EL CLERO

Categoría de nivel principal o raíz: Estudios Bíblicos
posted by: R. Guillen

 

EL CLERO

EL GRAN PECADO DE LA DISPENSACIÓN ACTUAL

 

“Porque nosotros somos la circuncisión, los que en Espí­ritu servimos a Dios y nos gloriamos en Cristo Jesús, no te­niendo confianza en la carne” (Filipenses 3:3). “Y los espíritus de los profetas están sujetos a los profe­tas” (1Corintios 14:32).

“El verdadero ministerio es el don y poder del Espíritu de Dios, no la designación humana”.“El concepto de clérigo es el pecado contra el Espíritu Santo en esta dispensación”. “La sus­titución de otra cosa en lugar del poder y de la presencia del Espíritu Santo, es el pecado que caracteriza esta dispensación” (J.N.Darby)

Cada dispensación posee un pecado característico o una espe­cial ofensa contra Dios, que justamente está en relación a la ne­gación de la verdad característica de esa dispensación. En otras palabras, podemos decir que aquello que de una manera parti­cular atenta contra la verdad o el principio característico de la dispensación, constituye justamente el pecado más distintivo y ofensivo de esa dispensación. Así, en las relaciones de Dios con Israel, no hubo peor pecado que la idolatría, pues la verdad de un Dios único e inmaterial, que nada tenía que ver con los ído­los, era lo que justamente constituyó la base y fundamento de todos los tratos de Dios con este pueblo. Y esto, en vivo contras­te con las demás naciones, las cuales adoraban ídolos. En defi­nitiva, todos los tratos que Dios estableció con Israel estaban fundados en la verdad de que Él no era una imagen ni un ídolo he­cho por manos humanas (Éxodo 20:1-6). Y en el marco de tales rela­ciones, nada había más ofensivo que brindar culto a dioses paga­nos. Por su parte, en los tiempos del ministerio del Señor Jesús, el peor de los pecados, el pecado que caracterizó a la mala gene­ración judía, fue la blasfemia contra el Espíritu Santo. Blasfe­mia que consistía en atribuir a Beelzebú, príncipe de los demo­nios, la potencia milagrosa del Señor. Negando así, que tal po­der provenía del Espíritu Santo y que acreditaba la presencia mesiánica en Israel (Mateo 12:22-37). Tal blasfemia suponía negar el potentísimo testimonio del Espíritu que declaraba, por medio de los poderes milagrosos, que Jesús era el Cristo, el Ungido, el Hijo de David. Es interesante notar entonces, que la verdad dis­tintiva que en un determinado marco de relaciones, privilegios y responsabilidades, Dios se place, en su soberanía, presentar y confiar a los sujetos comprometidos en cuanto a ella, constitu­ye la especial materia de su testimonio y la mayor responsabili­dad del hombre. A la vez, no hay mayor pecado que negar de una u otra forma, esa verdad y ese testimonio confiado. Así, cuando Jehová estableció tratos con Israel como siendo un Dios único e inmaterial, y consignó a la cabeza del decálogo la prohibición de adorar dioses extraños (Éxodo 20:1-6), no hubo entonces peor ofensa que adorar ídolos. Y fue también cuando Cristo, por la po­tencia del Espíritu Santo, otorgó las credenciales que garantiza­ban la presencia del Mesías en Israel, que no hubo mayor ofensa que atribuir sus milagros a Beelzebú. Todo esto conduce a peguntarnos: ¿Cuáles son las verdades características de la presente dispensación? Y, ¿cuáles son los pecados distintivos que pretenden negar esas verdades?

Sin lugar a dudas, tenemos varias verdades que caracterizan la presente dispensación, pero entre ellas, podemos observar dos que están revestidas de una importancia singular: la presen­cia personal del Espíritu Santo aquí abajo (Juan 14:16-17,26; 16:7,13; Hechos 2:1-4; etc.), y la verdad de la Iglesia como el Cuer­po de Cristo (1Corintios 12:13,27; 10:17; Efesios 1:22,23; 2.16; 3.6; 4.4,16; etc.). Ambas cosas tienen que ver con la venida del Espíritu San­to en Pentecostés, sobre el fundamento de la redención cumpli­da en la cruz. En consecuencia, todo aquello que de una manera u otra niegue o mine en algo estas verdades fundamentales de la dispensación, constituye justamente un signo distintivo de la apostasía de nuestros tiempos. En relación a esto, decimos que mientras toda forma de clero ofende la verdad del ministerio y el culto por el Espíritu Santo, el sectarismo ofende la verdad de la unidad del Cuerpo. El clero es el pecado que pretende reem­plazar al Espíritu Santo en el culto y el ministerio, suplantándole por la organización y manipulación del hombre. Por su parte, lo propio de los sistemas sectarios, es dejar voluntariosamente el terreno del testimonio a la unidad del Cuerpo, para constituir grupos eclesiásticos denominacionales o independientes. Generalmente el principio de clero va unido al principio de secta. En la apostasía del cristianismo siempre es común ver ambas cosas juntas.

El clero, justamente supone aquel principio de iniquidad, por el que el hombre concentra una autoridad artificial y extraña que niega, desplaza o limita de alguna manera, el culto y el mi­nisterio por el Espíritu; niega la presencia de los dones y el sa­cerdocio universal del creyente (1Pedro 2:5); y niega la autoridad de Cristo como centro divino de los santos. Quien posee por sí o por delegación de otros una potestad artificial para manipular el mi­nisterio y el culto, a su capricho y voluntad, negando la direc­ción del Espíritu Santo, sin duda está ocupando el sitio de un ini­cuo clero. Cosa, que siempre va acompañada de un principio fal­so de autoridad. No hay clero si no hay un principio artificial de autoridad que conceda, en una persona o en una clase especial, esta potestad de atribuirse la administración exclusiva del mi­nisterio y del culto. Si pensamos que los dos grandes principios prácticos que caracterizan la vida de la Asamblea en esta dis­pensación, están determinados por el solemne hecho de que los santos son congregados al divino y bendito nombre del Señor Je­sús (quien es el centro y autoridad divina de los suyos; Mateo 18:20), y por el notable hecho de que el culto y el ministerio son desplegados por la potencia y guía del Espíritu Santo (1Corintios Capítulos 12 y 14; Filipenses 3.3), bien podemos advertir la gran iniquidad que supo­ne la presencia del clero o de un principio de clero que de algu­na manera niegue estas cosas. En esencia el clero supone la ope­ración intrusiva del hombre en los asuntos que son de autoridad divina; supone la artificial autoridad que se arroga el hombre re­ligioso, para procurar desplazar y desconocer la autoridad de Cristo y del Espíritu Santo en el culto y el ministerio, remplazan­do estas cosas por el ritualismo y/o la organización humana. Y esto, necesariamente prescindiendo y negando la operación del Señor y el Espíritu Santo por los dones, y negando el sacerdocio universal del creyente.

