LLAMADO A SER APÓSTOL

(APOSTOL POR LLAMAMIENTO)

(1 Corintios 1:1; Romanos 1:1)

 

En estos tiempos de profunda confusión, en donde todo vien­to de falsa doctrina parece correr en el mismo seno de la cris­tiandad, es necesario valorar y retener la verdad divina que he­mos recibido y nos ha sido confiada por la Palabra de Dios. El error ha penetrado prácticamente en todos los campos del cristianismo, y tal cosa no excluye a lo que hace al tema de los após­toles. Intentaremos demostrar por las Escrituras, la completa fa­lacia de esas doctrinas que pretenden sostener que hoy existen apóstoles a la manera de Pedro, Pablo o Juan, o que proclaman que existe una sucesión apostólica que transmite la misma con­dición que era propia de los apóstoles de la Iglesia naciente. Admitimos que sí existe lo que llamamos comunión apostólica. Cosa, que tiene que ver con la esfera misma de comunión a la que ingresamos por la recepción del testimonio apostólico. Así, el apóstol Juan nos dice: “lo que hemos visto y oído, eso os anunciamos, para que también vosotros tengáis comunión con nosotros; y nuestra comunión verdaderamente es con el Padre, y con su Hijo Jesucristo” (1Juan 1:3; ver también Hechos 2:42). Si recibimos el testimonio apostólico, nosotros (los re­ceptores del testimonio) tenemos comunión con los portadores directos de tal testimonio (los apóstoles). El testimonio recibi­do introduce en la esfera de la comunión apostólica. Y esa comu­nión apostólica es la comunión con el Padre y con el Hijo. Es im­portante distinguir entonces entre lo que es comunión apostó­lica, cosa que continúa y continuará aquí abajo en tanto que la Iglesia esté presente, respecto de lo que es una artificial y falsa sucesión apostólica de individuos que la pretenden. Como lo po­dremos notar en las Escrituras, jamás un apóstol dejó instruc­ciones ni una forma para establecer una sucesión apostólica. Ellos dejaron el testimonio de Jesucristo, y ese testimonio nos introduce a la comunión apostólica. Y en verdad, hoy no necesi­tamos de la presencia personal apóstoles, sino recibir el testi­monio apostólico que ellos ya nos dejaron. Si lo recibimos, tene­mos comunión apostólica.

Comencemos diciendo que la palabra “apóstol” proviene del griego “apostolos”. Su significado etimológico indica “uno enviado”. Otorga la idea de “enviar en pos de sí”, o de “enviar en lugar de”, o “enviar en representación de”. Mas es necesario observar que en las Escrituras, esta palabra se utiliza de diver­sas maneras, con latitudes muy diferentes, en variados contex­tos temáticos, y es atribuida a personas de muy distinta condi­ción. Si bien persiste siempre el significado esencial del térmi­no, podemos advertir varios sentidos en relación a su aplica­ción, a las personas involucradas, y al contexto en que aparece. Notemos que la palabra “apóstol” se aplica a Cristo (Hebreos 3:1), a los doce que Él escogió (Mateo 10:1-4; Lucas 6:13-16), a Matías (Hechos 1:26), a Pablo (Romanos 1:1; 1Corintios 9:1; Gálatas 1:1; etc.), a Bernabé (Hechos 14:14), a Andrónico y Junias (Romanos 16:7), a hermanos enviados pa­ra llevar una ofrenda (2Corintios 8:23), a Epafrodito (*1) (Filipenses 2:25), a un don espiritual muy especial en la Iglesia naciente (Efesios 4:11; 2.20; 1Corintios 12:28).

 

(*1)Lo vertido en varias versiones como “mensajero”, es la misma palabra que tam­bién se traduce como “apóstol”.

 

En primer lugar, entonces es necesario advertir que tenemos un uso amplio de la palabra “apóstol” en las Escrituras. En ocasiones aparece en un sentido extenso, en otras en un sen­tido mucho más estricto, y en otras en un sentido único y exclu­sivo. En unos casos en relación a Israel, y en otros en relación a la Iglesia.

