UN BAUTISMO (Efesios 4:5)

I.- INTRODUCCION

Al abordar el tema del bautismo, es necesario indicar al lector, que es una de las doctrinas en la que más los criterios erróneos del sectarismo han influido generando confusión y dog­matismo. Confusión y dogmatismo que han dado lugar a prejui­cios religiosos tan fuertes e intransigentes, que a menudo ofre­cen una seria resistencia para poder discernir lo que la Palabra de Dios en verdad nos enseña al respecto. Existen en cuanto a es­ta doctrina, posiciones diametralmente opuestas, cada una de las cuales se ha esforzado en buscar argumentos que nieguen la otra. Pero al hacer esto, a menudo se ha dejado de lado la ver­dad de las Escrituras. Nunca aprendemos la verdad que el Señor nos enseña por su Palabra, cuando nuestro empeño es solo bus­car argumentos para justificar una posición ya tomada, y procu­rar contradecir aquello que la pone en duda. Una voluntad que­brada, una conciencia libre de prejuicios, y un corazón dócil que anhela recibir la verdad, siempre son la base moral para dis­cernir lo que el Espíritu Santo quiere mostrarnos por las Escritu­ras. Las posiciones intransigentes y los conceptos sectarios e in­flexibles, han demostrado ser totalmente falsos cuando son con­trastados con la autoridad de la irrefutable Palabra de Dios.

En este escrito, intentaremos efectuar un análisis bíblico de los distintos aspectos y alcances del tema del bautismo, por el cual podremos observar que las doctrinas sectarias que hoy ro­dean la cuestión, no cuadran de ninguna manera con la realidad escritural de esta institución. Este tema posee un gran abanico de significados y casos, que al desarrollarlos, esperamos que ayuden al lector a librarse de criterios sectarios y dogmas de hie­rro, que no han hecho otra cosa que meter tinieblas donde la luz es clara.

Comencemos diciendo que de acuerdo a lo que nos presen­tan las Escrituras, hay varios géneros de bautismos. Hay bautis­mos de cosas inanimadas y hay bautismo de personas; hay bau­tismos con agua y hay bautismos en los que no interviene el agua; hay bautismo cristiano y hay bautismos que no son cristia­nos; hay bautismo individual y hay bautismo colectivo; hay bau­tismo que identifica con algo que no necesariamente se confie­re, y hay bautismo que realmente produce algo positivo en la persona. Todo este enunciado pudiera parecer chocante al cre­yente que no ha profundizado en el tema; mas al ir desarrollándolo con las respectivas citas bíblicas, el asunto podrá ser com­prendido con mayor claridad.

 

II. BAUTISMOS EN EL JUDAÍSMO

Tenemos en las Escrituras varios pasajes en donde el asun­to del bautismo aparece en relación a la purificación ritual o ce­remonial de la ley y la tradición judía. Tal es el caso de Marcos 7:3,4,8; Hebreos 6:2; 9:10. “Porque los fariseos y todos los judíos, aferrándose a la tradición de los ancianos, si muchas veces no se lavan las manos, no comen. Y volviendo de la plaza, si no se lavan, no comen. Y otras muchas cosas hay que tomaron pa­ra guardar, como los lavamientos (“bautismos”)de los vasos de beber, y de los jarros, y de los utensilios de metal, y de los lechos” (Marcos 7:3-4).“Porque dejando el mandamiento de Dios, os aferráis a la tradición de los hombres: los lavamientos (“bautismos”)de los jarros y de los vasos de beber...” (Marcos 7:8). Refiriéndose al ritualismo del culto judío, la epístola a los Hebreos afirma que las ofrendas y sacrificios del tal ritual, “no pueden hacer perfecto, en cuanto a la conciencia, al que practica ese culto, ya que consiste sólo de comidas y bebidas, de diversas abluciones (“bautismos”), y ordenanzas acerca de la carne, impuestas hasta el tiempo de reformar las cosas” (Hebreos 9:9-10). “Por tanto, dejando ya los rudimentos de la doc­trina de Cristo, vamos adelante a la perfección; no echando otra vez el fundamento del arrepentimiento de obras muer­tas, de la fe en Dios, de la doctrina de bautismos, de la impo­sición de manos...” (Hebreos 6:1-2). Al citar todos estos textos, es de suma importancia decir que las Escrituras generalmente uti­lizan la palabra “baptismos” (plural) para indicar el lavamiento o purificación ceremonial de cosas inanimadas, y en algunos ca­sos abluciones del cuerpo físico o sus partes (manos, etc.). En contraste con esto, cuando la Escritura no se refiere a los bau­tismos ceremoniales de cosas o partes del cuerpo, sino al bau­tismo de personas, y ello no como una purificación ritual, apa­rece el término en singular: “baptisma”. Esta primera distin­ción es importante, porque separa dos géneros de bautismos completamente distintos. Uno que corresponde al ritual y cere­monial del judaísmo, y otro que no lo es. En cuanto a Hebreos 6:1, si bien el término plural aparece utilizado en un sentido general, que pudiera incluir a personas, indudablemente también hace referencia a las purificaciones rituales de la ley. Por ejemplo, las purificaciones rituales de elementos inanimados como es el caso de los lechos, vasos, y otros utensilios; y las purificaciones corporales de la persona, como por ejemplo lavarse las manos (Lucas 11:38). Las instituciones de la ley, incluyendo también estas formas de bautismos, eran “rudimentos de Cristo”. No eran Cristo mismo, sino esos rudimentos que podían hablar de Él de una manera tipológica y anticipada, y aderezar el corazón para un conocimiento más pleno de Él. Los “rudimentos de Cristo” po­dían dar un cierto conocimiento de Cristo, mas el conocimiento maduro de Cristo mismo, es infinitamente superior. En definiti­va, digamos que bajo la ley hay bautismos ceremoniales de va­sos, jarras, lechos, manos, etc., que tienen por objeto hacer ri­tualmente puro a estos elementos y miembros del cuerpo, y aún a todo el cuerpo; pero todo esto no es más que un rudimento (una idea vaga e imprecisa) de Cristo. Además, insistamos que todos estos son bautismos judíos que nada tienen que ver con el bautismo cristiano. Así, concluimos en un primer sentido, que to­dos estos bautismos no eran otra cosa que purificaciones cere­moniales que respondían a las exigencias del ritual judío. Purifi­caciones que se observaban sumergiendo y lavando en agua los utensilios o miembros del cuerpo, que podían recibir contami­nación o que ya la habían contraído.

 

III. EL BAUTISMO DE JUAN

Otro sentido muy distinto de bautismo lo encontramos en el bautismo de Juan el Bautista; el cual a pesar de efectuarse con agua (Mateo 3:6,11,13,16; Marcos 1:5,8,9; Juan 1:26,31,33; 3:23; Hecho 1:5; etc.), nada tenía que ver con la purificación ritual que los ju­díos practicaban en relación a diversos utensilios o partes del cuerpo humano. El bautismo de Juan no respondía directamen­te a la ley como cosa ritual, sino que era el elemento esencial que acompañaba un ministerio muy especial en Israel: preparar moralmente a un remanente que esperaría al Mesías. Mesías, que de forma inminente aparecería en escena. Se trata de un bautismo estrictamente dirigido a los judíos; nada tenían que ver los gentiles con él, pues justamente el asunto se relacionaba con la pronta aparición del Mesías en Israel.

Leemos que el bautismo de Juan era “para arrepenti­miento” (Mateo 3:11; Hechos 13:24; 19:3-4) y “para perdón de peca­dos” (Marcos 1:4; Lucas 3:3). Citemos algunos de estos pasajes:“Yo a la verdad os bautizo en agua para (eis) arrepentimiento...” (Mateo 3:11).“Bautizaba Juan en el desierto, y predicaba el bautis­mo de arrepentimiento para (eis)perdón de pecados” (Marcos 1:4). “Y él fue por toda la región contigua al Jordán, predi­cando el bautismo del arrepentimiento para (eis)perdón de pecados” (Lucas 3:3). Estos textos de ninguna manera indican que el bautismo de Juan produjera realmente arrepentimiento o que perdonara pecados. Si así fuese, debería atribuirse al bau­tismo un efecto espiritual que desplazaría el mismo valor de la cruz. Si el agua bautismal del ministerio de Juan perdonaba pe­cados, hubiese sido sin sentido que viniese Cristo justamente a resolver el tema del pecado. El bautismo, cuando trata de la identificación y asociación a algo (sin producir ese “algo” de una manera concreta), se halla generalmente definido por la preposición griega “eis”. Preposición que justamente da senti­do a lo que significa el bautismo en este aspecto. Esta partícula tiene tres significados: “para”, “a” y “adentro”. Los dos prime­ros se relacionan con el bautismo, mientras que la última nada tiene que ver con él. Los israelitas bautizados por Juan no lo eran “dentro” del perdón de pecados ni “dentro” del arrepenti­miento, sino “para perdón de pecados” y “para arrepenti­miento”. El bautismo generalmente tiene en vista algo, pero no necesariamente produce en el individuo eso hacia lo cual lo iden­tifica o hacia lo cual lo asocia de una manera puramente exter­na. En realidad, el que perdonaría pecados sería el Señor Jesu­cristo, y el bautismo de Juan no hacía otra cosa que identificar al israelita con aquellos bienes espirituales que Cristo traería al remanente penitente. No había un positivo perdón de pecados por medio del ministerio ni del bautismo de Juan, por más que aquellos eran confesados al tiempo del bautismo (Mateo 3:6; Marcos 1:5). El ministerio y el bautismo de Juan solo generaban un ejer­cicio interior en vista de que Aquel que realmente podía perdo­nar pecados, pronto aparecería en Israel. De manera que el bau­tismo de Juan ordenaba e identificaba con eso, pero sin producidlo. Un andinista prepara su equipo de ascensión sin que ello signifique que realmente haya hecho cumbre en el monte. Él dis­pone todo a tal fin, pero tal disposición no indica estar en la ci­ma misma de la montaña pretendida. Así, el bautismo de Juan identificaba con un bien espiritual real (el perdón de pecados) que gozarían aquellos que recibieran al Mesías; mas el bautismo en sí, no producía tal cosa. Es importante entender esto porque hace a la esencia misma del bautismo. En este sentido, el bau­tismo, cuando hace a una operación en la profesión, no pro­duce aquello con que identifica o asocia a la persona, sino que solo la coloca en el terreno mismo en donde se espera que reciba el bien al que exteriormente se le ha asociado e identificado.

Si bien el bautismo de Juan no perdonaba los pecados, ha­bía algo que sí realmente hacía: justificaba a Dios. “Y todo el pueblo y los publicanos, cuando lo oyeron, justificaron a Dios, habiendo sido bautizados(1) con el bautismo de Juan. Mas los fariseos y los intérpretes de la ley desecharon los de­signios de Dios respecto de sí mismos, no siendo bautizados por Juan” (Lucas 7:29-30).

 

(1). Colocamos aquí, según mejor traducción, “habiendo sido bautizados” y no “bautizándose”, porque en realidad, tal como lo veremos, el bautismo nunca es el acto del que se bautiza sino del que bautiza. Este mismo principio se aplica en muchos otros pasajes que en verdad deberían ser así traducidos.

 

Todo judío que se sometía al bautismo de Juan, profesaba su condición de pecador; es decir, tomaba públicamente el lugar del pecador, y ello justificaba a Dios en el sentido que era reconocido el estado caído del hombre, tal co­mo Dios, en su santidad y perfección intrínseca, lo ve. Así, Dios mismo era reconocido en su santidad y justicia cuando el hom­bre asumía el lugar del pecador; y también Dios era así honrado, al reconocerse que, en sus designios en gracia, vendría Aquel que perdonaría los pecados al pecador. Y si por un lado el bautis­mo de Juan justificaba a Dios, por otro, el Señor se sometió a es­te bautismo para cumplir toda justicia. “Entonces Jesús vino de Galilea a Juan al Jordán, para ser bautizado por él. Mas Juan se le oponía, diciendo: Yo necesito ser bautizado por ti, ¿y tú vienes a mí? Pero Jesús le respondió: Deja ahora, por­que así conviene que cumplamos toda justicia...” (Mateo 3:13­-16). El Señor cumplía toda justicia al tomar la misma posición de aquellos penitentes que recibieron este bautismo. Y por su par­te, Juan la cumplía al permitir que así el Señor lo hiciese por me­dio de su bautismo. Lógicamente que el bautismo del Señor no fue para perdón de pecados, sino que Él se identificó con aque­llos que justamente habían manifestado, por medio de este bautismo, su necesidad de ser perdonados. Así, Él, siendo sin peca­do, tomó ese lugar en virtud del cual asociaba a sí mismo a todos aquellos que habían sido bautizados por Juan, y que esperaban el perdón de pecados que Él mismo traía. Esto era según Dios un acto de justicia, pues anunciaba a los que se habían bautizado para perdón de pecados y en esperanza de ser perdonados, que justamente el Señor es quien perdona los pecados.

