LA ASAMBLEA O LA PLENA SUFICIENCIA DEL NOMBRE DE JESUS.

(C.H. Mackintosh)

(parte 2)

¿Cuál es esa Asamblea en la tierra?

 

Al tratar el tema relacionado con lo que es la Asamblea consideraremos, para dar claridad y precisión a nuestros pensamientos, los cuatro puntos siguien­tes, a saber:

 

1.- ¿Cuál es el terreno en el que se reúne la Asamblea?

2.- ¿Cuál es el centro alrededor del que se reúne la Asamblea?

3.- ¿Cuál es el poder por el que se reúne la Asam­blea?

4.- ¿Cuál es la autoridad según la que se reúne la Asamblea?

 

1.- El terreno en el que se reúne la Asamblea.

 

En primer lugar, entonces, con respecto al terreno en el cual se reúne la Asamblea, digamos que es, en una pala­bra, la salvación, o la vida eterna. No entramos a la Asamblea con el objeto de ser salvos, sino como siendo ya salvos. La palabra es: "sobre esta roca edificaré mi iglesia" (Mateo 16:18). El Señor no dice: “Sobre mi iglesia edificaré la salvación de las almas”. Uno de los dogmas de los que Roma se jacta es este: “Fuera de la verdadera iglesia no hay salvación”. Sí, pero podemos ir más hondo y decir: “Fuera de la verdadera Roca no hay iglesia (asamblea)”. Quítese la Roca y no habrá nada más que una obra sin base, errónea y corrupta. ¡Qué miserable engaño es pensar que se puede ser salvo por ella! Gracias a Dios, esto no es así. Nos­otros no llegamos a Cristo a través de la Iglesia, sino a la Igle­sia a través de Cristo. Invertir este orden es desplazar a Cristo por completo y, de tal modo, no tener ni Roca (1 Corintios 10:4), ni Iglesia, ni salvación. Nosotros encontramos a Cristo como un Salvador dador de vida antes de tener algo que ver con la Asamblea; de ahí que podríamos poseer la vida eterna y gozar plena­mente de la salvación aunque no existiera una Asamblea de Dios en la tierra(*6).

 

 

(*6) N. del A.: El lector hará bien en notar el hecho de que, en Mateo 16, tenemos la primera alusión a la Iglesia, y allí nuestro Señor habla de ella como de algo futuro. Él dice: "Sobre esta roca edificaré mi iglesia". No dice: “He edificado” ni ”edifico”. La Iglesia no tuvo existencia hasta que nuestro Señor Jesucristo resucitó de entre los muertos y fue glorificado a la diestra de Dios. Entonces, y solo enton­ces, el Espíritu Santo fue enviado para bautizar a los creyentes, fuesen judíos o gentiles, en un cuerpo, y unirlos a la Cabeza resucitada y glorificada en los cielos. Este cuerpo estuvo en la tierra desde el descenso del Espíritu Santo, está aquí todavía y estará hasta que Cristo venga a arrebatarla consigo. Es una cosa perfectamente única. No se la encuentra en las Escrituras del Antiguo Testamento. Pablo nos dice expresamente que ella no fue revelada en otras edades; estaba escondida en Dios y jamás este misterio se dio a conocer hasta que fue confiado a Pablo (véase cuidadosamente Romanos 16:25-26; Efesios 3:3-11; Colosenses 1:24-27). Es cierto —muy dichosamente cierto— que Dios tuvo un pueblo en los tiempos del Antiguo Testamento. No meramente la nación de Israel, sino un pueblo espiritual, salvado, vivificado, que vivió por fe, que fue al cielo, donde sus inte­grantes son "los espíritus de los justos hechos perfectos" (Hebreos 12:23). Pero la Iglesia no es mencionada antes de Mateo 16, y allí solo lo es como algo futuro. Con respecto a la expresión utilizada por Esteban: "la iglesia (asamblea) en el desierto" (Hechos 7:38), por lo general es bastante conocido que se refiere simplemente a la congre­gación de Israel. Los dos extremos de la historia terrenal de la Iglesia son Pentecostés (Hechos 2) y el arrebatamiento (1 Tesalonicenses 4:16-17).