Al abordar este tema, es importante decir que la palabra “cle­ro” proviene del griego “kleros”, y significa “suerte”, “here­dad”. Esta palabra aparece en 1Pedro 5:3 aplicada al pueblo de Dios o la grey de Dios (“los que están a vuestro cuidado”). La idea original es la de los creyentes vistos como “heredades de Dios”, en contraste con los que son los instructores de ellas. La exhor­tación en Pedro, es que los ancianos apacienten la grey de Dios o la heredad de Dios sin ejercer señorío sobre ella. Así, la palabra clero en su origen significaba algo absolutamente distinto al sen­tido que hoy le dan los sistemas religiosos y el uso general. Incluso, podemos afirmar que pocas palabras han sido tan vacia­das de su contenido original, como la que nos ocupa. La verda­dera iniquidad es que lo que hoy se llama clero, se arroga ser la porción o heredad misma de Dios, desplazando así a la grey de Dios para asumir todos sus derechos y prerrogativas. La iniqui­dad del clero está justamente en reemplazar con una clase espe­cial, una jerarquía, y una autoridad extraña y artificial, lo que corresponde a la grey de Dios. Es el hombre religioso en su so­berbia y sentido de superioridad, y ello generalmente acompa­ñado de una ordenación formal, tomando el lugar que corres­ponde al pueblo de Dios, y así limitando o anulando la libre ope­ración del Espíritu por los creyentes. En consecuencia, una je­rarquía artificial ejerce señorío y autoridad ilegítima e inicua, cuando en realidad el Espíritu Santo exhorta a los ancianos a apa­centar la grey (la heredad de Dios) sin ejercer señorío. Esto es lo que tenemos justamente en 1Pedro 5:1-3. “Ruego a los ancianos… apacentad la grey de Dios que está entre vosotros, cuidando de ella, no por fuerza, sino voluntariamente; no por ganancia deshonesta, sino con ánimo pronto; no como teniendo seño­río sobre los que están a vuestro cuidado, sino siendo ejem­plos de la grey”. Lo que ha hecho el clero, es justamente negar esta verdad de la Palabra de Dios. El clero, en definitiva, es la inicua pretensión de ocupar el lugar de la grey de Dios para usur­par sus derechos y bienes concedidos por el Señor, y usurpar el lugar del Espíritu Santo operando en y por ella. Es usurpar su lu­gar para ostentar sus derechos; y por sobre todo, el derecho de ser el canal del Espíritu Santo.

Como lo venimos diciendo, tenemos en el clero los principios y prácticas que niegan verdades fundamentales de este tiempo de la Iglesia. El principio y el espíritu de clero pueden asumir va­rias formas, pero por sobre todo queremos detallar tres de sus aspectos que, por su notable iniquidad, suponen una ofensiva operación contra la autoridad divina. Por un lado el clero pre­tende y se arroga el ejercicio de la autoridad administrativa de la Asamblea local, o de un grupo de Asambleas, o inclusive de la totalidad de un sistema eclesiástico de la cristiandad. Cosa que supone necesariamente ofender la esencia misma de lo que es la Asamblea de Dios, según lo apreciamos en Mateo 18:20. Recorde­mos que justamente la Asamblea es la autoridad de Cristo como centro divino que congrega a los santos. El clero, en este aspec­to, es el señorío del hombre contra el señorío de Cristo.

En un segundo aspecto, el clero se establece como una jerar­quía pretendidamente insustituible para el ejercicio y desarro­llo del ministerio. Esto, necesariamente supone el desconoci­miento de los dones que reparte Cristo, como lo verdaderamen­te insustituible para el ministerio (Efesios 4:8-12); y supone tam­bién, la negación de la dirección del Espíritu Santo administran­do los dones en el ministerio (1Corintios 12:3-11; 1Corintios 14:29-32; Filipenses 3:3).

 En tercer lugar, y en lo que respecta al culto, el clero preten­de arrogarse también la exclusividad de la condición sacerdo­tal. Esto necesariamente niega la verdad del sacerdocio univer­sal del creyente (1Pedro 2:5). Es decir, que tanto a lo que hace a la au­toridad de la administración local de la Asamblea, como en lo que respecta al ministerio, y lo que concierne al culto, el clero se arroga y pretende una exclusividad que no le pertenece, y que Dios no le reconoce ni le ha confiado. El clero es una institu­ción puramente humana, y por lo tanto, inicua de pies a cabeza. En definitiva, concluimos que el clero supone esencialmente esa iniquidad que se expresa por el ejercicio de una autoridad extraña, que niega la autoridad de Cristo en la Asamblea, y nie­ga la operación soberana del Espíritu Santo en el ministerio y en el culto.

Para ilustrar el asunto que venimos desarrollando, vamos a to­mar algunos ejemplos del Antiguo y Nuevo Testamento que, por figuras y principios, nos otorgan un nítido perfil moral de lo que caracteriza y particulariza lo que hemos definido como clero. En primer lugar leamos Número cap. 16 y Judas 11. Coré, Datán y Abi­ram, “tomaron gente, y se levantaron contra Moisés con dos­cientos cincuenta varones... Y se juntaron contra Moisés y Aa­rón y les dijeron: ¡Basta ya de vosotros!...”(Números 16:1-3). Coré, era levita, pero no conforme con ello, suscitó una rebelión pro­curando el sacerdocio (v. 10). Encontramos aquí una imagen de lo que en esencia es el clero: rebelión contra la legítima autori­dad divina, la autoridad de Cristo, para sustituirla en su ejerci­cio y en el ministerio. Moisés y Aarón, respectivamente, son ti­pos de Cristo en gobierno y en gracia. Coré y sus seguidores pre­tendieron usurpar el lugar, el oficio y la autoridad que Dios ha­bía confiado a Moisés y a Aarón. Siendo éstos tipos de Cristo, es claro que la rebelión de Coré describe bien la rebelión religiosa de la apostasía cristiana, que se levanta contra la misma autori­dad del Señor (Judas 11). Nos otorga una acabada imagen de la te­meraria conducta del hombre religioso, tomando o pretendien­do tomar la autoridad que no le corresponde ni le pertenece. Este es en esencia el principio moral del clero. Nace más que co­mo una doctrina, como una condición moral. Una condición mo­ral caracterizada por la rebelión contra Cristo, en el deseo de complacer la propia voluntad y establecer esa voluntad como la norma de autoridad. Puede ser que se pretenda genuinidad tras razonamientos y doctrinas tortuosamente extraídas de las Escrituras, y justificadas por una larga y elaborada teología, mas su base esencialmente es rebelión moral. En relación a ello, es común ver en el actual cristianismo profesante, que una persona o grupo de ellas establecen una autoridad artificial pa­ra oponerse a la autoridad de Cristo como centro divino de los santos, y oponerse a la presencia y autoridad del Espíritu Santo como la exclusiva guía para el culto, la oración y el ministerio.