 

IV. BAUTISMO CON ESPÍRITU SANTO Y BAUTISMO CON FUEGO

El bautismo con agua de Juan el Bautista, aparece en va­rios pasajes en vivo contraste con el bautismo con Espíritu Santo y el bautismo con fuego que suministraría el Señor. Citemos algu­nos de estos pasajes. “Yo a la verdad os bautizo con agua para arrepentimiento; pero el que viene tras mí, cuyo calzado yo no soy digno de llevar, es más poderoso que yo; él os bautiza­rá en Espíritu Santo y fuego” (Mateo 3:11).“Yo a la verdad os he bautizado con agua; pero él os bautizará con Espíritu Santo” (Marcos 1:8). “Respondió Juan, diciendo a todos: Yo a la verdad os bautizo en agua; pero viene uno más poderoso que yo, de quien no soy digno de desatar la correa de su calzado; él os bautizará en Espíritu Santo y fuego” (Lucas 3:16).“Y yo no le co­nocía; pero el que me envió a bautizar con agua, aquél me di­jo: Sobre quien veas descender el Espíritu y que permanece sobre él, ése es el que bautiza con el Espíritu Santo” (Juan 1:33). Sin duda que tenemos aquí tres bautismos muy distintos. Uno con agua, otro con Espíritu Santo, y otro con fuego. El primero, es el que cumplía Juan el bautista tal como lo hemos visto más arriba. Este bautismo identificaba con algo (perdón de pe­cados), sin producir necesariamente aquello con lo que identifi­caba. Las dos segundas formas de bautismo, con Espíritu Santo y con fuego, son bautismos que consuma directamente el Señor y que no suponen identificación exterior hacia algo, sino que com­prometen la concreta operación de ciertos eventos. A diferen­cia del bautismo que administraba Juan, en estos no se trata de bautizar “para” o “hacia” algo, sino que se trata de un bautismo “con” o “en”. Notaremos que siempre que se trata de bautismo de personas con agua, ya sea el de Juan el bautista o el bautismo cristiano, el asunto generalmente se relaciona con un “para” o “hacia” que identifica y asocia exteriormente al sujeto bautiza­do con algo o alguien. Pero cuando el bautismo no es de agua y no identifica con nada ni con nadie, sino que se refiere a un he­cho o evento concreto que se observará de una manera real, el asunto no es “para” o “hacia” sino “con” o “en”. Este es el caso de los bautismos “con” o “en” Espíritu Santo, y “con” o “en” fue­go. Y es de notar que en estos casos no tenemos la partícula “eis”. Generalmente la idea de bautismo se relaciona con agua, pero existen excepciones importantes como por ejemplo las que ahora nos tocan considerar. En este sentido, la idea de bau­tismo con Espíritu y con fuego se relaciona con el pensamiento de saturar, anegar o someter concretamente al sujeto o a los su­jetos comprometidos con algo o con alguien. El bautismo con Espíritu Santo fue el que se observó en Pentecostés, cuando el Espíritu descendió y unió a todos los creyentes en un solo Cuer­po. En Hechos capítulo dos tenemos el evento histórico de esto, y en 1Corintios 12:13 encontramos la doctrina del asunto. Notemos que antes de que viniera el Espíritu Santo en Pentecostés, el Se­ñor anunció claramente a los suyos que serían bautizados con Espíritu Santo. “Juan ciertamente bautizó con agua, mas voso­tros seréis bautizados con el Espíritu Santo (o“en Espíritu”) dentro de no muchos días” (Hechos 1:5). Luego, el libro de Hechos relata la venida del Espíritu Santo en Pentecostés (Hechos 2), por lo que es evidente que el bautismo con Espíritu Santo se observó entonces. Después del capítulo dos nunca más leemos en He­chos que se anuncie el bautismo con Espíritu Santo, por lo que es irrefutable que se observó en aquel día de Pentecostés. Lue­go, en Hechos 11:16, Pedro evoca el bautismo con el Espíritu como un evento ya sucedido:“Entonces me acordé de lo dicho por el Señor, cuando dijo: Juan ciertamente bautizó en agua, mas vosotros seréis bautizados con el Espíritu Santo” (o“en Espíritu Santo”). Esto viene a confirmar lo que acabamos de de­cir arriba. Es decir, que la venida del Espíritu en Pentecostés im­porta el bautismo con Espíritu Santo. El bautismo con Espíritu Santo es especialmente una cosa colectiva, aun cuando cada in­dividuo de la Iglesia lo reciba personalmente. En el bautismo del Espíritu Santo, el Espíritu Santo mismo unió a todos los creyen­tes a Cristo, la Cabeza resucitada en los cielos; y unió a los cre­yentes entre sí, conformando el CUERPO de Cristo (“el Cristo”). Es la unidad consumada por el poder del Espíritu con lazos eter­nos e indisolubles, que unen a cada creyente (de la Iglesia) a Cristo, y unen a cada redimido de la Iglesia con sus otros pares.

Como dijimos, si en Hechos encontramos el evento históri­co del bautismo con Espíritu Santo, en 1Corintios 12:13 hayamos la doctrina del asunto: “Porque por un solo Espíritu fuimos todos bautizados en un cuerpo, sean judíos o griegos, sean esclavos o libres...”(1Corintios 12:13). Nótese que aquí se dice “fuimos (o somos)todos bautizados”. El asunto del bautismo del Espíritu Santo es cosa colectiva pues se relaciona con la constitución del Cuerpo de Cristo aquí abajo, pero a la vez, cada creyente es, en virtud del mismo Espíritu, incorporado al Cuerpo. El bautismo de agua siempre es algo esencialmente individual. Cada indivi­duo ha de recibirlo personalmente. El bautismo con Espíritu Santo es asunto colectivo y único, en el sentido que el Cuerpo fue formado una sola vez. No es cosa repetitiva, pues no es necesario volver a formar el Cuerpo; ese Cuerpo que ya existe. En contraste con éste, el bautismo con agua (el bautismo cris­tiano) es un hecho repetitivo en cada creyente, pues mira al individuo que debe tomar su lugar en la profesión cristiana. El bautismo con Espíritu Santo se observó una vez para siempre en el sentido de conformar el Cuerpo aquí abajo. Es importante ver que el verbo bautizar en 1Corintios 12:13 aparece en aoristo; tiempo verbal que en el griego indica justamente una acción abarcativa o inclusiva. Pablo se incluye en tal evento e incluye a los corin­tios, siendo que ni él ni los corintios estuvieron en Pentecostés. El mismo acto nos bautizó a todos. Comprender esto podría traer dificultad a nuestros pensamientos, ya que humanamente tendemos a ver las cosas en su desarrollo temporal; mas Dios no necesariamente lo considera así. Si pensamos que el Cuerpo es ese misterio escondido que obedece a los propósitos eternos de Dios, y que Él nos ha concebido desde siempre en unidad eterna con Cristo, podremos advertir que la idea del Cuerpo es siempre algo completo y pleno en sí mismo. Nada falta allí. Ningún miembro de ese Cuerpo es concebido fuera de él. No ocurre así cuando se ve la Iglesia como edificio. Si el bautismo cristiano con agua trata de profesión externa y habla sobre todo de muerte, no de vida (tal como lo veremos más adelante), el bautismo con Espíritu se relaciona con la vida divina, no con la mera profesión. Todo miembro del Cuerpo de Cristo posee realmente la vida. Basten estas consideraciones para observar con claridad, la gran diferencia que existe entre bautismo con agua y el bautismo con Espíritu.

Digamos algo ahora sobre el bautismo con fuego. Existe en muchos la idea que se trata del mismo bautismo con Espíritu; es­to, porque lo mal relacionan con el hecho de que en Pentecostés “se les aparecieron lenguas repartidas como de fuego, asen­tándose sobre cada uno de ellos” (Hechos 2:3). Al respecto, hay varios motivos escriturales por los cuales separamos el bautis­mo con Espíritu respecto al que es con fuego. En primer lugar, en Pentecostés no hubo presencia de fuego sino que lo que se apa­reció eran “lenguas repartidas, como de fuego”. Por otro la­do, tenemos en el mismo libro de Hechos el testimonio constan­te de que el bautismo que se observa en Pentecostés, es con Espíritu y no con fuego. El bautismo con fuego ni siquiera se men­ciona. Observemos:“vosotros seréis bautizados con el Espíri­tu Santo (y no se dice ‘y con fuego’) dentro de no muchos días” (Hechos 1:5). Pedro, luego da testimonio de este bautismo dicien­do:“Entonces me acordé de lo dicho por el Señor, cuando di­jo: Juan ciertamente bautizó en agua, mas vosotros seréis bautizados con el Espíritu Santo (y no se dice ‘y con fuego’)(Hechos 11:16). No hay mención alguna a bautismo con fuego en el libro de Hechos. Cuando se habla del cumplimiento de la pro­mesa, solo se menciona el bautismo con Espíritu Santo. Nótese otro detalle muy importante. Cuando Juan el bautista habla del bautismo de fuego, en el mismo contexto anuncia juicio. Antes de hablar del bautismo con fuego, Juan se refiere a la ira veni­dera, y dice que“el hacha está puesta a la raíz de los árboles; por tanto, todo árbol que no da buen fruto es cortado y echa­do en el fuego”. Y luego de mencionar el bautismo con fuego, di­ce: “Su aventador está en su mano, y limpiará su era; y reco­gerá su trigo en el granero, y quemará la paja en fuego que nunca se apagará” (ver Mateo 3:7-12). Semejante situación encon­tramos en el evangelio de Lucas (Lucas 3:16-17). No es coincidencia sino una confirmación contundente a lo que venimos diciendo, el hecho de que en el pasaje paralelo del evangelio de Marcos no se hable del bautismo con fuego, sino solo del bautismo con Espí­ritu Santo, y que en tal ocasión entonces no se anuncie juicio, tal como sí ocurre en Mateo y Lucas. Una situación similar se pre­senta en Juan 1:33. Allí se menciona el bautismo con el Espíritu Santo pero no con fuego; y en el contexto no aparece la idea de juicio. Hay sobrados pasajes donde el fuego representa juicio (Génesis 19:24-25; Levítico 10:2; Números 11:1; 16:35; 2Reyes 1:12; 2Tesalomisenses 1:8; Hebreos 12:29; Judas 1:7; etc.). En fin, el bautismo con fuego importa la condenación eterna, importa la pena eterna de aquellos que se pierden. La anegación judicial y eterna con el fuego de la con­denación, es lo que nos sugiere el bautismo con fuego. Cosa aún no observada.

 

V. BAUTISMO DE JESÚS

Sin duda que de otra naturaleza muy distinta, era el bau­tismo que administraron los discípulos estando presente el Se­ñor en Israel. Solo el evangelio de Juan nos habla de este bautis­mo; el cual, en realidad, nada tiene que ver con el bautismo que actualmente introduce a la profesión cristiana. Citemos los tex­tos que a esta especie se refieren: “Vino Jesús con sus discípu­los a la tierra de Judea, y estuvo allí con ellos, y bautizaba”. “Y vinieron a Juan y le dijeron: Rabí, mira que el que estaba contigo al otro lado del Jordán, de quien tú diste testimonio, bautiza, y todos vienen a él” (Juan 3:22,26).“Cuando, pues, el Señor entendió que los fariseos habían oído decir: Jesús hace y bautiza más discípulos que Juan (aunque Jesús no bautiza­ba, sino sus discípulos), salió de Judea, y se fue otra vez a Gali­lea” (Juan 4:1-3). Al leer estos textos, entendemos que en los tiempos finales del ministerio de Juan el Bautista, antes que fue­se encarcelado, se observó contemporáneamente en Judá, el bautismo de Jesús. Este bautismo no era el bautismo cristiano como hoy lo conocemos, sino un bautismo especialmente dirigi­do a los judíos de su tiempo. Precisamente hablando, a los ju­díos que venían a ser, por este bautismo, discípulos de Jesús. Este era el bautismo de Jesús, pero un bautismo que Él concre­taba por medio de otros, pues no era Él quien bautizaba sino sus discípulos. Este bautismo era bautismo con agua, y si bien no se nos dice “a qué” o “hacia qué” se bautizaba, sin duda que, co­mo lo hemos dicho, tenía que ver con los judíos que venían a to­mar por el tal, la posición de discípulos del Señor (“Jesús hace y bautiza... discípulos”). Y es probable que tal bautismo cap­tase muchos de los discípulos de Juan que se habían dispuesto moralmente para esperar al Mesías. Es por eso que podríamos decir que se trata de un bautismo que identificaba con Jesús, en el sentido de reconocerle como el Mesías esperado. Notemos que este bautismo aparece muy ligado al de Juan, pues se ob­servaba donde Juan estaba bautizando: en la sección del Jordán ubicada en Judea. Mas leemos que cuando los fariseos se inquie­taron por este bautismo, el Señor dejó Judea y fue nuevamente a Galilea. Y en Galilea, nunca más se menciona este bautismo. Aparentemente este bautismo se relacionó especialmente con aquellos judíos que saliendo del sistema religioso inicuo de Jeru­salén, reconocían y se identificaban con Jesús como el Mesías, y tomaban un lugar en el discipulado. No leemos que este bautis­mo prosiguiera administrándose en Galilea, por lo que se hace evidente que se observó en los inicios del ministerio del Señor, y especialmente captó a los judíos ya aderezados por el ministe­rio de Juan. Advirtamos que era un bautismo que de alguna ma­nera estaba ligado al de Juan.

 

VI. BAUTISMO DE SUFRIMIENTOS EXPIATORIOS

Otro género de bautismo muy distinto es el que el Señor menciona de sí mismo, haciendo referencia a su muerte y sus sufrimientos expiatorios. “De un bautismo tengo que ser bautizado; y ¡cómo me angustio hasta que se cumpla!” (Lucas 12:50). Este género de bautismo era uno que solo Él Señor podía y tenía que recibir, y que en concreto se refería a sus sufrimien­tos expiatorios y su muerte. Este bautismo se cumple en la cruz, y supone el anegamiento de su alma en los sufrimientos expiato­rios y en la experiencia de la muerte. Insistamos que este bautismo solo se observó en el Señor, pues sólo Él podía sumer­gir su persona en ese mar de padecimientos a causa del pecado. Nótese entonces, que aquí el bautismo supone un evento con­creto que alcanzaría pleno cumplimiento en la cruz.