 

No podemos ser demasiado ingenuos al asir esta verdad, en un tiempo como el presente, en el cual las pretensiones cle­ricales se elevan tan alto. La falsamente llamada iglesia abre su seno con engañosa ternura e invita a las pobres almas car­gadas de pecado, fatigadas del mundo y agotadas, a refugiarse allí. Ella, con pérfida liberalidad, abre de par en par la puerta de sus tesoros y los pone a disposición de las almas desnudas y gimientes. Y por cierto que esos recursos tienen un pode­roso atractivo para aquellos que no están sobre "la Roca". Hay un sacerdocio ordenado que pretende estar ligado, por una línea ininterrumpida, a los apóstoles, pero, lamentable­mente, ¡cuán diferentes son los dos extremos de la línea! Hay un sacrificio continuo, pero, lamentablemente, es un sacrificio sin efusión de sangre y, por consiguiente, sin valor (Hebreos 9:22). Hay un espléndido ritual, pero, lamentablemente, tiene su origen en las sombras de una época pasada, sombras que han sido para siempre reemplazadas por la Persona, la obra y los oficios del eterno Hijo de Dios. ¡Sea por siempre ado­rado su Nombre sin par!

 

El creyente tiene una respuesta concluyente para todas las pretensiones y promesas del sistema romano. El puede decir que ha encontrado su todo en un Salvador crucificado y resu­citado. ¿Tiene necesidad del sacrificio de la misa? Él está lavado en la sangre de Cristo. ¿Acaso necesita de un pobre sacerdote pecador y mortal que no puede salvarse a sí mismo? Él tiene al Hijo de Dios por sacerdote. ¿Necesita de un pom­poso ritual con todos sus imponentes accesorios? Él adora, en espíritu y en verdad, dentro del Lugar Santísimo, donde entra con seguridad por la sangre de Jesús.

 

No solo tenemos que considerar al catolicismo romano al desarrollar nuestro primer punto. Tememos que, además de los católicos romanos, haya miles de personas que, en sus corazones, estén pendientes de la Iglesia, si no para lograr la salvación, al menos como si ella fuese un peldaño para alcanzarla. De ahí la importancia de ver claramente que el terreno en el cual se reúne la Asamblea es la salva­ción o la vida eterna; de modo que, cualquiera sea el objetivo de la Asamblea, no es por cierto el de proveer salvación a sus miembros, ya que todos éstos son salvos antes de fran­quear el umbral de ella. La Asamblea es una casa de salvación de un extremo al otro. ¡Bendito hecho! No es una institución establecida con el propósito de proveer sal­vación a los pecadores, y ni siquiera para proveer a sus nece­sidades religiosas. Es un cuerpo vivo, salvado, formado y reunido por el Espíritu Santo para dar a conocer a los "prin­cipados y potestades en los lugares celestiales, la multiforme sabiduría de Dios" (Efesios 3:10) y para declarar ante el universo entero la plena suficiencia del Nombre de Jesús.

 

Ahora bien, el gran enemigo de Cristo y de la Iglesia está bien enterado del poderoso testimonio que la Asamblea está llamada y destinada a dar en la tierra; por eso él despliega toda su energía infernal para aplastar ese testimonio de cualquier manera. Él aborrece el Nombre de Jesús y todo aquello que tienda a glorificar ese Nombre. De ahí proviene su ardiente oposición a la Asamblea como un todo y a cada expresión local de ella en cualquier lugar en que se halle. Él no tiene ninguna objeción contra una mera institución religiosa erigida con el propósito de proveer a las necesidades religiosas del hombre, ya sea que esté mantenida por el esfuerzo voluntario o por el Gobierno. Ud. puede establecer lo que quiera. Puede asociarse a lo que quiera. Puede ser lo que quiera; ser algo y todo para Satanás, menos la Asamblea, pues eso es lo que él aborrece entrañablemente y lo que procurará oscurecer y arruinar por todos los medios a su alcance. Pero esos acentos reconfortantes de Cristo el Señor suenan con divina fuerza a oídos de la fe: "Sobre esta roca edificaré mi iglesia, y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella".