Notemos el argumento que invocaron Coré y sus seguidores: “se juntaron contra Moisés y Aarón y les dijeron: ¡Basta ya de vosotros! Porque toda la congregación, todos ellos son san­tos, y en medio de ellos está Jehová; ¿por qué, pues, os le­vantáis vosotros sobre la congregación de Jehová?” (Números 16:3). Coré escondió su rebelión tras la defensa de pretendidos derechos de toda la congregación, y alegó la verdad de la pre­sencia de Jehová en medio. Era absolutamente cierto que la con­gregación como pueblo separado para Dios, era santa; y tam­bién era verdad que Jehová estaba en medio de ella, pero tales cosas de ninguna manera justificaban su pretendida e inicua ex­clusividad del sacerdocio. Él aduce derechos de la heredad de Dios, pero oculta tras ello su deseo de ejercer señorío y exclusi­vidad en el culto, desplazando a Moisés y Aarón. Es más, él acusa a Moisés y Aarón de levantarse ilegítimamente sobre la congre­gación, cuando es el mimo Coré quien lo hace. Es lo que hoy ha­ce el clero; invoca el orden y bienestar del pueblo de Dios, pero esto no es más que la máscara tras la que oculta su nefasto de­seo de primacía (1). Advirtamos entonces, que Coré invocó razo­nes para ocultar su pretendido derecho a la exclusividad del sa­cerdocio, pero todo era una pantalla con la que ocultaba su per­versa aspiración. Cuando Moisés le respondió, directamente le desenmascaró trayendo a luz su pretensión: “Procuráis tam­bién el sacerdocio” (Número 16:10).

Consideremos ahora el caso de Balaam (leer Número capítulo 22 a capítulo 24 inclusive; 2Pedro 2:15-16; Judas 11). “Han dejado el camino recto, y se han extraviado siguiendo el camino de Balaam hijo de Beor, el cual amó el premio de la maldad” (2Pedro 2:15).“Se lan­zaron por lucro en el error de Balaam” (Jud 11). La iniquidad de Balaam contiene varios elementos, pero aquí solo reparare­mos en los que nos ilustran de una forma clara el tema que nos ocupa. Sin duda que en este falso profeta, observamos un tipo de la forma perversa de religión que desde una profesión de apa­rente fidelidad, sacrifica los nobles intereses divinos por amor a una recompensa material. En Balaam vemos una clara figura de una posición clerical que, con plena conciencia de la verdad de Dios, no teme sacrificar esa verdad cuando se halla en juego la posibilidad de obtener lucro a través de un falso ministerio. Ba­laam representa bien al falso profesante que desde un lugar de jerarquía y autoridad religiosa, proclama una hueca fidelidad a Dios (Número 22:18), mientras que en su corazón ama la recompensa material (Judas 11). Es la actitud y conducta que no le interesa da­ñar al pueblo de Dios con tal de obtener un beneficio pecunia­rio. En definitiva, vemos en Balaam un tipo del clero que profe­sando una especial fidelidad a Dios y su Palabra, en realidad se corrompe a causa del amor al dinero y la honra que le puede otorgar el mundo. Es una notable figura del clero pago para cumplir un determinado servicio religioso. Tal ministerio, si es que podemos llamar a eso ministerio, se reduce a un servicio religioso por el que se cobra una recompensa material.

 

(1). Algunos procuran justificar una posición de autoridad clerical diciendo que justamente el caso de Moisés y Aarón, acredita la presencia de autoridad humana divinamente reconocida pa­ra conducir al pueblo de Dios. A esto respondemos que el clero no es asunto de la presencia de un conductor ni de autoridad en sí, sino el establecimiento ilegítimo de una jerarquía eclesiásti­ca no reconocida por el Señor, que pretende desplazar justamente la autoridad del Señor y del Espíritu Santo. Admitimos que entre los dones existe el de pastor (Efesios 4:11), pero ello supone un don de gracia y no una jerarquía formal ni una ordenación especial que justifique el enseñorea-miento ni la monopolización del culto y del ministerio.

 

El caso de Jueces capítulos 17 y 18, nos brinda una acabada imagen del clero artificialmente establecido por una autoridad extraña e independiente a toda autoridad divina, que despliega su oficio por la asignación de un pago, y que a la vez tolera la ini­quidad de la idolatría. Podemos apreciar en este pasaje, cómo en una esfera doméstica surge la idolatría en Israel, y ello de la mano de un falso principio de ordenación sacerdotal. “Y este hombre Micaía tuvo casa de dioses, e hizo efod y terafines, y consagró a uno de sus hijos para que fuera su sacerdote” (Jueces 17:5). Aquí encontramos con toda claridad, cómo la supersti­ción va unida a un principio de falsa autoridad para ordenar a otro, a fin de que éste último cumpla un ministerio religioso completamente inicuo. Y todo acompañado de una artificial at­mósfera de falsa espiritualidad, con la que se pretende legitimi­dad: efod (ropaje sacerdotal), terafines (dioses domésticos), consagración (ritual).

Con la llegada de un levita a la casa de Micaía, entonces surge la corrupción religiosa que establece un clero pago; y ello, en virtud de la misma autoridad artificial con la que antes Micaía había ordenado a su hijo. “Entonces Micaía le dijo: Quédate en mi casa, y serás para mí padre y sacerdote; y yo te daré diez siclos de plata por año, vestidos y comida. Y el levita se quedó”. “Y Micaía consagró al levita, y aquel joven le servía de sacerdote, y permaneció en casa de Micaía” (Jueces 17:10,12).

Luego, es en virtud de otra autoridad artificial tan indepen­diente de Dios como la de Micaía, que la tribu de Dan tomó al mismo levita por oficial religioso, bajo el amparo del poder mili­tar que la asistía. “Entrando, pues, aquéllos en la casa de Micaía, tomaron la imagen de talla, el efod, los terafines y la imagen de fundición. Y el sacerdote les dijo: ¿Qué hacéis vo­sotros? Y ellos le respondieron: Calla, pon la mano sobre tu bo­ca, y vente con nosotros, para que seas nuestro padre y sacerdote. ¿Es mejor que seas tú sacerdote en casa de un solo hombre, que de una tribu y familia de Israel? Y se alegró el co­razón del sacerdote, el cual tomó el efod y los terafines y la imagen, y se fue en medio del pueblo” (Jueces 18:18-20). Note­mos la perversidad de la tribu de Dan, al admitir por sacerdote a uno que no descendía de la casa de Aarón.“Y los hijos de Dan le­vantaron para sí la imagen de talla; y Jonatán hijo de Gersón, hijo de Moisés, él y sus hijos fueron sacerdotes en la tribu de Dan, hasta el día del cautiverio de la tierra” (Jueces 18:30). Este fue el principio de toda una falsa e inicua genealogía de sacer­dotes, que nos brinda una acabada imagen de la artificial suce­sión sacerdotal y clerical que algunos pretenden en nuestros días. En definitiva, encontramos aquí una interesante ilustra­ción del clero pago, establecido por una autoridad artificial (ya sea de un hombre o de varios), y una sucesión clerical absoluta­mente ilegítima. Y todo ello unido a la iniquidad de la idolatría. Se aprecia bien entonces, cómo la pretendida e ilegítima auto­ridad del hombre, levanta, designa, y constituye ministros tan ilegítimos como la autoridad que los establece. Dicho de otra manera, el ministro establecido es tan ilegítimo, artificial e ini­cuo, como la pretendida autoridad que lo designa. De pies a ca­beza, de principio a fin, todo sistema clerical es una iniquidad que Dios no reconoce.