 

VII. BAUTISMO DE PADECIMIENTOS POR CAUSA DEL SEÑOR

De otro carácter, distinto al anterior, es el bautismo en que el Señor sí podía asociar a los suyos. Es lo que tenemos en Mateo 20:20-23 y en Marcos 10:35-40. Citemos el texto de Mateo: “Enton­ces se le acercó la madre de los hijos de Zebedeo con sus hi­jos, postrándose ante él y pidiéndole algo. Él le dijo: ¿Qué quieres? Ella le dijo: Ordena que en tu reino se sienten estos dos hijos míos, el uno a tu derecha, y el otro a tu izquierda. Entonces Jesús respondiendo, dijo: No sabéis lo que pedís. ¿Podéis beber del vaso que yo he de beber, y ser bautizados con el bautismo con que yo soy bautizado? Y ellos le dijeron: Podemos. Él les dijo: A la verdad, de mi vaso beberéis, y con el bautismo con que yo soy bautizado, seréis bautizados; pe­ro el sentaros a mi derecha y a mi izquierda, no es mío darlo, sino a aquellos para quienes está preparado por mi Padre”. Encontramos en Juan y Santiago el anhelo de gozar privilegios y de una posición especial en el futuro Reino mesiánico, pero ello sin pasar por el camino que Dios había establecido para tener lu­gar en el mismo: beber el vaso del desprecio y atravesar el bau­tismo de la muerte. La respuesta del Señor es contundente. No se pone aquí en cuestión el asunto de si los discípulos entrarán o no en el Reino, sino que el Señor revela el camino que los suyos deberán tomar en asociación a Él, antes de que llegue el Reino. Los discípulos tendrían que aprender a beber junto con el Señor la copa del desprecio, la humillación, los padecimientos y la per­secución; y a la vez, deberían morir en asociación moral a Él. Es decir, morir a causa del testimonio de la verdad. Aquí, el bautis­mo no habla de sufrimientos expiatorios pues éstos solo Cristo podía cumplirlos, y solo Él los atravesó. El asunto ahora es la identificación y asociación que los discípulos deberían realizar con Él, sobrellevando el dolor y el vituperio, y aun conociendo la muerte como Él la atravesó. Tal como también lo dice Pablo “y la participación de sus padecimientos, llegando a ser seme­jante a Él en su muerte” (Filipenses 3:10). El Espíritu Santo conduciría a los discípulos a una identificación creciente con el Señor, de modo que la experiencia moral de ellos aquí abajo, vendría a es­tar en plena armonía y asociación a la del Señor. Así, los discípu­los podían beber de su vaso y ser bautizados con su bautismo. La experiencia del desprecio en un medio hostil, teniendo frente a sí la muerte, tal como Él la atravesó (siempre viendo vida a tra­vés de ella y concibiéndola como el medio para pasar de este mundo al Padre), supone justamente ser bautizados en su bau­tismo. Es evidente que el bautismo, en este último caso, supone una experiencia espiritual que asocia e identifica a Cristo ante el hecho mismo de atravesar la muerte en plena certidumbre de fe, y llevar todos los vituperios a causa del testimonio de la ver­dad. La madre de los hijos de Zebedeo y éstos mismos, tenían puestos sus pensamientos en el Reino, en tanto que el Señor les presenta el camino que es necesario recorrer antes de que el Rei­no sea establecido: los sufrimientos a causa de la verdad que in­cluso podrían llegar hasta la muerte.

 

VIII. BAUTISMO A MOISÉS

Veamos ahora otro género de bautismo, el bautismo a Moi­sés: “Porque no quiero, hermanos, que ignoréis que nuestros padres todos estuvieron bajo la nube, y todos pasaron el mar; y todos en (‘a’ o‘hacia’)Moisés fueron bautizados en la nube y en el mar, y todos comieron el mismo alimento espiritual, y todos bebieron la misma bebida espiritual; porque bebían de la roca espiritual que los seguía, y la roca era Cristo. Pero de los más de ellos no se agradó Dios; por lo cual quedaron pos­trados en el desierto. Mas estas cosas sucedieron como ejem­plos para nosotros, para que no codiciemos cosas malas, co­mo ellos codiciaron” (1Corintios 10:1-6). Este es sin duda un caso inte­resantísimo, porque justamente es citado y aplicado en rela­ción a nosotros (v. 6,11). Notemos que el pueblo de Israel bajo la conducción de Moisés, nos ofrece una exacta analogía del cris­tianismo profesante de hoy. En primer lugar, observemos que se trata de un bautismo “a” o “hacia” (eis) Moisés; es decir, un bau­tismo que identifica con el conductor que sacó a Israel de Egipto y le llevó por el desierto. Todos los que estuvieron bajo la nube y todos los que pasaron el mar, asumieron una posición externa que les identificaba y relacionaba con Moisés. Mas vemos que tal bautismo no confería el estado moral de Moisés, sino simple­mente una identificación externa con este siervo de Dios. Estar bajo la nube y pasar el mar importaba una forma de bautismo que no hacía otra cosa que identificar externamente con el sier­vo de Dios que conducía y lideraba la peregrinación, pero tal po­sición exterior no acreditaba fidelidad, pues vemos que la mayo­ría de ellos quedaron postrados en el desierto. Advirtamos que el solo hecho de estar bajo la nube y haber pasado el mar supo­nía ese bautismo a Moisés, que introducía en un conjunto profe­sante que la Escritura insiste en identificar como “todos”. To­dos fueron así bautizados y todos gozaron de los privilegios de las operaciones del poder divino, ya se tratase del maná como del agua de la roca. Mas si bien todos disfrutaron de estos privi­legios, no leemos que Dios se halla agradado de todos sino que “de los más de ellos no se agradó”. De modo que entre la pro­fesión externa y la aprobación divina, tenemos un gran contras­te y diferencia. Esto nos enseña que los goces y bendiciones pro­pios de un determinado ámbito de profesión, no aseguran salva­ción ni liberación de juicio. Los rebeldes del éxodo quedaron postrados en el desierto. Y así como fue con el Israel conducido por Moisés, es con el cristianismo de hoy. El hecho de estar iden­tificado exteriormente con Cristo por medio del bautismo, no significa salvación eterna ni acredita una condición moral fiel. Por más que el cristianismo goce de sus propios bienes que se le han confiado (la Palabra, la operación del Espíritu, el perdón de pecados, la salvación por medio del evangelio, etc.), una posi­ción externa de profesión no significa la apropiación positiva de estas bendiciones. Apreciamos claramente aquí que el bautis­mo, en el aspecto que ahora consideramos, nunca supone nece­sariamente la presencia de la vida divina, sino simplemente pro­fesión externa. El bautismo que identifica con alguien no rege­nera, no produce un cambio moral a semejanza con la cabeza a la que se es identificado, sino que simplemente asocia de una manera exterior e introduce a un ámbito de profesión en donde todos los allí presentes, gozan de ciertos beneficios espiritua­les. Beneficios que están a disposición, pero que no acreditan nada si en el individuo no existe genuina fe. Volviendo al ejem­plo del éxodo, digamos que sin duda existía una bendición exte­rior muy importante. Todos los que estaban bajo la nube y pasa­ron el mar, podían comer el maná y beber agua de la roca, y esta­ban bajo los cuidados de Jehová, mas ello no importaba un esta­do moral que agradara a Dios. De la misma manera, la profesión cristiana importa muchos privilegios espirituales, pero que nun­ca acreditan vida en sí mismos si la persona no los apropia por fe. Una persona bautizada, un cristiano profesante, tiene fran­co acceso a las Escrituras, mas no se salvará si no cree lo que ellas testifican acerca de Cristo. El “todos” que encontramos va­rias veces mencionado en nuestro pasaje, importa justamente la profesión, en donde el asunto es independiente del sexo y edad de las personas, y en donde también es independiente del estado moral de ellas. Con todo, el hecho de que exista un ámbi­to de profesión no es algo malo en sí mismo. El ámbito de la pro­fesión es algo absolutamente necesario en el cristianismo, pues en él, el individuo está identificado exteriormente con Cristo, marcando la distinción con el mundo ateo y pagano. Y es en este ámbito donde se mueven y operan los bienes y bendiciones pro­pios del cristianismo, aun cuando haya muchos que no gocen de ellos. Todos los que han sido bautizados “a” o “hacia” Cristo per­tenecen a este ámbito, aunque ello no signifique necesariamen­te la presencia de la vida divina. La incredulidad puede estar ins­talada allí. Así como la mayoría de los israelitas murieron en el desierto bajo los juicios divinos, los falsos profesantes del cris­tianismo recibirán sus juicios aun dentro de este ámbito (1Pedro 4:17). Pensemos que la profesión cristiana persistirá aun des­pués del rapto, bajo la forma de apostasía, sin vida alguna de Dios, y verá su fin por juicio. En definitiva, los mismos principios que hallamos en cuanto al Israel del éxodo en este pasaje, son los que caracterizan el cristianismo profesante actual.

 

IX. BAUTISMO CRISTIANO

IX.I. BAUTISMO DEL REINO DE LOS CIELOS

Pasemos ahora a considerar el bautismo cristiano. Mas al decir “bautismo cristiano”, hace falta aclarar algunos concep­tos a fin de comprender con claridad todo lo que desarrollare­mos a continuación. Lo primero que debemos saber, es que el cristianismo en realidad excede a la Iglesia. El cristianismo supone una esfera de privilegios, bendiciones, relaciones y profesión, que comienza con la misma presencia de Cristo aquí abajo; y esto antes de que la Iglesia apareciera en el escenario de la historia bíblica. Aun más; cuando los creyentes de la Iglesia sean quitados de este mundo por el rapto, la cristiandad profesante proseguirá bajo la forma de apostasía. Conviene entonces aclarar, que al hablar de “bautismo cristiano” nos ocuparemos especialmente del bautismo que hace al presente tiempo en que la Iglesia aún peregrina aquí abajo; aunque no ignoramos que podría también hablarse de “bautismo cristiano” en un sentido más amplio. Así, lo que encontramos en Mateo 28:16-­20 si bien es bautismo cristiano, excede a lo que se corresponde con la Iglesia, pues aparece esencialmente ligado al remanente de Israel que llevará el evangelio del reino a todas las naciones. Igualmente, podríamos decir que los pasajes de Juan 3:22,26;4:1­2, que hemos citado, tienen que ver también con el cristianis­mo, pero no con la Iglesia. Pero vamos al texto de Mateo para hacer algunas consideraciones sobre el mismo. “Y Jesús se acercó y les habló diciendo: Toda potestad me es dada en el cielo y en la tierra. Por tanto, id, y haced discípulos a todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo; enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado; y he aquí yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo (mejores traducciones dicen el fin del siglo) (Mateo 28:18-20). Si bien este pasaje se relaciona con el bautismo cristiano, estrictamente hablando, mira especialmente a la administración que corresponde al Reino de los Cielos. Esta comisión que tenemos aquí, es la “redefinición” de la que encontramos en Mateo 10:5-15 tras el rechazo del Cristo. Allí, Jesús envió a los doce exclusivamente “a las ovejas perdidas de la casa de Israel” (10:6), instruyéndolos expresamente que no fuesen a los gentiles ni samaritanos. La esencia de la predicación se resumía entonces a la cuestión de que“el reino de los cielos se ha acercado” (10:7). El reino era presentado como algo inminente, pues el Rey estaba enton­ces presente. Pero esto ocurrió antes del rechazamiento del Rey. El rechazamiento del Señor como Mesías, como el que tenía los derechos reales en Israel, motivó un cambio en el curso de su ministerio, el cual entonces se dirige a revelar la forma que tomaría el Reino en su ausencia. De esto nos hablan especial­mente las parábolas del Reino de los Cielos. Mas después que el rechazamiento fue concretado y el Señor crucificado, el evan­gelio de Mateo nos presenta aun una nueva forma del reino: el reino como gozando del Cristo resucitado, y ya no en relación a los judíos sino en relación a los gentiles. Así, el Cristo resucitado dice a los once:“Toda potestad me es dada en el cielo y en la tierra” (Mateo 28:18). Y es sobre el fundamento de esta potestad recibida tras la resurrección, que Él envía a los discípulos a las naciones. El asunto no tiene aquí nada que ver con las ascensión de Cristo y la venida del Espíritu Santo, cosas que establecen el fundamento mismo de la Iglesia o Asamblea; ni tampoco tiene que ver con el Hijo del Hombre viniendo en poder y gloria a establecer el Reino milenial. El asunto es otro. El rey rechazado se levanta de la muerte para enviar a sus discípulos a hacer discípulos entre los gentiles, en virtud de la potestad universal que ha recibido. Y en tal ámbito de cosas, la introducción misma al discipulado se observa por el bautismo. No que el discípulo instruido en la enseñanza de Jesús debe bautizarse, sino que por el contrario, el bautismo coloca e introduce a la esfera del discipulado. Esfera, en donde el gentil que ha sido bautizado, viene entonces a recibir todas las enseñanzas del Señor. Tenemos por lo tanto el bautismo que corresponde y es propio a los gentiles:“bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo”. El gentil debía salir del paganismo siendo identificado y asociado a las personas de la Deidad. Él es bautizado en el nombre de las personas de la Deidad, cosa que significaba dejar y romper con los innumerables ídolos y nom­bres de falsos dioses a los que antes había permanecido asocia­do. Advirtamos que la enseñanza a guardar no es la doctrina de la Iglesia (ella aun no había sido revelada), sino las cosas que Jesús enseñó en su ministerio antes de la aparición de la Iglesia. Por último, Él promete estar espiritualmente presente aquí abajo hasta el fin del siglo; esto es, hasta que por los juicios Él tome el Reino de manera universal y pública. Todos estos deta­lles, nos presentan lo que será la predicación del evangelio a las naciones por medio del remanente judío fiel, en los tiempos anteriores a la venida del Señor en poder y gloria (Mateo 24:14). Pero a pesar de todo esto que hemos dicho, el pasaje que nos ocupa también se cumple en cierta manera en el tiempo actual; no como una cosa estrictamente de la Asamblea, sino como la forma en que el reino se expande entre los gentiles en virtud de la potestad que el Señor resucitado recibe y a la vez delega en los suyos. “Bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo”, importa entonces colocar a los gentiles bajo la autoridad de la Deidad, introduciéndolos en la esfera del discipulado cristiano.

