EL ORDEN DIVINO EN LA CREACIÓN

Y EL ORDEN DE LA CREACIÓN EN LA ASAMBLEA

I. INTRODUCCIÓN

“Quiero que sepáis que Cristo es la cabeza de todo varón, y el varón es la cabeza de la mujer, y Dios la cabeza de Cristo” (1Corintios 11:3).

Es nuestro propósito en esta oportunidad, abordar el asunto del orden de primacía y sujeción que impera en las relaciones que surgen como consecuencia de la misma creación, y que ex­presan el pensamiento de Dios mismo en ella, conforme sus so­beranos e incuestionables designios. Dicho de otra manera, Dios establece su orden en la creación por medio de principios de au­toridad, primacía y sujeción que reglan las relaciones de lo crea­do, según le ha placido delegar su misma autoridad y establecer lo que le representa y manifiesta su gloria; y todo ello, confor­me a sus mismos pensamientos y designios. Y como puede verse en las Escrituras, hay dos formas en que Dios establece princi­pios de orden y primacía en el orden de la creación. Una de ellas, es delegando su autoridad y la representatividad de sí mis­mo sobre el principio desnudo de su soberana obra creadora; y otra, introduciendo juicios que castigan y ponen freno al mal, una vez que el pecado entró en la humanidad y minó la natura­leza del hombre con todas sus relaciones. Todo esto, hablando en lo que respecta al lugar del hombre y sus relaciones en esta creación, pues hay en verdad la introducción de nuevos princi­pios de orden y primacía que surgen como consecuencia de la re­dención, y que especialmente se observarán en el Estado Eter­no. Si bien en el terreno de la redención, tenemos principios que fundan todo un orden nuevo en una nueva creación (Apocalipsis 21:1-2; 2Pedro 3:13), tenemos otros, que en tanto no llegue esa nue­va creación y el hombre permanezca en conexión con la actual, persisten y prosiguen en plena vigencia. Estos principios persis­ten en relación indisoluble a la presente creación; pero a su tiempo, cederán el lugar a nuevos que tienen que ver con una nueva creación. Y como veremos, la Asamblea o Iglesia de Dios por más que esté fundada sobre los principios de la redención, no constituye un ámbito de excepción al orden que impera en las relaciones de primacía que son según la creación, sino que por el contrario, es el receptáculo mismo donde tal orden es lla­mado a persistir y ser expresado de manera manifiesta en tanto que ocupe circunstancialmente el escenario de la presente crea­ción. Tal orden es llamado a persistir en la Asamblea o Iglesia co­mo la más pura expresión del mismo, cuando justamente tanto la ruina del hombre adámico como de la cristiandad responsa­ble, se han ocupado y se ocupan de transgredirlo, negarlo y alte­rarlo. La rebelión del hombre contra los principios de primacía que Dios ha introducido en la creación, supone justamente el de­sarrollo y la marcha progresiva de la iniquidad anárquica en el mundo, y de alguna manera también se relaciona con la aposta­sía en la cristiandad. En el mundo incrédulo se diluye todo prin­cipio de autoridad, de modo que se observa ese progreso del mal que rompe todo canal contendor que pone freno al mal, y conduce a la anarquía de la propia voluntad; y en cuanto a la cristiandad, la transgresión del orden divino en las relaciones de primacía y sujeción, es la base moral del progreso del mal que le lleva a la más decidida apostasía. El asunto no es gratui­to, pues la subversión del orden divino en el aspecto del gobier­no humano, lleva a la anarquía; y en el orden de la fe, a la apos­tasía.

En relación a todo este asunto que hemos planteado, no igno­ramos que el tema ha originado no poca controversia entre los cristianos, pese a que las Escrituras son claras en esta materia. Las controversias que han surgido ponen en evidencia que mu­chas veces deseamos por sobre todo cumplir nuestra propia vo­luntad y criterio, antes que sujetarnos y ponernos bajo depen­dencia de la autoridad de la Palabra de Dios y del orden divino que hemos de acatar y expresar en un mundo decadente y en una cristiandad ruinosa. Mundo y cristiandad que no hacen más que pretender borrarlo y quitarlo, cuando es Dios mismo quien lo ha establecido. Y si bien reconocemos que pudiera haber du­das sobre el asunto, quizás lo que más ha afectado la compren­sión y sujeción al orden divino de primacía, es el espíritu de re­belión que gobierna tanto el corazón caído del hombre incrédu­lo como el del cristiano que retrae su conciencia de la autoridad de la Palabra de Dios. Retraer la conciencia de la autoridad de la Palabra de Dios, importa dejarse arrastrar por los criterios pro­pios de ese progreso del mal que se observa en todos los esta­mentos de este mundo y de la misma cristiandad profesante.

 

II. EL PRINCIPIO DE ORDEN

“Dios no es Dios de confusión, sino de paz”(1Corintios 14:33). “¡Cuán innumerables son tus obras, oh Jehová! Hiciste todas ellas con sabiduría” (Salmo 104:24).

 Para seguir adelante con nuestro tema, es importante tener presente que Dios mismo es un Dios de orden, y que Él, en pri­mer lugar, lo ha expresado de una manera clara en y por la crea­ción. La creación misma es la primera manifestación visible y concreta de su orden. Es su orden el que Él ha introducido allí, conforme a su pensamiento, conforme a lo que Él mismo es co­mo Dios de orden; un orden que Él mismo establece en pleno acuerdo con su poder, su sabiduría, su voluntad. Y para nada es el orden que el hombre hubiese querido o deseado, según los an­helos de su capricho. El orden divino se expresa en la creación, y la creación expresa el orden del Dios que la ha hecho. Entonces, la creación misma es la primera manifestación del poder, de la sabiduría y del orden de Dios; orden, que ha establecido según sus soberanos pensamientos, designios y propósitos. Y en tal sen­tido, hay un perfecto concierto, armonía y disposición de todos los elementos de la creación, ocupando cada ser y cada cosa su propio lugar según principios que reglan su naturaleza creada y sus relaciones con todo lo demás. La idea de orden, supone nece­sariamente la presencia de una inteligencia y autoridad supe­rior que lo genera, que lo establece, que lo sostiene; y ello, con­forme a principios que articulan ese concierto y armonía en la disposición de las cosas creadas tanto en general como en parti­cular, y de las relaciones y vínculos con que éstas se involucran entre sí y con el mismo Creador. Todo orden requiere de una inte­ligencia superior que lo establece en poder y autoridad, y que demanda que los actores involucrados en ese orden, ocupen su propio lugar y establezcan sus relaciones conforme a los princi­pios de primacía y sujeción que las reglan. Hay aspectos del or­den creado que están sujetos a principios que no son volunta­rios, sino que las cosas de sí lo ostentan por creación (es decir, por los principios mismos que mueven su naturaleza creada); pe­ro otros, tienen que ver con responsabilidad, con delegación de autoridad y voluntario acatamiento y sujeción a los principios di­vinos que lo establecen. Y al expresar así el asunto, sin duda que aparece la cuestión del hombre como sujeto que recibe delega­ción de autoridad divina bajo responsabilidad, tanto para ejer­cer primacía o señorío, así como para sujetarse a lo que está por sobre él mismo. Entonces, notemos que el orden que existe so­bre todas las cosas se relaciona con varios aspectos, pero sobre todo marquemos dos. Por un lado tenemos los principios de la na­turaleza misma de las cosas creadas, y por otro los principios de delegación de autoridad que atañe a seres responsables dota­dos de inteligencia y voluntad; y por lo tanto, en este último ca­so, hallamos el principio del acatamiento responsable y volun­tario del orden de Dios. Desde el momento que Dios es la exclu­siva fuente de autoridad que establece un orden conforme a su voluntad, y que Él delega en seres creados inteligentes aspectos de administración y gobierno en la creación, ello supone entrar en el terreno de la responsabilidad. Todo orden supone una auto­ridad inteligente que lo establece, pero también es necesario que los sujetos responsables que están involucrados en el mis­mo, lo reconozcan y reconozcan la autoridad delegada bajo res­ponsabilidad. Y esto siempre impone la necesidad de la suje­ción. De modo que hay ese aspecto del orden divino que solo puede ser mantenido en el reconocimiento de la primacía divi­namente establecida, y en la sujeción de aquellos que la deben.

“Sométase toda persona a las autoridades superiores; por­que no hay autoridad sino de parte de Dios, y las que hay, por Dios han sido establecidas. De modo que quien se opone a la autoridad, a lo establecido por Dios resiste; y los que resis­ten, acarrean condenación para sí mismos” (Romanos 13:1-2). En es­te pasaje hallamos el llamado a reconocer el principio de auto­ridad que, por delegación, Dios ha confiado en el gobernante del mundo; asunto, que impera en la presente creación. Esto, nos es sumamente útil para observar que la única fuente de la cual mana toda autoridad, es Dios mismo, y que Él, soberana­mente, es quien de manera lícita realiza toda delegación de la misma, a la vez que demanda sujeción responsable de los que han sido colocados bajo autoridad. Y todo ello responde a su pro­pósito de establecer y mantener un orden de acuerdo a su pen­samiento. ¿Qué sería otorgar autoridad sin que ella vaya acom­pañada del mandato de sujeción que los subordinados le deben? En tal caso no se podría poner en ejercicio la autoridad delega­da, y la libre voluntad, lejos de sujetarse al orden que Dios esta­blece, originaría un gran caos. La insubordinación de los que de­ben acatar la autoridad importa necesariamente negar el orden de primacía y gobierno que Dios ha introducido en la creación. Por eso, cuando Él delega autoridad bajo un propósito y princi­pio, hay la responsabilidad de sujetarse por parte de aquellos que han sido colocados bajo la misma. En otras palabras, Dios de­lega y establece un orden de primacía y autoridad en varios te­rrenos de la creación, pero a la vez, llama a los que están bajo autoridad, a reconocerla y someterse. Mas siempre recordemos que hay responsabilidad tanto en el que recibe la delegación de autoridad como en el que debe acatarla. Cuando es así, cuando la primacía y la sujeción son acatadas y reconocidas concreta­mente, el orden de Dios es expresado de acuerdo a sus pensa­mientos. No hablamos ahora del conflicto de la genuina fe fren­te a la autoridad que pretende intervenir en contra de la obra, los intereses, o la verdad de Dios; pues en tal caso, la desobe­diencia del fiel no es una opción sino una necesidad divina (Hechos 4:19). Pero no tratamos aquí este asunto, pues no concierte di­rectamente al tema que estamos desarrollando. Ahora quere­mos hacer notar la relación que existen entre el principio de pri­macía y autoridad frente a la sujeción debida a la misma, como fundamento que sostiene todo orden que responde al los desig­nios de Dios en la creación.

