno la edificación del Cuerpo de Cristo (Efesios 4:11-15). En vivo contraste con esto, el cargo local corres­ponde a la administración local de la Asamblea. Entonces, así co­mo el cargo local u oficio tiene por ámbito la Asamblea local, el don pertenece a un terreno mucho más amplio y totalmente dis­tinto: el Cuerpo.

Dejemos ahora esta introducción general, para citar varios pa­sajes de las Escrituras en donde se habla concretamente de los ancianos. Aunque parezca obvio e innecesario de mencionar, di­remos que la palabra anciano es utilizada en varios sentidos en las Escrituras. Aquí no nos referiremos a los ancianos de edad ni a aquellos que eran “ancianos en Israel” o “ancianos de los ju­díos”. Los que, en este último caso, conformaban un cuerpo y dignidad administrativa de gobierno y responsabilidad en Israel. En tal sentido aparecen en Hechos 4:8 y 25:15 (ver también 22:5; 23:14). Aquí, solo nos referiremos a aquellos que pueden ser identificados como ancianos de la Iglesia (Santiago 5:14). Y en este respecto, hablamos de los que por experiencia, madurez, dis­cernimiento y entendimiento espiritual, pueden ayudar y guiar a otros en la vida de la fe. En este sentido, la calidad de anciano no constituye un don. No tenemos ninguna referencia en las Escrituras que tal oficio sea un don; nunca los ancianos u obispos son mencionados entre los dones. Nótese que en las tres listas donde se mencionan dones, ellos no aparecen (Romanos 12:6-8; 1Corintios 12:7-11; Efesios 4:7-12).

Sabemos, por varios textos del libro de Hechos, que había an­cianos en la Iglesia de Jerusalén: Hch 11.30; 15.2,4,6,22,23;

16.4. Y es por demás evidente, que estos eran cosa bien distinta a los ancianos en el judaísmo. Al haber llegado aquí, y conocien­do que había ancianos en la Iglesia de Jerusalén (y luego entre los gentiles), necesariamente surge la pregunta: ¿Cómo se de­signaban? ¿Quiénes los establecían? Si es que este cargo no es un don, ¿cómo eran entonces establecidos y cuál era la autoridad que lo hacía? El Señor, en los días de su ministerio, había esta­blecido doce apóstoles, pero no ancianos. Y como hemos visto, nunca se habla de un anciano u obispo como algo que se relacio­ne con los dones espirituales. Para responder y comprender esto que hemos planteado, es necesario observar varios puntos. En primer lugar, notemos que desde muy temprano los ancianos son mencionados en la Iglesia de Jerusalén, y que siempre apa­recen junto a los apóstoles. Advirtamos la siguiente expresión repetitiva, que puede aparecer con algunas ligeras variantes: “los apóstoles y los ancianos” (Hechos 15:2,4,6,22,23; 16:4). Esto siempre en relación a la Iglesia en Jerusalén, pero en relación a Antioquía, no encontramos ancianos, sino “profetas y maes­tros” (Hechos 13:1). Es importante destacar que en un principio no se habla de ancianos entre las Iglesias gentiles, pero sí en Jerusa­lén. Este detalle puede parecernos sin importancia, pero en rea­lidad posee mucha. Allí donde había apóstoles había ancianos, pero donde no se menciona autoridad apostólica, no se mencio­na tampoco ancianos. Como lo veremos enseguida con toda cla­ridad en Hechos 14:23, el cargo local de anciano es cosa estableci­da por medio de autoridad apostólica. Los había en Jerusalén porque los apóstoles los habían de alguna manera reconocido (*1),

 

(*1).Decimos “reconocidos” y no establecidos ni constituidos, porque en verdad nunca se lee que los apóstoles de Jerusalén hayan establecido en sus cargos a los ancianos de allí. No obstante, persiste siempre el principio que no hay ancianos sin autoridad apostólica, ya sea que convivan con ella o que ella los establezca.