 

IX.II. EL BAUTISMO COMO SALVACIÓN

Pasemos ahora a considerar Marcos 16:15: “Y les dijo: Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura. El que creyere y fuere bautizado, será salvo; mas el que no creyere, será condenado”. Esta comisión guarda importantes diferen­cias con la que acabamos de ver en Mateo. El asunto no es aquí ir a hacer discípulos entre las naciones gentiles, sino predicar el evangelio a toda criatura; y esto incluye tanto gentiles, samari­tanos como judíos. Esta comisión supera lo estrictamente gentil; incluye a la humanidad entera. Ahora no se trata de hacer discípulos por medio del bautismo e instruir a estos sobre las enseñanzas de Jesús relacionadas con su reino. Aquí simple­mente encontramos la predicación del evangelio en relación con la salvación. Además, esta comisión no es dada en relación a un Cristo resucitado que queda acompañando espiritualmente al remanente judío, sino que se observa en relación al Señor recibido arriba en los cielos y sentado a la diestra de Dios (Marcos 16:19-20). Estrictamente hablando, ésta es la comisión propia de nuestro actual tiempo dispensacional. El gran asunto es predicar el evangelio a todo hombre, y“el que creyere y fuere bautizado, será salvo”. Algunos han entendido mal este pasa­je, pensando que para gozar de la salvación eterna hay que bautizarse, y que la ausencia de bautismo significa condenación eterna. Pero nuestro texto no enseña tal cosa. Si del bautismo dependiera la salvación y la condenación, nunca se diría “mas el que no creyere, será condenado”. Si es que la ausencia de bautismo genera la condenación, se diría “mas el que no fuere bautizado será condenado”; cosa que no tenemos de ninguna manera en nuestro texto. Es evidente que la condenación es la consecuencia de la incredulidad que rechaza el evangelio, y no la consecuencia de la ausencia de bautismo. Para entender el asunto de la salvación tal como es visto en el pasaje arriba citado, es necesario decir que aquí las Escrituras utilizan la palabra salvación designando distintas formas de la misma. Existe la salvación en relación a las cosas temporales, y la salvación en relación a las eternas; existe salvación en relación a cosas espirituales, y existe salvación en relación a cosas materiales. En el cristianismo la salvación tiene dos aspectos, uno externo, relacionado con la profesión, y otro interno, relacionado con la fe. Por la fe, Cristo es recibido, y esto se relaciona con la salvación eterna del creyente; mas por el bautismo, la persona es asociada a Cristo en lo exterior, en lo que hace a la profesión. Y la salvación se relaciona con estos dos aspectos. Todo creyente que escruta las Escrituras conoce que la salvación es por fe; hablando siempre de la salvación eterna que goza todo aquel que ha recibido genuinamente a Cristo. Mas hay otra forma de salvación, salvación que podríamos llamar externa, que se relaciona con el bautismo 2.

 

(2). Posiblemente el lector comprenda mejor esto cuando más adelante tratemos Hechos 22:16 y 1Pedro 3:20-22.

 

En tanto que una persona no está bautizada al nombre del Señor, ella permanece fuera de la profesión cristiana; es decir permanece en la esfera del paganismo o del ateísmo. Y en tanto que una persona per­manece en el paganismo, el ateísmo o el judaísmo, se encuen­tra en una posición judicial. El mundo incrédulo y pagano se encuentra bajo juicio así como el judío; y no es allí donde se dispone de los privilegios propios del cristianismo. Es necesario ser asociado exteriormente a Cristo para dejar el terreno del paganismo, o en su caso del judaísmo, y tomar una posición en el cristianismo. El bautismo hace justamente esto, y esto supone una forma de salvación. Cuando yo por el bautismo dejo el paganismo y/o judaísmo y soy introducido al cristianismo, soy salvado de una manera exterior en relación a ese cambio de posición que me coloca en una esfera de correcta profesión, a la vez que me quita de una que permanece bajo juicio. En nuestro texto, la salvación es vista en toda su dimensión; tanto en lo eterno como en lo temporal; tanto en lo que se relaciona con las cosas espirituales e interiores, como lo que se relaciona con la profesión exterior. El bautismo no se relaciona con la fe que salva eternamente a la persona que recibe el evangelio, sino que hace a la salvación que supone salir del paganismo o judaís­mo para ingresar al cristianismo. En este último sentido, en tanto que no estoy bautizado permanezco en el terreno de lo que Dios ha puesto bajo juicio: el mundo ateo, el mundo religio­so y el mundo pagano. En fin, hay una forma de salvación que supone tener a Cristo en mí por la fe, y hay otra que supone tener a Cristo sobre mí. “En mí” se relaciona con las cosas eternas; “sobre mí”, se relaciona con la profesión externa y temporal. Y ambas cosas se consideran aquí, en un sentido integral, como salvación. Por la fe “Cristo está en mí”, pero por el bautismo “Cristo está sobre mí” (Gálatas 3:27). Y ambos cosas hacen a la salvación; la primera a la salvación eterna, en tanto que la segunda, a una forma de salvación temporal relacionada con la profesión. En consecuencia, cuando leemos “el que creyere y fuere bautizado, será salvo”, se está incluyendo ambas formas de salvación.

 

IX.III. EL BAUTISMO EN LOS HECHOS

IX.III.I. EL BAUTISMO CRISTIANO Y LOS JUDÍOS

Desarrollemos ahora algunas consideraciones sobre el te­ma del bautismo en el libro de Hechos. Es de suma importancia hacerlo, ya que se presentan situaciones que podrían dar lugar a falsas interpretaciones, falsas prácticas y falsos conceptos, que deben ser evitados a través del análisis sensato que esperamos que el Señor nos conceda bajo la guía de su Espíritu. Lo primero que tenemos que aprender, es que el libro de los Hechos de los Apóstoles no es un libro de doctrina sino un libro histórico. Es cierto que yo puedo confirmar allí cuestiones de doctrina en con­formidad a otros pasajes de las Escrituras, pero estrictamente hablando, este libro no nos ha sido dado con el propósito de reve­larnos la doctrina de la Iglesia, sino su historia en los primeros tiempos. Muchos, intentando hallar en Hechos principios rígidos de doctrina para el bautismo, no han hecho otra cosa que caer en el error o incrementar la confusión ya existente. Intentare­mos, con la ayuda del Señor, dar alguna claridad sobre varios pa­sajes que suelen ser mal interpretados.

Para entrar de lleno en el tema, digamos que existe una di­ferencia substancial entre el bautismo cristiano que se observó en relación a los judíos, con respecto al que vemos en relación a los samaritanos, y también con respecto al que corresponde a los gentiles. En cuanto a los judíos, el tema está bien desarrolla­do en Hechos 2:38:“Pedro les dijo: Arrepentíos, y bautícese (“sea bautizado”) 3 cada uno de vosotros en el nombre de Je­sucristo para perdón de los pecados; y recibiréis el don del Espíritu Santo. Porque para vosotros es la promesa, y para vuestros hijos, y para todos los que están lejos; para cuantos el Señor nuestro Dios llamare. Y con otras muchas palabras testificaba y les exhortaba, diciendo: Sed salvos de esta per­versa generación” (Hechos 2:38-40).

 

(3). Recordemos siempre que las mejores traducciones del texto, expresan el bautismo como la acción del que bautiza y no del que es bautizado.

 

Es importante entender que la condición en que los judíos se encontraban delante de Dios, era muy distinta a la de un gentil. En tanto que los gentiles, en su crasa ignorancia adoraban ídolos, los judíos habían recibido la ley y eran responsables de la desobediencia a la misma, y por sobre todo, se hallaban en un terreno de culpabilidad por des­preciar al Cristo. Y, lo más grave de todo, eran responsables de su crucifixión. Notemos que Pedro les dice “Sepa, pues, ciertí­simamente toda la casa de Israel, que a este Jesús a quien vo­sotros crucificasteis, Dios le ha hecho Señor y Cristo” (Hechos 2:36). La casa de Israel se encontraba en un terreno judicial, pues era culpable de la crucifixión del Cristo. Ellos eran esa per­versa generación que había rechazado y matado a su Mesías. Los que se dolieron de corazón a causa de ello, preguntaron a Pedro qué debían hacer para salir de aquella terrible situación. Enton­ces el apóstol les dijo:“Arrepentíos, y bautícese (“sea bauti­zado”)cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo para perdón de los pecados; y recibiréis el don del Espíritu Santo”. Los judíos, para ser perdonados y recibir el Espíritu Santo, de­bían arrepentirse y bautizarse en el nombre del Señor. Ellos no podían ser perdonados ni recibir el Espíritu Santo hasta tanto no se hubiesen arrepentido de su culpabilidad por haber matado al Cristo, y hasta tanto no se bautizasen en su nombre, saliendo así del terreno de la culpabilidad judía. Este caso es muy distinto al de los gentiles, en donde veremos que ya habiendo sido perdo­nados y ya habiendo recibido el Espíritu Santo, entonces son bau­tizados. Los judíos no se bautizaron como poseedores del per­dón y del Espíritu, sino para recibir estas cosas que aún no te­nían. Estaban en un terreno de culpabilidad y solo podían salir de allí, solo podían ser salvos (liberados) de aquella mala gene­ración, arrepintiéndose y bautizándose. Era necesario que ellos asumieran públicamente una posición en separación al judaís­mo homicida. Y esto era algo individual. Cada judío (“cada uno de vosotros”) tenía que salir de este terreno de culpabilidad y ser separado de esa mala generación, por su propio ejercicio de arrepentimiento y su bautismo personal al nombre del Señor. Es interesante ver que cuando se dice“bautícese (en realidad “sea bautizado”)cada uno de vosotros en el nombre de Jesu­cristo”, no aparece la preposición “eis” sino “epi” (sobre). Co­sa en verdad excepcional, pues aquí bautizarse en el nombre del Señor no era simplemente una identificación con Cristo, si­no asumir positiva y concretamente una posición sobre el terre­no cristiano, fuera del terreno culpable del judaísmo. Ellos ve­nían entonces a posar o descansar sobre el nombre de Jesucris­to. Y esto implicaba positivamente salir del terreno judaico pa­ra entrar al cristiano, implicaba ser salvo o separado de la mala generación que lleva la culpa de la crucifixión del Señor. Es so­bre este nuevo terreno, que los judíos podían recibir perdón de pecados y el don del Espíritu Santo. Otra cosa notemos. Ellos se bautizaban “sobre” (epi) el nombre de Jesucristo pero “hacia” o “para” (eis) perdón de pecados. El bautismo en sí no les qui­taba los pecados ni les confería el Espíritu Santo, pero sí les colo­caba en el terreno en donde estas cosas iban a ser recibidas. Ellos se bautizaban entonces “sobre” Jesucristo y “hacia” el per­dón de pecados. Salían así de la posición de culpabilidad judía y entraban a la posición cristiana, en donde eran ordenados para recibir perdón de los pecados y el don del Espíritu. El arrepenti­miento que se habla aquí no es el arrepentimiento para el per­dón de los pecados en general, sino el arrepentimiento que de­bía seguir al hecho de que eran culpables de la muerte del Se­ñor. Estos judíos no podían recibir el perdón de sus pecados ni el don del Espíritu si no reconocían primero su culpabilidad en la crucifixión del Señor Jesucristo, y se bautizasen saliendo de ese terreno de culpabilidad. Este era un caso especial; no obstante nos sirve para ver algunas verdades importantes relacionadas con el tema del bautismo. En primer lugar, advertimos que exis­te un aspecto del bautismo que significa un cambio de posición; y esto es algo positivo, concreto, no solo una simple identifica­ción con algo. En otro sentido, ese cambio de posición supone a la vez la identificación con algo a recibir (el perdón de pecados y el don del Espíritu).

 

IX.III.II. EL BAUTISMO CRISTIANO Y LOS SAMARITANOS

Muy distinto al caso de los judíos, tenemos el de los sama­ritanos. La gran persecución contra la iglesia que estaba en Jeru­salén, condujo a Felipe a Samaria, donde predicó a Cristo (Hechos 8). “Cuando creyeron a Felipe, que anunciaba el evangelio del reino de Dios y el nombre de Jesucristo, se bautizaban (eran bautizados)hombres y mujeres” (8:12). “Cuando los apóstoles que estaban en Jerusalén oyeron que Samaria ha­bía recibido la palabra de Dios, enviaron allá a Pedro y a Juan; los cuales, habiendo venido, oraron por ellos para que reci­biesen el Espíritu Santo; porque aún no había descendido so­bre ninguno de ellos, sino que solamente habían sido bauti­zados en el nombre de Jesús. Entonces les imponían las ma­nos, y recibían el Espíritu Santo” (8:14-17). El asunto con los samaritanos, no comenzaba por el arrepentimiento a causa de la crucifixión del Señor. En este sentido, ellos no estaban en el terreno de culpabilidad propio de los judíos. La simple recep­ción del evangelio dio paso directamente al bautismo, sin que ello significara necesariamente la presencia de la vida divina. Leemos que los samaritanos“creyeron a Felipe”, y leemos que el impostor Simón el mago,“también creyó” (v. 13). Aquí “creer” supone la simple adhesión exterior al mensaje del evan­gelio, o la recepción de la Palabra de una manera general. Y si bien es cierto que muchos habían creído de todo corazón, el he­cho de ser bautizados no demandaba necesariamente la acredi­tación de la vida divina. Si así fuera, ellos deberían haber recibi­do el Espíritu previamente. Por el contrario, el bautismo en rea­lidad los había introducido en el terreno en donde podían recibir la promesa del Espíritu, pues ella no solo era para los judíos sino también “para cuantos el Señor nuestro Dios llamare” (2:39). Mas es interesante ver la forma en que ellos recibieron el Espíri­tu Santo. No era el bautismo el que lo daba, aunque sí introducía al terreno cristiano; terreno en donde la promesa había de con­cretarse. Y a este respecto, es propio considerar que los samari­tanos no recibieron el Espíritu en independencia de los judíos. Esto era necesario para asegurar la unidad cristiana entre judíos y samaritanos, pues estos últimos tenían una religión ilegítima surgida de una mezcla artificial de paganismo y judaísmo (2Reyes 17:24-41), y existía una rivalidad y desprecio de unos por los otros, perpetuado por generaciones. Los samaritanos debían re­cibir la salvación de los judíos (Juan 4:22); debían recibir la pro­mesa en relación a ellos. Así, Pedro y Juan tuvieron que venir de Jerusalén y orar por los samaritanos, para que recibiesen el Espí­ritu. Hasta ese momento, ninguno de ellos había recibido el Espí­ritu Santo (v. 16). No estaba en los pensamientos de Dios que lo recibiesen en independencia a los creyentes judíos. Y si bien no habían recibido el Espíritu, sí habían sido “bautizados en (eis; “hacia”)el nombre de Jesús” (v. 16). Los samaritanos ya esta­ban en el terreno cristiano, pues habían sido identificados y aso­ciados con el nombre del Señor por el bautismo. Estaban así ex­teriormente asociados a Cristo, pero el Espíritu Santo lo recibie­ron cuando los apóstoles, venidos de Jerusalén, les imponían las manos (v. 17). Ellos no estaban en el terreno de la culpabilidad judía, pero recibieron el Espíritu por medio de los apóstoles; siendo esto un testimonio de que necesitaban salir de su falso sistema religioso, reconociendo que el cumplimiento de la pro­mesa del Espíritu venía de los judíos, y que a éstos les pertene­cía en primer lugar. De esta manera, la iglesia en Samaria no po­día declararse independiente de la de Jerusalén.