“Y dijo Jeroboam en su corazón: Ahora se volverá el reino a la casa de David, si este pueblo subiere a ofrecer sacrificios en la casa de Jehová en Jerusalén... Hizo el rey dos becerros de oro, y dijo al pueblo: Bastante habéis subido a Jerusalén; he aquí tus dioses, oh Israel... Y puso uno en Bel-tel, y otro en Dan... E hizo sacerdotes de entre el pueblo, que no eran de los hijos de Leví”(1Reyes 12:26-31). De una manera igualmente cla­ra, el pecado de Jeroboam nos presenta una imagen bien defini­da de lo que hoy caracteriza los falsos principios del clero: tene­mos una autoridad artificial e independiente de Dios, que orde­na ministros; pero en este caso, aparece todo ligado al inicuo in­terés del poder político. Podemos entonces advertir cómo los in­tereses políticos y gubernamentales, echan mano a una falsa institución religiosa, para procurar su propia consolidación (1Reyes 12:25-33; 13:33). Jeroboam, temía que Israel se volviese al tro­no de David si iba a adorar a Jerusalén. Entonces, procurando mantener su trono, sus intereses políticos y personales, se rebeló contra el sitio divino que Jehová había escogido para su habitación y el culto de su pueblo, y estableció todo un sistema falso de adoración con falsos ministros religiosos, que garantizasen su estabilidad gubernamental en el Reino del Norte. Este rey, pu­so un becerro de oro en Bet-el y otro en Dan, y estableció estos sitios como centros de culto para Israel. Además, instituyó falsas, falsos altares y lugares altos; y también ordenó sa­cerdotes de entre el pueblo, que nada tenían que ver con la familia de Aarón (1Reyes 12:31- 32). A pesar de la fuerte reconvención del profeta de Judá (1Reyes 13), Jeroboam persistió en su pecado y “volvió a hacer sacerdotes de los lugares altos de entre el pueblo, y a quien quería lo consagraba para que fuese de los sacerdotes de los lugares altos”(1Reyes 13:33). Apreciamos en con­secuencia, cómo Jeroboam utilizó su poder y posición guberna­mental para establecer todo un sistema de falso culto y de orde­nación sacerdotal igualmente falsa; cosas completamente aje­nas a la voluntad divina. En otras palabras, vemos aquí una figu­ra del inicuo principio del clero establecido por el poder civil y político, con el propósito de originar un culto concebido para el sostenimiento de ese mismo poder. Así, se establece todo un sis­tema de religión con sus ministros y ceremonial, que responden a los intereses del gobernante y no a los de Dios. Aquí, el princi­pio de corrupción se funda también en la falsa autoridad que se atribuye el gobernante a sí mismo, para ordenar un clero que sir­ve al sistema religioso que ese mismo gobernante ha estableci­do e ideado; y todo ello, como hemos dicho, con el objeto de consolidar su autoridad terrenal. En definitiva, tenemos el esta­blecimiento de un clero falso que viene a ser el canal por medio del cual el gobernante sustenta y consolida su poder político. Los ministros de las iglesias reformadas nacionales, subsidiadas y sostenidas económicamente por sus gobernantes temporales, son los exponentes más claros de este aspecto del clericalismo.

Veamos ahora algunos casos en el Nuevo Testamento, que ilus­tran diversos aspectos del espíritu que alienta al clero, y expre­san los caracteres que le son propios. Comencemos con Marcos 9:38-39 y Lucas 9:49-50. Si bien aquí no encontramos principios que se re­lacionen concretamente con el establecimiento formal de un clero, sí hallamos aspectos morales que le caracterizan y ani­man. En estos pasajes, apreciamos cómo el ministerio se con­vierte en un asunto del interés egoísta del “yo” religioso, que pretende manipularlo y controlarlo bajo una falsa autoridad y sus impíos criterios. El solo hecho de que había alguien que des­plegaba un poderoso ministerio en el nombre de Jesús, pero sin estar sometido al control de los discípulos, generó en éstos, un celo religioso que estableció una prohibición que no era acorde a la voluntad del Señor. “Maestro, hemos visto a uno que en tu nombre echaba fuera demonios, pero él no nos sigue; y se lo prohibimos, porque no nos seguía. Pero Jesús dijo: No se lo prohibáis; porque ninguno hay que haga milagro en mi nom­bre, que luego pueda decir mal de mí. Porque el que no es contra nosotros, por nosotros es” (Marcos 9:38-40). Notemos que lo que ofendía a los discípulos, no era tanto lo que el extraño ha­cía, sino el hecho de que el tal no les seguía o se sujetaba al con­trol y autoridad de ellos. Esto puso de manifiesto lo que escon­dían los corazones de los discípulos. Ellos pretendían ejercer un control y autoridad sobre aquel extraño que echaba demonios en el nombre de Jesús. El tal, en nada ofendía a Señor, por el con­trario, honraba su bendito nombre liberando, en virtud de éste, a los que estaban bajo la influencia de los demonios. Pero el “yo” de los discípulos se ofendía al no recibir sujeción de esta persona. Todo esto expresa bien el sentir moral que general­mente acompaña a todo sistema clerical. Por un lado existe la pretensión de una autoridad que eleva y enorgullece el “yo” reli­gioso por encima del ministerio de otros; y por otro, encontra­mos un espíritu que pretende control sobre el ministerio, exi­giendo la sujeción a ese falso principio de autoridad. Falso prin­cipio de autoridad que procura imponer limitaciones y prohibi­ciones a otros sobre los cuales no se posee autoridad. Tales limi­taciones y prohibiciones no hacen más que apagar la genuina y soberana operación del Espíritu Santo, por medio de otros sier­vos del Señor que pueden obrar en sujeción a Él, pero en inde­pendencia a toda forma de control en el ministerio. Este es jus­tamente uno de los caracteres morales del clero: un orgullo de posición que pretende especial autoridad sobre otros, y un espí­ritu de control y manipulación que hace al hombre religioso el centro de toda operación y ministerio. Y tal cosa, no lleva sino a desconocer la operación de la gracia de Dios, que, en su sobera­nía, puede obrar por medio de otros. Establecer principios de control sobre el ministerio de otro, o establecer principios de subordinación y manipulación sobre el ministerios de otro, siem­pre supone una gran iniquidad. Los discípulos creían poseer una sobre autoridad sobre aquel que echaba demonios en el nombre de Jesús, mas esta pretensión les impedía reconocer la obra que la gracia del mismo Señor desplegaba por el tal. Lo verdadera­mente inicuo del principio clerical, es esa autoridad artificial que concentra o pretende concentrar un individuo, o grupo de estos, para ejercer control sobre otros, usurpando el lugar que el Espíritu Santo en su soberanía debe tener para generar el mi­nisterio según la voluntad divina.

Lucas 12:41-46nos puede ilustrar otro aspecto del espíritu de cle­ro y la conducta que le corresponde. Generalmente todo princi­pio clerical está desligado de toda vocación celeste, y encuen­tra su fuente en los intereses materiales de este mundo y en los intereses de gloria personal. La esperanza de la pronta venida del Señor es perdida de vista, y las concupiscencias terrenales suplantan todo otro interés. Entonces, una posición de autori­dad se torna en el medio de reprimir y someter a otros, por un lado, y buscar la propia satisfacción en los placeres temporales, por otro. Bien podemos decir que la pérdida de vista de la inminente venida del Señor, es un notable principio de iniquidad mo­ral que alienta el establecimiento del clero. Así, fue cuando el siervo infiel dijo en su corazón “Mi señor tarda en venir”, que comenzó a golpear a los criados, a comer y a embriagarse. Él asu­mió un ejercicio de autoridad inicua desde que tuvo la venida del Señor por tardanza.