 

pero no los hallamos entre los gentiles hasta que Pablo, el gran apóstol de ellos, comienza su ministerio y los establece en cada localidad, o da instrucciones para que sus delegados apostólicos lo hagan (Tito y Timoteo). Digamos entonces, que es notorio que en un principio solo haya habido ancianos en la Iglesia de Jeru­salén y no entre los gentiles. Pero desde Hechos 14:23, observamos que son establecidos en las Asambleas gentiles por medio de Pa­blo, el apóstol de los gentiles. Pablo y Bernabé “constituyeron ancianos en cada iglesia, y habiendo orado con ayunos, los en­comendaron al Señor en quien habían creído” (Hechos 14:23). Este pasaje es fundamental para conocer en profundidad el te­ma de los ancianos. Si no constituyen un don espiritual proce­dente de la Cabeza (Cristo resucitado en los cielos), es porque evidentemente alguien los establecía. Y siempre que son esta­blecidos, necesariamente apreciamos la presencia de autoridad apostólica. Si los había en Jerusalén, era porque había apósto­les que los habían reconocido allí. Y si los había entre los genti­les, era porque Pablo o sus delegados apostólicos los habían constituido. Pero en un caso y en el otro, es evidente la impres­cindible presencia de la autoridad apostólica. Y notaremos a lo largo de toda la Escritura neotestamentarias, que no había otro principio de autoridad que pudiera hacerlo. Nunca se lee ni se instruye que un anciano o cuerpo de ellos pueda ordenar a su vez un anciano, ni que una Asamblea local lo haga. Como lo ve­mos aquí, y quedará confirmado en otros textos que enseguida abordaremos, no pueden existir ancianos sin autoridad apostó­lica que los establezca. Y al decir autoridad apostólica, habla­mos de aquellos que poseían ese don especial y fundacional de la Iglesia: el de apóstol. Y cuando Tito y Timoteo los pudieron es­tablecer, ellos hicieron uso de una especial delegación de la au­toridad apostólica en ese preciso sentido. Notemos que las ins­trucciones y requisitos para designarlos, no se les confiaron a otros ancianos ni a una Asamblea, sino a estos delegados apostó­licos (1Timoteo 3:1-7; Tito 1:5-16).

Antes de seguir adelante, es necesario aclarar que los ancia­nos son lo mismo que los obispos. Esto podría parecer disparata­do para aquellos que están habituados a conceptos religiosos que otorgan a un obispo una amplia esfera de autoridad. Pero en las Escrituras, es evidente que los primeros y los segundos son la misma cosa. La diferencia está en la perspectiva que se los mi­ra, pero no se trata de cargos locales diferentes. Esto queda bien claro en Hechos 20 y en la epístola a Tito. Si observamos con atención Hechos 20:17 y lo contrastamos con el versículo Hechos 20:28, po­dremos advertir la verdad que expresamos. Pablo “hizo llamar a los ancianos de la iglesia” de Éfeso (Hechos 20:17), pero luego, dirigiéndose a ellos, les dice:“mirad por vosotros, y por todo el rebaño en que el Espíritu Santo os ha puesto por obispos, para apacentar la iglesia del Señor...” (Hechos 20:28). En la epís­tola a Tito esto se hace más evidente que nunca, cuando se ha­bla de establecer ancianos (“establecieses ancianos”; Tito 1:5) y en el contexto siguiente, cuando se dan las características que deben reunir, se dice:“es necesario que el obispo sea...” (Tito 1:7). Esta verdad puede verse también al comparar la epístola de Tito con la 1º a Timoteo. A Tito, Pablo lo dejó en Creta para que “establecieses ancianos en cada ciudad, así como yo te man­dé” (Tito 1:5). En tanto que en Timoteo se dice: “Si alguno anhe­la obispado, buena obra desea. Pero es necesario que el obis­po sea irreprensible...etc. (1Timoteo 3:1 y siguientes). Y si toma­mos atención sobre los requerimientos morales y personales que se demandan al anciano en Tito, y al obispo en Timoteo, no tendremos más opción que concluir que son la misma cosa (com­parar Tito 1:5-9 con 1Timoteo 3:1-7). Así, está más que probado que eran la misma cosa. Es importante tener presente esto, porque en verdad el anciano en nada difiere del obispo. Como dijimos, solo hay una perspectiva distintiva que hace al concepto. El an­ciano expresa experiencia, madurez, entendimiento; en tanto que la palabra obispo se relaciona con alguien que supervisa, que tiene una visión superior, o que es un sobreveedor. Y a la vez, es más que evidente que eran cargos locales y no dones. ¿Cómo ordenaría Pablo a Tito que estableciese ancianos en cada ciudad, si ello fuera un don venido directamente de Cristo? Ade­más, ¿qué sentido tendría dar las características personales y proceder a una designación formal, si la condición de anciano u obispo fuese un don del Espíritu Santo? De hecho, en las listas de los dones jamás leemos acerca de ancianos ni de obispos. Tam­poco se habla de condiciones personales o morales para esta­blecer un don, pues los dones son dados en la soberanía absoluta del Señor. Para dar más luz a esto, insistamos leyendo 1Timoteo 3:1: “Palabra fiel: Si alguno anhela obispado, buena obra desea” (v. 1). Notemos que aquí no se trata de la soberanía del Señor dando dones, sino del hombre anhelando una obra especial, pa­ra la cual debía llenar requisitos muy rigurosos (1 Timoteo 3:2-7).