 

IX.III.III. EL BAUTISMO CRISTIANO Y LOS GENTILES

Aun guarda una diferencia fundamental el bautismo para el caso de los gentiles. Solo citemos algunos versículos del capí­tulo 10 del libro de Hechos. Pedro predicó en la casa de Cornelio diciendo, entre otras cosas y refiriéndose al Señor: “De éste dan testimonio todos los profetas, que todos los que en él cre­yeren, recibirán perdón de pecados por su nombre. Mientras aún hablaba Pedro estas palabras, el Espíritu Santo cayó so­bre todos los que oían el discurso... Entonces respondió Pe­dro: ¿Puede acaso alguno impedir el agua, para que no sean bautizados estos que han recibido el Espíritu Santo también como nosotros? Y mandó bautizarles en el nombre del Señor Jesús” (10:43-48). Evidentemente, los gentiles no se hallaban en un terreno de culpabilidad como en el caso de los judíos. Pe­dro no les dice“Sepa, pues, ciertísimamente toda la casa de Israel, que a este Jesús a quien vosotros crucificasteis...” (2:36) sino “Jesús... a quien mataron colgándole en un made­ro” (10:39). El caso de los gentiles no demandaba arrepenti­miento a causa de haber matado al Cristo, ni debían bautizarse para recibir perdón de pecados y el don del Espíritu Santo. En ellos el asunto fue al revés. Creyeron el evangelio presentado por Pedro, e inmediatamente recibieron perdón de pecados (v. 43) y el Espíritu Santo cayó sobre los que oían (v. 44). Y esto aún sin ser bautizados. Se presentó entonces la cuestión: ¿deberían ser bautizados o no? ¿Había algo que impidiera que fuesen bau­tizados? Pedro declaró que nadie podía impedir que lo fuesen, ya que habían recibido el Espíritu Santo tal como había ocurrido con los judíos. Ellos no eran bautizados para recibir el Espíritu, como ocurrió con los judíos, sino que porque no había impedi­mento alguno, era necesario que fuesen bautizados y recibidos así entre los cristianos. El hecho de que hubiesen recibido el Espíritu testificaba que ya no eran inmundos, como Pedro po­dría haber pensado (10:9-16), sino que habían sido santificados. Y esto los colocaba en pie de igualdad con los judíos; y en tal con­dición, nada impedía que fuesen recibidos al cristianismo. Pero el asunto, estrictamente hablando, no era que debían ser bauti­zados porque recibieron el Espíritu. No tenemos tal doctrina aquí ni en las cartas apostólicas. Insistamos, no debían ser bau­tizados porque recibieron el Espíritu sino que, porque lo reci­bieron, Dios testificaba que eran santos y entonces nada impe­día que fueran asociados a los judíos creyentes en una misma profesión: la profesión cristiana. El bautismo de los judíos se ha­bía observado antes de recibir el Espíritu, y si los gentiles ya lo habían recibido, Pedro deduce que no había nada que impidiera el agua para bautizarles. No lo hizo porque hubieran recibido el Espíritu, sino que lo hizo por el hecho de que gozando de los mis­mos bienes que ya gozaban los judíos creyentes, era necesario que también fuesen recibidos en el seno del cristianismo por me­dio del bautismo. Entonces Pedro “mandó bautizarles en el nombre del Señor Jesús” (Hechos 10:48). Aquí no tenemos la pre­posición “hacia” ni “sobre” sino “en”. El asunto ahora no se tra­ta de identificación o de un cambio de posición exterior, por más que el bautismo cristiano siempre suponga esto, sino que en esta oportunidad se trata de un acto de autoridad.“En el nombre del Señor Jesús”, supone la autoridad que inviste el ac­to del bautismo, y la autoridad bajo la cual queda el bautizado. Notemos entonces, que Pedro manda a bautizar; y esto, es el ejercicio de su autoridad apostólica abriendo a los gentiles la en­trada al Reino de los Cielos (Mateo 16:19). El bautismo es justamen­te la puerta que introduce al ámbito del Reino de los Cielos, el ámbito que actualmente corresponde a la cristiandad profesan-te, y en donde la autoridad del Señor es reconocida (aunque sea de una manera externa). Los gentiles son así introducidos al cris­tianismo; y ello, mediante el bautismo como un acto de autori­dad apostólica de Pedro, por el cual son recepcionados en ese nuevo ámbito de profesión. Así, el bautismo es considerado aquí como un acto efectuado con la autoridad de Cristo, que pone a los gentiles, de una manera externa, bajo esa autoridad. En otras palabras, Pedro hace uso de la autoridad administrativa de atar, introduciendo a los gentiles en el ámbito del Reino (Mateo 16:19).

Otra cosa notemos aquí. Pedro dice “¿Puede acaso alguno impedir el agua, para que no sean bautizados estos que han recibido el Espíritu Santo también como nosotros?”. Nótese que no se trata de una ordenanza ritual. El bautismo no es una ordenanza que obedecer sino un privilegio que administrar. Si fuese una ordenanza, el apóstol nunca se hubiese expresado así. Él entonces habría dicho: “es indispensable, es regla, es mandato, o es necesario bautizarlos”. No se trataba de cumplir una ordenanza sino de admitir a los gentiles en el cristianismo, y esto suponía la administración de un privilegio. Pedro simple­mente reconoció la obra de Dios, y actuó en consecuencia. ¿Có­mo iba a negar el bautismo a aquellos que se encontraban dis­frutando los privilegios y bendiciones que ya eran de los cristia­nos provenientes de judaísmo? El apóstol reconoció la obra de Dios y los bautizó para recibirlos en el seno del cristianismo, aun­que evidentemente ya gozaban de perdón de pecados y habían recibido la promesa del Espíritu. No podemos decir que los bau­tizó porque ya habían recibido estas cosas, pues él no podría en­tonces haberse expresado como se expresó. Sencillamente reco­noció la obra de Dios. “Si Dios, pues, les concedió también el mismo don que a nosotros que hemos creído en el Señor Jesu­cristo, ¿quién era yo que pudiese estorbar a Dios?” (Hechos 11:17). Otra cosa queda aquí clara. Pedro mandó que se les bau­tizase. Como constantemente vemos en las Escrituras (aunque haya casos que pudiesen presentar aparentes excepciones), nunca se ordena a una persona a bautizarse sino a ser bautiza­da. O mejor, se manda a bautizar. El bautismo es siempre la ac­ción de otro. Yo no debo bautizarme sino ser bautizado por la au­toridad administrativa de otro. ¿Pidió Cornelio y los gentiles que habían creído, ser bautizados? ¡No! Fue la autoridad administra­tiva del apóstol la que confirió el privilegio. Hay autoridad en quien recibe al cristianismo por bautismo, pues éste abre la puerta al que es bautizado. El que recibe el bautismo no puede bautizarse por sí, él no es llamado a forzar la puerta de una casa hasta entonces ajena.

 

IX.III.IV. EL BAUTISMO CRISTIANO COMO POTESTAD ADMINISTRATIVA DEL EVANGELISTA

En conexión con lo que acabamos de decir, veamos ahora Hechos 8:36,38. “Y yendo por el camino, llegaron a cierta agua, y dijo el eunuco: Aquí hay agua; ¿qué impide que yo sea bautizado? Y mandó parar el carro; y descendieron ambos al agua, Felipe y el eunuco, y le bautizó”. Aquí se confirma lo que diji­mos arriba. No se trataba de obedecer una ordenanza sino de ac­ceder a un privilegio. Si no había nada que impidiera, era propio acceder al mismo. Por naturaleza el bautismo no es una orde­nanza bajo condiciones rígidas, como las que encontramos en la ley, sino que esencialmente es la administración de un privilegio por el cual la persona es introducida al cristianismo. En cuanto al versículo 37, como muchos ya lo saben, no existe en los mejo­res manuscritos. Se trata de una añadidura antigua por parte de aquellos que pretendieron unir la fe con el bautismo, y poner aquella como condición de éste. Mas la fe siempre se halla en re­lación con la salvación eterna y no con el acto exterior del bau­tismo. Puede existir fe en el que se bautiza, y es esperable que exista, pero en realidad la simple adhesión externa al mensaje del evangelio es suficiente para que nada impida el bautismo. Si se exigiera fe para bautizar, sería necesario un extenso período donde el que bautiza pudiese acreditar la real presencia de ella; pero jamás vemos eso en las Escrituras. En la Palabra encontra­mos que la simple adhesión al mensaje, inmediatamente llama al bautismo. La fe es condición para la salvación eterna, pero no para administrar el bautismo. No encontramos ningún pasaje en donde deba bautizarse a alguien por el hecho de que ha tenido fe, o por el hecho de que ya es salvo. Existen pasajes mal enten­didos en este sentido; pero la imposición de condiciones para bautizar es cosa ajena a la Escritura. Y aun otra cosa notemos en este pasaje, como también se observa invariablemente en otros: nunca el bautismo es la acción de la Asamblea. Si así fue­ra, el eunuco debería haber regresado a Jerusalén y presentarse a la Iglesia, para que ésta le suministrase el bautismo. Jamás ob­servamos que sea la Iglesia o Asamblea la que bautiza. El bautis­mo es una administración personal. Uno que está dentro del cris­tianismo recibe a otro que está fuera. Felipe abre así la puerta al eunuco; y no tenemos ni rastro de que una Asamblea local de­ba realizar la acción. Igualmente, en el pasaje anterior, Pedro manda a bautizar a Cornelio y los gentiles que con él estaban, pero el apóstol no los lleva a Jerusalén ni a ninguna otra Asam­blea para que sea ella la que los bautice. El mismo principio ha­llamos en el bautismo del carcelero de Filipos (Hechos. 16:32-33). Insistamos, jamás en las Escrituras una Asamblea bautiza.

 

IX.III.V. ÚNICO CASO DE REBAUTISMO

Pasemos ahora a considerar un pasaje sumamente intere­sante. “Pablo... vino a Efeso, y hallando a ciertos discípulos, les dijo: ¿Recibisteis el Espíritu Santo cuando creísteis? Y ellos le dijeron: Ni siquiera hemos oído si hay Espíritu Santo. Entonces dijo: ¿En qué, pues, fuisteis bautizados? Ellos dije­ron: En el bautismo de Juan. Dijo Pablo: Juan bautizó con bau­tismo de arrepentimiento, diciendo al pueblo que creyesen en aquel que vendría después de él, esto es, en Jesús el Cris­to. Cuando oyeron esto, fueron bautizados en el nombre del Señor Jesús. Y habiéndoles impuesto Pablo las manos, vino so­bre ellos el Espíritu Santo...” (Hechos 19:1-6). Lo primero que aquí aprendemos, es que el bautismo de Juan no es el bautismo cristiano. Si el primero lo fuese, no habría sido necesario obser­var el segundo. En segundo lugar, es necesario advertir que esta­mos ante el único caso de rebautismo que nos presentan las Escrituras; y que justamente este caso, confirma el hecho de que no es necesaria ni escritural la práctica del rebautismo cris­tiano. La excepción viene a ser entonces la regla. En otras pala­bras, el único caso de rebautismo que hallamos en las Escritu­ras, confirma de que no debería practicarse el rebautismo cris­tiano a uno que ya ha sido bautizado antes. A partir de este pasa­je, tratemos entonces el tema acerca de si la Palabra de Dios jus­tifica o no rebautizar o volver a bautizar con bautismo cristiano a los que ya lo han recibido. Al respecto, no cabe ninguna duda que en las Escrituras jamás vemos la aplicación de un nuevo bau­tismo cristiano a quien ya lo tiene. Es práctica completamente extraña a la verdad, suministrar un segundo bautismo cristiano al que, por otro anterior, ya ha sido introducido al ámbito de la profesión cristiana. Podremos tener que discernir si un determi­nado bautismo es o no cristiano, pero no tenemos opción de ne­gar uno anterior para suministrar otro, siempre que el anterior, lógicamente, sea cristiano.

