LA CENA Y LA MESA DEL SEÑOR

“Y mientras comían, tomó Jesús un pan, y bendijo, y lo par­tió, y dio a sus discípulos, y dijo: Tomad, comed; esto es mi cuerpo. Y tomando la copa, y habiendo dado gracias, les dio, diciendo: Bebed de ella todos; porque esto es mi sangre del nuevo pacto, que por muchos es derramada para remisión de los pecados”(Mateo 26:26-28; ver también Marcos 14:22-24).

“Y tomó un pan y dio gracias, y lo partió y les dio, diciendo: Esto es mi cuerpo, que por vosotros es dado; haced esto en memoria de mí. De igual manera, después que hubo cenado, tomó la copa, diciendo: Esta copa es el nuevo pacto en mi san­gre, que por vosotros se derrama”(Lucas 22:19-20).

“El Señor Jesús, la noche que fue entregado, tomó pan; y habiendo dado gracias, lo partió, y dijo: Tomad, comed; esto es mi cuerpo que por vosotros es partido; haced esto en me­moria de mí. Asimismo tomó también la copa, después de ha­ber cenado, diciendo: Esta copa es el nuevo pacto en mi san­gre; haced esto todas las veces que la bebiereis, en memoria de mí. Así, pues, todas las veces que comiereis este pan, y be­biereis esta copa, la muerte del Señor anunciáis hasta que Él venga”(1Corintios 11:23-26).

“La copa de bendición que bendecimos, ¿no es la comu­nión de la sangre de Cristo? El pan que partimos, ¿no es la co­munión del Cuerpo de Cristo? Siendo uno solo el pan, nosotros, con ser muchos, somos un Cuerpo; pues todos participa­mos del un solo pan. Mirad a Israel según la carne; los que co­men de los sacrificios, ¿no son partícipes del altar? ¿Qué digo, pues? ¿Que el ídolo es algo, o que sea algo lo que se sacrifica a los ídolos? Antes digo que lo que los gentiles sacrifican, a los demonios lo sacrifican, y no a Dios; y no quiero que vosotros os hagáis partícipes con los demonios. No podéis beber la co­pa del Señor, y la copa de los demonios; no podéis participar de la mesa del Señor, y de la mesa de los demonios. ¿O provo­caremos a celos al Señor? ¿Somos más fuertes que él?” (1Corintios 10:16-22).

Antes que nada, queremos aclarar que en esta plática no pre­tendemos realizar un análisis pormenorizado de todos los deta­lles, principios y elementos que hacen al gran tema de la Cena del Señor y la Mesa del Señor, sino que solo trataremos cuestio­nes que nos ha parecido oportuno considerar en esta ocasión. Principalmente, el tema que deseamos abordar es el asunto de la Mesa del Señor en relación a la verdad del Cuerpo, y los prin­cipios prácticos que de tal cosa se desprenden y nos comprome­ten seriamente. Pero como el tema de la Mesa del Señor va inse­parablemente unido a la Cena del Señor, hemos citado los pasa­jes bíblicos que incluyen ambas cuestiones. En verdad no pode­mos entender cabalmente lo que es la Mesa del Señor sin tener en cuenta lo que es la Cena del Señor, y no podemos entender lo que es la Cena del Señor prescindiendo de lo que es la Mesa del Señor. Ambas cosas se reúnen en un mismo acto, que por un lado es un memorial instituido por el mismo Señor Jesucristo, y por otro, hallamos el principio de comunión donde tal memorial de­bería observarse. Nuestro Señor Jesucristo instituye el memo­rial sin más, luego, el apóstol Pablo, además de hablar del me­morial, introduce la cuestión de lo que es la Mesa del Señor se­gún la revelación que en cuanto a ella recibe. Él presenta la Me­sa como un ámbito del señorío de Jesucristo, en donde se expre­sa la comunión que es propia y pertenece a los redimidos, y ello, en la necesaria separación de todo otro principio de comunión que ofenda o sea extraño al que allí se realiza. Y al abordar estos temas, lo primero que es necesario distinguir, es el carácter y naturaleza que distingue la Cena del Señor respecto de la Mesa del Señor, a la vez que es necesario tener presente aquello que las vincula íntimamente, pues la disociación de una y la otra tanto en la doctrina como en la práctica, constituye justamente un principio de iniquidad que ignora los derechos y la gloria del Se­ñor en asunto tan trascendente.

Si la Cena del Señor es esencialmente un memorial, un memo­rial de la persona y de la obra del Señor, la Mesa del Señor es el principio de comunión donde tal memorial ha de realizarse se­gún el señorío y la santidad de Cristo, tomando la posición prác­tica y eclesiástica que se corresponde con el hecho de que la redención ya ha sido consumada y que hay un Cuerpo; y ello, en la necesaria separación a toda otra comunión extraña. Aquello que da el carácter propio a la Cena del Señor está definido en la naturaleza misma de la institución, en conformidad a la signifi­cación atribuida a los símbolos en ella comprometidos. Cuando leemos “haced esto en memoria de mí”, tanto en relación al pan como a la copa (Lucas 22:19; 1Corintios 11:24,25), tenemos bien defi­nido lo que es la Cena del Señor: esencialmente un memorial. El pan habla del cuerpo partido del Señor y dado a nuestro favor, la copa de su sangre derramada por nosotros; y la institución nos llama a repetir el acto como un memorial de la persona y la obra del Señor Jesucristo. Estos símbolos proclaman la muerte expia­toria del Señor: “todas las veces que comiereis este pan, y bebiereis esta copa, la muerte del Señor anunciáis hasta que él venga” (1Corintios 11:26). Aquí, evidentemente, comer el pan y be­ber la copa es el anuncio de la muerte del Señor, es la proclama­ción de que la redención ya ha sido efectuada por su persona y su sacrificio. Pero no solo se recuerda que tal muerte se ha observado, sino que se ha observado por nosotros; es decir, a nues­tro entero favor (“por vosotros es dado”; “por vosotros se de­rrama”;“por vosotros es partido”: Lucas 22:19,20; 1Corintios 11:24). Es por eso que la Cena del Señor es un privilegio exclusivo del cre­yente, un privilegio del que está bajo los beneficios eternos de ese sacrificio ya cumplido. Esto es en esencia la Cena, un memo­rial de la muerte del Señor a nuestro favor, y una proclamación de tal cosa ante este mundo, del cual el creyente ha sido sepa­rado en la preciosa esperanza del rapto, pues el memorial tiene su fin cuando el mismo Señor venga. “La muerte del Señor anunciáis hasta que Él venga”. Cuando Él venga, ya no necesi­taremos del memorial sino que gozaremos su presencia “cara a cara”. La Cena del Señor posee tres dimensiones sumamente preciosas. Por un lado es el memorial de una obra ya consuma­da; por otro, se proyecta hasta el futuro cumplimiento de la más grande de las esperanzas: la venida del Señor; y en un ter­cer aspecto, es la proclamación y testimonio actual de la muer­te de Jesucristo ante este mundo y los ángeles. La Cena abarca el pasado, el presente y el futuro. Hacia el pasado es el memo­rial de la persona y del sacrificio del Señor; hacia el fututo, nos pone frente a la venida del Señor; y en el presente, es la procla­mación y testimonio de que la muerte expiatoria de Cristo ya se ha efectuado. Mas cuando pasamos al asunto de la Mesa del Se­ñor, lo que impera aquí es la idea de la comunión que se expresa y el principio de comunión que pertenece a la nueva posición de los redimidos: “la comunión de la sangre de Cristo” y “la co­munión del Cuerpo de Cristo” (1Corintios 10:16). Si la copa que ben­decimos expresa la comunión de la sangre, el partimiento del pan, la comunión del Cuerpo. En este último aspecto, se trata de una verdad que el Señor no podía enseñar al instituir la Cena, pues aún no había “el Cuerpo”, es decir, la Iglesia como el Cuer­po de Cristo. Recordemos que en los designios de Dios, la verdad del Cuerpo fue un misterio escondido que luego fue especial­mente revelado al apóstol Pablo (Efesios 2:11-3:13).