 

2.- El centro alrededor del que se reúne la Asamblea.

 

Esto nos conduce naturalmente a nuestro segundo punto, a saber, cuál es el centro alrededor del que se reúne la Asamblea. El centro es Cristo, la Piedra viviente, tal como lo leemos en la epístola de Pedro: "Acercándoos a él, piedra viva, desechada ciertamente por los hombres, mas para Dios esco­gida y preciosa, vosotros también, como piedras vivas, sed edificados como casa espiritual y sacerdocio santo, para ofre­cer sacrificios espirituales aceptables a Dios por medio de Jesucristo" (1 Pedro 2:4-5).

 

Entonces, la Asamblea se reúne alrededor de la Per­sona de un Cristo vivo. No lo hace en torno a una doctrina, por más cierta que sea; ni alrededor de una ordenanza, por importante que sea, sino alrededor de una Persona divina, viva. Este es un punto vital y capital que debe ser captado clara­mente, sostenido tenazmente y fiel y constantemente admitido y llevado a cabo. "Acercándoos a él" (1 Pedro 2:4). No se dice “Acercándoos a lo cual”. No nos acercamos a una cosa, sino a una Persona. "Salgamos, pues, a Él" (Hebreos 13:13). El Espíritu Santo nos conduce únicamente a Jesús. Solo eso será de provecho. Se puede hablar de asociarse a una iglesia, de hacerse miembro de una congregación, de adherirse a un partido, a una causa o a un interés. Todas estas expresiones tienden a oscurecer y confundir el entendimiento, como así también a nuestra vista la idea divina de la Asamblea. No nos incumbe asociarnos a algo. Cuando Dios nos convierte, él nos asocia, por su Espíritu Santo, a Cristo, y eso debería ser suficiente para nosotros. Cristo es el único centro de la Asamblea.

 

Y podemos preguntar: ¿No es él suficiente? ¿No es del todo suficiente para nosotros estar "unidos al Señor"? (1 Corintios 6:17). ¿Por qué agregar algo a eso? "Donde están dos o tres congregados en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos" (Mateo 18:20). ¿Qué más podemos necesitar? Si Jesús está en medio de nosotros, ¿por qué pensaríamos en establecer un dirigente humano? ¿Por qué no dejamos unánimemente y de corazón que Él tome el puesto directivo y nos sometemos humildemente a Él en todo? ¿Por qué instituir una autoridad humana —bajo una u otra forma— en la casa de Dios? Pero es lo que se hace, y es conveniente hablar claramente al respecto. El hombre se ha establecido en lo que se dice que es la Asam­blea. Vemos que la autoridad humana se ejerce en esa esfera en la que solo la autoridad divina debería ser reconocida. Poco importa, en cuanto al principio fundamental, que sea un papa, un pastor, un cura o un dirigente. Es un hombre que se erige en el lugar de Cristo. Puede ser el papa que designa a un cardenal, legado pontificio u obispo en su esfera de acción; o puede ser un dirigente que designa a un hombre para exhortar u orar durante diez minutos. El principio es el mismo. Es la autoridad humana que actúa en esa esfera en la cual solo debería ser reconocida la autoridad de Dios. Si Cristo está en medio de nosotros, podemos contar con él para todo.