La lectura atenta del pasaje, deja ver a todas luces que no se trató de rebautismo cristiano, sino de la administración del bautismo cristiano aquellos que no lo tenían, puesto que solo ha­bían sido bautizados en el bautismo de Juan. De manera que el único caso de rebautismo, da crédito que solo se justifica su pre­sencia cuando en realidad se trata de recibir un nuevo bautismo que no se tenía anteriormente. A través del texto que hemos ci­tado, se hace más que evidente que el bautismo de Juan no era bautismo cristiano. Si aquel hubiese sido equivalente a éste, nunca hubiese mediado la necesidad de bautizar nuevamente. Avanzando un poco más en nuestro tema, surge necesariamente la pregunta: ¿Cuándo existe o no bautismo cristiano? Si es que hay casos en que se requiere volver a bautizar alguna persona que no ha sido introducida en la esfera del cristianismo, debe­mos conocer entonces, cuándo existe o no existe bautismo cris­tiano. El pasaje que hemos citado contesta nuestra pregunta. Pablo, a fin de conocer si aquellos discípulos habían sido recibi­dos en el cristianismo o no, les preguntó: “¿En (eis; “hacia”) qué, pues, fuisteis bautizados?”. Literalmente esto es: “¿A qué?” o“¿hacia qué fuisteis bautizados?” El bautismo siem­pre identifica con algo o con alguien; este es uno de los aspectos característicos tanto del bautismo de Juan como del bautismo cristiano. Notemos que Pablo no preguntó quién les había bauti­zado, ni cómo se había hecho tal bautismo, ni cuándo se había observado, ni dónde se había aplicado, sino “¿a qué?”. Esto es de vital importancia para comprender la esencia y naturaleza del bautismo cristiano. Si existiese el bautismo cristiano en vir­tud de una cierta categoría de personas que lo suministrasen, Pa­blo hubiese preguntado: “¿Por quién fuisteis bautizados?”. Si la existencia del bautismo cristiano dependiese de una determi­nada forma ritual, de una determinada cantidad de agua, o de una determinada fórmula, él hubiese preguntado: “¿Cómo fue­ron bautizados? ¿Con cuánta agua se concretó la acción? ¿Qué pa­labras o fórmula pronunció el que bautizó?”, etc. Si hubiese sido necesario un cierto momento de la vida o una determinada edad, el apóstol hubiese preguntado: “¿Cuándo fueron bautiza­dos?”. Y si se hubiese requerido una cierta condición de alma o la presencia de la vida divina, hubiese preguntado si eran o no creyentes al recibirlo. Sin duda que la ausencia de todos estos in­terrogantes es altamente significativa, porque justamente no hacen a la esencia del bautismo cristiano mismo, aunque en su lugar pudiesen tener su propia importancia. La esencia misma del acto del bautismo depende de aquello con lo que somos vin­culados, identificados y asociados por el mismo; con aquello que está a la vista al momento del acto. Así, cuando estos discí­pulos dijeron que ellos habían sido bautizados en el bautismo de Juan, Pablo aclaró inmediatamente que el tal era bautismo de arrepentimiento. Es decir, no era, estrictamente hablando, bau­tismo cristiano. Entonces “fueron bautizados en (hacia) (eis) el nombre del Señor Jesús” (v. 5). Es sumamente interesante observar que fue indispensable practicar un nuevo bautismo, porque el anterior no era bautismo cristiano; y que al hacerlo, lo esencial no fue ¿quién?, ¿cómo?, ¿cuándo?, ni ¿dónde?, sino ¿a qué o a quién? No habiendo sido bautizados hacia el nombre del Señor Jesús, entonces ahora sí lo son. “Fueron bautizados en el nombre (o mejor, hacia el nombre) del Señor Jesús”. Esto es sumamente significativo. Por varios textos podemos suponer que el bautismo requiere de importante cantidad de agua, y creemos que es apropiado practicarlo por inmersión, mas reco­nocemos que no es la cantidad de agua lo que hace que haya o no bautismo cristiano, sino el nombre a quien la persona es bau­tizada. No estamos habilitados, por las Escrituras, a practicar un nuevo bautismo cristiano si ya ha existido uno anterior que ha identificado y asociado la persona a Cristo. A pesar de que los procedimientos no hayan sido los mejores, en tanto que el indi­viduo sea revestido exteriormente con el nombre del Señor, es suficiente para que la acción esté presente. Las mismas pala­bras del Señor al instituir el bautismo, confirman que Él no esta­bleció métodos y formas sino que se limitó a darnos lo que en esencia es el bautismo cristiano: la colocación de la persona en el terreno de la profesión cristiana por el solo hecho de ser pues­ta en relación al nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu San­to. “Por tanto, id, y haced discípulos a todas las naciones, bau­tizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo” (Mateo 28:19). Notemos que por este texto y otros que ya he­mos citado y citaremos, la institución del bautismo cristiano es­tá despojada de la mucha formalidad y dogma que el hombre ha introducido. Lógicamente que debe intervenir agua, pero no se nos dice cuánta. Con todo, estamos en plena conformidad de bautizar por inmersión; es más, así lo hacemos siempre; pero si existe un bautismo anterior hecho al nombre del Señor, no tene­mos sanción bíblica para repetir otro.

Muchos podrán argumentar que el bautismo es necesaria­mente por inmersión, tomando textos como Mateo 3:6, Juan 3:23, Marcos 1:10, y Hechos 8:38. Si bien estos textos son altamente orientado­res y no negamos su valor, no constituyen de ninguna manera una ordenanza ni método prescripto. Además, los tres primeros no se relacionan con el bautismo cristiano; sí Hechos 8:38. De acuerdo al valor simbólico del bautismo según Romanos 6:3-4, donde aparece la idea de sepultura, creemos que lo correcto es bauti­zar por inmersión; pero esto siempre que no exista un bautismo anterior al nombre de Cristo. Insistimos que es la identificación y asociación de la persona al nombre de Jesucristo en el acto mismo de bautizar, lo que determina la presencia del bautismo cristiano.

Tampoco existe una fórmula dogmática para bautizar. El Señor mismo no la dio, aunque muchos hayan malentendido sus palabras en Mateo 28:19. En el libro de Hechos vemos que todos los bautismos cristianos identificaron a las personas con el nombre de Jesucristo (Hechos 2:38; 8..16; 10:48). La esencia misma de la presencia del bautismo cristiano está en el hecho de identificar la persona con el nombre del Señor Jesucristo. Por más falencias que presente una forma de bautismo, si ha sido hecho colocan­do la persona bajo la profesión de ese nombre, necesariamente existe bautismo cristiano y no estamos autorizados a practicar otro.

 

IX.III.VI. EL BAUTISMO DE PABLO

Tomemos ahora el caso del apóstol Pablo. En Hechos 9:18 lee­mos “y levantándose, fue bautizado”; en tanto que en Hechos 22:16 leemos en nuestras traducciones:“Ahora, pues, ¿por qué te detienes? Levántate y bautízate, y lava tus pecados, in­vocando su nombre”. Una mejor traducción de este último tex­to versa: “...levántate y sé bautizado” o“levántate y hazte bautizar”. Pensamos que el perdón eterno de los pecados de Pa­blo no aconteció en su bautismo, sino que tuvo lugar mucho an­tes: en su conversión, cuando el Señor resucitado se le apareció en ocasión de ir camino a Damasco. Nótese que antes de su bau­tismo, Ananías se dirigió a él considerándolo ya un hermano en la fe. Antes de su bautismo Pablo ya había reconocido el señorío de Cristo sobre su persona (ver Hechos 22:6-16). Muchos encuen­tran una seria dificultad al analizar Hechos 22:6-16, y a la vez tener presente que ya los pecados de Pablo estaban perdonados. Pero en realidad el texto que nos ocupa, no nos ofrece ninguna difi­cultad si lo consideramos desde el punto de vista del bautismo, y de su especial significación. La confusión en el tema surge por cuanto muchas doctrinas sectarias enseñan que el bautismo en sí otorga el perdón de pecados y la vida divina. Al respecto, lo primero que tenemos que saber, es que el bautismo nunca se re­laciona con las cosas eternas sino con las temporales. Si la esen­cia de la doctrina misma del bautismo se relacionase con las co­sas eternas, y si solo debería practicarse para el caso de que exis­ta en la persona el perdón efectivo de sus pecados, nunca se le hubiese dicho a Pablo:“Levántate y sé bautizado, y lava tus pecados”; sino que por el contrario, se le habría dicho: “Leván­tate y sé bautizado por cuanto tus pecados ya han sido lavados”. En realidad el bautismo no parte del hecho de que somos salvos y de que ya tenemos el perdón de pecados; sino, por el contra­rio, parte del hecho de que exteriormente estamos unidos a Adán; y como asociados a Adán, estamos en un terreno de con­denación, llevando sobre nosotros la culpabilidad de toda la con­dición adámica. Es cierto que una persona puede ser bautizada ya poseyendo el perdón eterno de sus pecados; pero este per­dón hace a sus relaciones eternas con Dios, asunto en el que jus­tamente nada tiene que ver el bautismo. El bautismo no trata de nuestras relaciones eternas con Dios sino de nuestra posición exterior en el mundo. En tanto que no somos bautizados, per­manecemos externamente unidos al hombre adámico; y como tales, llevamos su culpabilidad “sobre” nosotros. El bautismo siempre se relaciona con la idea de muerte, en el sentido de que como estamos exteriormente unidos a Adán y no a Cristo, nece­sitamos ser desvinculados o muertos respecto al primero. El ac­to mismo del bautismo es lo que nos desvincula externamente de con Adán, para colocar a Cristo sobre nosotros. De modo que el bautismo produce un lavamiento exterior de los pecados; es­to, por cuanto quita de nosotros la posición de culpabilidad en la que permanecemos en tanto que estamos exteriormente aso­ciados a Adán. El bautismo lava nuestros pecados en el sentido que en nuestra posición terrenal de profesión, nos desvincula de con el hombre natural. Este es un perdón administrativo que tenemos por el bautismo, y que nada tiene que ver con el per­dón de los pecados que exclusivamente es por la sangre de Jesu­cristo (1Juan 1:7). El pecado exterior, el pecado que pertenece a nuestra relación exterior con Adán, se quita por el bautismo; en tanto que el perdón eterno de nuestros pecados, se relaciona ex­clusivamente con la sangre de Cristo. El agua bautismal lava pe­cados en un sentido gubernamental, terrenal y temporal, en el sentido que salimos de nuestra asociación a Adán para colocar a Cristo sobre nosotros. Por el contrario, la sangre del Señor opera en lo interior, espiritual y eterno. Somos perdonados eterna­mente por sangre; nunca por agua.

En cuanto a la mención de la invocación del nombre del Se­ñor a que se refiere nuestro texto, decimos que igualmente aquí se aplica justamente a estos aspectos exteriores. El nombre del Señor puede ser invocado tanto en relación a las cosas eternas como a las que pertenecen a la profesión. Es el contexto en don­de aparece, lo que nos habla del carácter en que la cuestión es aplicada. Indudablemente que cuando Pablo se bautizó, sus pe­cados ya habían sido perdonados en cuanto al ámbito propio de las cosas eternas, pero en lo terrenal y externo, él seguía unido al hombre en Adán y al judaísmo culpable. Seguía unido al hom­bre adámico y al judaísmo culpable en tanto que no fuese bauti­zado en el nombre del Señor. Uno de los efectos concretos del bautismo, es sacarnos de la esfera de muerte y culpabilidad que representa nuestra asociación exterior a Adán, para introducir­nos en una nueva esfera, el cristianismo, en donde somos des­vinculados del primer hombre y lavados exteriormente de los pe­cados. Es decir, estamos aquí ante algo que positivamente pro­duce el bautismo. En este sentido, no se trata de una simple identificación hacia algo sino de adquirir una nueva condición exterior, como ya no perteneciendo al hombre adámico sino al hombre del cielo: Cristo. Tomemos un simple ejemplo. Supon­gamos que un hincha de un determinado equipo de futbol, aban­dona en su corazón a su equipo de origen y se torna adicto a otro. En tanto que lleve la camiseta y los colores del primero, di­fícilmente se lo considerará como hincha del último equipo. Si prosigue utilizando los emblemas del primer equipo, sigue nece­sariamente vinculado a éste en tanto no los cambie por los del segundo. Es más. Él no se atrevería en un partido a ocupar un si­tio junto a los hinchas del segundo cuadro, utilizando los colores del primero, pues podría ser objeto de burla o violencia. Pero si observa un cambio exterior, el tal importa necesariamente una nueva posición en las tribunas. Así, el bautismo afecta en lo esencialmente exterior y temporal, en lo que hace a la profe­sión externa. El bautismo supone un cambio de posición exte­rior que es indispensable para tomar lugar en el cristianismo.

 

X. EL SIGNIFICADO SIMBÓLICO DEL BAUTISMO

En Romanos 6encontramos el significado simbólico del bautis­mo. “¿Qué, pues, diremos? ¿Perseveraremos en el pecado pa­ra que la gracia abunde? En ninguna manera. Porque los que hemos muerto al pecado, ¿cómo viviremos aún en él? ¿O no sabéis que todos los que hemos sido bautizados en (“eis”; “hacia”)Cristo Jesús, hemos sido bautizados en (eis)su muer­te? Porque somos sepultados juntamente con él para (eis) muerte por el bautismo, a fin de que como Cristo resucitó de los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros ande­mos en vida nueva” (Romanos 6:1-4). Para entender la simbología del bautismo como muerte, tenemos que partir del hecho que la po­sición característica del creyente es la de “muerto al pecado”. El creyente es considerado como muerto al pecado en el sentido que, en su posición en Cristo, ya no tiene nada que ver con la vie­ja naturaleza que origina los pecados. El pecado, la naturaleza o vieja raíz de Adán que produce los pecados, no puede encon­trar en nosotros nada que responda a ella, por cuanto posicio­nalmente en Cristo estamos muertos. Y como tales, ningún vínculo nos une, ninguna relación cabe con tal naturaleza. Los que hemos sido bautizados hacia Cristo, los que estamos identi­ficados y asociados al nuevo hombre,“hemos sido bautizados hacia (eis)su muerte”. La muerte de Cristo supone para noso­tros nuestra muerte; nuestra muerte al pecado, a la vieja natu­raleza de pecado. Nuestra asociación a Cristo por el bautismo, como muertos con Él y como sepultados juntamente con él, es símbolo de nuestra total desvinculación de con el pecado. El pe­cado ninguna relación puede tener con un muerto o con uno que está sepultado. Así, vemos que el bautismo significa para noso­tros muerte y sepultura, pues nos asocia y nos identifica a un Cristo muerto y sepultado. No es que el bautismo produzca esta muerte positivamente, sino que nos identifica con ella. Es decir, nos identifica con esa verdad posicional. La resurrección de Cris­to, después de su muerte y sepultura, es el principio que se rela­ciona con nuestro andar en vida nueva. Pero el bautismo no se re­laciona con resurrección y vida nueva sino con muerte y sepul­tura. Notemos que leemos“hemos sido bautizados hacia su muerte”; pero nunca que “hemos sido bautizados hacia su resu­rrección o vida”. Como hemos visto, el bautismo cristiano nos identifica con la muerte y sepultura de Cristo; supone una iden­tificación y asociación con la muerte y sepultura del Señor. Insistamos que no decimos aquí que el bautismo produzca esa muerte y sepultura en forma positiva, pero sí nos identifica con ella. Por eso, en su simbología, el bautismo expresa que esta­mos “muertos al pecado”. En este sentido, el bautismo habla de que nos hemos desvinculado del hombre adámico por medio de la muerte de Cristo; muerte a la que somos posicionalmente aso­ciados. No se dice que el bautismo nos identifique ni asocie a la resurrección del Señor, sino que la resurrección del Señor se rela­ciona con nuestro andar en novedad de vida. El bautismo siem­pre significa muerte y sepultura; nunca vida (vida divina), aun­que pueda haberla en el individuo. En tal sentido, es necesario diferenciar lo que significa el bautismo en sí, con respecto al es­tado del individuo. En definitiva, estrictamente hablando, el bautismo no produce nuestra “muerte al pecado”, pero es lo que simbólicamente expresa al identificarnos con la muerte de Cristo. El bautismo no expresa simbólicamente nuestro andar en novedad de vida, porque ello no se relaciona con la muerte si­no con la resurrección del Señor.