Notemos que desde la perspectiva de la Cena el pan habla del cuerpo del cuerpo físico del Señor, en tanto que en la de la Me­sa, especialmente se realiza la verdad de la comunión que per­tenece a su Cuerpo místico, la Iglesia. Esto es propio, pues mien­tras que la institución del memorial tiene en vista la obra reden­tora del Señor, la Mesa del Señor ve el asunto como la comunión que origina y a la que introduce esa obra redentora. Si la Cena del Señor es el memorial del sacrificio de Jesucristo, la Mesa del Señor nos posiciona en la comunión en donde son introducidos los redimidos en virtud de tal sacrificio. Observemos que en la Mesa el creyente mismo es considerado en su lugar como miem­bro del Cuerpo de Cristo: “Siendo uno solo el pan, nosotros, con ser muchos, somos un Cuerpo; pues todos participamos de ese un solo pan” (1Corintios 10:17). Hay en la Mesa la expresión de una comunión que ya se tiene: la comunión de la sangre y del Cuerpo. No establecemos la comunión por participar del pan y de la copa, sino que realizamos el acto porque ya tenemos y go­zamos tal comunión. La Mesa del Señor es el testimonio y reali­zación práctica de una comunión que ya tenemos en virtud de la redención. Pero una comunión que tenemos y expresamos bajo el señorío de Jesucristo y en separación de todo lo que ofende­ría su señorío y su santidad; y ello, en conformidad a la solemne verdad de que justamente hay un Cuerpo. Por eso es que se ha­bla de la Mesa del Señor; es decir, de ese ámbito de comunión y encuentro de los santos donde Jesucristo es el Señor y el que pre­side tal comunión. Dicho de otra manera, el Señor tiene una Me­sa donde ejerce su señorío y expresa prácticamente su comu­nión con los suyos, de acuerdo a la eficacia de su obra y los fru­tos de ella. Un ámbito de señorío en donde se expresa la comu­nión de su sangre y de su Cuerpo. Resumiendo, estamos en condiciones de observar esa preciosa e indisoluble relación entre la Cena del Señor y la Mesa del Señor. Si por un lado tenemos el me­morial de la persona y del sacrificio de Jesucristo, por otro tenemos la comunión a la que tal sacrificio nos ha introducido. Una comunión que se expresa prácticamente bajo su señorío. Quizás seamos un poco osados al decir, que mientras que la Cena pone el acento en la muerte del Señor, la Mesa lo coloca en su resu­rrección. La Cena mira el sacrificio mientras que la Mesa el re­sultado del sacrificio. Entonces, el Señor en resurrección esta­blece un ámbito donde expresar, bajo su señorío, la comunión a la que hemos sido introducidos como redimidos: su Mesa.

“No podéis participar de la Mesa del Señor, y de la mesa de los demonios. ¿O provocaremos a celos al Señor? ¿Somos más fuertes que él?”(1Corintios 10:21-22). Se trata, evidentemente, de una comunión que se expresa en un ámbito donde no solo el Se­ñor guarda su señorío sino también donde su santidad exige ne­cesariamente la separación respecto de todo lo que sea extraño a esta misma comunión. Los “celos” del Señor son provocados cuando cualquier cosa que ofende su señorío y su santidad, vie­ne a tener parte o empañar esta preciosa comunión expresada en la copa y en el pan. Esto solemniza el asunto de una manera muy notable, de modo que debería alcanzar con toda intensidad nuestra conciencia y nuestro corazón. No estamos en un ámbito donde el hombre pueda obrar en la ligereza de sus propios im­pulsos y criterios, sino en uno donde el señorío de Jesucristo im­pera en toda su autoridad, y nuestro ser interior debe ser trabajado tocante a ello. Es la Mesa del Señor, no mi mesa, no cual­quier mesa, no cualquier comunión.