Un carácter siempre presente en el sentimiento de clero, es­tá determinado por la aspiración a una ilegítima primacía o je­rarquía sobre otros. Esto es o que apareció en el corazón de los discípulos según lo podemos ver en Lucas 9:46-48 y Marcos 9:33-37. “Entonces entraron en discusión sobre quién de ellos sería el mayor”(Lucas 9:46). Estamos ante ese principio moral que parti­culariza y da contenido a todo sentimiento de clero: la aspira­ción a la primacía y al ejercicio de autoridad (ilegítima). Esto siempre es consecuencia de ese “yo” activo que pretende una jerarquía y superioridad especial sobre otros. Tal pretensión no hace más que poner en evidencia la propia bajeza, pues la ver­dadera grandeza moral no está en la capacidad de sobreponerse a otros, sino de humillarse. Esta es la lección que justamente el Señor les presentó en esa ocasión, tomando un niño, poniéndolo junto a sí, y diciéndoles: “el que es más pequeño entre todos vosotros, ése es el más grande” (Lucas 9:48). Notemos que los dis­cípulos no escaparon de esta operación del “yo”, y que todos so­mos muy pasibles a seguir el mismo camino cuando la oportuni­dad y las circunstancias nos favorecen. Por eso, es que debemos vigilar permanentemente los motivos de nuestro corazón.

El caso de Diótrefes, es especialmente distinguido para pre­sentarnos un exacto dibujo del estado moral y la conducta que corresponde al espíritu clerical. Como en el ejemplo anterior, apreciamos un anhelo de primacía, fuente moral del principio de clero. “Diótrefes, al cual le gusta tener el primer lugar en­tre ellos, no nos recibe. Por esta causa, si yo fuere, recordaré las obras que hace parloteando con palabras malignas contra nosotros; y no contento con estas cosas, no recibe a los her­manos, y a los que quieren recibirlos se lo prohíbe, y los ex­pulsa de la iglesia” (3Juan 9-10). El anhelo de una primacía sin san­ción divina, es, como acabamos de decir, una de las característi­cas morales que alientan todo principio de clero. Una preten­sión de primacía que echa mano a todo recurso que se tiene al alcance, para imponer la propia voluntad y negar, de alguna ma­nera, la autoridad divina. Así, vemos que Diótrefes no solo ape­tecía el primer lugar entre los hermanos, sino que ejercía con­cretamente una autoridad extraña en la Asamblea, a la vez que negaba la autoridad apostólica. Él ejercía su autoridad impo­niendo prohibiciones. Él no solo que no recibía a los hermanos que portaban la verdad apostólica, sino que además prohibía que otros lo hiciesen, y expulsaba a aquellos que marchaban en comunión apostólica. En definitiva, no solo vemos en Diótrefes un anhelo de primacía y un ejercicio extraño y perverso de auto­ridad, sino que además rechazaba la verdad y comunión apostó­licas. Recordemos que el rechazo a los apóstoles es el rechazo a la genuina doctrina revelada por el Señor, y es el rechazo a la co­munión que es la del Padre y la del Hijo (1Juan 1:3). Esto es lo pro­pio del clero, pues para él nada vale la comunión y la doctrina apostólica. A la vez, la comunión y doctrina apostólica no reco­noce ningún lugar ni acredita ninguna legitimidad a todo princi­pio de clero. Aquí notamos con meridiana claridad el carácter del clericalismo, pues no solo que asume autoridad de manera ilegítima, sino que a la vez ello va acompañado del desconoci­miento de todo lo que es la legítima autoridad divina. En todos los casos en que aparece el principio de clero, no solo tenemos la aspiración o la operación de un principio artificial de autori­dad, sino que a la vez hayamos la rebelión contra la legítima au­toridad divina. Lo uno siempre va ligado a lo otro. Notemos. Co­ré pretendió el sacerdocio a la vez que negó el sacerdocio legíti­mo de Aarón; Jeroboam estableció todo un sistema falso de cul­to en Bet-el y Dan, negando la presencia divina de Jehová en el templo de Jerusalén; Diótrefes ejerció una autoridad extraña a la vez que negó la de los apóstoles; etc.

Hagamos ahora un breve repaso de los pasajes citados, para visualizar con claridad los principios que caracterizan el espíri­tu clerical según las ilustraciones que hemos propuesto. Como acabamos de verlo, tanto en Diótrefes como en la discusión de los discípulos, apreciamos uno de los principales elementos dis­tintivos del clero: el anhelo de primacía. En Diótrefes observa­mos el ejercicio positivo de la primacía estableciendo prohibi­ciones y despreciando la autoridad apostólica y la comunión apostólica. Desde el momento que el hombre pretende una auto­ridad eclesiástica que no le corresponde, necesariamente se encuentra en un estado de rebelión contra Cristo, único centro di­vino y autoridad de la Asamblea; y en un estado de rebelión contra el Espíritu Santo, única persona eficaz para desplegar el cul­to y el ministerio. El ejercicio de la primacía eclesiástica que pretende ostentar el clero, no hace otra cosa que reemplazar la operación del Espíritu Santo por la inicua organización y autori­dad del hombre; y reemplazar al don espiritual por la capacidad a de un hombre que ostenta un inicuo cargo. En Coré vemos justamente el principio moral que mueve el espíritu de clero: rebe­lión contra la legítima autoridad divina para establecer la pro­pia. En Balaam apreciamos una figura del clero bajo la forma de religión perversa, que de una manera consciente no teme sacri­ficar la verdad y los más nobles intereses divinos, con tal de ob­tener una recompensa material. El oficio religioso remunerado por el hombre para satisfacer un interés personal, religioso y mundanal, es justamente otra de las características perversas del clero. Esto lo vemos tanto en el caso de Balaam como en el de Micaías y el levita. En este último, apreciamos una relación contractual por la que por un inicuo salario, se presta un igual­mente inicuo servicio religioso. Pero aún más, pues en este caso vemos una autoridad artificial ordenando un sacerdocio igualmente artificial; es decir, un sacerdocio independiente de las instituciones divinas. El clero constituye todo un sistema de or­denación artificial; tal como lo ilustra el caso de Micaías como el de Jeroboam. Allí apreciamos que es tan falsa e ilegítima la autoridad que lo establece, como la autoridad establecida. Y si­guiendo con los principios que nos sugieren ambos casos, nota­mos que el asunto de la inicua designación formal aparece liga­do a la idolatría. Y aún más, en el caso del levita del libro de Jue­ces, la historia termina con una sucesión sacerdotal (similar a la clerical) en el seno de la tribu de Dan, tan falsa como inicua, que permaneció por varias generaciones (Jueces 18:30). Es habitual observar que en la mayoría de los sistemas clericales, se es­tablece una forma tan ilegítima como perversa de perpetuación de la jerarquía. Volvamos ahora a Jeroboam. Con él, se dimen­siona de una manera especial cómo el asunto religioso es puesto al inicuo servicio del interés político. La figura que extraemos, nos presenta al poder político estableciendo el clero y nuevos principios de culto, con el deliberado propósito de fortalecer a la autoridad gubernamental terrenal. Hay una autoridad civil que  designa falsas autoridades religiosas. Es el poder político es­tableciendo todo un sistema de culto falso, a fin de que éste le apoye y sustente. En el caso de Marcos 9:38-39 y Lucas 9:49-50 observamos aquella conducta característica del espíritu de clero, que busca tomar control y autoridad sobre otros que ejercen un legí­timo ministerio. Desde una posición de orgullo y falsa autori­dad, se pretende que el ministerio de ciertas personas guarde dependencia y sujeción al de otras. Vemos entonces cómo una pretendida posición de autoridad exige de otros dependencia, y pretende controlar el ministerio estableciendo inicuas prohibiciones. Hay un estado moral aquí, que nos interesa descubrir, pues el asunto aparece en un corazón estrecho que no sabe reconocer la soberana gracia de Dios operando por otros. Este prin­cipio de control desde una posición falsa de autoridad, niega la a soberanía de Cristo y del Espíritu en el ministerio. Por su parte, en Lucas 12:41-46 apreciamos un principio que nos es útil para ilus­trar como el espíritu de clero pierde la vocación celestial, para ejercer una autoridad represiva y arbitraria, y entregarse a los placeres puramente terrenales. Es un carácter muy común en el clero establecido, perder de vista la inminente venida del Señor para abrazar las cosas e intereses de este mundo.