Procuremos un breve análisis de lo que arriba hemos enun­ciado. El término, en un sentido único y exclusivo, es aplicado al Señor como el genuino portavoz divino sobre la casa de Dios (Hebreos 3:1). En este respecto, Cristo es el “Apóstol y sumo sacerdote de nuestra profesión”. En otro orden y en un sentido amplio, se aplica por ejemplo, a cualquier creyente que asume un servicio o ministerio como enviado por una Asamblea. Este es el caso de Epafrodito (Filipenses 2:25) y de otros que fueron designados para ser enviados como portadores de ofrendas (2Corintios 8:23). Existe tam­bién un sentido en relación a la obra del evangelio, tal como se aplica al caso de Bernabé (*2) (Hechos 14:4,14) y posiblemente a Andrónico y Junias (Romanos 16:7). En relación a Israel, apreciamos a los doce enviados de manera personal y exclusivamente por el Señor a las ovejas perdidas de la casa de Israel, para cumplir el testimonio que acreditaba la presencia mesiánica (Mateo 10:5-6). En relación a la Iglesia, vemos la condición de apóstol como un don (Efesios 4:7­12). Teniendo presente todo lo dicho, podemos concluir que es necesario discernir el sentido de este término en relación a la materia y al contexto en que aparece. Y debemos tener sumo cuidado de no dar a estas distintas formas de aplicación de la pa­labra, un lugar que no le corresponde o una extensión que no tie­ne.

 

(*2)Es importante notar que Bernabé es llamado apóstol en asociación a Pablo (Hechos 14:4,14). Pero no vemos que él haya sido llamado expresamente como apóstol, ni tam­poco que se le haya confiado un apostolado independiente de los doce, a la manera de Pablo.

 

Para el propósito que nos establecemos en este breve es­crito, es indispensable conocer y entender el alcance del con­cepto “apóstol” en relación a lo que respecta a la Iglesia. Y al abordar este tema, es importante comenzar teniendo presente las notables diferencias entre lo que es un apóstol en relación a Israel, y lo que es un apóstol en relación a la Iglesia. El tan espe­cial llamamiento que observamos en Mateo 10:1-4; Marcos 3:13-19; Lucas 6:12-16, no supone la presencia del don apostólico tal como lo encontramos en Efesios 4:11. Es ante la verdad del Cristo resucitado y sentado a la diestra de Dios en los cielos, que aparecen los apóstoles como portadores de ese don tan especial dado a los hombres. Por lo tanto, existen profundas diferencias entre el apostolado establecido por el Señor aquí abajo en los días de su carne, y el apostolado constituido desde su posición celestial y en relación al presente tiempo. El primero se relaciona exclusi­vamente con Israel, con el testimonio de la presencia del Mesías y con el anuncio del inminente establecimiento del Reino. Así, leemos que a los doce que escogió “les dio instrucciones, di­ciendo: Por camino de gentiles no vayáis, y en ciudad de sama­ritanos no entréis, sino id antes a las ovejas perdidas de la ca­sa de Israel. Y yendo, predicad, diciendo: El reino de los cie­los se ha acercado”(Mateo 10:5-7). Entonces, ellos no solo fueron enviados a predicar a Israel el evangelio del Reino (Mateo 10:7), si­no que además portaban las señales que anunciaban la presen­cia de los poderes y bendiciones de ese Reino (Mateo 10:8). Este lla­mamiento apostólico se reducía y tenía su cumplimiento exclu­sivo en la esfera de Israel. Incluso, en el futuro, tal apostolado reaparecerá en su carácter hebreo y gozará de privilegios mileniales. “Y Jesús les dijo: De cierto os digo que en la regenera­ción, cuando el Hijo del hombre se siente en el trono de su glo­ria, vosotros que me habéis seguido también os sentaréis so­bre doce tronos, para juzgar a las doce tribus de Israel”(Mateo 19:28). Es más que evidente que esta forma de apostolado, no tiene nada que ver con la Iglesia ni con el apostolado de Pablo. Ningún creyente de la Iglesia, salvo los doce, puede pretender este apostolado. Pero aclaremos que en los doce, hay un doble carácter de apostolado. Ellos son apóstoles en relación a Israel y en relación a la Iglesia; aunque de maneras distintas. Se trata de dos apostolados de vocación, naturaleza y materia muy dis­tinta, aunque las mismas personas bien pudieron llenar ambas formas. Los doce cumplieron su ministerio apostólico en Israel, y luego, desde Pentecostés, desarrollaron su apostolado ha­biéndolo recibido como don espiritual concedido por el Señor subido a lo alto.