Hemos insistido en el asunto de la comunión, pero peguntémonos: ¿de qué comunión se trata? Hay dos aspectos de comu­nión que quedan aquí expresados. En primer lugar tenemos la co­munión de la sangre: “La copa de bendición que bendecimos, ¿no es la comunión de la sangre de Cristo?” Notemos qué inte­resante. Si pensáramos en términos del memorial de la Cena, di­ríamos que la copa habla de la sangre derramada a mi favor, pe­ro aquí se trata de “la comunión de la sangre de Cristo”. Es de­cir, la sangre no solo ha sido derramada a mi favor sino que me ha introducido, positivamente, en una comunión; y esa es la co­munión que tengo como redimido en virtud de la sangre. Es la co­munión que me hace parte de todos los privilegios y beneficios de la redención, es la comunión que poseo en virtud de todos los vínculos y relaciones que ha generado la redención. No es que al beber de la copa tengo entonces esa comunión, sino que porque ya estoy bajo los beneficios eternos de la sangre, es que enton­ces puedo expresar la comunión que a ella pertenece, la comu­nión a la que la sangre me ha introducido. Doy gracias y partici­po de la copa como ya redimido, como ya habiendo sido alcan­zado por los eternos beneficios de la sangre, como ya disfrutan­do de la comunión en la que la sangre eternamente me ha colo­cado. Insistamos diciendo, que no participo para tener esa co­munión sino porque ya la tengo, porque ya soy un redimido que se encuentra bajo sus eternos efectos. Entonces, expreso así una comunión que como redimido ya tengo, pero a la vez, mi par­ticipación en la Mesa del Señor reaviva experiencialmente esa comunión en mi alma. Alguno preguntará: ¿Qué sentido tiene realizar algo que no necesariamente quiero alcanzar y que nada añade a lo que ya tengo? Respondemos, que si bien no agrega­mos ni quitamos a la comunión que ya tenemos por la sangre, sí la avivamos en un sentido práctico en cuanto a nuestra expe­riencia moral, pues la traemos a la conciencia y al corazón de una manera vívida e inteligente, y la realizamos así en el gozo del Espíritu y con la inmensa gratitud del adorador. Y la otra im­portancia práctica que se desprende del acto de realizar esta co­munión, es que produce en mí un ejercicio práctico de santifi­cación, pues soy llamado a observarla en separación respecto a cualquier otra comunión que no sea esta misma comunión, en se­paración a toda otra comunión extraña. Y esa realización y ava­loración práctica de esta comunión en mi alma, produce grati­tud, produce adoración. Notemos que el desarrollo que lleva aquí Pablo desde un comienzo, es mover la conciencia de los co­rintios ante el hecho de que estaban expresando la comunión de la sangre y del Cuerpo sin estar separados de la comunión de los demonios. Al participar de comidas vinculadas con sacrificios idólatras, mantenían una conexión moral con una comunión ex­traña a la Mesa del Señor. “No podéis beber la copa del Señor, y la copa de los demonios; no podéis participar de la mesa del Señor, y de la mesa de los demonios”. Ellos habían mixturado comuniones completamente incompatibles que despertaban la ira del Señor. Todo esto, nos lleva a concluir que no solo se trata de poseer una determinada comunión y testificarla, sino de rea­lizarla prácticamente en la conciencia y en el corazón, y reali­zarla en la inteligencia espiritual de la separación de con todo aquello que ofende a esta comunión. Cosa indelegable, inevita­ble, innegable, pues es la comunión que se expresa en la Mesa del Señor, en el lugar y posición donde el Señor ostenta su seño­río y santidad. “Lo que los gentiles sacrifican, a los demonios lo sacrifican, y no a Dios; y no quiero que vosotros os hagáis partícipes con los demonios” (v. 20). Insistamos entonces has­ta el cansancio que asegura que esta verdad sea asumida, que no solo se trata de expresar, testificar y revivir una determinada comunión que ya poseemos, sino que además esa comunión ha de expresarse en separación de todo aquello que la ofende. De cajón, que si en la Mesa del Señor se expresa la comunión que se tiene como redimido, es condición indispensable que el que rea­liza tal expresión, goce efectivamente de esa comunión. Es de­cir, debe tratarse necesariamente de un redimido, de un verda­dero creyente, de uno que ha sido limpiado por la sangre. ¿Cómo podría un inconverso expresar en el terreno práctico una comu­nión que no tiene? Sería imposible que reavive en su experiencia moral una comunión que no conoce ni jamás ha poseído. Solo un verdadero creyente, solo uno limpiado por la sangre, debe y pue­de “beber la copa del Señor”. La idea es que los beneficios de la sangre del Señor, aquello que expresa justamente la copa, es lo único que puede dar derecho a esta comunión y a la expresión de ella. Solo puedo y tengo derecho a “beber la copa del Señor” como un redimido. Solo como tal puedo únicamente hacerlo. La Mesa del Señor es la expresión divina de la seguridad eterna del creyente. No hay aquí titubeos. En ella yo asumo una posición en donde no estoy esperando que algún día me sean perdonados mis pecados y obtenga las bendiciones de la redención, sino que proclamo que ya las tengo y estoy bajo los beneficios eternos de la sangre.

Pasemos ahora al asunto del pan. Desde la perspectiva de la Mesa del Señor el pan ocupa una dimensión sumamente solem­ne, pues si la copa nos habla de la comunión a la que la reden­ción misma nos introduce y nos posiciona eternamente en virtud de la sangre de Jesucristo, el pan, por su parte, habla justamen­te de aquello que es fruto y consecuencia eterna de esa reden­ción: el Cuerpo de Cristo; lo que nos involucra en una comunión muy particular: la comunión del Cuerpo de Cristo. Como redi­mido tengo eterna comunión con la sangre, pues sus efectos me han colocado en una nueva posición en donde gozo de todos los beneficios y privilegios de su virtud; pero a la vez, formo parte vital y eterna de algo nuevo que tuvo que ver como consecuen­cia de la redención cumplida y la venida del Espíritu Santo aquí abajo: soy miembro del Cuerpo de Cristo. No solo se trata de que hay un Cuerpo sino que yo mismo soy miembro de ese Cuer­po. “El pan que partimos, ¿no es la comunión del Cuerpo de Cristo? Siendo uno solo el pan, nosotros, con ser muchos, so­mos un Cuerpo; pues todos participamos de ese un solo pan” (1Corintios 10:16-17). Ahora no tenemos ante nosotros la verdad de hu­manidad corporal del Señor Jesucristo entregada a nuestro fa­vor, sino la verdad de su Cuerpo místico: la Iglesia: aquello que surge del bautismo del Espíritu Santo. “Porque por un Espíritu fuimos todos bautizados en un Cuerpo, sean judíos o griegos, sean esclavos o libres; y a todos se nos dio a beber de un mis­mo Espíritu” (1Corintios 12:13).

La verdad de la comunión del Cuerpo de Cristo, de ese Cuer­po místico que une y asocia a todos los redimidos de la Iglesia a la Cabeza resucitada en los cielos, es uno de los principales fun­damentos que da carácter a la Mesa del Señor. La Mesa del Se­ñor está relacionada con el testimonio de que hay tal cosa como el Cuerpo, y que cada redimido participa allí como miembro de ese Cuerpo, a la vez que realiza moral y prácticamente, reavi­vando en su conciencia y corazón, esta verdad de que existe tal Cuerpo y que cada creyente es un miembro del mismo. Asuntos estos de la mayor importancia, pues dan esa significación tan trascendente a lo que es la Mesa del Señor. Si en lo exterior, el un solo pan que partimos da testimonio de que hay un Cuerpo; en lo interior e invisible, yo participo realizando en mí mismo la verdad de que hay un Cuerpo y que yo soy un miembro de ese Cuerpo. No puedo hacerlo de otra manera. El pan que partimos expresa la comunión del Cuerpo; es decir, no solo dice que hay un Cuerpo sino que ya somos miembros de ese Cuerpo, que ya go­zamos de la comunión que a él pertenece, que ya tenemos vínculos divinos y eternos allí. No quiere decir que yo por partir el pan soy introducido al Cuerpo, o que entonces vengo a tener comunión en él, o que en un futuro entraré allí, sino que parto el pan porque ya soy un miembro de ese Cuerpo y gozo de tal comu­nión. En el partimiento del pan expreso y testifico esta comu­nión de la cual soy parte. El pan que partimos no es otra cosa que la expresión de la comunión del Cuerpo de Cristo; y si al hacerlo tenemos ante nosotros un solo pan, es porque a pesar de que los redimidos seamos muchos, ello no altera la verdad de que todos somos un Cuerpo. Notemos que el asunto es comu­nión, pero no cualquier comunión sino la comunión del Cuerpo. Una comunión que ya gozo como redimido y miembro de ese un solo Cuerpo, pero que realizo prácticamente y renuevo en mi ser moral al partir el pan. Hablamos de una renovación de esta verdad en mí, trayéndola a mi conciencia y a mis afectos.