Cuando contrastamos el actual cristianismo profesante fren­te a los principios, contenidos morales y conductas que corres­ponden al clero y al espíritu que lo anima, tal como lo hemos con­siderado en los pasajes anteriores, sin lugar a dudas que pode­mos concluir que tal nociva cuestión se ha extendido notable­mente y se halla por doquier. A lo largo y ancho del cristianismo apreciamos cómo, de una manera u otra, tales inicuos princi­pios operan, asumiendo una apariencia de legitimidad y siendo justificados con amplios argumentos y falsa teología. Insistamos que la vieja naturaleza adámica bajo su forma religiosa, ofrece el mejor caldo de cultivo para originar esta forma de iniquidad eclesiástica. Iniquidad, que puede manifestarse en toda una ga­ma de formas clericales que se hallan en toda la dimensión de la actual profesión cristiana, que van desde el clero cerrado y for­mal de ciertos sistemas fundados en toda una jerarquía ecle­siástica tradicional y muy estructurada (que establece una suce­sión e inicuo monopolio del ministerio concentrado en unos po­cos), hasta los grupos que no ordenan ministros ni jerarquías, pe­ro que las establecen o se establecen de una manera informal. Entre estos dos extremos tenemos la más amplia gama de moda­lidades clericales, unas más y otras menos acentuadas. Aquí no nos ocuparemos de entrar en detalles y analizar todas estas for­mas y variantes clericales que existen en la ruinosa cristiandad de hoy, pero sí intentaremos desenmascarar, con la ayuda del Se­ñor, una forma sutil y sumamente engañosa de clero, que llama­remos: “clero tácito”. No existe ordenación formal, pero sí se concentra y se ejerce una autoridad controladora y artificial, que pretende fiscalizar y manipular los asuntos de la Asamblea y el ministerio de los hermanos. Nuestra engañosa carne bajo su forma religiosa, puede entrometerse imperceptiblemente y ge­nerar en nuestros propios corazones principios artificiales que hayan su inspiración en un clero tácito, y que siempre suponen un ejercicio inicuo de autoridad. Y si no, al menos una preten­sión de ese ejercicio. Al considerar esto, necesariamente surge la pregunta: ¿Existe o puede existir alguna forma de clero sutil o tácito? Es nuestro corazón bajo la influencia de esa forma del viejo hombre en Adán en su aspecto religioso, lo que puede gene­rar en nosotros mismos un principio de clero sutil y tácito. Le lla­mamos tácito, por cuanto no hay una ordenación ni una formali­dad exterior que lo establezca, mas en sus principios, contenido moral y conducta a que da lugar, pone en evidencia un bajo esta­do moral que produce esa perniciosa operación y pretensión de autoridad extraña, que tiene que ver con lo que hemos desarro­llado más arriba. Es importante tener presente que toda confor­mación de una situación de clero, cualquiera sea, siempre po­see dos culpables: el que toma una autoridad extraña sobre otros, y quienes delegan en otros la responsabilidad que les com­pete ejercer. En nuestra propia flaqueza, unos podemos vernos inclinados a una cosa y otros a la otra, mas ambas son igualmen­te nocivas. En definitiva, afirmamos que el espíritu y los princi­pios del clero en su aspecto moral, no son un mal exclusivo de los sistemas tradicionales y de las denominaciones (aunque evi­dentemente aquellos y éstas lo sustentan o lo permiten con ma­yor fuerza y de diversas maneras), sino una cuestión de la carne religiosa que está presente en cada uno de nosotros, y que po­dría manifestarse si es que no vigilamos nuestro corazón y no ejercemos el juicio propio.

A continuación y en el temor del Señor, intentaremos identifi­car estos pensamientos y sentimientos que, con matices más o menos pronunciados, ponen en evidencia la presencia del espí­ritu clerical operando en nuestros corazones. Espíritu, que pro­cura o anhela un principio de autoridad y falso control, ya sobre el ministerio ya sobre el culto. Nos sentimos alentados a escribir sobre tal asunto, pensando que pudiese ayudarnos a juzgar en nosotros mismos los malos principios que pudieran provenir de la vieja naturaleza en su forma religiosa. En tal sentido, el he­cho de que yo posea un notable ministerio público, reconocido y apoyado por otros, me expone de una manera especial a tomar ocasión de ello para ejercer un control y autoridad extraña so­bre hermanos e incluso Asambleas, basado en mis privilegios y criterios personales. Pudiera ser entonces que se delegue en mí, una autoridad que prive del sano ejercicio que el creyente individual o la Asamblea local deben realizar por sí mismos ante el Señor. Y yo mismo podría caer en la trampa de estar desarro­llando un ministerio que busque una aprobación tal, que me per­mita ejercer influencia y control personal sobre otros. Enton­ces, mi ministerio ya no obedece tanto a las exigencias de la ver­dad escritural y de la voluntad del Señor, como al hecho de ali­mentar esa posición privilegiada. Entonces, procuro no incomo­dar a aquellos que mantienen mi prestigio en la obra del Señor, sacrificando muchas veces la verdad divina. Al decir esto, acla­ramos que en nada objetamos que el Señor levante obreros que con mucho celo y devoción ayuden con la Palabra de Dios, y sean ejemplo de vida y de fe para los santos (Hebreos 13:7). Todo esto es le­gítimo y valioso en su lugar. Mas el peligro que aquí considera­mos, es atribuir una sobre autoridad que reemplace o en algo afecte el sano e insustituible ejercicio que cada creyente o la Asamblea local debe realizar ante el Señor mismo. Cuando mi in­terés por el bienestar de las almas es reemplazado por alguna forma de interés personal, y utilizo mi ministerio, mi don, y mi prestigio entre los hermanos como una forma de autoridad para satisfacer ese interés personal, evidentemente opera en mí un espíritu extraño de autoridad que no es según Dios.