Podríamos hablar del orden de Dios en varios terrenos, pero en esta ocasión nuestro propósito es considerarlo en la crea­ción, y cómo el tal afecta e involucra la vida del cristiano y la vi­da de la Asamblea misma. Cada creyente, cada cristiano es lla­mado a sujetarse a tal orden. Y es llamado a sujetarse no como una opción o posibilidad, sino como la apelación a aquello que hace buena la conciencia ante el Dios que lo establece y lo de­manda de nosotros, pues se trata del orden de primacía y suje­ción que expresa su propio pensamiento en la creación y en las relaciones que pertenecen a esta creación. Orden que, como he­mos dicho e insistimos, persistirá en tanto que la creación ac­tual no sea removida. Es decir, que el orden de Dios en la pre­sente creación persistirá tanto y en tanto que esta creación exis­ta. Y como veremos, el cristiano en particular así como la Asam­blea (por más que ella sea ese misterio que pertenece a los con­sejos eternos de Dios relacionados con la redención) son llama­dos a expresar el orden de primacía y sujeción que Dios ha esta­blecido en esta creación, todo el tiempo que ella persista. Y en este sentido, ya se trate de Israel o de la Asamblea de Dios, de la ley o de los principios de gracia, tal orden es sostenido y nunca negado ni modificado, sino por el contrario, confirmado y enri­quecido. Y esto, porque los vínculos y relaciones de primacía in­troducidos y ligados a la creación guardan siempre su lugar en la creación misma. Y es de importancia decisiva insistir, que las nuevas relaciones que Dios introdujo tanto bajo la ley como en el cristianismo, nunca entran en conflicto con el orden de pri­macía que regla las relaciones que son por creación. En cada dis­pensación podrá haber nuevos principios de primacía y suje­ción, mas los que son por creación persisten a través del tiempo sin entrar en conflicto con toda nueva forma de trato que Dios in­troduce a través de los tiempos. Es verdaderamente un princi­pio de iniquidad, pensar que la redención ha modificado el or­den divino que Dios introdujo en la creación. Admitimos que en la Nueva Creación todo responderá a un nuevo orden de Dios, donde el solo hecho de que ya no exista en ella hombre ni mujer, ni ningún otro accidente de las circunstancias de la presente creación (raza, nacionalidad, idioma, etc.), necesariamente lla­mará a un completo olvido de los principios de primacía y suje­ción relacionados con la actual creación. Pero en tanto que ella permanezca, nunca el orden inicial que involucra a la misma y es parte esencial de ella, ha sido alterado; sino que por el con­trario, es confirmado constantemente por la misma Palabra de Dios.

 

III. EL ORDEN DE LA CREACIÓN EXPRESA EL ORDEN DEL DIOS QUE ES UN DIOS DE ORDEN. LA CREACIÓN DEL HOMBRE EXPRESA EL ORDEN DIVINO DE PRIMACÍA Y REPRESENTATIVI­DAD ANTE LA CREACIÓN

“Y vio Dios todo lo que había hecho, y he aquí que era bue­no en gran manera” (Génesis 1:31). “¡Cuán innumerables son tus obras, oh Jehová! Hiciste todas ellas con sabiduría” (Salmo 104:24). “Los cielos cuentan la gloria de Dios, y el firmamen­to anuncia la obra de sus manos. Un día emite palabra a otro día, y una noche a otra noche declara sabiduría”(Salmo 19:1-2).

El hecho de que la tierra de la creación primigenia viniera a ruina y desorden, y que Dios en seis días reordene todas las co­sas haciéndola habitable y estableciéndola como el escenario donde se cumplen todos sus designios para con la humanidad, nos habla de sí del poder con que Él introduce y produce un or­den conforme a tales designios (Génesis 1:1 con Génesis 1:2-31). Él esta­blece todas las cosas según un orden que prevé el cumplimiento puntual de sus designios a través del desarrollo del tiempo. Esto pone en evidencia, que no solo Dios es un Dios de orden sino que posee todo poder para establecerlo; y para establecerlo con sa­biduría, de modo que cada uno de sus propósitos sea cumplido perfectamente en su precisa oportunidad; y todo ello, pese a la entrada del pecado y la ruina de la humanidad. Y es verdadera­mente interesante considerar que nada de lo creado ha escapa­do a este orden. La creación de los cielos y ese estado que surge del reordenamiento de la tierra caótica, pone en evidencia que todo lo que Dios hizo, todas sus innumerables obras, y absoluta­mente todas sin excepción, declaran su sabiduría y cuentan su gloria. Justamente el poder divino manifestado cuando no ha­bía nada, e introducido donde había caos, genera un perfecto or­den en todas las cosas creadas; y eso habla no solo de poder en sí sino también de la inteligencia y sabiduría de ese Dios que esta­blece y restablece su orden en la creación. La obra manifiesta el carácter del que la hace y consuma. Por eso, la creación misma habla del poder y la sabiduría de Dios para establecer su orden en ella, en perfecta conformidad con sus pensamientos y desig­nios. En fin, concluyamos este aspecto que tratamos, diciendo que la creación es la primera expresión y manifestación del po­der y de la inteligencia de un Dios expresados en la perfección de un orden que se impone en todo lo creado; un orden que se advierte por sí mismo en las cosas hechas. “Porque las cosas in­visibles de él, su eterno poder y deidad, se hacen claramente visibles desde la creación del mundo, siendo entendidas por medio de las cosas hechas, de modo que no tienen excusa” (Romanos 1:20). Notemos y reparemos en el hecho de que de alguna manera la naturaleza divina e invisible de Dios, se refleja con claridad en el orden y disposición de todo lo creado. Su poder, su Deidad, su sabiduría, pueden ser conocidos por su misma obra. Y en relación a todo este orden, aparece el hombre como parte de él. Y no solo como una simple parte, sino como un representante de Dios mismo en la creación, puesto que es hecho a imagen y se­mejanza de la Deidad. Su misma creación tuvo en vista el hecho de que tal cosa respondería a un solemne principio de orden y primacía, pues fue creado conforme al consejo de la Deidad que tuvo en vista su señorío sobre todas las criaturas. “Entonces di­jo Dios: Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza; y señoree en los peces del mar, en las aves de los cielos, en las bestias, en toda la tierra, y en todo animal que se arrastra sobre la tierra. Y creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó; varón y hembra los creó. Y los bendijo Dios, y les dijo; Fructificad y multiplicaos; lle­nad la tierra, y sojuzgadla, y señoread en los peces del mar, en las aves de los cielos, y en todas las bestias que se mueven sobre la tierra” (Génesis 1:26-28).

Para entender el orden de Dios en la presente creación, es im­portante tener presente este punto de partida, pues la misma creación del hombre responde al señorío y orden de primacía que la Deidad misma le ha confiado y en el que le ha colocado respecto a todo lo creado, a fin de que en su representación ejerza tal señorío y primacía. Notemos en este sentido, que en oportunidad de crear al hombre, el consejo de la Deidad apare­ce como un asunto de especial distinción y excepcionalidad en medio de los seis días de reordenación de la tierra caótica. No se menciona tan especial consejo y detenimiento en oportunidad de ser creados los otros vivientes, pero en cuanto a la humani­dad, el asunto expresa y reviste grande solemnidad, pues Dios in­troduce en la creación una criatura singular que es hecha con­forme a su imagen y semejanza. Y notemos que inmediatamen­te se dice: “y señoree en los peces del mar...etc.” Evidente­mente, esta capacitación moral de facultades tan especiales que le asemejan a Dios (inteligencia, voluntad y afectos), tiene en vista de que el hombre exprese ante la creación lo que es Dios; y relacionado íntimamente con ello, ejerza el señorío so­bre todas las criaturas. De modo que el hombre es canal e ins­trumento de un principio de autoridad divina y representación divina en la creación, conforme a ese orden de primacía que Dios mismo introduce y establece como su pensamiento y la ma­nifestación del tal. Dicho de otra forma, la creación del hombre es consecuencia del consejo divino que expresa el orden divino de primacía y representatividad ante la creación misma. Adán, como cabeza de la creación terrena sobre todas las cosas y los vi­vientes, ejerce su primacía ante ella como la expresión visible o imagen de Dios. Se entiende que en la creación del hombre, no solo se le dieron facultades especiales para ejercer esta prima­cía sino que a su vez el acto mismo de su creación delegó de sí au­toridad sobre lo creado. Es decir, no solo que luego recibirá la ex­presa delegación de autoridad, sino que además su misma crea­ción establece de sí propósitos de primacía sobre todos los vi­vientes de la tierra, puesto que el consejo de la Deidad así lo de­terminó. “Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza; y señoree en los peces del mar, en las aves de los cielos, en las bestias, en toda la tierra, y en todo animal que se arrastra sobre la tierra. (Gn 1.26). Dicho de otra manera, el consejo divino en oportunidad de la creación del hombre, incluyó estos dos elementos a que nos referimos: la criatura es hecha a imagen y semejanza de Dios, por un lado, y en viva relación con ello, lo es para que ejerza el señorío univer­sal sobre todos los vivientes en representación de Dios mismo. Esto marca su especial lugar de señorío por autoridad delegada y representatividad divina frente a los otros vivientes. Pero tal dignidad no es dada a la mujer sino por derivación y asociación a Adán. Ella no es creada a partir de ese modelo de primacía que responde al consejo de la Deidad en el momento mismo de la creación del hombre, sino que lo es en base a la necesidad de Adán. Es en base a la necesidad de ser dotado de una ayuda idó­nea, que Dios entonces le provee de mujer. “Y dijo Jehová Dios: No es bueno que el hombre esté solo; le haré ayuda idó­nea para él” (Génesis 2:18). “Y puso Adán nombre a toda bestia y ave de los cielos y a todo ganado del campo; mas para Adán no se halló ayuda idónea para él. Entonces Jehová Dios hizo caer sueño profundo sobre Adán, y mientras éste dormía, tomó una de sus costillas, y cerró la carne en su lugar. Y de la costi­lla que Jehová Dios tomó del hombre, hizo una mujer, y la tra­jo al hombre. Dijo entonces Adán: Esto es ahora hueso de mis huesos y carne de mi carne; ésta será llamada Varona, porque del varón fue tomada” (Génesis 2:20-23).