Otra cosa es necesario observar. No existe jamás en las Escri­turas algo así como un obispo o un anciano que sea jerarquía de varias Iglesias o Asambleas locales. El asunto es absolutamente al revés. Lo que tenemos son varios obispos u ancianos para una misma Asamblea local. Para decirlo con otras palabras, jamás encontramos en las Escrituras que se mencione “al obispo” o “al anciano” de una o varias Iglesias o Asambleas locales, sino que siempre se habla de varios obispos o ancianos de una misma Igle­sia o Asamblea local. Esta es una evidencia innegable que des­poja a tales cargos de toda idea clerical. Y justamente es lo pro­pio, pues tratándose de un cargo local, quien era anciano u obis­po de una Asamblea no podía serlo de otra. Distinta cosa ocurre con un don, que tiene por terreno de ejercicio todas las Asam­bleas. Notemos que Pablo “hizo llamar a los ancianos de la igle­sia”, y no “al anciano de la Iglesia” ni “a los ancianos de las Igle­sias”. Tito debía establecer “ancianos en cada ciudad”, y no va­rios ancianos u obispos para varias ciudades, ni un solo anciano u obispo para varias ciudades, ni un solo anciano u obispo para una Asamblea. Como ya lo vimos, Pablo estableció, junto con Bernabé, “ancianos en cada iglesia”. Estos principios muestran bien que eran varios para una Asamblea local, y que su cargo te­nía por límite la misma Asamblea local.

Insistamos en esto dando citas bíblicas que demuestren que ha­bía varios ancianos en una Asamblea local: Pablo y Bernabé “constituyeron ancianos en cada Iglesia” (Hechos 14:23); en la Asamblea de Jerusalén hallamos siempre “ancianos” (Hechos 15:2,4,6,22,23; 16:4); lo mismo tenemos en Éfeso, y ello tanto cuando se habla de ancianos (“los ancianos de la iglesia”; Hechos 20:17) como cuando se lo hace de“obispos” (Hechos 20:28);“es­tablecieses ancianos en cada ciudad” (Tito 1:5);“los ancianos de la iglesia” (Santiago 5:14); en la Asamblea de Filipos había“obis­pos y diáconos” (Filipenses 1:1). Notaremos que generalmente los tér­minos anciano y obispo se utilizan en plural, y solo ocurren en singular en casos de excepción. Y esto último acontece allí en donde se hace referencia a lo estrictamente personal, o a los ca­racteres morales que el individuo debía reunir para tal oficio. En fin, aparece en singular cuando se trata del carácter perso­nal que debe reunir el individuo que ocupa tal cargo (1Timoteo 3:2; Tito 1:7); y también ocurre, cuando Pedro se presenta personal­mente como un anciano (1Pedro 5:1). Pero jamás se encuentra en las Escrituras un anciano u obispo que opere solo (sin otros pares) en una Asamblea local. En 1Timoteo 5:19 también aparece el término en singular, pero notemos que trata de la acusación contra al­guien que llena la condición de anciano, tal como podría haber­la para cualquier creyente individual. Por lo tanto, es lógico ha­llar el singular en estos pocos casos.