En lo que respecta a la Iglesia, y hablando en un sentido es­tricto del término, la condición de apóstol se relaciona esen­cialmente con un don. Un don muy especial que tiene que ver con el inicio y fundamento histórico y doctrinal de la Iglesia o Asamblea. Y a unos puso Dios en la iglesia, primeramente apóstoles, luego profetas, lo tercero maestros...”(1Corintios 12:28). La expresión “primeramente”, supone no solo un con­cepto cronológico sino también la idea de preeminencia entre los dones. Se trata de un don fundacional; un don esencialmen­te ligado al establecimiento del testimonio cristiano en la tie­rra, y al establecimiento de las verdades doctrinales y la comu­nión que cimienta todo el desarrollo de la Asamblea aquí abajo. “Y perseveraban en la doctrina y la comunión de los apósto­les, en el partimiento del pan y en las oraciones” (según me­jor traducción; Hechos 2:42).“Edificados sobre el fundamento de los apóstoles y profetas, siendo la principal piedra del ángulo Jesucristo mismo, en quien todo el edificio, bien coordinado, va creciendo para ser un templo santo en el Señor” (Efesios 2:20-­21). Es claro que hay un fundamento sobre el cual los creyentes están siendo edificados; y que ese fundamento es aquí el de los apóstoles y profetas (*3).

 

(*3)Estos profetas no son los de la antigüedad, sino los profetas del Nuevo Testamen­to. A ellos, en los primeros tiempos de la Iglesia, les era revelada la nueva doctrina. Esta forma del don profético fue indispensable en los inicios de la vida de la Asam­blea, ya que la presencia de apóstoles era muy reducida en número y el Nuevo Testa­mento no estaba aún escrito. Ellos, en tanto las Escrituras se completaban, llenaron el vacío de enseñanza doctrinal que justamente generaba la ausencia de los escritos inspirados y el reducido número de apóstoles.

 