Todo esto que hemos mencionado, funda ese primer aspecto del orden de primacía que es establecido en oportunidad de la misma creación; y ello, antes de la entrada del pecado en la ra­za, e incluso antes de la creación misma del hombre. Y decimos que antes de la creación misma del varón, pues el consejo de la Deidad así lo determinó antes de consumarla. Dicho de otra ma­nera, cuando apelamos a los principios que movieron el consejo y la intervención de la Deidad en la creación, y especialmente en la creación del hombre, es claro que el lugar de dignidad de Adán no es el mismo que el de la mujer, pues la creación del uno y del otro responden a distintos motivos del Creador. Adán fue hecho en vista de ejercer el señorío en la tierra, y por lo tanto se lo dotó de las facultades necesarias para ello, de modo que ex­presa de manera visible ante la creación, al Dios invisible; mien­tras que la mujer, por su parte, es provista a Adán bajo otro de­signio divino, que se relaciona con dotar al hombre de ayuda idó­nea en ese mismo lugar de dignidad y primacía que se le ha otor­gado. Ella es sin duda asociada a tal dignidad y primacía, pero no como la imagen misma de Dios ante la creación sino como aquella que acompaña de forma idónea al hombre en ello. Ella mas bien representa al hombre y no a Dios, y acompaña al hom­bre en la posición de primacía de éste. Esto último funda la se­gunda relación de primacía en el orden de lo creado. Si la prime­ra relación de primacía entre los seres creados, es la de Adán so­bre los vivientes; la segunda, es la del varón sobre la mujer. Co­sa que no es fruto de las especulaciones abstractas del razona­miento masculino, sino asunto de especial interés que tratan las Escrituras apostólicas, confirmándolo como expresión del mis­mo pensamiento de Dios: “Porque el varón no procede de la mujer, sino la mujer del varón, y tampoco el varón fue creado por causa de la mujer, sino la mujer por causa del varón. Por lo cual la mujer debe tener señal de autoridad sobre su cabe­za, por causa de los ángeles” (1Corintios 11:8-10). “La mujer apren­da en silencio, con toda sujeción. Porque no permito a la mu­jer enseñar, ni ejercer dominio sobre el hombre, sino estar en silencio. Porque Adán fue formado primero, después Eva” (1Timoteo 2:11-13).

Es interesante considerar que el primer aspecto del principio de primacía y orden en lo que respecta a las relaciones entre el hombre y la mujer, halla su causa en la creación misma y no en la caída. Es cierto que con la entrada del pecado en la raza este orden se confirma con nuevos elementos, pero el primer princi­pio que establece este orden de primacía no tiene que ver con la caída sino con los motivos que movieron la creación del hom­bre y de la mujer. En el caso de la mujer, es el Creador mismo quien origina el asunto sobre la base de la necesidad de Adán; y no sobre la base de establecer un señorío que le represente an­te los vivientes. “Y dijo Jehová Dios: No es bueno que el hom­bre esté solo; le haré ayuda idónea para él”. El hecho de que entre todas las criaturas “no se halló ayuda idónea para él”, movió a Dios mismo a hacerle ayuda idónea. Pero aún otro ele­mento viene a completar el asunto, el cual se relaciona con la tan especial forma en que la mujer fue formada. Ella fue forma­da del mismo hombre; el varón es el sustrato material desde el cual se le da existencia. Por eso Adán le llamará “Varona”, “por­que del varón fue tomada”. Advirtamos que en todo el registro de la creación que nos presenta el libro de Génesis, no hay un vi­viente hecho a partir de otro viviente. Habrá vivientes que sur­gen de cosas inanimadas, pero esta especial singularidad de un viviente hecho a partir de otro, solo se observa entre el varón y la mujer. Y esta singularidad tan especial pone al ser creado a causa del primero, como su necesario subordinado. De modo que por el hecho desnudo de la creación de la mujer, hay dos ra­zones poderosas que reclaman la sujeción a su cabeza: el moti­vo de su creación y su procedencia. Es decir, fue creada “por causa del varón”, y fue creada “del varón”. Dicho de otra for­ma, en cuanto al principio de creación que origina uno del otro, queda clara la primacía del varón sobre la mujer, pues “el va­rón no procede de la mujer, sino la mujer del varón”. Y en cuanto a los motivos de la creación de la mujer, el asunto halla su fundamento en la necesidad de Adán. Es la mujer la que fue creada por causa del varón, y no el varón por causa de la mujer. “Tampoco el varón fue creado por causa de la mujer, sino la mujer por causa del varón”.

Quizás podamos apuntar un tercer motivo de esta primacía, que se desprende de los dos anteriores y que tiene que ver con la cronología de la creación. Es decir, por el solo hecho cronoló­gico de lo que aparece primero en el escenario de la creación misma, como expresión de gloria. No hablamos ahora de moti­vos ni del hecho de aportar el estrato material para la existen­cia del otro, sino simplemente de lo que aparece en la creación como formado primero, o formado antes que el otro guardando un lugar de gloria. “Porque Adán fue formado primero, des­pués Eva” (1Timoteo 2:13). Esto marca una primacía de propósito en la creación, pues Dios no creó a ambos a la vez, tal como ocu­rrió con los géneros de los otros vivientes.

 

 

IV. LA ENTRADA DEL PECADO NO ALTERA EL PRINCIPIO DE PRIMACÍA YA ESTABLECIDO EN LA CREACIÓN, SINO QUE LO CONFIRMA BAJO NUEVAS CONDICIONES

La entrada del pecado en la raza trae como consecuencia la respuesta judicial divina, que introduce nuevos principios de or­den, pero sin negar el orden ya existente sino redefiniéndolo conforme lo exige la presencia del mal en la misma naturaleza humana. Dicho de otra manera, la ruina y desorden que vino a causa de la caída de la humanidad en el pecado, motivó la intro­ducción de principios judiciales que en adelante afectan la vida del hombre en la presente creación y todas sus relaciones. Pero con todo, el orden primigenio es sostenido en medio de esas nue­vas condiciones. Se trata de la introducción de juicios que de al­guna manera suponen un remedio divino hasta que llegue la re­dención y todo el nuevo orden eterno que se erigirá sobre el sóli­do fundamento de ésta. La entrada del pecado fue la entrada del pecado en la naturaleza misma del hombre, y con ello viene la corrupción de la voluntad. Una voluntad que tiende al mal, y que en consecuencia debe ser limitada y refrenada por tales principios judiciales. Es lo que hallamos en Génesis 3:16-19. Enton­ces, en tanto que llega el tiempo en que todo un nuevo orden eterno sea establecido, subsisten estos principios judiciales en la presente creación, que no solo importan el castigo a la deso­bediencia sino también remedios que limitan la voluntad co­rrompida del hombre. Insistimos en que son principios que es­tán ligados a esta presente creación, y subsisten en tanto que el hombre permanezca como un viviente en ella. “A la mujer dijo: Multiplicaré en gran manera los dolores en tus preñeces; con dolor darás a luz los hijos; y tu deseo será para tu marido, y él se enseñoreará de ti. Y al hombre dijo: Por cuanto obedecis­te a la voz de tu mujer, y comiste del árbol de que te mandé diciendo: No comerás de él; maldita será la tierra por tu cau­sa; con dolor comerás de ella todos los días de tu vida. Espi­nos y cardos te producirá, y comerás plantas del campo. Con el sudor de tu rostro comerás el pan hasta que vuelvas a la tie­rra, porque de ella fuiste tomado; pues polvo eres, y al polvo volverás” (Génesis 3:16-19).

Estos juicios suponen principios gubernamentales de Dios que imperan en esta creación en tanto que la misma esté en pié. Por más que a través de los tiempos Dios ha introducido di­versas formas de tratos con los hombres, dispensaciones y tiem­pos dispensacionales de diverso y variado carácter, todo ello pa­ra nada altera estos principios que están anclados al presente orden creacional. Es más, por más que la redención haya sido cumplida, en tanto que permanezca en nosotros la naturaleza adámica y mantengamos nuestros vínculos con la presente crea­ción, estamos sujetos a estos principios. Solo con la muerte de nuestro cuerpo, o con el rapto, o cuando estemos en la nueva creación (el Estado Eterno), entonces nada tendremos que ver con estos principios y juicios gubernamentales que pesan sobre la raza. En el Reino milenial muchas de las consecuencias judi­ciales del pecado serán quitadas y aliviadas, pero con todo, per­sistirán las relaciones de primacía establecidas para la actual creación. En fin, el principio general del asunto es que los jui­cios gubernamentales que afectan la raza siguen en plena vi­gencia entre tanto el hombre pise esta creación. En el Reino se­rá levantada la maldición que pesa sobre la creación (Romanos 8:19­-22), pero persistirá en todo el orden de primacía establecido. El texto que hemos citado, muestra que la caída no alteró el prin­cipio de primacía que fue establecido antes de ella; por el con­trario, lo confirmó, pero ahora rodeado de consecuencias bien indeseables. “Tu deseo será para tu marido, y él se enseño­reará de ti”. Se confirma aquí el lugar de sujeción de la mujer respecto de su cabeza, pero bajo cierto ejercicio moral que lle­va de sí castigo. Aquella sujeción que, en inocencia, era el re­sultado libre y gozoso de una relación establecida en perfecta armonía de pensamientos y afectos, con la presencia del peca­do se torna de alguna manera en un conflicto en el mismo ser moral de la mujer, que demanda cierto sufrimiento en la suje­ción, pues la voluntad propia tiende a la independencia y no a la sujeción. No solo habrá dolor al dar a luz, cuando antes no exis­tía el dolor, sino que tendrá que someterse a un señorío que no será necesariamente deseado y querido. En la inocencia (antes de la caída) el orden de primacía que fue resultado de lo que es simplemente por creación, para nada suponía angustia, pero ahora la presencia del pecado en la naturaleza humana deman­da ejercicio moral, capacidad de humillación, y el reconoci­miento voluntario de autoridad sobre sí. Cosas que siempre su­ponen una lucha interior, pues el corazón caído siempre tiende al orgullo y la independencia. “Tu deseo será para tu marido, y él se enseñoreará de ti”. No hay conflicto allí donde mi deseo y mis aspiraciones son las mismas que las de mi cabeza; pero sí lo hay cuando para nada coinciden. Entonces el orden de sujeción según Dios es mantenido y confirmado en la caída, pero ahora requiere y demanda de un espíritu de renuncia y capacidad de humillación para reconocer la autoridad sobre mí. Reconoci­miento, que puede truncar las aspiraciones y deseos de mi pro­pia voluntad. Este es el efecto que el pecado produjo en el ser moral del hombre ante la figura de toda autoridad que está so­bre él, y especialmente en la mujer respecto de su relación con el varón, que es su cabeza. El principio de autoridad que colocó a la mujer bajo el señorío del varón, deja de ser el resultado ar­monioso, placentero y gozoso de estas relaciones, pues en pre­sencia del pecado la sujeción demanda capacidad de humilla­ción, renuncia a las aspiraciones del “yo”, e ir contra el corazón orgulloso que anhela la libre operación de la propia voluntad. La propia naturaleza rebelde e independiente del hombre abo­mina la sujeción, pues se desea el curso libre de la propia volun­tad; y justamente se trata de una voluntad corrompida por la in­fluencia del pecado. El pecado es eso, la operación libre de la voluntad que no reconoce autoridad que la regle (1Juan 3:4). Por eso, la sujeción y la adhesión al orden de primacía supone nece­sariamente un freno para el libre curso de la voluntad corrompi­da, para el libre curso y operación del pecado. Si yo reconozco autoridad sobre mí, mi voluntad queda condicionada a ella. Por eso, tras la caída se confirma el principio de primacía y autori­dad que ya existía, pero ahora en condiciones nuevas que hacen penoso el reconocimiento de ella y la sujeción a la misma. Y por eso tenemos la introducción de un principio de tristeza que de­manda renuncia y sujeción, porque justamente la tendencia del corazón es a la independencia. El mal se halla anidando en el mismo corazón, y todo principio de autoridad y sujeción supo­ne de alguna manera un freno a la libre operación e interven­ción de la voluntad corrompida que desea ese mal. Con la trans­gresión el pecado entra a la naturaleza humana como un princi­pio que impulsa al mal, pero justamente el principio de autori­dad y primacía aparece como un remedio que pone límite a esos impulsos por medio de la sujeción.