En la Mesa del Señor, no se reconoce otra comunión fuera de ésta. La genuina comunión expresa que hay un Cuerpo, y no infi­nidades de “cuerpos”, denominaciones, sectas, organizaciones eclesiásticas o grandes sistemas de la cristiandad; el Cuerpo es uno e indivisible ante los ojos de Dios. Yo no puedo participar de la Mesa del Señor como miembro de una denominación o secta de la cristiandad, de otra manera negaría el mismo fundamento de lo que es la Mesa del Señor. No puedo estar en la Mesa del Se­ñor negando lo que es la Mesa del Señor. Si yo pretendo estar allí para decir que soy miembro de una secta o denominación, y no del Cuerpo, sería una entera contradicción, sería burlarse de lo que es la Mesa del Señor y la comunión del Cuerpo. Sería una en­tera y engañosa falacia. Yo participo testificando y teniendo en mi conciencia la verdad de que hay un Cuerpo, tal como Dios lo ve, y que yo mismo soy un miembro del tal. Si no soy creyente, si no tengo la vida divina, nada tengo que ver con el asunto. Mi reli­gión y mi pertenencia a una denominación cualquiera, no me da ningún derecho a la Mesa del Señor. Es mi condición de miembro del Cuerpo lo que acredita que estoy y soy parte de tal comu­nión: la comunión del Cuerpo; y a la vez, esta condición de miembro del Cuerpo me otorga el derecho a tomar mi lugar en la Mesa del Señor. Mi derecho se funda en el hecho de que soy miembro del Cuerpo, y no en ninguna otra cosa. Yo no puedo in­vocar ningún lazo humano y terrenal, ni ninguna pertenencia a una religión, a un grupo cualquiera de la cristiandad, a una de­terminada denominación, a un líder, a ninguna de todas estas co­sas, como aquello que me da el lugar y el derecho en y a la Mesa del Señor. Hay un Cuerpo y yo soy miembro de él, y tengo plena comunión en este ámbito desde que por redención soy miembro de ese Cuerpo. Es por eso que, en los principios de la Mesa del Se­ñor, es absolutamente incongruente que tengamos ante noso­tros una denominación, o un grupo sectario, o una facción cual­quiera de la cristiandad; y más inicuo aún, es que yo pretenda allí mi lugar como miembro de una denominación, grupo secta­rio o facción cualquiera de la cristiandad. O hay un Cuerpo y yo soy miembro de ese Cuerpo, o para nada puedo comprender y es­tar en la posición de comunión práctica que pertenece al Cuer­po de Cristo de acuerdo a los principios de la Mesa del Señor. De esto se desprende que es imposible que en una secta, denomi­nación o sistema de la cristiandad, pueda estar presente la Mesa del Señor. El solo hecho de asumir una posición sectaria me ex­cluye totalmente de la Mesa del Señor. “¿Acaso está dividido el Cristo?” (1Corintios 1:13).