“Subiendo a lo alto, llevó cautiva la cautividad, y dio do­nes a los hombres. Y eso de que subió, ¿qué es, sino que tam­bién había descendido primero a las partes más bajas de la tie­rra? El que descendió, es el mismo que también subió por en­cima de todos los cielos para llenarlo todo. Y él mismo consti­tuyó a unos, apóstoles; a otros, profetas; a otros, evangelis­tas; a otros, pastores y maestros, a fin de perfeccionar a los santos para la obra del ministerio, para la edificación del cuer­po de Cristo” (Efesios 4:8-12). Podemos apreciar aquí con toda clari­dad, que la constitución de los apóstoles en relación a la Iglesia tiene que ver con el Cristo resucitado y ascendido a los cielos. Y es ese mismo Cristo en su posición de exaltación, el que consti­tuyó a los apóstoles. Advirtamos que los apóstoles son nueva­mente mencionados en primer lugar. Esto es significativo, pues aquí nada tienen que ver con un ministerio a Israel, sino que, co­mo lo hemos dicho, se trata del don fundacional de la Asamblea. En tal sentido, nadie puede arrogarse la condición de apóstol. Por otro lado, en el ámbito de la Iglesia o Asamblea, la condición de apóstol compromete un llamamiento especial. Nadie tiene derecho de erigirse a sí mismo apóstol, ni ningún cuerpo o con­cilio puede ordenar a alguien para serlo. Jamás leemos en las Escrituras que se le haya confiado a alguien tal cosa. Como lee­mos en Efesios 4, es el Señor mismo quien los constituyó. No se trata de un cargo o jerarquía eclesiástica sino de un don. En el caso de los doce y de Pablo, podemos ver con claridad un espe­cial llamamiento personal operado por el mismo Señor. Si bien el llamamiento de los doce aparece en relación a Israel, no obs­tante es importante destacar la relación que existe entre la con­dición de apóstol y la presencia de ese expreso y soberano lla­mamiento divino. Llamó a los que él quiso, y vinieron a él. Y estableció a doce, para que estuviesen con él, y para enviar­los a predicar” (Marcos 3:13); llamando a sus doce discípulos...” (Mateo 10:1); llamó a sus discípulos, y escogió a doce de ellos, a los cuales también llamó apóstoles” (Lucas 6:13). Si bien este lla­mamiento, como lo hemos dicho, corresponde a un ministerio en relación a Israel, estamos ante la presencia de una positiva y concreta intervención del Señor en el asunto, llamando sobera­namente a los que Él mismo escoge. Algo semejante encontra­mos en Pablo, aunque evidentemente su llamamiento es de otra naturaleza. Se trata de un llamamiento al apostolado en rela­ción con el Cristo resucitado y ascendido a los cielos. Y tal lla­mamiento sin duda determina el carácter, naturaleza y especial contenido de su ministerio. Ministerio, en el que se distingue la vocación y posición celeste del creyente. Pablo es apóstol por so­berano llamamiento divino; y ello sin intervención ni ordena­ción de hombres, ni sucesión de ningún tipo. “Pablo, apóstol (no de los hombres ni por hombre, sino por Jesucristo y por Dios el Padre...” (Gálatas 1:1). “Pablo, llamado a ser apóstol de Je­sucristo por la voluntad de Dios (1Corintios 1:1);“Pablo, apóstol de Jesucristo por la voluntad de Dios...” (2Corintios 1:1).“Pablo, sier­vo de Jesucristo, llamado a ser apóstol, apartado para el evan­gelio de Dios” (Romanos 1:1).“Pablo, apóstol de Jesucristo por la vo­luntad de Dios...” (Efesios 1:1; Colosenses 1:1). “Pablo,apóstol de Jesu­cristo por mandato de Dios nuestro Salvador, y del Señor Jesu­cristo nuestra esperanza” (1Timotep 1:1). “Pablo, apóstol de Jesu­cristo por la voluntad de Dios, según la promesa de la vida que es en Cristo Jesús” (2Timoteo 1:1). Por todos estos pasajes, es más que evidente que Pablo es apóstol en virtud del soberano lla­mamiento divino. Él no recibió el apostolado por medio de los otros apóstoles. Tampoco fue un grupo de hermanos o creyen­tes, ni una Asamblea o grupo de ellas, los que le instauraron o constituyeron como tal. El asunto está en la soberana voluntad del Dios que llama. Él es apóstol por llamamiento divino; y esto excede a cualquier pretensión puramente humana. Dios mismo es la fuente y autoridad que establece el apostolado de Pablo. Él no es llamado para llegar a ser un apóstol, sino que lo es por positivo llamamiento divino. No vemos aquí, ni en ningún otro caso, sucesión apostólica ni ordenamiento humano.“El que ac­tuó en Pedro para el apostolado de la circuncisión, actuó tam­bién en mí para con los gentiles” (Gálatas 2:8). Notemos que si bien hubo por medio de los apóstoles, designación de cargos locales como es el caso de los ancianos u obispos, jamás hallamos en las Escrituras uno que haya erigido un apóstol a la manera de Pablo

o de los doce.

Aparte de la presencia de un llamamiento especial, tene­mos otro elemento indispensable que ostenta la condición de apóstol en al Iglesia. Los apóstoles son especiales portadores del testimonio de la resurrección del Señor. Son los testigos ocu­lares de la verdad del Cristo muerto, resucitado, y ascendido a los cielos. Así, cuando Matías llenó el lugar de Judas Iscariote, se requirió de él que fuese testigo de la resurrección. “Es necesario, pues, que de estos hombres que han estado juntos con no­sotros todo el tiempo que el Señor Jesús entraba y salía entre nosotros, comenzando desde el bautismo de Juan hasta el día en que de entre nosotros fue recibido arriba, uno sea hecho testigo con nosotros, de su resurrección.. y fue contado con los once apóstoles” (Hechos 1:21-26). Pablo no quedó excluido de esta condición. Él también vio al Cristo resucitado:“¿No soy apóstol? ¿No soy libre? ¿No he visto a Jesús el Señor nues­tro?” (1Corintios 9:1). Cuando Pablo menciona las apariciones del Cris­to resucitado, dice: “Y al último de todos, como a un abortivo, me apareció a mí. Porque yo soy el más pequeño de los após­toles, que no soy digno de ser llamado apóstol, porque perse­guí la iglesia de Dios” (1Corintios 15:8-9). En un sentido estricto, la condición de apóstol como don fundacional en la Iglesia, com­promete necesariamente el hecho de haber sido testigo de la re­surrección de Cristo. Quien no haya sido testigo ocular de ello, definitivamente no puede pretender ostentar tal título. “Y con gran poder los apóstoles daban testimonio de la resurrección del Señor Jesús, y abundante gracia era sobre todos ellos” (Hechos 4:33).