 

Ahora bien, al decir esto prevemos una muy probable obje­ción por parte de los defensores de la autoridad humana: ¿Cómo andaría una asamblea sin ningún tipo de dirección humana? ¿No conduciría esto a todo tipo de confusión y desorden? ¿No abriría esto la puerta a cualquiera que quisiera entremeterse en la Asamblea prescindiendo por completo de los dones o capacidades? ¿No tendríamos hombres que aparecieran en toda ocasión, acosándonos con su vana cháchara y tediosa presunción?                                                                       

 

Nuestra respuesta es muy sencilla: Jesús es todo lo que nos hace falta. Podemos confiar en él para mantener el orden en su casa. Nos sentimos mucho más seguros en su poderosa y benévola mano que en las manos del más hábil dirigente humano. Tenemos los dones espirituales acumulados en Jesús. Él es la fuente de toda autoridad y de todo ministerio. "Tiene en su diestra siete estrellas" (Apocalipsis 1:16). Con­fiemos solo en él, y él proveerá al orden de nuestra asamblea tan perfectamente como para la salvación de nuestras almas. Esta es justamente la razón que nos ha hecho agregar, al título de este artículo —La Asamblea— el subtítulo “La plena suficiencia del Nombre de Jesús”. Creemos que el Nombre de Jesús es realmente suficiente, no solo para la sal­vación personal, sino también para todas las necesidades de la Asamblea: para el culto, la comunión, el ministerio, la disciplina, el gobierno; en una palabra, para todo. Teniéndolo a él, lo tenemos todo, y en abundancia.

 

Esto constituye la médula y la sustancia de nuestro tema. Nuestro único propósito es exaltar el Nombre de Jesús, y creemos que él ha sido deshonrado en lo que se llama su casa. Él ha sido destronado y la autoridad del hombre ha sido establecida. En vano Él concede un don ministerial; el pose­edor de ese don no se atreve a ejercitarlo sin el sello, la apro­bación y la autoridad del hombre. Y no solamente eso, sino que si el hombre piensa que es propio dar su sello, su apro­bación y su autoridad a uno que no posee ni una pizca de don espiritual —y hasta inclusive ni una pizca de vida espiritual—, él es, a pesar de todo, un ministro reconocido. En resumen, la autoridad humana sin el don otorgado por Cristo hace de un hombre un ministro; mientras que solo el don de Cristo hace a un hombre ministro.  

 

Lector cristiano, haga una pausa aquí y considere profunda­mente este principio de la autoridad humana. Le confesamos que estamos ansiosos por qué Ud. llegue a la raíz del asunto y que lo juzgue a fondo, a la luz de las Santas Escrituras y de la presencia de Dios. Este principio es —esté seguro de ello—la gran línea divisoria, el punto de separación entre la Asam­blea y todo sistema religioso humano debajo del sol. Si Ud. examina todos esos sistemas, desde el catolicismo romano hasta la forma más refinada de asociación religiosa, encontrará en todos la autoridad del hombre reconocida y demandada. Con ella Ud. puede ministrar; sin ella no debe hacerlo. Por el contrario, en la Asamblea solo el don de Cristo hace de un hombre un ministro, prescindiendo de toda autoridad humana. "No de hombres, ni por hombre, sino por Jesucristo, y por Dios el Padre que lo resucitó de los muertos" (Gálatas 1:1). Este es el gran principio del ministe­rio en la Asamblea.

 

Ahora bien, si el catolicismo romano es puesto en la misma categoría que todos los demás sistemas religiosos de la actua­lidad, entiéndase, de una vez por todas, que lo es solo con relación al principio de la autoridad del ministerio. Dios nos guarde de pretender comparar un sistema —que excluye la Palabra de Dios y que enseña la idolatría, el culto de los santos y de los ángeles y una masa de errores y de supersticiones groseras y abominables— con aquellos sistemas en los cuales la Palabra de Dios es sostenida y donde se proclama más o menos la verdad bíblica. Nada puede estar más lejos de nues­tros pensamientos. Creemos que el catolicismo romano es la obra maestra de Satanás como sistema religioso, si bien muchos hijos de Dios han estado y puede aún estar allí incluidos. Además, en esta ocasión, afirmamos abiertamente que nosotros creemos que en toda comunidad o congrega­ción protestante se hallan santos de Dios, tanto ministros como simples fieles, y que el Señor los utiliza de muchas maneras, bendice sus obras, su servicio y su testimonio per­sonal.