Pueden existir en mí falsos criterios asumidos por mi engaño­so corazón; criterios que visualizo como lícitos, pero que en rea­lidad no poseen ninguna sanción escritural y esconden un espíri­tu de clero. Es posible que porque sea de los hermanos más anti­guos de una congregación, o porque estuve presente desde los tiempos de sus inicios, o porque estoy hacen años trabajando en la obra del Señor, esto me lleve a pensar que tal cosa constituye una categoría especial o superior entre los hermanos. Y bajo es­te falso criterio, pudiera yo establecer una línea tajante que di­vide a los hermanos que están desde el comienzo, respecto de los hermanos más nuevos o que se han sumado en años posterio­res. Y puede que tal distinción sirva de base para conformar una élite especial que tiene derecho especial para decidir las cues­tiones de la Asamblea. Esto, puede dar lugar a que hermanos congregados desde hace mucho tiempo pero con escaso discer­nimiento, concentren mucha autoridad; y que otros, aunque más nuevos pero con un claro discernimiento en las Escrituras, se vean privados de tratar asuntos para los cuales, por gracia del Señor, poseen luz. Nuestro engañoso corazón puede tomar en muchas ocasiones cosas lícitas para hacer de ellas un medio de tomar autoridad y generar categorías y jerarquías entre los san­tos. Es cierto que en una congregación no todos los creyentes po­seen igual experiencia y discernimiento, y que generalmente los hermanos más antiguos poseen una madurez más acentua­da, pero no necesariamente esto siempre es así. Y si yo utilizo mis años de creyente o el hecho que una congregación surgió con mi presencia, tomándolo como una forma de concentrar una autoridad que excluye a otros, sin duda que esto responde de alguna manera a un principio de clero.

El hecho de que mi ministerio se haya extendido en una am­plia zona geográfica y que numerosas Asambleas reconozcan mi servicio, debería ser un motivo de constante vigilancia en mi co­razón. Es posible que yo tienda a utilizar la aprobación de otros y mi buena acogida, como una forma de tomar autoridad e impo­ner criterios en las Asambleas. Y cuando deseo hacer lo mismo en una Asamblea que no se somete a tal principio, entonces ten­go dificultades con los hermanos de allí. Por eso siempre es nece­sario que distinga claramente la esfera de mi ministerio, por un lado, de todo lo que significa el gobierno local de la Asamblea, por otro. Este último pertenece a la administración que en Mateo 18:20 y 18:18 el mismo Señor delega en los hermanos del lugar. Siempre he de velar para no mezclar una cosa con la otra. Puedo sugerir respetuosamente en base a las Escrituras, pero jamás de­cidir, forzar o influir una decisión. Siempre es necesario dar lu­gar al ejercicio de la autoridad local de la Asamblea. El ejemplo de Pablo es 1Corintios 5 es altamente instructivo al respecto. El após­tol no echó mano a su autoridad apostólica para excomulgar al perverso, sino que llamó a los corintios a purificarse ellos mis­mos del mal, debiendo quitar ellos mismos al perverso; y todo es­to, aun cuando Pablo unió su autoridad apostólica a la acción.

De muy buena gana hemos de reconocer la presencia de pas­tores y maestros (como don, no como jerarquía eclesiástica) en­tre nosotros (Efesios 4:11), pero esto nunca supone ni justifica dele­gar en los tales el ejercicio de un señorío extraño, o admitir una pretensión de primacía sobre la grey de Dios (1Pedro 5:2-3). Este re­conocimiento y sujeción a ellos ha de ser un fruto que el Espíritu produce en el corazón en vista de la piedad práctica que desa­rrollan, y no una manipulación artificial basada en las insinua­ciones y excelentes modales, o la alta política que yo pudiera desplegar. Mi engañoso corazón puede echar mano a mi preten­dida fidelidad, a los esfuerzos en mi servicio, a la notoriedad de mi ministerio, para que por medio de formas muy amables, pre­tenda ejercer una autoridad extraña y un control en la obra de Dios. Un gran respeto y condescendencia, una notable gentileza y consideración, pueden ser la trampa por la que mi corazón bus­que reconocimiento de otros y una jerarquía inicua entre los her­manos. Generalmente si hay en mí una aspiración de primacía sobre otros, me gusta hablar continuamente de “pastores”, “pa­dres espirituales”, “distinguidos obreros” y “grandes siervos de Dios”, “hermanos de confianza”, etc. Mi mismo vocabulario po­ne en evidencia que yo anhelo y busco para mí el reconocimien­to que en ocasiones doy a otros. Entonces mi boca viene a atri­buir a otros hermanos (generalmente muy piadosos y distingui­dos), una jerarquía que yo deseo que otros reconozcan en mí (Lucas 6:45). Puede haber en mí un intento de crear una especial estir­pe o círculo de hermanos, que han sido el pretendido manantial de ministerios notables. Y me asocio a ese círculo para obtener el mismo reconocimiento que se les pudiera otorgar. Y si alguien no quiere someterse a tal círculo, yo mismo, por medios muy su­tiles, puedo ocuparme en descalificarlo para que mi imagen y es­pecial posición en la obra del Señor siga tan alta como preten­do.

Generalmente si ando con un sentimiento de clero y creo per­tenecer a una cierta jerarquía superior sobre otros hermanos, podré exigir por medios muy sutiles, o al menos esperaré, que otros reconozcan mi pretendida y especial posición. Esto me conduce a clasificar a los creyentes. Si otro hermano no acepta tal reconocimiento, utilizo entonces mi prestigio para de alguna manera desacreditarle. Aun cuando estas maneras adquieran una forma de refinada política y manipulación sutil e impercep­tible, necesariamente comunican un contenido moral y una in­tencionalidad menoscabadora. Si yo tomo un liderazgo artificial que es reconocido por otros, tenderé a calificar de muy buenos hermanos o de hermanos espirituales aquellos que me ofrecen tal reconocimiento. Pero a la vez, tildaré de carnales, indepen­dientes y orgullosos, a quienes no lo hagan. Diré que tal o cual hermano anda en independencia o que tiene un alto concepto de sí mismo, o su obra es “por fuera”, mas lo hago en la condi­ción de un corazón herido porque mi pretendida superioridad no es reconocida por éste. Esta actitud clerical no mide las co­sas sino en base al reconocimiento que otros hacen de mí y de mi ministerio. Entonces no me importa si un hermano está ver­daderamente humillado ante el Señor, pues yo quiero que lo es­té ante mí. No me interesa tanto que ese hermano reconozca a Cristo como centro divino y esté sometido a la verdad de las Escrituras, sino que quiero que reconozca la notoriedad de mi ministerio. Entonces desarrollo toda una disciplina sutil e ini­cua en contra del o de los creyentes que no se me someten. Yo vengo a hacer de mi prestigio en la obra de Dios, un medio de que otros reconozcan en mí una superioridad y se sujeten a mi persona. Entonces la sujeción de otros al Señor la interpreto co­mo carnalidad y orgullo. No resisto ni acepto la idea de estar en la misma posición que otros, pues pretendo superioridad. Y si es que reconozco una condición simétrica en otros, es porque és­tos forman parte del reducido círculo de “hermanos espiritua­les y de confianza” con los que existe un mutuo reconocimiento de superioridad.