No debemos dejar la oportunidad de tener ante nosotros esta última cita, para observar otro principio. “Contra un anciano no admitas acusación sino con dos o tres testigos” (1Timoteo 5:19). Evidentemente este cargo local estaba sujeto a la disciplina. La condición de tal no libraba ni eximía de la disciplina en la Casa de Dios. No se trataba de jerarquías inapelables que estaban fue­ra del sano ejercicio de la disciplina en la Asamblea local. En la cristiandad ruinosa de nuestros días, solemos observar jerar­quías que parecen ostentar prerrogativas e inmunidades muy es­peciales. No se permite que ellas sean amonestadas, corregi­das, disciplinadas ni excomulgadas. Pero tal cosa no responde al orden escritural. Y así como los ancianos y obispos estaban suje­tos a la disciplina, también eran dignos de honor especial si ad­ministraban con integridad los intereses del Señor. “Los ancia­nos que gobiernan bien, sean tenidos por dignos de doble ho­nor, mayormente los que trabajan en predicar y enseñar” (1Timoteo 5:17). Notemos que en este último caso, se les reconocía el honor de ser apoyados materialmente por los hermanos (1Timoteo 5:18).

Volvamos un poco atrás, para observar algo que no dijimos en Hechos 20:28. Allí se dice a los obispos que miren por ellos y por to­do el rebaño “en que el Espíritu Santo os ha puesto por obis­pos, para apacentar la iglesia del Señor”. Algunos cuestionan diciendo, que cómo es posible que sean cargos locales designa­dos por autoridad apostólica, si se afirma que el Espíritu Santo los ha puesto. Mas no debemos ver en esto una contradicción. Como lo hemos ya considerado, por Hechos 14:23 y por Tito 1:5 siem­pre apreciamos la intervención de autoridad apostólica para es­tablecerlos, y además, nunca se mencionan a los ancianos y obis­pos entre los dones. Lo que aquí hallamos, al decirse que el Espí­ritu pone los obispos, es la obra y operación administrativa del hombre vista como de Dios. Esto es propio, y nótese que es lo que justamente tenemos en varios pasajes de las Escrituras. Una acción de Asamblea local es vista directamente como hecha por Cristo, por cuanto Él mismo le ha delegado su autoridad pa­ra obrar en su nombre (Mateo 18:18; 1Corintios 5:4). Igualmente, los após­toles de Jerusalén escribieron a los creyentes gentiles diciendo “ha parecido bien al Espíritu Santo, y a nosotros... etc.” (Hechos 15:28), cuando en los anteriores versículos se dice:“entonces pareció bien a los apóstoles y a los ancianos, con toda la igle­sia...” (Hechos 15:22 y ver también el 25). Evidentemente es lícito con­siderar algo como del Espíritu, cuando se hace en dependencia del Señor y de su Palabra, y el mismo Espíritu da unanimidad en el corazón de los creyentes. De modo que esto, en nada altera el principio que determina la forma en que los cargos locales de an­ciano u obispo eran establecidos en la Iglesia de la época apos­tólica.