Citemos textos que nos confirman el orden de primacía divi­no que tuvo su origen en la creación, pero que es confirmado con la caída misma. El pasaje de Timoteo antes citado, estable­ce que el orden de sujeción no solo halla su lugar por causa de la creación sino también por la transgresión. “La mujer aprenda en silencio, con toda sujeción. Porque no permito a la mujer enseñar, ni ejercer dominio sobre el hombre, sino estar en si­lencio. Porque Adán fue formado primero, después Eva; y Adán no fue engañado, sino que la mujer, siendo engañada, incurrió en transgresión” (1Timoteo 2:11-14). Notemos que nuestro texto nos da los dos motivos del orden divino de primacía y suje­ción: en razón de la creación misma y en razón de la transgre­sión. Este texto es de gran significación, pues nos muestra que el orden primigenio de primacía y sujeción es mantenido y aún fortalecido, tras la caída. Con la caída se produce el conflicto moral en quien debe asumir la posición de sujeción, pero ello es lo propio del estado del corazón en donde la propia voluntad tiende a la independencia.

 

V. LA LEY CONFIRMA EL ORDEN DE PRIMACÍA Y SUJECIÓN QUE FUE ESTABLECIDO EN LA CREACIÓN Y LUEGO RATIFICADO EN LA CAÍDA

Queremos notar ahora que este principio de primacía y suje­ción que responde y expresa el orden divino en la creación, y que luego es confirmado en la transgresión, también es sosteni­do en todo su vigor tanto en la ley del judaísmo como en la doc­trina y práctica del cristianismo. Podrán invocarse excepciones que tienen su debido lugar y circunstancia en los caminos de Dios, pero el principio permanece inalterablemente unido a la presente creación en tanto que ésta persista. De todas formas, aclaramos que no nos ocuparemos aquí de las excepciones sino del principio general del asunto.

Bajo la ley mosaica la mujer fue puesta bajo sujeción. No ne­cesitamos tanto un pasaje que lo diga, pues todo su carácter y naturaleza así lo establecen de una manera evidente. Pablo in­terpreta así todo el espíritu de la ley cuando presenta el princi­pio de primacía y sujeción a los corintios. “Vuestras mujeres callen en las congregaciones; porque no les es permitido ha­blar, sino que estén sujetas, como también la ley lo dice. Y si quieren aprender algo, pregunten en casa a sus maridos; por­que es indecoroso que una mujer hable en la congregación” (1Corintios 14:34-35). Insistamos en el hecho de que todo el espíritu de la ley mosaica confirma el principio, pero el asunto es bien explícito en lo que respecta a la ley de los votos. Allí se indica que la mujer está sujeta a la cabeza del varón, ya fuese éste su padre o su cónyuge. El principio general que gobierna el asunto de los votos bajo la ley, se funda en que la obligación que liga el alma con juramento a Jehová, no podía ser quebrantada sino cumplida puntualmente (Números 30:1-2); pero con todo, es verda­deramente llamativo que cuando el voto provenía de una mu­jer, no quedaba firme sin el reconocimiento del varón que era su cabeza. Esto es solemne, pues la ley era muy rigurosa en cuanto todo voto asumido delante de Jehová, y el hecho de que quedase firme o no según la conformidad del varón que ocupa la posición de cabeza de la mujer, confirma de una manera evi­dente el principio de primacía sobre ella. Y si advertimos la ma­teria en que tal primacía se ejerce (los votos a Jehová), pode­mos apreciar que el principio de primacía no queda a nivel de las relaciones domésticas, ya sean éstas paternas o maritales, si­no que también regla la vida religiosa de Israel. Esto demuestra cómo Dios no dejó al nivel de los vínculos naturales el asunto del orden de primacía y sujeción, sino que lo introduce en el se­no de las mismas relaciones que ligaban a un israelita con su Dios bajo el culto del judaísmo. Dicho de otra forma, bajo la ley el orden de primacía y sujeción no queda relegado a la vida so­cial sino que llega hasta el altar e involucra todo el culto. Noso­tros tendemos a pensar que el asunto de la primacía en la crea­ción solo afecta las relaciones a nivel de los vínculos humanos, pero cuando Dios mismo introduce el asunto en el seno de las re­laciones de Él con su pueblo, ello demuestra cuán solemne es el tema, puesto que expresa siempre su pensamiento. Cosa, que también se ve con toda claridad en el culto y el ministerio cris­tiano, tal como Pablo nos dice en la cita anteriormente invoca­da. Pero volvamos al asunto de los votos en la ley, para confir­mar con la misma Palabra de Dios lo que decimos: “Mas la mu­jer, cuando hiciere voto a Jehová, y se ligare con obligación en casa de su padre, en su juventud; si su padre oyere su vo­to, y la obligación con que ligó su alma, y su padre callare a ello, todos los votos de ella serán firmes, y toda obligación con que hubiere ligado su alma, firme será. Mas si su padre le vedare el día que oyere todos sus votos y sus obligaciones con que ella hubiere ligado su alma, no serán firmes; y Jeho­vá la perdonará, por cuanto su padre se lo vedó. Pero si fuere casada e hiciere votos, o pronunciare de sus labios cosa con que obligue su alma; si su marido lo oyere, y cuando lo oyere callare a ello, los votos de ella serán firmes, y la obligación con que ligó su alma, firme será. Pero si cuando su marido lo oyó, le vedó, entonces el voto que ella hizo, y lo que pronun­ció de sus labios con que ligó su alma, será nulo; y Jehová la perdonará. Pero todo voto de viuda o repudiada, con que liga­re su alma, será firme. Y si hubiere hecho voto en casa de su marido, y hubiere ligado su alma con obligación de juramen­to, si su marido oyó, y calló a ello y no le vedó, entonces to­dos sus votos serán firmes, y toda obligación con que hubiere ligado su alma, firme será. Mas si su marido los anuló el día que los oyó, todo lo que salió de sus labios cuanto a sus votos, y cuanto a la obligación de su alma, será nulo; su marido los anuló, y Jehová la perdonará. Todo voto, y todo juramento obligándose a afligir el alma, su marido lo confirmará, o su marido lo anulará. Pero si su marido callare a ello de día en día, entonces confirmó todos sus votos, y todas las obligacio­nes que están sobre ella; los confirmó, por cuanto calló a ello el día que lo oyó. Mas si los anulare después de haberlos oído, entonces él llevará el pecado de ella. Estas son las ordenan­zas que Jehová mandó a Moisés entre el varón y su mujer, y entre el padre y su hija durante su juventud en casa de su pa­dre” (Números 30:3-16).

Todo esto podría parecernos nimio y sin demasiada importan­cia, pero si consideramos cómo la autoridad del varón confirma aquello que ha sido la disposición de la voluntad de la mujer, po­demos apreciar de qué manera solemne el mismo Dios reivindi­ca la primacía del varón como cabeza de la mujer. Notemos en­tonces, cómo el orden divino en la creación también entró en el mismo judaísmo haciéndolo el receptáculo y canal de tal orden. Y ello, como hemos dicho, no solo para reglar relaciones socia­les y domésticas, sino también la vida religiosa de Israel. La ley mosaica para nada dejó a un lado el orden de primacía divino en la creación, sino que lo confirma y lo lleva al espíritu mismo de todas sus instituciones. Y al posicionarnos en este terreno, debe­mos decir que de igual manera el cristianismo es llamado a ex­presar el orden de Dios en su mismo seno, puesto, que como he­mos insistido, constituye el pensamiento mismo de Dios en to­das las relaciones temporales comprometidas en esta creación, ya sean de índole doméstica como de naturaleza espiritual.

 

VI. EL CRISTIANISMO ES EL RECEPTÁCULO MISMO DEL ORDEN DE PRIMACÍA Y SUJECIÓN QUE FUE DADO EN LA CREACIÓN Y CONFIRMADO A TRAVÉS DE TODOS LOS TIEMPOS

 El cristianismo es también la “sede” que expresa este orden, cosa que es confirmada no solo en la vida doméstica del creyen­te sino también en la vida de la Asamblea.

“Asimismo vosotras, mujeres, estad sujetas a vuestros ma­ridos; para que también los que no creen a la palabra, sean ga­nados sin palabra por la conducta de sus esposas, consideran­do vuestra conducta casta y respetuosa. Vuestro atavío no sea el externo de peinados ostentosos, de adornos de oro o de vestidos lujosos, sino el interno, el del corazón, en el inco­rruptible ornato de un espíritu afable y apacible, que es de grande estima delante de Dios. Porque así también se atavia­ban en otro tiempo aquellas santas mujeres que esperaban en Dios, estando sujetas a sus maridos; como Sara obedecía a Abraham, llamándole señor; de la cual vosotras habéis veni­do a ser hijas, si hacéis el bien, sin temer ninguna amenaza” (1Pedro 3:1-6). Aquí hallamos la sujeción en la relación marital de la mujer creyente, conforme a lo que es de grande estima de­lante de Dios. Estamos en la esfera doméstica, donde la suje­ción de la mujer es una poderosa arma moral que llama a la fe al marido incrédulo. Y en tal sentido, es interesante considerar có­mo Dios pone por sobre todo ornato de ella, el estado de suje­ción de su corazón. Lo cual es de grande estima ante sus ojos. Es lo que se llama: “el incorruptible ornato de un espíritu afable y apacible”. Este es el atavío que el ojo de Dios ve, y que perci­bió en las santas mujeres de la antigüedad que esperaban en Él. Y esperaban desde esa posición de sujeción a sus maridos. Y se nos da el ejemplo de Sara como expresión de sujeción y obe­diencia, tal como ella lo hizo ante Abraham, su esposo. Insista­mos en el hecho de que Dios está mirando ese atavío interior, que nada tiene que ver con la apariencia exterior sino con un bendito y precioso estado de alma. Es interesante para nosotros trasladarnos al tiempo de los patriarcas y observar en este sen­tido, un detalle que otros ya han hecho advertir. De acuerdo al relato de las Escrituras, Sara nunca llamó “señor” a Abraham sal­vo en una sola ocasión. Pero esa ocasión muestra justamente que toda relación con su esposo estaba bajo el carácter moral de la sujeción. “Se rió, pues, Sara entre sí, diciendo: ¿Des­pués que he envejecido tendré deleite, siendo también mi se­ñor ya viejo” (Génesis 18:12). Esto es lo que Sara dijo entre sí, sin hacer oír su voz. Y si bien recibe represión por su risa incrédula, no obstante el pasaje revela una actitud profunda de corazón ante su esposo Abraham, que está caracterizada por la expre­sión: “mi señor”. Esto nos muestra que el asunto no se instala en una formalidad exterior o una aparente sujeción ante la vis­ta humana, sino que lo que verdaderamente Dios valoró en Sara es ese atavío interior de sujeción. Es decir, ese principio que go­bernaba su ser moral con un espíritu de sujeción a su esposo, el cual era de grande estima ante los ojos divinos. Al llegar aquí, notemos entonces que ya se trate del ámbito y las relaciones propias en la creación, en la caída, en el tiempo de los patriar­cas, bajo la ley, y en el cristianismo, la sujeción de la mujer ex­presa el orden de primacía y sujeción de Dios, según él mismo lo concibe y lo traslada a todos los tiempos y a todas las circuns­tancias del hombre. Hemos dado textos bíblicos en cada uno de estos tiempos dispensacionales, pudiendo confirmar cómo en cada uno de ellos el principio es sostenido de una manera cons­tante.