Notemos, y esto es de gran importancia, que el partimiento del pan llama al discernimiento e inteligencia espiritual en cuan­to a que hay un Cuerpo y que yo mismo soy miembro de él: “El pan que partimos, ¿no es la comunión del Cuerpo de Cristo? Siendo uno solo el pan, nosotros, con ser muchos, somos un Cuerpo; pues todos participamos de ese un solo pan”. La fe nos conduce a ver lo que Dios ve: el fruto más precioso de la redención: el Cuerpo: todos los redimidos unidos eternamente a Cristo, la Cabeza en el cielo, y unidos entre sí por lazos eternos. Esto es “el Cristo”, esa asociación íntima a Jesucristo glorifica­do en el cielo como Cabeza de los santos, y los santos de la igle­sia unidos inseparable y eternamente a esa Cabeza como miem­bros de ese Cuerpo místico. Y esto nos coloca en un terreno fue­ra de todo espíritu sectario. Es una verdadera contradicción e iniquidad pretender partir el pan como miembro de una secta, una denominación o un sistema cualquiera de la cristiandad, pues entonces se toma una posición extraña a la verdad del Cuerpo. La comunión de secta y la pertenencia a una secta nunca es algo avalado en las Escrituras, y menos aún es una forma de co­munión reconocida. Yo de ninguna manera puedo estar en la Me­sa del Señor y partir el pan como reconociendo la comunión a una denominación o sistema cualquiera de la cristiandad, y me­nos aún como miembro de ella. O me hallo en el terreno del un Cuerpo, asumiendo mi posición como miembro de ese Cuerpo, o de otra manera no estoy en la Mesa del Señor. La cuestión es de posición en la cristiandad, pues no solo se trata de si en verdad soy un creyente, si soy un miembro del Cuerpo, sino si estoy o no en la posición donde estas verdades se testifican y realizan prácticamente por la soberana gracia de Cristo. Yo podría ser un ver­dadero creyente pero estar en una posición equivocada en la cristiandad, y entonces partir el pan sin expresar de que hay un Cuerpo y sin expresar que yo soy miembro de este Cuerpo; y eso, a causa de estar mal asociado a un sistema sectario o a un prin­cipio falso de congregación, o un sistema que no abarca el Cuer­po sino una determinada facción de la cristiandad. El asunto no es si yo reconozco la doctrina de la verdad del Cuerpo. Yo podría tener esa doctrina en mi intelecto pero no expresar la comunión del Cuerpo conforme a los principios de la Mesa del Señor, y con­forme a la posición que debo tomar en cuanto a ello en la cris­tiandad. Y esto, como dijimos, porque no he de tomado esa posición en la cristiandad donde tal verdad debe ser testificada y realizada moralmente. En otras palabras, yo puedo ser un ver­dadero creyente, puedo ser un miembro del Cuerpo, puedo en­tender intelectualmente la verdad del Cuerpo, pero a la vez es­tar fuera de la Mesa del Señor porque no parto el pan allí donde la verdad del Cuerpo es testificada y realizada prácticamente en virtud de la gracia de Cristo sosteniendo tal testimonio. No basta con ser creyente. Ser creyente, ser miembro del Cuer­po, me da el derecho a la Mesa pero no me coloca allí, pues en nuestros días de ruina todo depende de mi posición eclesiás­tica. En el cristianismo de los primeros tiempos, cuando no ha­bía sistemas sectarios ni divisiones entre los cristianos, el cre­yente tomaba su lugar a la Mesa sin más. Pero hoy, en la terrible ruina de un cristianismo atomizado por el denominacionalismo, el espíritu sectario y el espíritu independiente, solo puedo estar o no en la Mesa del Señor conforme sea la posición eclesiástica que haya tomado y asumido en la cristiandad. De todas mane­ras, como miembro del Cuerpo estoy representado allí en el pan, y como redimido y miembro del Cuerpo tengo derecho a la Mesa y soy un convidado a ella, pero es mi posición eclesiástica la que me hace estar allí o no, la que me hace estar en tal Mesa o fuera de ella. Tomemos un ejemplo. Yo como miembro de mi fa­milia terrenal, expreso mi comunión hogareña comiendo en la mesa familiar con mis íntimos. Pero pudiera darse el caso, que mientras mis íntimos comen en la mesa hogareña, yo lo hago en el piso, o en una silla apartada de esa mesa, o en otra mesa. Mi derecho a estar en la mesa donde el jefe de familia ostenta su autoridad, está, pues yo soy miembro de esa familia; pero para gozar de esa comunión yo debo posicionarme allí, reconociendo y sometiéndome a la autoridad del padre de familia. Alguien di­rá y objetará: con todo, “nosotros”, los miembros de tal denominación, partimos el pan y pasamos la copa. Nadie pone en du­da eso. Nuestra respuesta, conforme a las Escrituras, es: Ud. es­tá haciendo el memorial; Ud. y los que con Ud. se reúnen sin du­da observan el memorial de la Cena del Señor, pero lo están ha­ciendo fuera de la Mesa del Señor. El memorial de la Cena tiene una posición correcta donde observarse: en la Mesa del Señor. Cuando hablamos de la Cena del Señor, respondemos a “qué”, en tanto que cuando se trata de la Mesa del Señor, se responde especialmente: “dónde”. A causa de la ruina, el memorial pue­de ser observado en la Mesa o fuera de ella. Reconocemos, de buena gana, que la cristiandad sectaria concretamente observa el memorial de la Cena del Señor (estos cristianos parten el pan y participan de la copa recordando al Señor y su sacrificio), y de ninguna manera ponemos en duda esto; pero es en la Mesa del Señor donde somos llamados a reconocer los derechos de su se­ñorío, y es allí donde es considerado el Cuerpo y se testifica que cada creyente goza de la comunión del Cuerpo como miembro del mismo. No podemos separar de la Mesa del Señor el gran principio de que hay un Cuerpo, que hay la comunión que perte­nece a este Cuerpo, y que cada creyente es miembro de ese Cuerpo. La Mesa del Señor exige, de acuerdo a sus principios, una determinada posición en la cristiandad, una posición eclesiástica completamente fuera de los sistemas sectarios que hoy pululan por doquier. De otra manera, yo no puedo es­tar en la Mesa del Señor. Podré observar el memorial de la Cena, pero fuera de la Mesa.

Estos grandes principios que hemos considerado, deben mo­ver todos los resortes morales del creyente individual como de una Asamblea local cualquiera, especialmente cuando se trata de todo lo que incumbe a las recepciones a la Mesa del Señor y a la extensión de su comunión a otras localidades. Muchos pudie­sen objetar que no hay quién esté facultado para recibir a la Me­sa a alguien, ni que haya quien tenga la potestad de extender su comunión a otras localidades, alegando que en las Escrituras no hallamos instrucciones precisas sobre el asunto. A esto respon­demos que por más que muchas veces no tengamos instruccio­nes precisas, sí tenemos los principios divinos que dan carácter y mueven un asunto, orientándonos claramente sobre el espíri­tu y la naturaleza de las acciones que debemos realizar en cuan­to a él. Algunos dirán, que la única autoridad en la Mesa del Se­ñor es el Señor mismo, pues justamente es “la Mesa del Señor”; y que nadie tiene autoridad allí salvo Él mismo. En este sentido, admitimos que la autoridad en la Mesa del Señor es justamente el Señor, pero recordemos que el Señor delegó su autoridad en la Asamblea local para que ella, en su lugar y en su ausencia (cor­poral), administre sus intereses divinos (Mt 18.18). En toda épo­ca ha existido una administración necesaria de los intereses divi­nos que constituyen materia de un testimonio en la tierra, que han sido delegados y concedidos al hombre como privilegio y responsabilidad. Recordemos que hay una consistencia en toda la historia bíblica, en cuanto a lo que importa la administración de los negocios de Dios en la tierra. En todos los tiempos Dios dele­gó en el hombre la administración de sus intereses, de su testi­monio, de los privilegios y responsabilidades acerca de los bie­nes espirituales y terrenales concedidos. Ya se trate de la anti­gua familia patriarcal, ya se trate de Israel, ya se trate de la Igle­sia, Dios ha confiado sus negocios al hombre y ha puesto la admi­nistración de sus asuntos en manos de los suyos. No intentare­mos ahora hacer un desarrollo pormenorizado sobre todo esto, baste al lector considerar el Nuevo Testamento para observar cómo en la Iglesia naciente, la administración de los intereses divinos fue puesta de una manera especial en manos de los após­toles y de la Asamblea misma. No habiendo hoy apóstoles como don fundacional de la Iglesia, es evidente que la autoridad de la administración ha quedado especialmente en manos de la Asam­blea local (Mateo 18:18; 1Corintios 5; 2Corintios 2:10; Apocalipsis caps. 2 y 3; 1Corintios 16:3). Decimos todo esto porque es necesario considerar el asunto de la recepción a la Mesa del Señor y la extensión de ella a nuevos ámbitos, como la administración de un privilegio de gracia con­cedido a la Asamblea. No a un individuo, no a aun líder, no a un grupo determinado, pues el espíritu de la unidad del Cuerpo que compromete esencialmente la verdad de la Mesa del Señor, sería entonces negado. Un individuo no puede tomar en forma aislada e independiente el lugar que corresponde a la expresión del Cuerpo. Sin duda que ha de existir una autoridad adminis­trativa en tal asunto que necesariamente tome la posición del Cuerpo, y creemos que esa autoridad reposa en la Asamblea lo­cal misma. Cosa que es consistente con todo lo que venimos de­sarrollando, pues justamente la Asamblea local es la expresión del Cuerpo en su propia esfera administrativa. “Vosotros, pues, sois el Cuerpo de Cristo, y miembros cada uno en parti­cular” (1Corintios  12:27). Esto lo dijo Pablo a los corintios. Ellos, eran considerados el Cuerpo de Cristo en su localidad. Es decir, la re­presentación local del Cuerpo (no el Cuerpo con todos sus miem­bros). Notemos que la gran verdad que está comprometida en la Mesa del Señor es la verdad de que hay un Cuerpo, y que el que parte el pan lo hace como miembro de tal Cuerpo; y en relación a ello, advirtamos que justamente la Asamblea en un lugar, es la expresión local de la verdad del Cuerpo (1Corintios 12:27). Esto colo­ca naturalmente a la Asamblea local en la posición de la que recibe a la comunión como siendo el Cuerpo de Cristo, como representándolo en su lugar. Dicho de otra manera, si la ver­dad que está comprometida en la Mesa del Señor es la de que hay un solo Cuerpo y que el creyente tiene allí su lugar como miembro de ese Cuerpo, es propio que la administración de la Mesa sea confiada a lo que está en la posición y representa­ción de ese Cuerpo. Y este privilegio solo lo puede ostentar la Asamblea local (1Corintios 12:27). El redimido, el don, el obrero, o un grupo selecto cualquiera, jamás pueden tomar tal posición ni re­presentación. El individuo podrá decir “soy miembro del Cuer­po”, pero no puede estar en el lugar del Cuerpo; sí la Asamblea local.