 

Finalmente, sentimos que es justo declarar que no movería­mos un dedo para tocar cualquiera de esos sistemas. No tene­mos nada que ver con los sistemas. El Señor se encargará de ellos. Nuestra atención está centrada en los santos que se hallan en esos sistemas, para procurar, por toda acción bíblica y espiritual, conducirlos hacia su verdadera posición en la Asamblea.

 

Queda dicho lo suficiente como para prevenir errores, por lo cual volvemos con renovada fuerza a nuestro principio, a saber, que el hilo de la autoridad humana corre a través de todos los sistemas religiosos de la cristiandad, y que, ciertamente, no hay ni el grosor de un cabello de consistencia entre el terreno ocupado por la iglesia de Roma y el de la Asamblea. Creemos que un alma que busca sinceramente la ver­dad y sale de entre las tinieblas del catolicismo, no puede dete­nerse hasta encontrar la clara y bendita luz de la Asamblea. Le puede tomar años recorrer el espacio intermedio. Sus pasos pueden ser lentos y mesurados; pero hasta que ella no encuentre la luz, con sencillez y sinceridad piadosa, no encontrará descanso entre estos dos extremos. La Asamblea es el lugar verdadero para todos los hijos de Dios. Lamentablemente, no todos están allí; pero esto es solo una pérdida para ellos y una deshonra para el Señor. Ellos debe­rían estar allí, no solo porque Dios también lo está, sino por­que a Él se le deja actuar y gobernar allí.

 

Esto último es de suma importancia en vista de que puede ser dicho: ¿No está Dios en todos lados? ¿No actúa en varios lugares? Por cierto, él está en todas partes y obra en medio del error y del mal palpables. Pero no le es permitido gober­nar en los sistemas humanos, ya que lo supremo en ellos es la autoridad humana, como lo hemos demostrado ya. Además, si el hecho de que las almas se convierten y son bendecidas por Dios en un sistema es una razón para que nosotros este­mos allí, entonces deberíamos estar también en la iglesia de Roma, pues ¡cuántos se han convertido y han sido bendecidos en ese terrible sistema! Incluso en el reciente avivamiento hemos oído de personas alcanzadas en capillas católicas romanas. Lo que prueba demasiado no prueba absolutamente nada; por eso ningún argumento puede ser basado en el hecho de la actuación de Dios en un lugar. Él es soberano y puede obrar donde le plazca. Nosotros debemos sujetarnos a su autoridad y trabajar donde se nos ordena hacerlo. Mi Señor puede ir adonde le plazca, pero yo debo ir adonde él lo dispone.

 

Pero alguno puede preguntar: ¿No hay ningún peligro de que hombres incompetentes introduzcan su ministerio en la Asamblea? En esa eventualidad, ¿dónde está la dife­rencia entre esa Asamblea y los sistemas humanos? Respon­demos: Con toda seguridad que ese peligro existe. Pero entonces ello acontecería a pesar y no en virtud del principio. Esto marca toda la diferencia. Lamentablemente, con fre­cuencia vemos de pie, en medio de nuestras asambleas, hom­bres cuyo sentido común —sin hablar de espiritualidad— los debería mantener sentados. Con frecuencia nos hemos dete­nido a mirar con asombro a algunos hermanos a los que oímos esforzarse por obrar como ministros en la asamblea. Tal vez hemos pensado que la Asamblea ha sido considerada por cierta clase de hombres ignorantes, amigos de oírse hablar a sí mismos, como una esfera en la cual podrían figurar cómo­damente sin tener que pasar por las aulas de la Universidad ni esforzarse por obtener un título académico (*7).

 

(*7)N. del T: Esta expresión ha despertado inquietud en personas que, sin tener en cuenta lo que le antecede y lo que le sucede, interpretaron que el autor supedita el ejercicio ministerial a la ilustración intelectual. Sin embargo, coincidimos con la opinión vertida por calificados her­manos, en cuanto a que esa expresión se refiere a quienes se aprove­chan abusivamente de la libertad reinante en la Asamblea para hacerse oír sin estar habilitados por los “títulos” (dones) que solo concede el Señor. En otras palabras, el autor señala a los que se valen de la no exigencia de méritos académicos para dar rienda suelta a su deseo de figuración.