Leamos nuevamente Tito 1:5:“Por esta causa te dejé en Cre­ta, para que corrigieses lo deficiente, y establecieses ancia­nos en cada ciudad, así como yo te mandé”. Cuando conside­ramos Hechos 14:23, dijimos que la autoridad apostólica es la que estableció ancianos en las Iglesias locales. Y esto en la esfera del apostolado de Pablo; es decir, en las Iglesias gentiles. Pero es obvio que mientras los judíos conversos al cristianismo dispo­nían de un colegio apostólico mucho más amplio, el apóstol de los gentiles se reducía solo a Pablo. Había otros enviados en ge­neral, pero el don apostólico en el sentido estricto solo había si­do confiado a Pablo (Gálatas 1:1). Pablo tuvo ante sí una inmensa obra y campo entre los gentiles, y evidentemente no podía abar­carla toda conforme a las exigencias de ella, las cuales aumen­taban día a día. Esto hizo que él delegara su autoridad apostóli­ca en colaboradores íntimos. Bien podemos decir que Timoteo y Tito fueron algo así como delegados apostólicos; delegados mu­nidos de la autoridad e instrucción de Pablo, para actuar en cier­tos ámbitos geográficos bien definidos. El“así como yo te man­dé”, de nuestro versículo, muestra con claridad cómo tal auto­ridad apostólica era delegada de una manera personal y con ins­trucciones bien específicas. Ninguno de nosotros podría tomar­la porque no se nos ha confiado personalmente. Pero sí se le dio a Tito, y entonces le vemos ministrando en Creta y establecien­do ancianos en cada ciudad, conforme a las indicaciones de Pa­blo. Siempre que Pablo delegaba su autoridad apostólica, nota­mos que lo hacía en una persona concreta, en un cierto ámbito geográfico (Creta), y con ciertos fines definidos (corregir lo defi­ciente y establecer ancianos). Y todo ello, como hemos dicho, con el aval de su propia autoridad apostólica:“así como yo te mandé” (Tito 1:5). Luego instruye a Tito sobre las características que debe reunir un anciano u obispo (Tito 1:6-11). Esto confirma el hecho de que no existe establecimiento de ancianos sino es por autoridad apostólica. No importa si ésta es ejercida personal­mente por un apóstol o a través de un delegado apostólico que es conducto de ella. El orden generado por la autoridad apostó­lica en la Iglesia naciente, fue necesario entonces. Pero nótese que Pablo nunca escribió a una Iglesia local delegando su autori­dad apostólica o instruyéndola para que ella misma establecie­se ancianos u obispos. Ni Tito tenía la potestad de delegar a otros lo que se le había dado y encomendado personalmente. E incluso Tito no podía ir más allá de la esfera en que tal autoridad se le había confiado. Ella solo podía ser utilizada en Creta, y so­lo para corregir lo deficiente y establecer ancianos. Si Tito mis­mo hubiese ido a cualquier otra parte que no fuese Creta, él mis­mo estaría completamente desautorizado para obrar. Automáti­camente habría dejado de ser canal de la autoridad apostólica, si hubiese pretendido hacer lo mismo en cualquier otro sitio geo­gráfico que no fuese Creta, o se extralimitar en las precisas ins­trucciones que tenía.

Es solemne advertir, que hay un silencio absoluto en cuanto a instrucciones o delegaciones que perpetúen la autoridad apos­tólica para el establecimiento de ancianos u obispos de una ma­nera formal. Nadie las ha recibido. Ni una Asamblea local, ni un conjunto de ellas, ni obispos ni ancianos ya establecidos; abso­lutamente nadie ha quedado facultado, según las Escrituras, pa­ra perpetuar la designación de ancianos. Repetimos, nadie, ab­solutamente nadie puede arrogarse la autoridad de establecerlos desde el momento que la misma Palabra de Dios no lo autori­za. Este principio es importante, pues no habiendo autoridad apostólica para ser ejercida de manera personal, tampoco pue­de haber designación formal de ancianos. Ni siquiera los que ya eran ancianos u obispos designados formalmente, se les conce­dió la potestad de establecer a quienes los reemplazasen. No te­nemos ninguna duda de que hoy haya hermanos capacitados pa­ra cuidar de la grey, y que llenen las funciones de lo que en la Iglesia naciente fue un anciano u obispo formalmente estableci­do. Queremos dejar en claro, que lo que decimos no es que hoy no haya hermanos que en cada Asamblea local puedan cuidar y pastorear la grey allí presente; los hay sin duda, pero descono­cemos de raíz toda jerarquía establecida por designación for­mal, porque no hay aval ninguno para ello. Pero aun sin jerar­quía establecida, los creyentes han de reconocer a los obreros del Señor que les guían y amonestan (1Tesalonicenses 5:12). “Os rogamos, hermanos, que reconozcáis a los que trabajan entre voso­tros, y os presiden en el Señor, y os amonestan; y que los ten­gáis en mucha estima y amor por causa de su obra” (1Tesalonicenses 5:12-­13). El hecho de que no haya cargos locales formalmente desig­nados, no significa que no debamos honrar y reconocer a los her­manos que se ocupan de la obra.

Volvamos brevemente al texto de Tito 1:5, para ver otro deta­lle de importancia. Allí se dice: “y establecieses ancianos en cada ciudad. Esto muestra que se trata de un cargo local. Los ancianos eran establecidos en su correspondiente ciudad, y co­mo tales, no tenían potestad para ir más allá de ella en el servi­cio que correspondía a su cargo. Los ancianos eran ancianos de una determinada Asamblea local, y no del conjunto de Asam­bleas.