Otro elemento distintivo que caracteriza y define la condi­ción de apóstol en la Iglesia, está en relación a la especial reve­lación doctrinal que les fue confiada. “Por revelación me fue declarado el misterio, como antes lo he escrito brevemente, leyendo lo cual podéis entender cuál sea mi conocimiento en el misterio de Cristo, misterio que en otras generaciones no se dio a conocer a los hijos de los hombres, como ahora es re­velado a sus santos apóstoles y profetas por el Espíritu: que los gentiles son coherederos y miembros del mismo cuerpo, y copartícipes de la promesa en Cristo Jesús por medio del evangelio, del cual yo fui hecho ministro por el don de la gra­cia de Dios que me ha sido dado según la operación de su po­der” (Efesios 3:4-7).“Para que tengáis memoria de las palabras que antes han sido dichas por los santos profetas, y del man­damiento del Señor y Salvador dado por vuestros apóstoles” (2Pedro 3:2). “Pero vosotros, amados, tened memoria de las pala­bras que antes fueron dichas por los apóstoles de nuestro Se­ñor Jesucristo” (Judas 17). El ministerio apostólico supuso la re­velación de todo lo que constituye la doctrina de la Iglesia, de acuerdo estaba en los propósitos divinos dárnosla a conocer por medido de los apóstoles. Es evidente que el Espíritu Santo a tra­vés del apóstol Pablo, nos reveló toda la doctrina tocante a la Iglesia. Y en tal sentido, no necesitamos ya de nuevas revelacio­nes, doctrinas y enseñanzas, ni de nuevos apóstoles que lo ha­gan, pues toda la doctrina en su plenitud ya nos ha sido confia­da. Si aceptáramos nuevas doctrinas y nuevos apóstoles, esta­ríamos diciendo que las Escrituras no están ni son completas. La doctrina apostólica hoy sigue en pie con el mismo vigor que en el tiempo en que fue dada por sus canales.“Y perseveraban en la doctrina y la comunión de los apóstoles, en el partimiento del pan y en las oraciones” (según mejor traducción; Hechos 2:42). El cristiano funda su comunión en una doctrina ya dada y divinamente revelada por medio de los apóstoles.

Otro elemento decisivo en este asunto, lo encontramos en las señales y los sellos que acreditan la condición de apóstol. “En nada he sido menos que aquellos grandes apóstoles, aun­que nada soy. Con todo, las señales de apóstol han sido he­chas entre vosotros en toda paciencia, por señales, prodigios y milagros” (2Corintios 12:11-12).“Y sobrevino temor a toda perso­na; y muchas maravillas y señales eran hechas por los apósto­les” (Hechos 2:43).“Y por la mano de los apóstoles se hacían mu­chas señales y prodigios en el pueblo...” (Hechos 5:12). La condi­ción de apóstol también se acreditó mediante ciertas señales y sellos. Por cierto que en la Iglesia primitiva podía haber dones milagrosos en algunos creyentes, mas de una manera especial las señales, los prodigios y los milagros, eran principalmente las credenciales de la condición de apóstol. Es interesante ver có­mo el libro de los Hechos pone todo énfasis en los milagros de Pe­dro y Pablo. La razón se halla en que estas señales, tenían un es­pecial lugar en aquellos que introducían un nuevo testimonio en el mundo: el evangelio de la gracia predicado a los judíos y a los gentiles. Las señales que corresponden y se observaron durante la comisión de los doce a Israel, guardan una diferencia substan­cial con las que aparecen en la obra del evangelio de la gracia en­tre los judíos y gentiles. En el primer caso, las señales acredita­ban la presencia de los poderes mesiánicos y la inminente ins­tauración del Reino; en tanto que después de Pentecostés, estas señales acreditaron el inicio de una nueva obra divina por medio del evangelio de la gracia. Una obra que Dios operaba por medio de los apóstoles y se cumplía más allá de los judíos, alcanzando también a las naciones.