Otro texto que nos presenta el bautismo como sepultura, lo tenemos en Colosenses 2:12. “En Él también fuisteis circuncidados con circuncisión no hecha a mano, al echar de vosotros el cuerpo pecaminoso carnal, en la circuncisión de Cristo; se­pultados con Él en el bautismo, en el cual (mejor‘en quién’)fuisteis también resucitados con Él, mediante la fe en el po­der de Dios que le levantó de los muertos” (Colosenses 2:11-12). En es­te pasaje podemos ver que en el cristianismo, todo habla de la muerte del viejo hombre y su naturaleza carnal. En primer lugar tenemos el asunto de nuestra posición “en Cristo”, vista aquí co­mo el despojamiento de nuestra naturaleza carnal. Esta es la cir­cuncisión de Cristo. En segundo lugar, encontramos nuestra aso­ciación a Él por el bautismo, que justamente expresa, de una manera exterior, nuestra asociación a Él en la sepultura. El bau­tismo es un símbolo de nuestra sepultura con Él; sepultura que declara muerto al viejo hombre. Si en un sentido espiritual nues­tra posición en Cristo importa la muerte de la carne, la muerte del hombre adámico; en un sentido externo y terrenal, el bau­tismo expresa eso mismo. Pero en el bautismo, como hemos di­cho, no encontramos la realidad misma del asunto sino su ex­presión externa y terrenal. Tenemos el símbolo pero no la reali­dad espiritual misma. Somos simbólicamente asociados a la se­pultura de Cristo, a fin de que el hombre en Adán desaparezca de la vista. Es cierto que en lo concreto el bautismo no quita de nosotros al hombre adámico, pero de una manera externa ex­presa su sepultura al asociarnos a un Cristo muerto y sepultado. Esto, en una esfera exterior; pues si bien el bautismo no quita de nosotros al viejo hombre, sí hace efectivamente algo: lo de­clara sepultado juntamente con Cristo. Declara que en el cris­tianismo ningún valor ni derecho se reconoce a “ese muerto”. Aun cuando el efecto es solo exterior, supone algo sumamente importante pues desde un primer momento, en el ingreso de una persona al cristianismo, se declara que en este ámbito no se reconocen los derechos ni operaciones del hombre en Adán. Y si por el bautismo se expresa nuestra sepultura juntamente con Cristo, en cuanto a la nueva vida (la vida de resurrección), igualmente somos asociados a ella por la resurrección de Cristo. Somos resucitados con Él. Esta es una verdad posicional. No im­porta que aún no hayamos recibido nuestros cuerpos transfor­mados, estamos asociados a la resurrección de Cristo. Ya sea en su sepultura como en su resurrección, estamos asociados a Él. Estas son verdades posicionales que ya tenemos; pero el bautis­mo, en su simbología, expresa la sepultura del hombre adámi­co. Notemos que cuando se trata del bautismo el asunto no supo­ne fe, mas cuando se habla de la resurrección, sí: “mediante la fe en el poder de Dios que le levantó de los muertos”. Esto es importante. Cuando se trata de la vida, entonces tenemos la presencia de la fe; pero cuando se trata de la muerte, no tene­mos fe ni vida. El bautismo no supone fe (aunque pueda haberla en el individuo que se bautiza), tampoco identifica con la vida, ni habla de resurrección. En su simbología el bautismo siempre es muerte y sepultura. Por eso, al decirse “en el cual” o mejor “en quién” (como aparece en otras traducciones), la referencia es a Cristo y no al bautismo. Es en Cristo en quien fuimos resuci­tados y no en el bautismo. Muchos han entendido mal este pasa­je, y creen que el bautismo también habla de resurrección. Insistamos entonces, que en un sentido estricto, el bautismo simbólicamente nos asocia a la muerte de Cristo y a su sepultu­ra, pero no a su resurrección.

 

XI. BAUTISMO SECTARIO

Sigamos adelante con otros pasajes de las Escrituras que abordan el tema. Si bien en la primera epístola a los Corintios ya hemos considerado algunos textos sobre el bautismo, aún nos quedan algunos pasajes que son necesarios analizar. Leamos 1Corintios 1:13-17: “¿Acaso está dividido Cristo? ¿Fue crucificado Pa­blo por vosotros? ¿O fuisteis bautizados en el nombre de Pa­blo? Doy gracias a Dios de que a ninguno de vosotros he bauti­zado, sino a Crispo y a Gayo, para que ninguno diga que fuis­teis bautizados en mi nombre. También bauticé a la familia de Estéfanas; de los demás, no sé si he bautizado a algún otro. Pues no me envió Cristo a bautizar, sino a predicar el evangelio...” (1Corintios 1:13-17). Una de las dificultades que gene­raba desorden en Corinto, estaba en relación al sectarismo que dividía a los creyentes en distintos partidos. Y este espíritu sec­tario buscaba encumbrar a un determinado líder, que venía a ser el centro que aglutinaba a cierto grupo que le respondía. Y en tal cuestión, era argumento para este liderazgo sectario, el hecho que el cismático se acreditase haber bautizado un consi­derable número de personas. El espíritu sectario que imperaba en Corinto, buscaba cualquier cosa como un elemento de acre­ditar autoridad especial a un determinado líder, sobre un deter­minado grupo de hermanos. Y si en este sentido el bautismo era uno de los argumentos erróneamente dirimidos, Pablo da gra­cias de que solo había bautizado muy pocas personas entre los corintios. Él no quería que su nombre convocara adeptos secta­rios que levantasen una bandera divisionista, y ello echando ma­no a su persona o a su ministerio. Es más, su ministerio no se rela­cionaba con el bautismo. Cristo no lo había enviado a bautizar si­no a predicar el evangelio. Él no dice que debía dejarse el asun­to del bautismo a un lado, sino que estrictamente hablando, su ministerio no se relacionaba con el bautismo. Por el contrario, Juan el bautista sí fue enviado a bautizar; su ministerio esen­cialmente pasaba por el bautismo. En el caso de los apóstoles, ellos también fueron enviados a bautizar; pero Pablo, no. No obstante, aprendemos en este pasaje que uno de los grandes errores del hombre religioso, es hacer del bautismo una cues­tión sectaria, un principio de división entre los creyentes. Y eso es lo que tristemente produce el bautismo cuando es malenten­dido. Divide a los creyentes en un asunto que, en realidad, no re­viste la importancia que sí merecen otros aspectos de la revela­ción divina. Así, Pablo, a pesar de haber bautizado algunas per­sonas, él no se detenía en la cuestión del bautismo sino en la pro­funda sabiduría del evangelio de Cristo. Lo interesante para no­sotros en este pasaje, es saber que el espíritu sectario toma el bautismo en un sentido erróneo; lo toma para producir división entre los creyentes y establecer liderazgos falsos y artificiales.

 

XII. BAUTISMO POR LOS MUERTOS

Pasemos ahora a otro texto en la primera epístola a los Co­rintios, que merece una especial consideración. “De otro mo­do, ¿qué harán los que se bautizan por los muertos, si en nin­guna manera los muertos resucitan? ¿Por qué, pues, se bauti­zan por los muertos? ¿Y por qué nosotros peligramos a toda hora?” (1Corintios 15:29-30). Lo primero que tenemos que considerar para comprender este pasaje, es que en todo el capítulo quince de la Primera Epístola a los Corintios, Pablo trata el asunto de la resurrección. Y ello, en respuesta a los que decían que no había resurrección de muertos (15:12). El apóstol, entonces, hace to­do un desarrollo que confirma, por el Espíritu Santo, la verdad de la resurrección. También es importante notar que los ver­sículos 20 a 28 constituyen un largo paréntesis aclaratorio; de modo que al unir la lectura del versículo 19 con el 29, se nos otor­ga luz en la comprensión del asunto. Si nuestra esperanza no contiene la bendita esperanza de la resurrección, sino que se li­mita a esperar en un Cristo sin resurrección, somos dignos de to­da conmiseración. Esta es la idea del versículo 19. Mas el cre­yente, como un viviente aquí abajo, no solo espera en Cristo en relación a la vida terrena, sino que también lo espera aun más allá de la muerte; y por eso, se identifica con la misma fe de los creyentes que han muerto. Al leer la expresión “se bautizan por los muertos”, no se quiere decir a favor de los muertos sino en el lugar de ellos. Y esto, en el sentido de ocupar, por la fe, la esperanza de los creyentes ausentes al cuerpo. Es decir, es el bautismo visto como motivado por la fe y esperanza de los que partieron en esperanza de resurrección. Si no hubiera resurrec­ción, sería necio identificarse y ocupar el sitio que dejaron aquellos hermanos que han partido en la esperanza de la resu­rrección. Dicho de otra manera, si los muertos no resucitan se­ría totalmente vano identificarse con la fe de aquellos que par­tieron en esperanza de resurrección. Aquí, el sentido del bau­tismo es muerte que asocia a la muerte; a la muerte de aquellos que han partido en esperanza de resurrección. Es asociación a la muerte tal como la fe la concibe; y de ninguna manera se tie­ne en vista la muerte como la concibe el incrédulo. El bautismo no nos identifica nunca con la visión de muerte que pertenece al hombre natural. El hombre natural ve la muerte como el fin de todo; nunca aprecia vida a través de ella.

 

XIII. EL BAUTISMO COMO VESTIDURA

“Todos los que habéis sido bautizados en (eis; hacia) Cristo, de Cristo estáis revestidos” (Gálatas 3:27). Es importante aclarar que el bautismo cristiano, produce concretamente cier­tas cosas. No hablamos ahora de una identificación con algo que en realidad no se posee por bautismo, sino de un efecto concre­to y permanente que sí se adquiere por el tal. El que ha sido bau­tizado hacia Cristo, está revestido de Cristo. Esto no significa un cambio moral ni una obra “en” el creyente, sino un efecto concreto “sobre” quien profesa el cristianismo. Quien ha sido bautizado, está exteriormente revestido de Cristo; Cristo está externamente asociado a la persona por medio del bautismo. Para comprender esto, es importante distinguir una serie de conceptos que determinan la posición del cristiano. El creyente está “en Cristo”, “Cristo está en él” y “Cristo está sobre él”. No nos detendremos ahora a considerar los dos primeros aspectos; solo aclararemos que son cuestiones que gozan todos los verda­deros creyentes. Mas en relación al tercer aspecto, es decir “Cristo sobre” el que se ha bautizado hacia Él, es asunto que in­cluye a toda la profesión cristiana; es decir, a todos los bautiza­dos. Es esta una asociación externa a Cristo. Es como si Cristo fuese un vestido exterior que identifica a la persona como cris­tiana (de profesión). Y tal cosa no importa necesariamente la presencia de la vida divina. Esto era de suma importancia que fuese entendido por los gálatas, pues ellos no estaban asocia­dos a Moisés ni tenían que profesar su fe bajo la ley. Por el con­trario, habían sido bautizados a Cristo; y por lo tanto, estaban revestidos de Cristo. La posición de ellos pertenecía al cristia­nismo, no al judaísmo; en consecuencia nada tenían que ver con la obediencia a la ley.

 

XIV. BAUTISMO Y UNIDAD

“Un Señor, una fe, un bautismo”(Efesios 4:5). En el cristianis­mo, lo que tiene la vida divina pertenece al Cuerpo (Efesios 4:4); y lo que pertenece a la profesión, se relaciona con “un Señor, una fe, un bautismo”. Y si lo que pertenece a la vida supone una uni­dad consumada, pues leemos que solo hay“un Cuerpo” (Efesios 4:4), lo que pertenece a la esfera de la profesión, también guar­da su correspondiente unidad. No hay más que un solo Señor Je­sucristo, una sola fe cristiana, y un único bautismo cristiano. La verdad de las Escrituras no consideran de que hayan varios bau­tismos cristianos, no reconoce bautismos sectarios ni denominacionales. La esencia misma del bautismo asocia a Cristo en la esfera de la profesión, y ello por encima de todas las formas y variantes que el hombre, en su espíritu legal y dogmático, ha in­troducido en relación al mismo. Es importante tener presente esto, pues no es determinada forma de bautizar o determinados requisitos que el hombre pudiese exigir, lo que garantiza la pre­sencia del bautismo cristiano. Es por sobre todo “a qué” o “a quien” se efectúa la acción, lo que define el asunto. Si el bau­tismo ha identificado y asociado la persona a Cristo, tal cosa es suficiente para que exista bautismo cristiano. Bautismo, que es uno; no hay otro bautismo cristiano alternativo u optativo. Hay una unidad en relación a la profesión cristiana, y el bautismo cristiano es expresión de ella. Y esta unidad está determinada por el hecho de profesar el cristianismo, y no por el hecho de profesar ser de tal o cual denominación o sistema de la cristian­dad; ni por el hecho de haber recibido tal o cual forma de bau­tismo

 

XV. BAUTISMO COMO SALVACIÓN O LA SALVACIÓN DEL BAUTISMO

Tomemos ahora el pasaje de 1Pedro 3:20-21, el cual ha traído dificultades a muchos creyentes. En el mismo se nos dice que en el arca, unas “pocas personas, es decir, ocho, fueron salvadas por agua. El bautismo que corresponde a esto ahora nos sal­va, no quitando las inmundicias de la carne, sino como la aspi­ración de una buena conciencia hacia Dios por la resurrec­ción de Jesucristo”4.