El caso de Timoteo es semejante al de Tito. Él es dejado en Efe-so por Pablo (1Timoteo 1:3), y se le confían los caracteres que debe reunir un obispo (1Timoteo 3:1-7). Y le dice: “Si alguno anhela obis­pado, buena obra desea” (1Timoteo 3:1). Pero no era suficiente el anhe­lo, había que reunir ciertos caracteres y era necesario que auto­ridad apostólica lo estableciese. Y aunque no se le indique ex­presamente a Timoteo que los establezca, él poseía el aval apos­tólico de Pablo para actuar en Éfeso y las instrucciones necesa­rias para determinar quién podía llenar tal oficio.

Insistamos en la verdad de que el Espíritu Santo guarda un no­table silencio en cuanto a perpetuar el cargo de anciano u obis­po por designación formal. En tal materia, se suele invocar 1Timoteo 4:14 para negar lo que afirmamos. Si se entiende 1Timoteo 4:14 co­mo una forma de designación de un colegio de ancianos, ello en­traría en conflicto con 2Timoteo 1:6. Citemos ambos textos para te­ner mayor claridad en el tema. “No descuides el don que hay en ti, que te fue dado mediante profecía con la imposición de las manos del presbiterio” (1Timoteo 4:14).“Te aconsejo que avi­ves el fuego del don de Dios que está en ti por la imposición de mis manos” (2Timoteo 1:6). Para comprender correctamente es­tos textos, debemos realizar algunas aclaraciones previas. Hu­bo sin duda en los primeros tiempos de la Iglesia, prerrogativas especiales en los apóstoles. Ellos realizaron acciones extraordi­narias que no continuaron, y que normalmente tienen otros ca­nales. Por ejemplo, ellos comunicaron el Espíritu Santo con im­posición de manos (Hechos 8:17,18; 19:6), cuando regularmente se recibe por fe (Gálatas 3:2,5,14; Efesios 1:13). Ellos comunicaron dones, cuando en verdad vienen directamente del Cristo resucitado y ascendido a los cielos (Efesios 4:7-12). Aquí, apreciamos que Pablo comunicó a Timoteo un don por imposición de manos. Y notemos que no se dice que le haya comunicado un cargo local, ni que ha­ya establecido a Timoteo como anciano. Y todo esto en nada con­tradice lo que tenemos en 1Timoteo 4:14, pues en este caso no debe entenderse que fue el presbiterio quién comunicó el don, sino que los ancianos se asociaron, en comunión, a la acción de Pa­blo. Algo semejante vemos en Hechos 13:1-3, en donde la imposi­ción de manos expresa comunión con la obra a que el Espíritu Santo llama a Pablo y Bernabé. Hay, en estos casos, una adhe­sión en comunión a lo que efectivamente otro hace por su vir­tud. Volviendo al caso de Timoteo, decimos que el don en defini­tiva fue dado por Pablo según lo estableció el Señor (2Timoteo 1:6). Timoteo fue así capacitado para el ministerio de enseñar y pas­torear. No podemos utilizar este pasaje para justificar la desig­nación de ancianos por ancianos, pues por más que así se pre­tendiese, no se dio a Timoteo tal cargo sino un don. Además, la presencia apostólica lo define todo. Nunca los ancianos comuni­caron nada por imposición de manos, pero sí los apóstoles. Con todo, en este caso es evidente que no se trata de la designación formal a un oficio local sino de una capacidad para el servicio y ministerio en un ámbito mucho mayor. El asunto tiene que ver con un don y no con un cargo local. Pero aclaremos que no deci­mos que hoy no pueda haber hermanos que pastorean y cuidan de sus hermanos, que enseñan y que guían a otros. Estamos segu­ros que los hay, pero no creemos que ellos deban ser constitui­dos formalmente como un cargo o jerarquía. Muchas veces ob­servamos una verdadera aberración del orden divino, cuando al­guien lleva un título jerárquico o un cargo eclesiástico (siempre artificialmente constituido), y hermanos humildes y de gran co­razón, que no poseen cargo alguno, son los que cumplen en la práctica el pastoreo. Ellos visitan, animan y guían, en tanto que otros ocupan lugares artificiales que nada tienen que ver con el orden escritural. De muy buena gana reconocemos y animamos a los hermanos que se dedican y se ocupan de la obra del Señor con un espíritu de abnegación y fidelidad, y que sin esperar na­da ni ostentar cargos, llevan por fruto lo que pretenden acredi­tarse otros que artificialmente se erigen como jerarquías.