“El pan que partimos, ¿no es la comunión del Cuerpo de Cristo? Siendo uno solo el pan, nosotros, con ser muchos, so­mos un Cuerpo; pues todos participamos de ese un solo pan”. Si tal es el espíritu de la institución, es evidente que si un indi­viduo es recibido a la Mesa del Señor, lo será sobre la base de que es un miembro del Cuerpo; y a su vez, la Asamblea lo hará como tomando la posición y representación del tal (del Cuer­po). La misma verdad compromete al recibido como a los que lo reciben, pues todo ha de consumarse sobre el terreno de la uni­dad del Cuerpo de Cristo, en el terreno que expresa que el cre­yente individual es un miembro del Cuerpo, y a su vez, que la Asamblea misma es la expresión local de tal Cuerpo. El recibido no es recibido como miembro de una secta o denominación, o co­mo alguien que ingresa a un círculo u organización denomina­cional de la cristiandad, sino como miembro del Cuerpo de Cris­to. Y asimismo, los que lo reciben, no lo hacen como admitién­dolo a un grupo determinado o a una organización o denomina­ción de la cristiandad, sino como siendo un miembro del Cuer­po, y siendo ellos mismos la expresión local de ese Cuerpo (1Corintios 12:27). La admisión del individuo es estrictamente personal, pe­ro es recibido en el sentir de la unidad del Cuerpo. De modo que cada recepción ha de renovar en las conciencias y en los corazo­nes la verdad del Cuerpo, trayéndola al más sobresaliente relie­ve y poniéndosela en ejercicio; y ello, tanto en el que es recibi­do como en los que lo reciben. Cuando el individuo es recibido como miembro del Cuerpo, hay en él el ejercicio en esta verdad trascendente de la dispensación; y asimismo, cuando la Asam­blea lo recibe así, hay en ella una renovación acerca de esta ver­dad y de su posición como expresión local del Cuerpo. Si justa­mente el principio de comunión que impera en la Mesa del Señor expresa la verdad de que hay un Cuerpo, y que el redimido par­ticipa y expresa su comunión como siendo miembro de este Cuerpo, sería totalmente ofensivo a esta verdad, el hecho de ne­gar de alguna manera la verdad del Cuerpo. La recepción con­forme a la verdad y el espíritu del Cuerpo, deja entonces com­pletamente a un lado todo espíritu de secta. Por más que sea un hermano cualquiera el que anuncie la recepción, ha de obser­varse con el pleno aval y conformidad de todos los santos allí reu­nidos, pues los que reciben lo hacen como Cuerpo, en la posi­ción de la Asamblea como expresión de tal (1Corintios 12:27). No hay la recepción a la Mesa del Señor que pueda ser realizada por una persona individual o por un grupo de ellas, ni por un líder cual­quiera, sino por lo que expresa la conformidad de la Asamblea obrando en su lugar y posición como Cuerpo. Si es un individuo, su parecer, su criterio, o el de unos pocos, lo que pretende la recepción y no la acción de todo el conjunto de hermanos del lu­gar, el asunto ofende la verdad del Cuerpo pues se actúa en independencia a los otros miembros de ese Cuerpo. Reconocemos que hay cosas que son absolutamente individuales, como por ejemplo la recepción a la cristiandad por medio del bautismo. Esto solo está en la responsabilidad del evangelista, pero cuan­do se trata de la recepción a la Mesa del Señor, el asunto supera al individuo pues se halla en el terreno de la verdad del Cuerpo, se halla en ese ámbito donde debe expresarse el testimonio y la comunión del Cuerpo. Y no solo eso, sino que el individuo no es simplemente admitido a una comunión local sino a la comunión de todas las Asambleas que se reúnen bajo el solemne principio de que hay un Cuerpo, y que cada creyente es miembro de este Cuerpo. La recepción, aunque local en su práctica, en sus efec­tos necesariamente supera la esfera local, pues el así recibido lo es por todas las Asamblea que están en comunión bajo el mis­mo principio divino de la unidad y la comunión del Cuerpo de Cristo.

Insistamos en cuán necesario es tener presente la cuestión del Cuerpo a la hora de administrar todo interés relacionado con la Mesa del Señor, pues allí tenemos comprometida esta ver­dad y testimonio en su aspecto visible y exterior. Cuando justa­mente la cristiandad, a causa de la ruina y el sectarismo, ha per­dido el poder de testificar la unidad visible, la Mesa del Señor queda como el último baluarte que nos permite testificarla de una manera exterior y visible en el un solo pan que partimos co­mo miembros del Cuerpo de Cristo. “El pan que partimos, ¿no es la comunión del Cuerpo de Cristo? Siendo uno solo el pan, nosotros, con ser muchos, somos un Cuerpo; pues todos par­ticipamos de ese un solo pan”. Esta verdad del Cuerpo debiera trabajar nuestra conciencia y corazón a la hora de toda adminis­tración que la Asamblea local haga en relación a la Mesa del Se­ñor.