Consideremos ahora cómo la relación marital en el cristianis­mo es dignificada de una manera especial, pues ella tiene ante sí un modelo muy superior y eterno: el vínculo entre Cristo y su Esposa, la Iglesia. Pedro ha considerado la conducta sujeta de la esposa fiel, como el poderoso instrumento que puede ganar para Cristo a su esposo incrédulo, pero el texto que citamos aho­ra, del apóstol Pablo, considera cómo los creyentes casados po­seen un modelo moral que dignifica la relación marital, aun cuando ésta sea solo temporal y pertenezca a esta creación. Entonces, el modelo de lo que es un vínculo eterno entra en el ámbito de lo puramente temporal, para dar un precioso conte­nido moral a los corazones que justamente se relaciona con pri­macía y sujeción. Notemos: “Las casadas estén sujetas a su propios maridos, como al Señor; porque el marido es cabeza de la mujer, así como Cristo es cabeza de la iglesia, la cual es su cuerpo, y él es su Salvador. Así que, como la iglesia está su­jeta a Cristo, así también las casadas lo estén a sus maridos en todo” (Efesios 5:22-24).

Es verdaderamente solemne considerar que el cristianismo, pese a ubicarse en el terreno mismo de la redención, no es ja­más la negación del orden divino en la creación. El pasaje que ci­tamos presenta una sujeción que corresponde al orden de la creación, y otro que pertenece a las relaciones que genera la re­dención. La creación como la redención generan relaciones de primacía y sujeción en sus respectivas esferas, pero el hecho de que el mismo Espíritu Santo ponga la relación de Cristo con su Esposa (la Iglesia), como modelo de la relación de primacía y su­jeción en la vida marital temporal de los creyentes, otorga una nueva dimensión moral y contenido a la vida del creyente en es­te mundo. Lo cierto es que para un cristiano hay una preciosa co­nexión moral entre ambos órdenes de primacía y sujeción que involucran tanto a lo que es por creación como lo que es por re­dención. Esto, porque hay un vínculo en la redención que da con­tenido moral al que es en la creación, llevándolo a un lugar de dignidad insospechada. En el pasaje que citamos, el apóstol Pa­blo comienza confirmando el orden de primacía y sujeción que responde a la creación, pero inmediatamente trae al Señor mis­mo al corazón de la mujer casada de fe. Ella debe sujetarse a su marido “como al Señor”. No mirando tanto a su marido, sino in­troduciendo al Señor mismo en esa sujeción que pudiera pare­cerle molesta y que muchas veces trunca su propia voluntad. El hecho de sujetarse al marido como al Señor, nos sugiere un re­medio moral que ha introducido la redención, aliviando esa su­jeción angustiosa de lo que es simplemente natural. Con todo, a la mujer cristiana casada, la sujeción le es demandada justa­mente porque el marido es su cabeza; pero notemos que inme­diatamente, se compara esto con el hecho de que Cristo es cabe­za de la iglesia. Esta última es una relación de primacía y suje­ción que pertenece a los vínculos de la redención, pero lo inte­resante del asunto es que las relaciones de la redención entran como modelo moral para las que son por creación. El cristianis­mo dignifica así todo vínculo natural al introducir a Cristo mis­mo y su espíritu, en lo que pertenece a este orden temporal de esta creación. Finalmente, se confirma este orden y esta suje­ción, de modo que así como la iglesia está sujeta a Cristo, su Ca­beza, también las casadas deben estarlo a sus maridos en todo. No se dice que en algunas cosas sí y en otras no, sino en todo. Esto podría parecer insoportable para las creyentes, pero si pen­samos que la relación de los esposos creyentes está regida por el amor de Cristo, la sujeción será la expresión y el disfrute del tal. El principio de gracia que introduce el cristianismo suaviza toda angustia que puedan generar los vínculos naturales.

“Casadas, estad sujetas a vuestros maridos, como convie­ne en el Señor”(Colosenses 3:18). Es notorio considerar cómo el dis­frute de la nueva vida divina que posee el cristiano, para nada altera el orden divino de primacía y sujeción que es según la creación. A cada paso encontramos la confirmación de este prin­cipio. Advirtamos que se trata de lo que conviene en el Señor, es decir, en ese nuevo lugar y relaciones que ocupamos como redi­midos. La exhortación es a reconocer y mantener el principio de primacía que es por creación, pero ahora como un orden conve­niente en el seno de las relaciones entre los cristianos.

Si realizamos un rápido repaso de todo lo visto, podemos con­siderar cómo el orden de primacía y sujeción que fue estableci­do en la creación, luego fue confirmado en la caída de la raza, prosigue en todo su vigor con los patriarcas, mueve todo el espí­ritu de la ley, y continua sin deterioro alguno en el seno mismo del cristianismo. Pero hasta aquí, en lo que respecta al cristia­nismo, hemos considerado especialmente el asunto en las rela­ciones domésticas, las relaciones que son propias de esta crea­ción, pero miremos ahora este orden que nos ocupa en la vida es­piritual del creyente, en la vida misma de la Asamblea de Dios, y en especial en el terreno del ministerio. Entonces leemos: “Quiero, pues, que los hombres oren en todo lugar, levan­tando manos santas, sin ira ni contienda... La mujer aprenda en silencio, con toda sujeción. Porque no permito a la mujer enseñar, ni ejercer dominio sobre el hombre, sino estar en si­lencio. Porque Adán fue formado primero, después Eva; y Adán no fue engañado, sino que la mujer, siendo engañada, incurrió en transgresión” (1Timoteo 2:8-14). Ya hemos tratado as­pectos de este pasaje, pero ahora lo citamos nuevamente para notar que sus principios se ven especialmente involucrados cuando se trata de la oración y el ministerio de la enseñanza. Indudablemente, en tal ámbito se confirma el orden divino de primacía y sujeción que es por creación. Como lo hemos dicho, en tanto que los creyentes peregrinen en esta creación, el or­den siempre es mantenido como expresión del pensamiento di­vino. Y es mantenido y expresamente confirmado cuando esta­mos en asuntos que hacen propiamente a la vida cristiana, asun­tos que surgen como consecuencia de la redención.

Otro pasaje que confirma esto con mucha fuerza es el que ha­llamos en la primera epístola de Pablo a los Corintios: “Vues­tras mujeres callen en las congregaciones; porque no les es permitido hablar, sino que estén sujetas, como también la ley lo dice. Y si quieren aprender algo, pregunten en casa a sus maridos; porque es indecoroso que una mujer hable en la congregación” (1Corintios 14:34-35). El orden de primacía y sujeción al que venimos permanentemente refiriéndonos, no se reduce a las relaciones domésticas sino evidentemente a la vida propia de la Asamblea, tal como se aprecia aquí. A la mujer no le ha si­do confiado el ministerio público sino una posición de sujeción, que se expresa en su silencio. Evidentemente que el ejercicio del ministerio y la enseñanza en la congregación supone de algu­na manera una posición de autoridad, en tanto que el silencio expresa sujeción.

Todos estos pasajes que estamos considerando, ponen en evi­dencia que tanto en la Asamblea como en toda su vida práctica, la mujer es llamada a la sujeción. En la Asamblea y en especial en lo que respecta al ministerio, se confirma como cosa de or­den divino el principio de primacía y sujeción que fue estableci­do en la creación, continuó con la caída, regló la vida de los pa­triarcas, impregnó el espíritu de la ley, y finalmente está pre­sente en todas las esferas del cristianismo. No estamos diciendo que tal orden persista en la posición celestial “en Cristo” ni en el creyente como “nueva creación”, pues en tales ámbitos no hay hombre ni mujer, ni razas, ni nacionalidades, ni ningún acci­dente temporal (Gálatas 6:15; 3:28 ). Lo que decimos es que en tan­to perdura el presente orden creacional, y en tanto que el cris­tiano ocupe un sitio en él, este orden de primacía persiste y per­sistirá ya se trate de la vida doméstica como de la vida de la Asamblea. Muchos dirán que este orden es anticuado y que el mismo mundo y la cristiandad lo han abandonado, pero la refe­rencia del hombre de fe no es el mundo, ni el cristianismo ruino­so, ni el desorden que pueda observarse en ciertos líderes y sus esposas, sino el orden divino según las Escrituras. Y lo más so­lemne del asunto, es que en un mundo que va al completo de­sorden a causa del desarrollo del mal y de la corrupción del pe­cado, y en una cristiandad donde la iniquidad lo ha fermentado todo, aquello que puede ser reconocido como expresión de la Asamblea de Dios es llamado a mantener el orden de primacía y sujeción divina, como una referencia y solemne testimonio del tal ante toda la creación y los ángeles. Si en todo ámbito exte­rior a la Asamblea de Dios tal orden es progresivamente abando­nado y subvertido, la Asamblea o Iglesia de Dios sigue siendo el receptáculo de la expresión de este orden de acuerdo responde a los pensamientos del Dios que lo estableció. Contemporizar o relajar el asunto a fin de no molestar conciencias y corazones que lo resisten, para nada es un indicio de gracia sino de corrup­ción. Mire el mundo, y dígame: ¿qué espera de él? Mire la cris­tiandad arruinada, y dígame: ¿qué espera de ella? ¿No aguarda­mos el juicio del mundo como el juicio de la cristiandad apósta­ta? ¿Imitaremos su proceso de abandono de todo orden según Dios para aparecer como tolerantes y llenos de esa falsa gracia que se conforma a las demandas del mundo actual y de una cris­tiandad en rebelión? Eso sería seguir la huella del mundo y de la cristiandad apóstata, que aceleran su curso hacia los juicios apocalípticos. La única respuesta y práctica posible es sujetar­nos al orden de primacía y sujeción que Dios ha establecido. Aceptar las innovaciones que se ven en el mundo y las liberta­des que se da una cristiandad sin freno, no son la referencia de la fe como tampoco expresiones de la magnanimidad de la gra­cia. La sujeción a la autoridad de las Escrituras es el único reme­dio del asunto.