“Si para otros no soy apóstol, para vosotros ciertamente lo soy; porque el sello de mi apostolado sois vosotros en el Se­ñor”(1Corintios 9:2). Los corintios, como creyentes, como ya estando en el Señor, eran el sello del apostolado de Pablo. El evangelio obraba poderosamente entre los gentiles porque había un apóstol que entre ellos, lo había sembrado. En los primeros tiempos de la Iglesia, el evangelio llegó tanto a los judíos, a los samarita­nos, como a los gentiles. Ya no tenemos nuevos ámbitos o esfe­ras donde el evangelio pudiera entrar; por lo tanto, ya no tene­mos la necesidad de apóstoles que lo introduzcan.

Todo esto nos permite apreciar el carácter esencialmente fundacional del don apostólico en la Iglesia. El ministerio de los apóstoles estableció el fundamento del edificio que aun se está edificando, pero ya no se trata de introducir un nuevo testimo­nio sino de continuar y administrar el que ya tenemos.

Por otro lado, es interesante observar que siempre que en el Nuevo Testamento la imposición de manos confiere algo, tene­mos la presencia apostólica. Hay casos en donde la imposición de manos no trasmite nada, sino que simplemente expresa co­munión, identificación, aprobación (Hechos 6:1-6); y hay casos en donde positivamente transfiere un bien espiritual (Hechos 8:17; 19.6; 1Timoteo 4:14 con 2Timoteo 1:6). En estos últimos casos, siempre en­contramos la presencia de un apóstol, pero jamás leemos que lo que se confiera sea el apostolado o se establezca una sucesión apostólica. El don apostólico, como don fundacional, es único en su género e intransferible; y en la Iglesia primitiva efectuó operaciones que hoy produce directamente el Señor y el Espíri­tu Santo. Si bien en los primeros tiempos de la Iglesia, y por razo­nes muy especiales como excepcionales, los apóstoles confirie­ron el Espíritu Santo por la imposición de manos, esencialmente el Espíritu se recibe por la fe depositada en el Señor (Gálatas 3:2,5,14; Efesios 1:13). Este es el principio que hoy impera. Hoy es imposible que el Espíritu se confiera por la imposición de manos de los apóstoles, pues hoy no tenemos apóstoles que hagan tal cosa. El mismo Espíritu Santo nos ha dejado en Gálatas 3:2,5,14 y Efesios 1:13, el principio divino que en este sentido caracteriza la dis­pensación. Tampoco hoy es necesaria la presencia de apóstoles para conferir dones por imposición de manos, como en el caso de Timoteo (2Timoteo 1:6), pues el mismo Señor los da y el Espíritu opera por ellos (Efesios 4:8-12; 1Corintios 12). Las especiales prerrogativas que tuvieron los apóstoles en un principio, estaban en relación al poder necesario para introducir el nuevo testimonio que co­menzaba en la tierra; y que comenzaba justamente por medio de ellos. Mas una vez que ese testimonio estuvo consolidado, Dios operó prescindiendo de este don en muchos asuntos; aun­que no decimos que prescinda de los fundamentos establecidos a través de este mismo don. La comunión apostólica prosigue aun cuando no tengamos la presencia física de los apóstoles. El hecho de que ninguno de los apóstoles haya designado sucesor, y que la imposición de manos jamás supuso conferir el don apos­tólico a otro, muestra bien que el Señor preveía otras formas por las cuales operaría. El don apostólico tuvo su inmensa im­portancia en el principio de la Iglesia, y la sigue teniendo en el sentido de la comunión que ellos establecieron (1Juan 1:3), la ver­dad del evangelio que introdujeron, y la revelación doctrinal que dejaron. Este fundamento sigue sólido, y habiendo ya sido establecido, no se requiere de la presencia física de apóstoles. ¿Diríamos que sería necesario que Cristo volviese a establecer la Iglesia? Sin duda que no. Lo que Él inició sobre la base de la re­dención y el bautismo del Espíritu Santo, no es necesario que se repita. Asimismo, ya no necesitamos de la presencia física de apóstoles, pues todo lo que el Señor les encomendó para esta­blecer su testimonio aquí abajo, ya fue plenamente cumplido por ellos. Cualquier persona que hoy se arrogue o pretenda la condición de apóstol, es un impostor. Todos estos elementos y principios que hemos detallado, en conformidad a la divina au­toridad de las Escrituras, no permiten afirmar que hoy haya apóstoles como Pedro, Pablo o Juan.

 

R. Guillen