Pasemos ahora a considerar el segundo aspecto que plantea­mos. A saber, qué principios divinos están involucrados a la hora de extender la comunión de la Mesa del Señor a una nueva loca­lidad, donde tal Mesa aún no ha sido administrativamente esta­blecida. Y al decir esto, no queremos caer en formalidades exteriores, ritualistas y legalistas, que reemplacen lo que genuina­mente es una comunión interior que produce el Espíritu Santo en su sola soberanía. Si en una localidad hay convertidos, hay verdaderamente creyentes, ellos, como miembros del Cuerpo de Cristo, ya tienen pleno derecho a su lugar en la Mesa del Señor. No se adquiere la condición de miembro del Cuerpo de Cris­to por ser recibido a la Mesa del Señor, sino al revés; es porque ya soy miembro del Cuerpo que gozo de la comunión del Cuerpo, y como tal, tengo el derecho, la responsabilidad y el lugar que me corresponde para expresar esta comunión de una manera vi­sible, en la Mesa del Señor. De modo que el fundamento que po­ne ante los creyentes de un lugar la Mesa del Señor, es la reden­ción misma cumplida por el Señor en la cruz, es el soberano he­cho de que hemos sido bautizados por el Espíritu Santo en un so­lo Cuerpo (1Corintios 12:13). Allí donde hay miembros del Cuerpo de Cristo, allí mismo está a disposición la Mesa donde ellos pue­dan expresar tal comunión. Es porque ya somos miembros del Cuerpo que la Mesa del Señor tiene reservado el lugar pa­ra cada uno de tales miembros. Esta es la verdad espiritual y el fundamento que pone toda firmeza en la cuestión; pero a la vez, no podemos negar que existe la administración exterior confiada a los apóstoles, en un principio, y a la Asamblea local en nuestros días. De otra manera, ¿por qué Pablo amonesta a los corintios a separar dos comuniones completamente incompati­bles? “No podéis beber la copa del Señor, y la copa de los demonios; no podéis participar de la mesa del Señor, y de la me­sa de los demonios. ¿O provocaremos a celos al Señor? ¿So­mos más fuertes que Él?” (1Corintios 10:21-22). La sola exhortación y el llamado al orden que realiza el apóstol, indica que no solo hay el derecho inalienable que es por redención, sino que ade­más había una administración responsable del asunto y un cui­dado celoso en la materia. El espíritu de independencia y nues­tra propia voluntad obrando, muchas veces echa mano a lo que posicionalmente nos otorga la gracia, para negar la admi­nistración de los intereses divinos delegados y concedidos al hombre. Esto es sumamente peligroso, tanto como cuando el hombre toma la administración de lo que no se le delega, para enseñorearse de aquello cuya autoridad solo compete a la sobe­ranía del Señor. Ambas conductas son erróneas, y debemos dis­cernir por las Escrituras que hay asuntos que por más que sean un bien espiritual de los redimidos, en cuanto a su ejercicio he­mos de reconocer y someternos a la administración local conce­dida a la Asamblea; así como hay otros, en donde la Asamblea debe retirarse de toda intromisión, cuando se trata de cuestiones que han sido puestas en la entera responsabilidad del indivi­duo. Pero volvamos al tema de la recepción a la Mesa, pues aquí no es el criterio del individuo sino el del conjunto que toma la po­sición del Cuerpo (1Corintios 12:27). Y en este sentido, insistimos que no habiendo hoy apóstoles, es la Asamblea local la que toma el protagonismo de la administración de los intereses del Señor. Mas es importante que tal administración sea realizada en el es­píritu de las verdades que se ven comprometidas. Así, una Asam­blea cualquiera o un grupo de hermanos jamás debería pensar que ellos “establecen la Mesa del Señor” en un lugar. La Mesa ya ha sido establecida por el Señor mismo y cada creyente ya tiene su lugar allí desde que es un miembro del Cuerpo. Lo que hace la Asamblea es reconocer administrativa y formalmente, en el nombre del Señor, que allí la Mesa está presente, que allí existe la comunión del Cuerpo, que allí se realiza prácticamente la co­munión que nos vincula a los mismos principios divinos. Quizás podría hablarse de un acto administrativo que “extiende” la Me­sa, porque no se trata de establecer una nueva mesa. No hay co­sa como varias mesas del Señor. La Mesa del Señor guarda su perfecta unidad; es la misma Mesa en cualquier lado donde ella es­té presente. Notemos que el espíritu que mueve la idea de la Me­sa del Señor es su unidad. No hay varias mesas, no hay varias co­muniones; o estamos en la Mesa del Señor o no estamos. Es “la Mesa del Señor”, y no “las mesas”. No hay algo así como una me­sa confiada a los de tal denominación, y otra confiada a los de otra denominación; ni una para determinado grupo y otra para otro distinto aquel. No hay una Mesa en tal Asamblea y otra dis­tinta en tal otra Asamblea. De otra manera, ofenderíamos su esencia misma como el lugar del testimonio de la unidad del Cuerpo. Si no procedemos con este espíritu, estaríamos dicien­do que la Mesa del Señor es una mesa de división o una mesa sec­cionada en pedazos. Cuando un grupo de hermanos de una loca­lidad son formalmente y administrativamente recibidos a la co­munión, y ellos asumen la administración local como Asamblea, no quiere decir que otros establecieron allí una nueva mesa, si­no que la comunión de la tal ha sido reconocida allí donde la misma gracia de Cristo la ha hecho presente. Los que realizan el ac­to reconocen lo que el Señor ya ha hecho; pero con todo, es ne­cesario este reconocimiento administrativo y exterior, pues so­lo así hay la posibilidad de expresar la autoridad administrativa delegada por el Señor en la Asamblea, y solo así se puede enton­ces comunicar la acción a las demás Asambleas congregadas ba­jo los mismos principios divinos. Y todo esto, nos permite guar­dar un orden conveniente. Consideramos necesario e indispen­sable este acto administrativo, pues la Asamblea ostenta tal fa­cultad según la delegación del mismo Señor (Mateo 18:18). De otra manera, ¿quién lo ejecutaría? Si lo hiciera un líder o unos pocos, significaría un acto de independencia. Ningún don ni ningún her­mano puede asumir por sí solo la administración de las potesta­des locales de la Asamblea en su posición de Cuerpo de Cristo (1Corintios 12:27). ¿O sería, tal vez, el grupo de los mismos hermanos de una determinada localidad recibiéndose a sí mismos? Enton­ces... ¿dónde están los que reciben como Cuerpo? ¿Y dónde esta­rían los que son recibidos como miembros de ese Cuerpo? Entonces, ¿cómo podrían los demás hermanos de otras localida­des conocer que la acción de reconocimiento administrativo ha sido consumada?

Queremos insistir en otro aspecto importante. Como hemos considerado, la recepción es del individuo como miembro del Cuerpo, y los que la consuman a la vez lo hacen como Cuerpo. Es decir, tomando la posición y representación local del Cuer­po (1)

 

(1). Recordemos que, conforme a las Escrituras, solo la Asamblea local posee la representación y la posición del Cuerpo. No hay ningún otro organismo, organización, individuo o grupo de estos, que pueda asumir y ocupar legítimamente la posición administrativa del Cuerpo (1Corintios 12:27).