 

VII. CON LA ENCARNACIÓN DEL HIJO Y LA REDENCIÓN SE REDEFINE EL ORDEN DE PRIMACÍA INTRODUCIENDO A CRISTO COMO CABEZA DE TODO VARÓN

Volvamos al pasaje con que iniciamos nuestro tema, para ob­servar otros aspectos que no hemos considerado. “Pero quiero que sepáis que Cristo es la cabeza de todo varón, y el varón es la cabeza de la mujer, y Dios la cabeza de Cristo. Todo va­rón que ora o profetiza con la cabeza cubierta, afrenta su ca­beza. Pero toda mujer que ora o profetiza con la cabeza des­cubierta, afrenta a su cabeza; porque lo mismo es que si se hubiese rapado. Porque si la mujer no se cubre, que se corte también el cabello; y si le es vergonzoso a la mujer cortarse el cabello o raparse, que se cubra. Porque el varón no debe cubrirse la cabeza, pues él es imagen y gloria de Dios; pero la mujer es gloria del varón. Porque el varón no procede de la mujer, sino la mujer del varón, y tampoco el varón fue crea­do por causa de la mujer, sino la mujer por causa del varón. Por lo cual la mujer debe tener señal de autoridad sobre su ca­beza, por causa de los ángeles. Pero en el Señor, ni el varón es sin la mujer, ni la mujer sin el varón; porque así como la mujer procede del varón, también el varón nace de la mujer; pero todo procede de Dios. Juzgad vosotros mismos: ¿Es pro­pio que la mujer ore a Dios sin cubrirse la cabeza? La natura­leza misma ¿no os enseña que al varón le es deshonroso dejarse crecer el cabello? Por el contrario, a la mujer dejarse crecer el cabello le es honroso; porque en lugar de velo le es dado el cabello. Con todo eso, si alguno quiere ser contencio­so, nosotros no tenemos tal costumbre, ni las iglesias de Dios” (1Corintios 11:3-16).

Como el pasaje que citamos ha dado lugar a falsas interpreta­ciones, y en otros casos ha sido desestimado o considerado co­mo irrelevante, quisiéramos ocuparnos de algunos de sus as­pectos sobresalientes. Lo primero que notamos, es que en él no solo hallamos el orden de primacía que Dios introdujo en opor­tunidad de la creación, y que ha confirmado sistemáticamente a través de los tiempos, sino que también tenemos una “redefi­nición” de este orden cuando Cristo mismo aparece en él. Y tam­bién, hallamos la forma en que este orden se expresa en la vida cristiana, en lo que respecta especialmente en oportunidad de la oración y el ministerio. Y hay además, encontramos también una apelación a lo que es por naturaleza y a lo que constituyó la práctica regular de las Asambleas del tiempo apostólico. Esto completa y enriquece el tema de una forma concluyente, de mo­do que no debieran quedar dudas en nosotros en cuanto a lo que es la expresión de la voluntad divina en el asunto.

“Pero quiero que sepáis que Cristo es la cabeza de todo va­rón, y el varón es la cabeza de la mujer, y Dios la cabeza de Cristo”. Primeramente tenemos el gran principio rector del asunto: “Cristo es la cabeza de todo varón”. Esto, como he­mos visto, no fue revelado en el primer orden que Dios estable­ció en la creación, donde el varón fue colocado como cabeza de los vivientes y de la mujer. Ahora aparece Cristo como cabeza de todo varón. Notemos que no aparece como Cabeza del Cuer­po, cosa que importa su primacía característica en la redención y en relación a la Asamblea, sino como Cabeza del varón; y esta primacía viene a redefinir a la que anteriormente pertenecía al ámbito de la creación, pero advirtamos que lo es una vez que el Señor ha entrado en humanidad en la creación y ocupa en ella una posición de indiscutible primacía tras haber consumado la redención. Dicho de otra manera, el Señor en humanidad rede­fine todo el orden divino que hasta entonces era conocido; no negándolo, sino enriqueciéndolo con su presencia, como cabe­za de todo varón. Él es“el primogénito de toda creación” (Colosenses 1:15). Es decir, que ahora el Señor aparece en su lugar de prima­cía en todas las relaciones que comprometen a la creación; pe­ro a la vez, esta primacía sobre todo varón también supone su nuevo lugar que resulta de la redención, pues ello involucra su posición de gloria como el Cristo (no simplemente el Ungido en relación a Israel, sino en su título de dignidad en el ámbito de la redención).

Recordemos que en el principio, Adán, de acuerdo al motivo mismo de su creación y las distinguidas capacidades con que fue dotado por ella, es imagen de Dios ante la creación misma, y se le otorgó el indiscutible señorío o primacía sobre la misma (Génesis 1:26-28). Luego, con la caída, el ámbito mismo donde ese seño­río se ejerce, se torna hostil. “Y al hombre dijo: Por cuanto obedeciste a la voz de tu mujer, y comiste del árbol de que te mandé diciendo: No comerás de él; maldita será la tierra por tu causa; con dolor comerás de ella todos los días de tu vida. Espinos y cardos te producirá, y comerás plantas del campo. Con el sudor de tu rostro comerás el pan hasta que vuelvas a la tierra, porque de ella fuiste tomado; pues polvo eres, y al polvo volverás” (Génesis 3:17-19).  Tras el diluvio, de alguna mane­ra apreciamos que persiste la primacía del hombre sobre las criaturas, pero ahora no en la paz de un Adán que puede ponerle nombre en total armonía, sino que ante la voracidad y la vio­lencia animal, Dios coloca en las bestias el temor hacia el hom­bre. “El temor y el miedo de vosotros estarán sobre todo ani­mal de la tierra, y sobre toda ave de los cielos, en todo lo que se mueva sobre la tierra, y en todos los peces del mar; en vuestra mano son entregados” (Génesis 9:2). El señorío del hombre persiste sobre la creación pero los vínculos con ella y sus criatu­ras están claramente perturbados por los efectos del pecado. Mas evidentemente hallamos un nuevo asunto en relación a es­te orden primigenio, cuando Cristo entra en la creación en hu­manidad. Esto, lo establece en una posición indiscutible de pri­macía sobre toda la creación, pues “Él es la imagen del Dios in­visible, el primogénito de toda creación. Porque en él fueron creadas todas las cosas, las que hay en los cielos y las que hay en la tierra, visibles e invisibles; sean tronos, sean dominios, sean principados, sean potestades; todo fue creado por me­dio de él y para él. Y él es antes de todas las cosas, y todas las cosas en él subsisten” (Colosenses 1:15-17). Notamos en este pasaje la eminente primacía de Cristo sobre la creación, una primacía que tiene que ver con aspectos muchos más sublimes que los que tuvo Adán. Algunos de éstos aspectos se relacionan con la misma Deidad del Señor, y otros con su especial y única humani­dad. “Él es la imagen del Dios invisible”. Adán fue creado a imagen y semejanza de Dios en vista de señorear en la creación como representante del Creador, pero Cristo, desde su encar­nación, ostenta el carácter de ser imagen de Dios de una forma única y perfecta, puesto que ante toda la creación, y ahora in­cluyendo también a los ángeles, es la perfecta expresión visible del Dios invisible (Juan 1:18). El primer hombre pudo ser hecho a imagen y semejanza de Dios, pero en el Señor “habita corpo­ralmente toda la plenitud de la Deidad” (Colosenses 2:9). Su persona es la más perfecta expresión visible del Dios invisible, ante todo lo creado. De modo que su manifestación humana en la crea­ción lo coloca de sí en una posición de indiscutible primacía so­bre ella; una primacía que no solo ejerce sobre ella como Dios si­no también como hombre, tal como se aprecia en los pasajes de la epístola a los Colosenses que hemos citado. De modo que po­demos decir, que ese orden primigenio de primacía y sujeción que se corresponde con la creación, es ahora redefinido desde todo lo que significó la entrada de Cristo en ella, y entonces, Él, tanto en humanidad como en su Deidad, ostenta una primacía única e indiscutible en la creación, y de una manera especial so­bre todo varón. La primacía del varón sobre la mujer correspon­de exclusivamente al terreno mismo de la creación y los víncu­los dentro de ella, pero la de Cristo colocado como cabeza de to­do varón, supone no solo el lugar de primacía exclusiva desde su entrada en la creación, sino también su lugar de gloria que ad­quiere tras la consumación de la redención. Entonces, la encar­nación del Hijo y la redención, si es que podemos hablar así, “re-definen” el orden de primacía y sujeción primigenio, colocando ahora a Cristo en el lugar de indiscutida preeminencia. No nos cabe ninguna duda que en los consejos eternos de Dios, el Hijo es quien guarda primacía en todas las cosas y órdenes, pero en lo que respecta a su primacía en este orden que es por creación, tenemos que hablar entonces de esta redefinición conforme la revelación divina la completa. A Adán, simplemente como tal, como creación, le fue dado señorío en la creación y puesto co­mo cabeza de la mujer, pero en el cristianismo, este orden es re-definido según la presencia de Cristo lo exige, donde Él es cabe­za de la creación y de todo varón. También es Cabeza del Cuer­po (Colosenses 1:18), pero esto atañe a las relaciones que son específi­cas de la redención y respecto de la Iglesia, en tanto que noso­tros nos estamos refiriendo ahora a las cosas que son por crea­ción, pero que han sido redefinidas por el hecho mismo de la en­trada del Señor en ella y su obra redentora. Es decir, la encarna­ción y la redención introducen a Cristo en el orden existente que ya era por creación. Y esto ocurre, sin negar lo anterior sino perfeccionando el orden divino que ya existía según fuera reve­lado desde un principio. Entonces, “Cristo es la cabeza de to­do varón, y el varón es la cabeza de la mujer, y Dios la cabeza de Cristo”. Advirtamos que persiste el orden de primacía y suje­ción que es por creación, pues el varón de ninguna manera pier­de su lugar como expresión de la imagen y gloria de Dios (1Corintios 11:7) y como cabeza de la mujer; pero ahora, hallamos algo nue­vo en la revelación apostólica: “Cristo es la cabeza de todo va­rón”. Asunto que importa un nuevo vínculo de primacía y suje­ción que redefine el anterior orden, sin negarlo ni dejarlo a un lado. De modo que podemos decir que Cristo confirma el orden de primacía y sujeción del principio, pero redefiniéndolo en la perfección que supone su entrada formal en él.

 

 

VIII. LA EXPRESIÓN VISIBLE DEL ORDEN DIVINO DE PRIMACÍA

“Todo varón que ora o profetiza con la cabeza cubierta, afrenta su cabeza. Pero toda mujer que ora o profetiza con la cabeza descubierta, afrenta a su cabeza; porque lo mismo es que si se hubiese rapado. Porque si la mujer no se cubre, que se corte también el cabello; y si le es vergonzoso a la mujer cortarse el cabello o raparse, que se cubra. Porque el varón no debe cubrirse la cabeza, pues él es imagen y gloria de Dios; pero la mujer es gloria del varón. Porque el varón no procede de la mujer, sino la mujer del varón, y tampoco el va­rón fue creado por causa de la mujer, sino la mujer por causa del varón. Por lo cual la mujer debe tener señal de autoridad sobre su cabeza, por causa de los ángeles” (1Corintios 11:4-10).