Vayamos ahora al tema de los pastores. Y en este terreno va­mos a notar la gran diferencia que separa a estos respecto de los ancianos u obispos. Al llegar aquí, es necesario decir que solo un pasaje del Nuevo Testamento contiene la palabra “pastor” en el sentido que nos interesa: Efesios 4:11. Y al decir esto, debemos acla­rar que los textos de Hebreos 13:7,17 y 24, que suelen traducirse in­cluyendo la expresión “pastores”, no es la misma palabra que aparece en Efesios 4:11. En el caso de la epístola a los Hebreos, la tra­ducción más correcta es: “conductores”. En verdad, las expre­siones utilizadas en Hebreos dan la idea de los que conducen, guían, presiden y gobiernan en el sentido de guiar o conducir con rectitud. Tal palabra no es la que se utiliza para referirse al don de pastor. Pero a los fines de nuestra meditación, volvamos al texto que nos interesa en esta materia: Efesios 4:8-12: “Subiendo a lo alto, llevó cautiva la cautividad, y dio dones a los hom­bres... Y él mismo constituyó a unos, apóstoles; a otros, pro­fetas; a otros, evangelistas; a otros, pastores y maestros, a fin de perfeccionar a los santos para la obra del ministerio, pa­ra la edificación del cuerpo de Cristo”.

El tema de los dones espirituales es tratado en algunas partes de las Escrituras, pero es necesario notar que en cada sitio en que aparecen, se lo hace desde una perspectiva especial. Aquí, evidentemente, están relacionados con la obra del ministerio y la edificación del Cuerpo de Cristo. Ellos son considerados como las capacidades espirituales necesarias para el ministerio, y pa­ra completar y llevar a su plenitud ese Cuerpo que está siendo edificado por los dones. De modo que tenemos los dones que si­guen hasta el fin de la Iglesia aquí abajo, y de cuya operación y ministerio no puede prescindirse. Es cierto que había otros do­nes, tal como lo menciona la primera epístola a los Corintios, pe­ro aquí solo se consignan aquellos que se relacionan con la obra del ministerio y la edificación del Cuerpo. Y entre ellos, halla­mos a los “pastores y maestros”. Es cierto que puede haber maestros que no son pastores, pero a la vez es cierto que es ne­cesario que todo pastor sea maestro. Ambas cosas van íntima­mente juntas. El apacentamiento es prácticamente imposible de cumplir sin la enseñanza de la sana doctrina.

Por sobre todo observemos que “los pastores”, tal como ocu­rre con todos los dones, están relacionados con Cristo como la cabeza resucitada en los cielos, el cual los constituye para edi­ficar el Cuerpo. Y en este sentido, podemos decir que se trata de un don que persistirá hasta que el Cuerpo sea completado. No ocurre así con los ancianos u obispos, lo cuales solo ocuparon un cargo local en el tiempo que había apóstoles o delegados apostólicos para establecerlos. La ausencia de apóstoles o dele­gados de éstos, hace imposible el establecimiento de cargos lo­cales; pero sin embargo existen pastores que los suplen en to­do. Pero debemos tener presente, que la condición de pastor no es la de un cargo local ni la de una jerarquía formal designada por hombres. Lejos de ello, se trata de un don, tal como lo ve­mos aquí. Y aun más. Notemos que jamás existió designación formal de hombres para establecer un don. El don proviene di­rectamente del Cristo resucitado en los cielos, y no hay autori­dad humana alguna para establecerlos o designarlos formal­mente. Ninguna dignidad eclesiástica, ni la operación de una Asamblea local o conjunto de Asambleas, posee tal potestad. Los dones existen pero no requieren de designación formal. Ellos se hacen patentes a través del ministerio y servicio que cumple quien los ha recibido. ¿Qué es un don sino la capacidad espiritual concedida por gracia para ejercer el ministerio? Al hombre adámico se le desconoce toda capacidad de servicio, de modo que solo un creyente puede ejercer el ministerio, y pa­ra ello puede recibir uno o varios dones que le capaciten y doten para tal fin. Así, leemos que los dones han sido dados “para la obra del ministerio”. Y tal cosa es insustituible. Nadie ni nada puede sustituir o reemplazar o imitar el don. Es una aberración anti-escritural designar formalmente a un pastor. Si existe un pastor o conjunto de ellos, es porque están ministrando confor­me al don que les ha sido dado, pero jamás se trata de un cargo local y menos aún denominacional. El don, como capacidad espi­ritual para el ministerio y edificación del Cuerpo, va más allá de la Iglesia local. Esto es evidente. La obra del ministerio y la edi­ficación del Cuerpo exceden el ámbito de la Asamblea local. Un pastor y maestro podría ejercer su ministerio en un campo tan vasto como es el Cuerpo. En contraste con ello, los ancianos y obispos solo desarrollaban su cargo a nivel local. Los ancianos y obispos eran formalmente establecidos por autoridad apostóli­ca, en tanto que los dones proceden directamente del Cristo en los cielos. Y en este último caso, se desconoce toda acción for­mal de hombres.