 

Algunos han efectuado recepciones que superan al indivi­duo mismo, recibiendo a conjuntos provenientes de un estado anterior de independencia o de pertenencia denominacional, o como formando parte y siguiendo a un líder que los conduce a una nueva posición eclesiástica. Pero denunciamos esto como un error pues mina justamente el principio de lo que es la Mesa. Si allí se recibe al individuo como miembro del Cuerpo, y el con­junto de los hermanos lo hace tomando la posición del Cuerpo, es propio que solo pueda recibirse correctamente a un indivi­duo (como miembro del Cuerpo) y no a un grupo de ellos como grupo. De otra manera, estaríamos diciendo que hay un “cuer­po” o un conjunto que guarda vínculos extraños a la verdad divi­na del Cuerpo, que son recibidos como tal “cuerpo” o conjunto. Por más que en lo espiritual el individuo ya sea miembro del Cuerpo al haber creído en el Señor, su recepción administrativa a la Mesa es como miembro individual de ese Cuerpo. Si yo reci­bo a un conjunto como tal, estoy reconociendo que existen otras formas de vínculos previos que unen a esos hermanos en­tre sí, que no son las del Cuerpo. Por ejemplo, si se recibe a un lí­der juntamente con un grupo de hermanos que se identifican con él, se está reconociendo un vínculo extraño que une a ese lí­der con ese grupo. Y en la recepción a la Mesa sel Señor, todo de­be ser abstraído para solo reconocer el único vínculo o principio asociativo genuino: que el creyente individual es miembro del Cuerpo. Si se recibe a un grupo cualquiera como tal, se está re­conociendo un vínculo previo entre ellos, que pudiera ser apa­rentemente inofensivo: amistad, afinidad de carácter, proce­dencia de un mismo sistema denominacional, asociación a un determinado líder, etc. Pero en todos estos casos se recibe a un bloque que comparte un cierto vínculo extraño a la verdad de que nuestro único vínculo reconocido en la Mesa del Señor, es la de ser un miembro del Cuerpo. No estamos diciendo que no se puedan recibir varios individuos a la vez como miembros cada uno del Cuerpo de Cristo, estamos apuntando el error de una re­cepción en bloque que deja a un lado la recepción individual co­mo miembro del Cuerpo. Creemos que esto es un craso error, pues la verdad de la Mesa no solo demanda que yo sea un verda­dero creyente, sino también que tengo mi parte allí como miem­bro del Cuerpo de Cristo, y no como miembro de ninguna otra co­sa. En el terreno de la Mesa no se reconoce ningún otro vínculo; y todo otro vínculo que pudiese existir, es extraño a sus princi­pios. La pertenencia al Cuerpo es el único vínculo reconocible, y no hay otro. Aún más, cuando pasamos por alto esta verdad, dejamos la puerta abierta a un principio de error obrando en las conciencias. Los individuos recibidos en bloque, no tuvieron el ejercicio de que fueron recepcionados pura y exclusivamente como miembros del Cuerpo, y pudiesen pensar que lo han sido por causa de la virtud de su líder o por el mérito del conjunto. Y cuando esto ocurre, el espíritu de comunión cambia su objeto o al menos lo perturba sensiblemente. Los individuos que han si­do recepcionados siguiendo a un líder que ocupa el lugar de ellos mismos, tienden a pensar que la comunión es una comu­nión que se basa en líderes. Y esos líderes son vistos como el mo­tor que sostiene la comunión, a la vez que adquieren un relieve muy pronunciado en las conciencias y afectos de muchos. De manera tal, que no pueden separar en sus conciencias y afectos la persona del líder respecto de la verdad misma de la Asamblea como Cuerpo. Un espíritu de error puede entrar aquí y dejar las conciencias y los afectos en la esclavitud a líderes o a un senti­miento grupal extraño. La comunión que se expresa en la Mesa del Señor no es una comunión de líderes o de grupos estableci­dos bajo cualquier principio, ni es una comunión pactada entre conductores; es la comunión del Cuerpo de Cristo. Y tal cosa de­manda el ejercicio en la conciencia del individuo recibido tanto como de los que reciben. Las recepciones en bloque contienen el veneno mismo de perder de vista la cuestión de la verdad del Cuerpo, ya sea en el individuo que se ve privado de tomar su lu­gar como miembro del Cuerpo, ya sea en los que la realizan, pues pierden de vista que ellos son los que están en la posición del Cuerpo. Ellos son los que están en la posición del Cuerpo, y no el conjunto recibido. De otra manera, sería un absurdo. ¿Có­mo lo que está en el lugar y la posición del Cuerpo puede recibir al Cuerpo? Es propio que yo pierda el sentir de Cuerpo cuando re­cibo un cuerpo que no está en la posición del Cuerpo de Cristo; además, no podemos recibir un cuerpo como el Cuerpo de Cristo sino al individuo como miembro del Cuerpo. Si se reci­be a un cuerpo como el Cuerpo de Cristo, entonces es imposible que los que lo hagan, lo hagan como tal. Si la acción se realiza desde la verdad que el Cuerpo ya existe, y la Asamblea local se coloca en esta posición que le es propia, entonces podrá recibir individuos como miembros del Cuerpo pero no conjuntos como el Cuerpo mismo. Algunos pensarán que sería posible recibir un conjunto como miembro del Cuerpo; pero esto es una contra­dicción absurda. Lo que es miembro del Cuerpo no es un con­junto sino el individuo. Esto queda bien claro en varios pasajes (1Corintios 12:12-31; Efesios 4:16; etc.). No existe conjunto como miem­bro del Cuerpo, sino que es la persona del redimido la que es miembro del Cuerpo. Cuando asunto tan solemne es dejado en manos de unos pocos líderes que “arreglan” las cosas, entra ese espíritu de error de liderazgo y de grandes figuras que son vi­sualizadas como quienes ostentan una autoridad casi apostólica para operar a discreción, efectuar y sostener la comunión. ¡Una verdadera falacia e iniquidad insoportable! Nada puede reem­plazar a la Asamblea en su posición como Cuerpo.

Terminemos insistiendo que la verdad de la Mesa del Señor in­volucra en su esencia misma la verdad del Cuerpo; y toda ope­ración que mengue o eche algo de sombra a esta verdad, tarde o temprano echará su raíz amarga y dejará en evidencia su fruto ilegítimo. Debemos ser tan celosos en custodiar aquellas cosas en que la verdad cristiana involucra la verdad del Cuerpo, así co­mo retraernos de generar un espíritu corporativo erróneo, allí donde el individuo es quien debe asumir su plena responsabili­dad personal ante el Señor. Cambiar estos términos siempre es abrir la puerta al error.

R. Guillen