Hemos insistido en la presencia de un orden divino de prima­cía y sujeción que se corresponde con esta creación, y que ex­presa el pensamiento mismo de Dios en ella. Pero además tene­mos también la expresión visible de ese orden, o la manifesta­ción del mismo ante la creación misma, ante el Señor, ante los hombres, y ante los ángeles. Y lo primero que debemos tener presente en esta materia, es que el asunto tiene por ocasión orar o profetizar (1Corintios 14:3). Es decir, que la oportunidad don­de debe hacerse visible la expresión de este orden está indiso­lublemente ligado a la ocasión de estas operaciones propias de la vida cristiana. Entonces, el varón no debe cubrirse la cabeza, pues si lo hace, afrenta su cabeza: Cristo. La mujer, por el con­trario, que ora o profetiza con la cabeza descubierta, afrenta a su cabeza: el varón. De modo que el apóstol está dando instruc­ciones sobre la forma en que se reconoce y acata de una forma manifiesta y visible el orden divino, en oportunidad de estas ex­presiones tan propias de la vida cristiana: orar y profetizar. Esto nos hace pensar, que si bien en muchos casos la religión ha aban­donado esta expresión exterior del reconocimiento de la prima­cía y sujeción de acuerdo al orden de Dios, el fiel cristiano es lla­mado a mantenerlo en un tiempo en que justamente tal orden no es reconocido y aun es negado, y para nada expresado de ma­nera visible. Y justamente su expresión externa muestra un es­tado de corazón que reconoce y dignifica la cabeza que está por encima, así como su desconsideración, la afrenta.

El apóstol da a continuación razones que hacen más poderoso el argumento acerca de la necesidad de que la mujer se cubra. Entonces dice que si la mujer no se cubre, “lo mismo es que si se hubiese rapado”. En nuestros días de tanta insensibilidad e indiferencia a todo orden y lenguaje de lo que es por naturaleza (es decir las características propias de cada ser dadas por crea­ción, y que hacen a su distintiva dignidad), da prácticamente lo mismo que una mujer se rape, utilice el pelo corto, o deje cre­cer su cabellera; pero no era así para los antiguos, e incluso no fue así en nuestra sociedad hasta no hace tanto tiempo. Era tan vergonzoso una mujer rapada, que ninguna de ellas podría haberla admitido, y menos aún aparecer así en público. El apóstol está diciendo que si la mujer no se cubre tal cosa es tan vergon­zosa como si se hubiese rapado. Ella, si no se cubre, toma en­tonces una actitud osada y escandalosa que afrenta su cabeza. Y Pablo, toma este argumento para fortalecer la instrucción que indica que la mujer debe cubrirse, previendo que haya re­sistencia a ello. Y por eso dice: “Porque si la mujer no se cu­bre, que se corte también el cabello; y si le es vergonzoso a la mujer cortarse el cabello o raparse, que se cubra”. Esta es la forma propia en que se expresa el apóstol para dar todo poder a su argumento, y establecer sólidamente que la mujer ha de cubrirse. Siguiendo las instrucciones de Pablo, si la mujer se resis­te a cubrirse, que entonces se rape; pero como le es vergonzoso raparse, entonces que se cubra. No está dando la opción de ra­parse y entonces no cubrirse, sino que ha de cubrirse necesaria­mente puesto que se descarta el pensamiento de raparse; cosa que como dijimos, era sumamente vergonzosa para una mujer. Y de todas maneras sigue siéndolo, solo que el espíritu del mun­do gobernando las conciencias y corazones de los hombres y las mujeres, ha hecho perder el sentir de lo que es digno por natu­raleza, conforme a las disposiciones divinas en la creación.

“Porque el varón no debe cubrirse la cabeza, pues él es imagen y gloria de Dios; pero la mujer es gloria del varón. Por­que el varón no procede de la mujer, sino la mujer del varón, y tampoco el varón fue creado por causa de la mujer, sino la mujer por causa del varón. Por lo cual la mujer debe tener se­ñal de autoridad sobre su cabeza, por causa de los ángeles” (1Corintios 11:7-10). El apóstol explica que tales instrucciones no son caprichosas, pues expresan ese orden de primacía y sujeción que responde a lo que es por creación, y establece la necesidad de expresarlo ante el mismo Dios, ante los hombres, y especial­mente ante los ángeles. El varón, como imagen y gloria de Dios, no ha de cubrirse la cabeza. Él expresa, en el orden de la crea­ción a Dios mismo, puesto que es su imagen y gloria; y pese a la entrada del pecado, tal principio persiste y es confirmado aquí. Es decir, que pese a la entrada del pecado y todas las formas de tratos de Dios con el hombre a través de los tiempos, el apóstol confirma ese orden que fue dado por creación desde un princi­pio. Y justamente el fiel cristiano es llamado a ser la expresión del tal, en un mundo en rebelión contra Dios, que cada vez se aleja más de todo orden y principio divino. La posición de la mu­jer en la creación es otra, tal como lo hemos visto anteriormen­te. Ella es la gloria del varón. El concepto de “gloria”, aquí im­porta la posición de sujeción que establece la representativi­dad de la dignidad de otro en sí y sobre sí. El varón, por ejem­plo, en representación visible de Dios, es gloria de Dios en este sentido. Él está en el lugar de Dios ante la creación, como ima­gen de lo que Él es. Su lugar de sujeción es la expresión de la dig­nidad de Dios ante otros. La mujer, como gloria del varón, ha de expresar la dignidad del varón en sí misma; ha de expresar el se­ñorío que ha sido dado a éste sobre la creación y sobre ella mis­ma; y la forma en que lo hace de una manera visible, es cubrién­dose. No es su gloria la que ha de aparecer ante los ángeles, sino la de su cabeza (el varón). Aquí es evidente que el concepto de gloria no se relaciona con bienes de la redención, sino con la ex­presión de la honra y dignidad que es conforme al orden de pri­macía que Dios estableció en la creación, y que no será renun­ciado en tanto que la presente creación esté en pie. Como ya he­mos visto, el hecho de que la mujer proceda del varón y que ha­ya sido creada por causa de éste, funda ese orden de primacía y sujeción en la creación. La señal de autoridad debe estar por lo tanto en ella. Entendemos que esto supone una señal visible so­bre su cabeza física, una cubierta manifiesta ante los ojos, pues así expresa en lo exterior el reconocimiento y acatamiento del orden divino. Así, su gloria desaparece para hacer visible la del varón. Y esto va más allá de lo que pensamos, pues se dice tam­bién “por causa de los ángeles”. Y en tal sentido, es importante saber que el cristianismo no es solo la expresión del orden de Dios ante los ojos de los hombres, sino también ante las huestes celestes. Los ángeles no son sujetos de la revelación divina sino servidores y ministros de Dios a favor de los hombres, de modo que ellos conocen los misterios de la gracia y el orden de Dios por lo que ven en la Asamblea. “Y de aclarar a todos cuál sea la dispensación del misterio escondido desde los siglos en Dios, que creó todas las cosas; para que la multiforme sabiduría de Dios sea ahora dada a conocer por medio de la iglesia a los principados y potestades en los lugares celestiales, confor­me al propósito eterno que hizo en Cristo Jesús nuestro Se­ñor” (Efesios 3:9-11). “Dios nos ha exhibido a nosotros los apósto­les como postreros, como a sentenciados a muerte; pues he­mos llegado a ser espectáculo al mundo, a los ángeles y a los hombres” (1Corintios 4:9). “Cosas en las cuales anhelan mirar los ángeles” (1Pedro 1:12; ver también: 1Timoteo 3:16).

“Pero en el Señor, ni el varón es sin la mujer, ni la mujer sin el varón; porque así como la mujer procede del varón, tam­bién el varón nace de la mujer; pero todo procede de Dios”

(vv. 11-12). Aquí “en el Señor”, evidentemente no supone la posi­ción característica del cristiano como resucitado y sentado con Cristo en los cielos (Efesios 2:6), ni tampoco la posición que tene­mos en Él como nueva creación (Gálatas 6:15), puesto que se parte del hecho de que los santos conservan su propio género. Es de­cir, se está refiriendo a una relación entre el varón y la mujer en el seno del cristianismo. En la posición celestial y eterna “en Cristo”, así como lo que somos “en Él” como nueva creación, no hay distinción de géneros, ni de raza, ni de ningún accidente propio de la vida terrenal. De modo que aquí “en el Señor”, ha­bla de ese nuevo ámbito de vínculos cristianos generados por la nueva vida y la presencia de la gracia, que comprometen la vida práctica del fiel aquí abajo, y en donde la armonía y solidaridad entre el varón y la mujer no encuentra obstáculo alguno, sino un mutuo servicio que complementa. “En el Señor, ni el varón es sin la mujer, ni la mujer sin el varón”. Se trata de esa armo­nía que introduce la gracia y que suaviza toda relación práctica entre los géneros, durante esta vida terrena. Y para ello se ape­la también a la creación, pues si bien la mujer procede del va­rón (en su creación), en el orden de la naturaleza y la procrea­ción, el varón nace de la mujer; y en definitiva, toda existencia tiene su raíz en el Dios Creador. Esto para nada niega todo lo que el apóstol ha estado diciendo antes, sino que nos muestra que el cristianismo no toma ocasión del orden de primacía como una forma de imponer relaciones rígidas y despóticas, sino que es oportunidad para complementar y armonizar la relación de ambos géneros durante esta vida pasajera. Lo verdaderamente perverso es tomar estos pasajes para negar el espíritu y los prin­cipios de primacía y sujeción que las Escrituras confirman cons­tantemente, por medio de la mala aplicación del texto. Pero si tomamos en su conjunto todo el desarrollo que hace el apóstol, es evidente que aquí no niega lo que antes dijo sino que nos está enseñando que el orden de primacía no significa una subyuga­ción y desconsideración para con la mujer. Nada de eso, pues el cristianismo no supone relaciones de sometimiento sino de gra­cia, armonía y unidad de corazón. Entonces, “ni el varón es sin la mujer, ni la mujer sin el varón”. El orden de primacía no es la desconsideración ni el sometimiento, sino que “en el Señor”, las relaciones entre los géneros son dignificadas, complemen­tadas y puestas en armonía. Pensemos que cuando a Eva se le di­ce que su deseo será para su marido y que él se enseñoreará de ella (Génesis 3:16), ello supone de sí castigo, porque la rebelión del corazón genera conflicto en una relación donde ella no quisiera tal cosa. Ella desearía cumplir su voluntad y no tener que supe­ditarla a otro. ¡Qué difícil es la sujeción cuando justamente la propia voluntad no la quiere! Pero el cristianismo supera tal con­dición, pues en él, el Señor introduce principios que suavizan y endulzan con gracia toda relación, conduciendo a un espíritu de armonía en ellas.