Nos llamará profundamente la atención el hecho de que jus­tamente el cristianismo actual, da alcances y aplicaciones muy distintos a los términos ancianos, obispos o pastores. Hay desig­naciones que realizan quienes no están autorizados de ninguna manera para hacerlas, y se establecen sin aval divino pastores como cargos locales y jerarquías formales. Todo esto no es más que una contradicción del orden bíblico.

Para finalizar, respondamos un cuestionamiento. Algunos pre­tenden asimilar el concepto de obispo o anciano con el de pas­tor, diciendo que el primero como el segundo tienen la misma función: apacentar. Al respecto, decimos que es cierto que los ancianos y obispos apacentaban. Ello se ve bien claro en los pa­sajes de Hechos 20:28 (“para apacentar la iglesia del Señor”) y en1Pedro 5:2 (“apacentad la grey de Dios que está entre vosotros”). En verdad que los ancianos u obispos cumplieron un apacenta­miento local desde un cargo, y no desde un don. El pastor lo ha­ce desde un don. Esto no debe generarnos ningún tipo de con­flicto. Aun más. Hoy, no habiendo apóstoles ni delegados apos­tólicos que designen formalmente ancianos u obispos, sin duda que a nivel local hay hermanos que pastorean, cuidan de la grey, animan a los desanimados y sostienen a los débiles. El he­cho de que no existan hoy cargos locales formalmente estable­cidos, no priva de que hermanos piadosos puedan cumplir esta obra y servicio. Podemos decir que hay hermanos que sin osten­tar un cargo local, de una manera tácita, llenan el oficio. Y no debemos encontrar ningún obstáculo en ello. Otros pueden te­ner el don de pastor, pero tampoco deben ser formalmente esta­blecidos como tales. No existe ningún procedimiento ni texto bí­blico que nos ordene o nos insinúe que debemos establecer for­malmente y públicamente aquellos que poseen dones. El don es simplemente una capacidad espiritual para el ministerio, y es el ministerio mismo el que lo acredita, y no una designación for­mal. En fin, en nuestro tiempo no tenemos ninguna autoridad formal para establecer cargos u oficios, y nunca la hubo para es­tablecer o reconocer formalmente dones. Con todo, hay her­manos que ministran y merecen el reconocimiento y respeto de todos a causa de ese ministerio; pero insistamos, ello sin desig­nación formal alguna. ¡Quiera el Señor librarnos de todo senti­miento de jerarquía y primacía, y de toda designación formal que el hombre pudiese pretender, pues las Escrituras no la ava­lan! ¡Quiera el Señor que el resultado de mi servicio se vea en el servicio mismo; y especialmente en ese servicio que le da gloria a Él; y yo mismo desaparezca y no pretenda ningún lugar ni reco­nocimiento especial entre los creyentes! “Porque uno es vues­tro Maestro, el Cristo, y todos vosotros sois hermanos”. (Mateo 23:8).

R. Guillen