 

(4). Hemos quitado el paréntesis, pues da lugar a malas interpretaciones. Podría entenderse que el bautismo salva por la resurrección; cosa que es errónea.

 

Aquí tenemos el bautismo como salva­ción; pero una salvación que no tiene que ver con la eternidad si­no con la aspiración a una buena conciencia. Para entender es­to, en primer lugar tenemos que ubicarnos que Pedro escribe a los judíos de la dispersión convertidos al cristianismo. Y tal co­mo ocurrió en los tiempos de Noé, cuando solo muy pocas per­sonas se salvaron a través del agua, acontecía algo similar con el grupo de judíos que había sido introducido al cristianismo por medio del bautismo. El bautismo cristiano es el antitipo de lo que ocurrió en el diluvio, cuando en el arca y a través del agua, se salvaron aquellas ocho personas. En el tiempo de Noé, las ocho personas que se salvaron, lo fueron pasando a través del agua; y luego, ocuparon una nueva posición en la tierra santifi­cada por juicio. Así, los judíos que estaban asociados al judaís­mo, permanecían en un terreno de culpabilidad y juicio, pues eran responsables de haber rechazado y crucificado al Señor. Por las aguas del bautismo, ellos salieron de este terreno de cul­pabilidad. Esto supone una forma de salvación. No una salva­ción meramente ritual a modo de una purificación ceremonial, como era usanza de los judíos en la ley. Los judíos utilizaban, conforme a la ley, el agua para purificar los utensilios, los le­chos y sus mismas personas. Es posible que los judíos converti­dos recientemente al cristianismo, pudieran pensar que el bau­tismo obraba la purificación ritual de sus cuerpos. Es por eso que Pedro aclara que el bautismo no quita las inmundicias de la carne, tal como sí lo hacían, ceremonialmente hablando, las abluciones que demandaba la ley. El bautismo cristiano nada te­nía que ver con la ley mosaica ni sus purificaciones ceremonia­les. El bautismo cristiano salvaba a través del agua colocando so­bre un nuevo terreno: el cristianismo. Terreno, en donde no pe­saba el juicio a causa de la culpabilidad judía que hemos men­cionado. El bautismo no daba en sí una buena conciencia, pero sí suponía la aspiración a ella. Un judío no podía tener buena conciencia en el judaísmo, no solo porque la ley le acusaba de pecado sino que el judaísmo había despreciado y crucificado al Cristo, y ello le hacía culpable y pasible del más severo juicio di­vino. El bautismo salvaba sacando de este terreno judicial y tras­ladando a otro donde la conciencia podía ser hecha buena. El cristianismo está sentado sobre el magno hecho de la resurrec­ción; hecho que da testimonio de que Dios ha aceptado la obra expiatoria de Cristo, y que la cuestión del pecado está absoluta y eternamente resuelta. Entonces, desde esa nueva posición ad­quirida por bautismo, la posición cristiana, la conciencia podía hacerse buena por la resurrección. En fin, el bautismo salva en el sentido de llevar de un terreno a otro; en el sentido de salvar a través del agua, tal como en el caso del arca en los tiempos de Noé. El agua bautismal en verdad sacaba del judaísmo y coloca­ba en el cristianismo. Y ello, no como una purificación ritual se­gún la ley, sino como el concreto cambio de posición exterior que sacaba al judío del terreno judicial del judaísmo, para colocarlo en el cristianismo; siendo este último ámbito, el sitio des­de donde podemos tener una buena conciencia ante Dios por medio de la resurrección de Jesucristo. La salvación aquí se rela­ciona con ese cambio de posición a través del agua, tal como Noé dejó una tierra contaminada por la violencia y la sangre ino­cente derramada, a otra purificada mediante juicio. Digamos también, que la salvación de Noé y los suyos en el arca no fue sal­vación en cuanto a la eternidad, sino de un juicio sobre la tie­rra: el diluvio. El ejemplo es en todo coincidente con el bautis­mo, pues el bautismo no salva en relación a la eternidad sino que, aquí abajo, por agua sacaba a los judíos de un terreno judi­cial. Si para el judío es el terreno de la culpabilidad del judaís­mo que despreció a su Mesías; para los gentiles, supone salir del terreno judicial del paganismo y todas sus inmundicias.

 

XVI. CONCLUSIONES

Al llegar aquí, y habiendo hecho un recorrido por la mayo­ría de los pasajes que en las Escrituras hablan del bautismo, de­seamos presentar algunas palabras finales. Aunque nos llame profundamente la atención, la gran dificultad que muchos cre­yentes encuentran en aceptar los principios que presentamos en este escrito, tienen que ver con temas ajenos al bautismo. El hecho de asociar el bautismo a otras cosas que nada tienen que ver con él, es lo que más lo ha empañado y lo que más ha intro­ducido confusión en el tema. Uno de estos errores es ligar el bau­tismo con la salvación eterna, y no a la salvación externa y tem­poral. Y por otro lado, no ha producido menos confusión el he­cho de asociarlo con el acceso a la Mesa del Señor. Cuando se en­tiende que en realidad el bautismo no confiere la vida eterna y que no es la puerta de entrada para partir el pan, el creyente sectario pierde su dogmatismo. El bautismo no hace otra cosa que “cristianizar” a una persona; no hace otra cosa que introducirla en la esfera de la profesión del cristianismo. El bautismo jamás confiere la vida eterna ni supone necesariamente la re­cepción a la Mesa del Señor. El bautismo no genera un creyente sino un discípulo. “Haced discípulos a todas las naciones, bau­tizándolos... enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado” (Mateo 28:19-20). Es importante entender que un discípulo no es necesariamente alguien que posee la vida. Ju­das Iscariote era uno de los discípulos del Señor, y sin embargo no gozó de vida eterna. Un discípulo es alguien que toma un lu­gar en la profesión cristiana para aprender y seguir las enseñan­zas de Cristo. Todo creyente es un discípulo, pero no todos los discípulos son necesariamente creyentes. El discipulado perte­nece a la esfera de la profesión cristiana, no al Cuerpo. En tal sentido, observemos que el Señor no ordenó bautizar creyentes sino hacer discípulos mediante el bautismo. El bautismo nunca garantiza la presencia de la vida divina. El bautismo cristiano nunca habla de vida sino de muerte. Por estricta que sea una de­nominación, jamás puede acreditar que los bautizados según sus principios sean todos creyentes.

Insistamos en que el acceso a la comunión en la Mesa del Señor nada tiene que ver con el bautismo. No tenemos ningún texto en las Escrituras que acredite a alguien el derecho de participar de la Mesa del Señor, por el hecho de ser bautizado. Los apóstoles nunca recibieron el bautismo cristiano y sin embargo ellos partieron regularmente el pan. No queremos decir con esto que un creyente que parta el pan no deba ser bautizado; por el contrario, creemos que lo correcto es que lo sea. El asunto es que la recepción a la Mesa del Señor se relaciona con la vida, con los que realmente son creyentes. No recibimos a alguien a la Mesa del Señor por ser bautizado, sino que lo hacemos como miembro del Cuerpo de Cristo (1Corintios 10). El bautismo solo introduce a la profesión y coloca a la persona en la esfera del discipulado.

No es la persona la que debe bautizarse sino la que debe ser bautizada. Ella es la que es recibida en el cristianismo por otro; ella no es quien se recibe a sí misma ni la que obliga a otra a recibirle. El bautismo supone una potestad y autoridad admi­nistrativa que no posa en el que se bautiza, sino que es la admi­nistración del privilegio del que bautiza. Y ello, para que el que bautiza abra la puerta e introduzca, al que se bautiza, en la es­fera de la profesión cristiana. Privilegio que normalmente co­rresponde administrar al evangelista o a cualquier creyente que ya está dentro del cristianismo. Nótese que el Señor envió a los suyos a bautizar, no a bautizarse. El bautismo es el acto del que bautiza, no del que es bautizado. Esto excluye la acción de la Asamblea. En las Escrituras, jamás es la Asamblea la que bau­tiza. Lidia “fue bautizada, y su familia” (Hechos 16:15), y asimis­mo, el carcelero de Filipos “fue bautizado él con todos los su­yos” (según mejor traducción; Hechos 16:33), en ocasión de la obra del evangelio. Igualmente ocurrió con Felipe y los samari­tanos (Hechos. 8:12), Felipe y el eunuco (Hechos. 8:38), Cornelio (Hechos. 10:48), etc. Algunas versiones de las Escrituras pueden no ser muy exactas en sus traducciones, pero las más aferradas al texto, siempre colocan al bautizado como el receptor de la acción.

 

ANEXO

Digamos algo sobre el polémico caso del bautismo de fami­lia. Si tenemos presente que el bautismo cristiano introduce a la esfera de la profesión, que allí el introducido es discipulado y enseñado en las verdades cristianas, que ello no supone la re­cepción a la Mesa del Señor, y dimensionamos en toda su impor­tancia la inmensa gracia de la verdad divina: “tú y tu casa”; el jefe de familia, no encontrará obstáculos para bautizar a sus hi­jos, por pequeños que estos sean. Tomemos dos casos bien cla­ros en las Escrituras. El carcelero de Filipos “fue bautizado él con todos los suyos” (Hechos 16:33). Y notemos el orden: primera­mente Pablo y Silas “le hablaron la palabra del Señor a él y a to­dos los que estaban en su casa” (v. 32); luego “se bautizó él con todos los suyos” (v. 33); y por último, se habla de la fe: “y se regocijó con toda su casa de haber creído a Dios” (v. 34). No se partió de la fe. El caso de Lidia es semejante. Ella “fue bautizada, y su familia” (Hechos 16:15). La introducción a una es­fera de privilegios divinos, aunque no suponga necesariamente la posesión efectiva de la vida divina, es cosa que en muchos ca­sos va asociada a la autoridad del jefe de familia o de un miem­bro prominente de ella. Y esta es una verdad muy interesante que vemos a lo largo de las Escrituras. Demos ejemplos de ello. Solo Noé fue visto varón justo en una generación inicua en ex­tremo, y si bien nunca leemos que su esposa o sus hijos lo fue­ran, con todo, subieron al arca con Noé. La instrucción divina fue: “entrarás en el arca tú, tus hijos, tu mujer, y las mujeres de tus hijos contigo” (Génesis 7:18). “Dijo luego Jehová a Noé: Entra tú y toda tu casa en el arca; porque a ti he visto justo de­lante de mí en esta generación” (Gn 7.1). ¿Acaso fue el propó­sito divino solo salvar a Noé y sepultar su familia en el juicio dilu­vial? ¿La justicia de Noé no asociaba a su esposa e hijos a una po­sición que les separaba del juicio que pesaba sobre el mundo? Y el ejemplo es tanto más significativo, cuando justamente esa salvación en lo temporal, que importó atravesar el juicio prote­gidos en el arca, es una clara figura de la salvación exterior y temporal que supone el bautismo, tal como lo vimos en 1Pedro 3:20­-21. Si el bautismo importa una salvación de tal carácter, ¿no es propio que el jefe de familia introduzca en la profesión cristia­na a toda su casa?

Hay, en las Escrituras, muchos ejemplos que hacen a la in­troducción a una esfera de bendición temporal, que asocia a to­da una casa al jefe de familia que ya se halla o entra a tal esfera. Pero solo tomamos dos casos, porque justamente están citados en el Nuevo Testamento en relación al bautismo. Es lo que vimos con Noé; pero ahora agreguemos el de Moisés. Ya consideramos que todos los que salieron de Egipto, “en Moisés fueron bauti­zados en la nube y en el mar” (1Corintios 10). Y notaremos que esta compañía, que ofrece un ejemplo de la cristiandad profesante, estaba conformada por familias completas. Nunca los jefes de familia salieron de Egipto sin las mujeres y los hijos. Advirtamos que cuando el Faraón preguntó quiénes habían de ir fuera de Egipto, “Moisés respondió: Hemos de ir con nuestros niños y con nuestros viejos, con nuestros hijos y con nuestras hi­jas...” (Éxodo 11:9). En cierto momento, el rey de Egipto estuvo dis­puesto a dejar ir a los varones, pero sin sus hijos (Éxodo 11:10-11). Mas tal cosa era absolutamente inadmisible. ¿Saldrían de Egipto los jefes de familia y dejarían al resto de los suyos bajo el poder de ese rey que es un vivo retrato de Satán? De semejante mane­ra, ¿ingresará a la esfera del cristianismo el jefe de familia en tanto que el resto de ella, y especialmente sus hijos, quedan en el ámbito del paganismo idólatra o del ateísmo? Invariablemen­te, ya se trate de Noé, de Abraham, de Moisés, de Josué, y de muchos otros siervos de Dios, la posición exterior de bendición aquí abajo, asociaba a toda la familia. Igualmente, no tenemos ninguna dificultad en decir que el jefe de familia, posee toda li­bertad de introducir a sus hijos por bautismo en la misma posi­ción que él ha asumido en el cristianismo. En tanto que no lo ha­ga, es como si él estuviese fuera de Egipto y hubiese dejado sus hijos bajo la mano del Faraón; o es como si él hubiese subido al arca y dejado sus hijos fuera de ella. ¿Qué?... ¿el padre de fami­lia estará dentro del cristianismo en tanto que dejará sus hijos en el paganismo?

R. Guillen