“Juzgad vosotros mismos: ¿Es propio que la mujer ore a Dios sin cubrirse la cabeza? La naturaleza misma ¿no os ense­ña que al varón le es deshonroso dejarse crecer el cabello? Por el contrario, a la mujer dejarse crecer el cabello le es hon­roso; porque en lugar de velo le es dado el cabello” (v. 13-15). Pablo comienza apelando al discernimiento de los corintios, e introduce en la cuestión una pregunta que tiene su evidente res­puesta. Y ello, para confirmar y asegurar que en ocasión de orar y profetizar, es propio que la mujer se cubra la cabeza. Y al de­cirse “que la mujer ore a Dios”, no necesariamente se está afir­mando que ore de manera audible. Recordemos que ella y la Asamblea oran en la boca del que hace oír su voz como conduc­to de toda la Asamblea. No debemos entender que ella ore ha­ciendo oír su voz en público. Pero en oportunidad de la oración, cuando ella se une en Espíritu a la oración y ora en la boca de otro, ha de cubrirse.

Luego Pablo apela a lo que es por naturaleza. De acuerdo a es­te principio, al varón le es deshonroso dejarse crecer el cabello así como a la mujer le es honroso. ¿Por qué? Porque a ella el pelo le es dado para cubierta. Como este pasaje ha dado lugar a ma­las interpretaciones, deseamos citar otra traducción. “la cabe­llera larga le es dada para cubierta” (VM). Aquí el apóstol está apelando a lo que es por naturaleza, reforzando la idea de que la mujer ha de cubrirse, tal como comienza el asunto llamando al discernimiento de los corintios. Muchos han interpretado que el cabello largo reemplaza la cubierta que debe colocar sobre su cabeza, pero es evidente que no puede ser así por dos moti­vos fundamentales. Cuando consideramos que toda mujer que ora o profetiza con la cabeza descubierta afrenta su cabeza, y que tal cosa es como si se hubiese rapado (v. 5), es entonces evi­dente que debía cubrirse porque raparse es cosa verdadera­mente vergonzosa para una mujer. Caemos en una contradic­ción si decimos que no debe cubrirse porque tiene cabellera lar­ga, cuando justamente debía cubrirse para no raparse. Recor­demos que se afirma la necesidad de que se cubra para que no deba raparse y hacer el ridículo ignominioso ante los otros (v. 6). Se descarta que no se rapará y sí se cubrirá, por causa de la vergüenza que supone lo primero. Entonces, queda establecida la necesidad de cubrirse para no tener que raparse, no afrentar su cabeza, y también por causa de los ángeles (v. 10). De modo que es una contradicción decir que el cabello reemplaza la se­ñal de autoridad que debe llevar, cuando justamente si no se la coloca debería raparse. ¿Cómo una larga cabellera reemplaza­ría esa cubierta que es señal de autoridad sobre sí misma, cuan­do justamente si no se cubre habría de cortarse todo su cabello? De modo que es evidente que la larga cabellera femenina ex­presa su cubierta en el orden de lo que es por naturaleza. Es de­cir, le es dada en el orden de su vida social y civil, pero en oca­sión de orar y profetizar, ha de cubrirse. Esto en primer lugar. Además, en segundo lugar, la palabra que en el manuscrito se utiliza para cubrirse en ocasión de orar y profetizar, es distinta a la que se refiere al cabello como dado por cubierta. Si fuesen la misma cosa, sin duda que el Espíritu hubiese consignado la misma palabra. Pero en el primer caso siempre se trata de una cubierta visible, una señal que debe ser vista; en tanto que en el segundo, el pelo mismo obra como la cubierta natural de la mujer fuera de la oportunidad de orar o profetizar.

“Con todo eso, si alguno quiere ser contencioso, nosotros no tenemos tal costumbre, ni las iglesias de Dios”. Una razón más viene a reforzar todas las anteriores, en lo que respecta que la mujer ha de cubrirse así como el hombre no ha de hacer­lo: lo que es práctica regular de los cristianos y de las Asam­bleas. Muchos han pensado que se invoca la sola costumbre co­mo argumento para ello, pero más bien creemos que se trata de lo que fue habitual en las iglesias y que está en perfecta conso­nancia con el orden divino y todas las razones dadas por el após­tol. Por lo tanto, no hay motivo alguno para innovación en la ma­teria. Si alguno quiere contender sobre esto, encontrará la opo­sición de toda la práctica de las Asambleas del tiempo apostóli­co y de todo lo que Pablo expresa en relación al asunto.

 

IX. CONCLUSIONES

Es importante considerar que en medio de toda la ruina y pro­greso del mal que se observa tanto en este mundo como en la misma cristiandad, persiste el orden divino de primacía y suje­ción que fue establecido en el principio. E indudablemente per­sistirá en tanto que la presente creación esté en pie (*1) .

 

(1). Recuérdese siempre que el varón y la mujer son condiciones de género temporales que no persistirán en la eternidad. Los vínculos naturales que involucran los géneros masculino y femenino, solo afectan nuestras relaciones temporales aquí abajo, tal como varios pasajes lo dejan ver (Lucas 20:27-40; Gálatas 3:28; 6:15; 2Corintios 5:17; 1Corintios 7:39; etc).

 

Y ade­más, en viva relación con ello, pese a la ruina y el progreso del mal tanto en este mundo como en la cristiandad, Dios posee un testimonio que es expresión de su orden conforme lo aprecia­mos en los escritos apostólicos. La Asamblea o Iglesia de Dios, es llamada a ser la manifestación de tal orden no solo ante el ojo mismo de Dios y de los hombres, sino también ante los ángeles (1Corintios 11:10). En otras palabras, por progreso que el mal realice en todos los campos, la Asamblea es llamada a ser la expresión misma del orden de primacía y sujeción que es conforme al Dios que así se ha placido establecerlo, en su soberana e incuestio­nable voluntad. Desde un principio Dios estableció tal orden, pe­ro insistimos que en medio de todo abandono que el hombre ha hecho de él, la Asamblea de Dios es instruida y llamada a ser el ámbito en donde el tal ha de ser especialmente manifestado y testificado. De modo que en estos tiempos de ruina, la Asam­blea o Iglesia queda como el último bastión donde el orden de primacía y sujeción que Dios introdujo en la creación, es llama­do a persistir y ser manifestado ante los hombres y los ángeles. El divorcio entre ese orden divino y el estado del mundo y el es­tado de la cristiandad, cada vez es mayor, pero esto no nos exi­me de expresarlo como el pensamiento mismo de Dios en esta creación. De modo que “contemporizar”, “adaptarse a las nue­vas condiciones y exigencias de los tiempos”, suele ser un prin­cipio corrupto que pretende desoír el orden de primacía que Dios ha establecido. Renunciar a estos principios de orden, es venir a formar parte del mismo proceso de ruina del mundo y de la cristiandad profesante. La excusa de contemporizar aparece como una actitud superior de espiritualidad y como una distin­guida gracia que lima toda dificultad; pero esto no es más que un engaño que cauteriza e insensibiliza la conciencia para asu­mir los principios ruinosos que suponen justamente la aposta­sía: el abandono de la verdad y la negación de la autoridad. No estamos diciendo que el cristiano deba ser un revolucionario que deba modificar un mundo que no tiene solución y que solo tiene por delante su juicio; por el contrario, no somos llamados a eso ni llamamos a nadie a tal cosa. Ni siquiera hemos de procurar ha­cer volver a la verdad una cristiandad apóstata que ama y con­firma el error, a la vez que marcha a su juicio final (sí podemos trabajar especialmente con almas individuales). Lo que afirma­mos toca al creyente en su fuero personal, en la vida de su ho­gar, en la vida de la Asamblea, en el ministerio y la oración. Na­da hemos de imponer sobre el mundo ni sobre la cristiandad en ruinas, ni siquiera sobre nuestros hermanos; sino que se trata esencialmente del orden que hemos de acatar en nuestros pro­pios corazones y promulgar con nuestro ejemplo, y que aquellos que están en el ministerio, no deben dejar de enseñar conforme lo presentan las Escrituras. Es un orden cuya expresión y testi­monio tiene su fundamento en el mismo corazón que lo ha reci­bido conforme Dios lo ha expresado. En el espíritu propio de la gracia cristiana, este orden no supone que el que ostenta la pri­macía lo imponga sobre quien le debe sujeción. Por el contra­rio, la Palabra de Dios apela a la conciencia y al corazón, y por lo tanto la obediencia y la sujeción han de ser voluntarias, “como al Señor” (Efesios 5:22), y no a los hombres. El cristianismo troca to­do objeto del corazón por Cristo mismo, de modo que nuestra sujeción siempre es a Cristo y la Palabra de Dios. Es cierto que nuestras hermanas en Cristo pueden experimentar frente a la poderosa corriente opositora del mundo y de la misma cristian­dad ruinosa, y frente a la flaqueza de su misma humanidad, difi­cultades para someterse a este orden, pero ellas no deben sen­tirse presionadas bajo imposiciones, pues su sujeción es esen­cialmente un ejercicio moral delante del Señor. La sujeción cris­tiana no es el resultado de la imposición ni de la fuerza exterior, sino de la convicción que la autoridad de la Palabra de Dios pro­duce sobre la conciencia, y por el ejercicio del juicio propio que deja a un lado todo espíritu de rebelión. En el cristianismo, la expresión del orden de Dios comienza en el corazón, en la inte­rioridad del hombre, y solo puede ser acatado en tal esfera. Y justamente es allí donde se fragua la obediencia y la desobe­diencia, la sujeción y la insubordinación, el reconocimiento de la autoridad legítima y la rebelión. Cuando el orden de Dios es conocido, cuando las instrucciones divinas sobre el mismo han llegado a nuestra conciencia, entonces, cosas tan sencillas co­mo hablar o no hacerlo, cubrirse o no hacerlo, cortarse o no cor­tarse el cabello, ponen de manifiesto el verdadero estado del corazón; y ponen de manifiesto hasta dónde estamos dispues­tos a someternos al Dios que ha establecido su orden. Un orden que nos compromete enteramente y del cual no podemos re­traernos.

Bien decimos que es un orden de primacía y sujeción, porque no hay primacía sin que exista la sujeción de quienes la deben; y no hay sujeción sin que el corazón la admita; y no hay verdadero sometimiento del ser moral si la conciencia no reconoce la auto­ridad de la Palabra de Dios sobre sí misma. De modo que insisti­mos que en el cristianismo, este orden comienza en la sujeción voluntaria del ser moral ante la autoridad de la Palabra del Dios que lo expresa conforme su voluntad. Y a la vez, la conducta ex­terior no puede dejar de poner en evidencia en nuestro andar, si estamos en obediencia o desobediencia a tal orden. Es el orden que pone en juego el verdadero estado de mi corazón: Un esta­do, que no puede dejar de expresarse en la vida práctica y ante los ojos de Dios, de los hombres y de los ángeles.

“Y Samuel dijo: ¿Se complace Jehová tanto en los holo­caustos y víctimas, como en que se obedezca a las palabras de Jehová? Ciertamente el obedecer es mejor que los sacrifi­cios, y el prestar atención que la grosura de los carneros. Por­que como pecado de adivinación es la rebelión, y como ído­los e idolatría la obstinación. Por cuanto tú desechaste la pa­labra de Jehová, él también te ha desechado para que no seas rey”(1Samuel 15:22-23).

R. Guillen