Supongamos que desarrollo una extensa labor evangelista edi­tando y distribuyendo folletos. De pronto, tomo conocimiento que otro hermano inicia la misma labor pero sin ponerse bajo mi autoridad. Entonces me siento herido e interpreto el asunto co­mo un atropello hacia mi persona, mi autoridad y mi ministerio. El espíritu de clero me priva de reconocer lo que la gracia de Dios hace soberanamente por medio de otros. La obra del Señor desplegada por otros, entonces me inquieta y entristece, en vez de generar en mí gozo y acciones de gracias. Yo experimen­to una pérdida porque dejo de tener exclusividad en una tarea o ministerio que hice mía, y en la cual pretendo poseer exclusiva autoridad y control. No deseo compartir con otro u otros un mi­nisterio que antes había sido de mi exclusividad, y que pretendo que sea de mi exclusividad. En definitiva, no soporto que la ima­gen de otro arroje sombra sobre la mía. Entonces, por medios torcidos y quizás muy políticos, intento menoscabar, obstaculi­zar o anular la obra de otros a fin de que mi prestigio y exclusiva imagen sean mantenidos. En Marcos 9:38-39 y Lucas 9:49-50 aprecia­mos justamente el principio que ahora tratamos. Los discípulos no establecieron la prohibición por el hecho de que aquel que habían hallado, echara demonios en el nombre del Señor, sino porque no les seguía a ellos. Observemos que la prohibición no era a causa de lo que éste hacía sino a causa de quién lo hacía. No era el echar demonios lo que les molestaba, sino el hecho de que quien lo hacía no se sometiera a ellos. El sentimiento de cle­ro estrecha el corazón y no reconoce la soberana gracia de Dios obrando por otros. Pero podría darse que en ocasiones sí lo ha­ga, pero lo haga bajo la influencia de un interés. En tal caso me dispongo a reconocer la obra que otros hacen en tanto se suje­tan a mi autoridad e instrucciones, o pertenezcan a mi círculo íntimo, o porque gozo de mutuo reconocimiento y simpatía con el tal. El espíritu de clero apoya y alimenta al espíritu de clero. Yo conformo entonces una élite especial de hermanos, con los cuales existe un cierto acuerdo. A menudo una élite en que se ven incluidos mis familiares íntimos en la carne. Puedo recono­cer entonces la gracia de Dios operando en el ministerio de mi padre, hermano o hijo, pero no en aquellos que no se me some­ten ni guardan conmigo una relación en la carne. En esta élite especial hago pactos, y a la vez cultivo un profundo sentimiento de superioridad muy sutil. Yo tomo entonces una actitud de “so­bre espiritualidad”. Una actitud como si estuviese “por enci­ma” o en un nivel superior a todas las dificultades que otros her­manos “más carnales” atraviesan. Y en el seno de esta élite gus­to de juzgar y colocar en la balanza de mis criterios, a hermanos y aun Asambleas enteras, para determinar su estado espiritual y condición, y determinar acciones conforme a ello. Vengo a ser entonces como un gran inspector clerical que “toma el pulso de la Asamblea y los hermanos”. Vengo a ser juez. Generalmente esto va acompañado de cierta ilustración en mi ministerio y tam­bién en mi poder económico. Mi poder económico o la disposi­ción de medios pecuniarios puestos al servicio del Señor, me ha­ce pensar que poseo una especial jerarquía y el derecho de con­trolar a otros. El espíritu de control viene a ser entonces mi pre­rrogativa y la de este grupo de hermanos “muy espirituales”. Asumo una actitud como si pisara las nubes, pues creo que mi ni­vel espiritual está por encima. Me creo que soy un gran gestor y resolutor de las dificultades de la Asamblea, y que poseo un agu­zado discernimiento para conocer su estado y el estado de los hermanos. Juzgo entonces a los hermanos midiéndoles con mi propia e inicua vara.

Pudiera ser también que hago una mixtura entre el prestigio de mi ministerio y el prestigio de mi país. Pudiese yo proceder de un país rico y poderoso que es líder sobre otros, y entonces el espíritu nacionalista tiñe mi ministerio, y asumo una autoridad artificial ejerciendo control y demandando sumisión a Asam­bleas y hermanos. Pero lo hago con gran sutileza; a través de in­sinuaciones, indirectas, y medios muy respetuosos. Pero me lle­no de ira si no soy complacido.

Pudiera ser también que me creo muy fiel. Y aún más, puedo pensar que la Asamblea se mantiene pura por la energía de mi fi­delidad y mi celo. Creo ser una especie de baluarte que detiene toda mala influencia que intenta penetrar. Entonces impongo, exijo, invado intimidades de hermanos y Asambleas para corre­gir lo que estimo defectuoso. Establezco un control rígido y lega­lista a fin de mantener la santidad en la casa de Dios. Pudiera ser que tras la pantalla de mantener la unidad, desarrollo todo un ministerio que complace al hombre, y especialmente a mis aliados, a la vez que sacrifico verdades de la Palabra de Dios to­lerando iniquidades y dejando de enseñar ciertos temas, con tal que se responda a mi ministerio y mi pretendido esfuerzo por esa unidad. Entonces genero una falsa unidad que responde a un ministerio y a una persona, y que responde a unos vínculos de afectos que he sabido generar, y no al poder de la verdad divina gobernando las conciencias.

Todo lo arriba descrito intenta desenmascarar todo senti­miento clerical, aun muy sutil e imperceptible, que pudiera apa­recer en nuestros corazones. Todos esos principios falsos que he­mos considerado, adolecen de la clara concepción de lo que en realidad es la Asamblea según Mateo 18:20. Puedo profesar congregarme al nombre del Señor, pero mi corazón no estar rendido a su toda suficiencia y autoridad como centro divino de los san­tos. El gran remedio para erradicar de nosotros todo principio sutil de clero y falsa autoridad, es justamente realizar y ejerci­tar nuestro corazón en la toda suficiencia del nombre de Cristo para sostener su testimonio aquí abajo. Y ello, en independen­cia a mi persona. El Espíritu de Dios jamás nos conduce a buscar nuestra propia gloria sino la del Señor Jesús. El verdadero mi­nisterio es el que pone bajo muerte al “yo”, para que Cristo sea glorificado. “Es necesario que Él crezca, pero que yo men­güe” (Juan 3:30).“Los gobernantes de las naciones se enseño­rean de ellas, y los que son grandes ejercen sobre ellas po­testad. Mas entre vosotros no será así, sino que el que quiera hacerse grande entre vosotros será vuestro servidor, y el que quiera ser el primero entre vosotros será vuestro siervo; co­mo el Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para ser­vir, y para dar su vida en rescate por muchos” (Mateo 20:25-28).

 

R. Guillen