 

Todo esto es horrible y humillante. Nadie se imagine que, al luchar por la verdad tocante a la Asamblea, ignoramos u olvidamos los escollos y pruebas a los cuales ella está expuesta. Lejos de ello. Nadie podría estar, como nosotros, durante veintiocho años en ese terreno sin estar penosamente consciente de lo difícil que es mantenerlo. Pero entonces las pruebas mismas, los peligros y las dificultades se revelan como otras tantas pruebas —penosas, si se quiere, pero prue­bas de la verdad de la posición—; y, si no hubiera otro remedio que apelar a la autoridad humana, a un establecimiento del hombre en el lugar de Cristo, a un retorno a los sistemas humanos, declararíamos sin titubeos que el remedio sería mucho peor que la enfermedad. Porque si fuésemos a adoptar ese remedio, ello solo manifestaría los más enojosos síntomas de la enfermedad, a saber, el rechazo a dolernos del mal y, por el contrario, la disposición a jactamos de él como fruto de un pretendido orden.

 

Pero —bendito sea Dios— hay un remedio. ¿Cuál es? "Allí estoy yo en medio de ellos". Esto es suficiente. No hay un papa, un sacerdote, un ministro o un dirigente en medio de ellos, alguien que los encabece, alguien que ocupe el sillón o el púlpito. No existe un solo pensamiento de algo semejante de un extremo al otro del Nuevo Testamento. Aun en la asam­blea de Corinto, donde reinaba la confusión y el desorden más grave, el apóstol inspirado jamás insinúa siquiera cosa tal como un dirigente humano, bajo un título cualquiera. "Dios no es Dios de confusión, sino de paz" (1 Corintios 14:33). Dios estaba allí para guardar el orden. Ellos tenían que depender de él y no de un hombre, cualquiera fuese su título. Esta­blecer a un hombre para que guarde el orden en la Asamblea es pura incredulidad y un abierto insulto a la Presen­cia Divina.

 
   

 

Se nos ha pedido con frecuencia que proporcionemos textos de la Escritura para probar la idea de la dirección divina en la Asamblea. A ello contestamos: "Allí estoy yo", y "Dios no es Dios de confusión, sino de paz". Sobre estos dos pilares, aunque no tuviéramos más, podemos apuntalar con éxito la glo­riosa verdad de la dirección divina, verdad que debe salvaguardar —a todos aquellos que la reciben y la tienen como proveniente de Dios — de todos los sistemas del hombre, llámese como Ud. quiera. A nuestro juicio, es imposible reco­nocer a Cristo como el centro y soberano gobernante en la Asamblea y continuar aceptando el establecimiento del hom­bre. Cuando hemos probado una vez la dulzura de estar bajo la dependencia de Cristo, nunca más podremos volver a colorarnos bajo la servil esclavitud impuesta por el hombre. Esto no es insubordinación ni impaciente temor a todo control. Es tan solo la absoluta negativa a someternos a una falsa autoridad, a aprobar una culpable usurpación. Desde el momento en que vemos al hombre usurpar la autoridad en lo que se llama la iglesia, preguntamos simplemente: “¿Quién es Ud.?” y nos retiramos a una esfera en la cual solo Dios es reconocido. “Pero hay errores, males y abusos aun en esta misma esfera”. Indudablemente; pero, si los hay, tenemos a Dios para corregirlos o remediarlos. Luego, si una asamblea es turbada por la intrusión de hombres torpes e ignorantes, hombres que nunca guardan mesura en la presencia de Dios, hombres que, saltando descaradamente por encima del amplio dominio en el que impera el sentido común, el buen gusto y la rectitud moral, se jactan de ser guiados por el Espíritu Santo, hombres inquietos que quieren ser algo y que mantienen a la asamblea en un continuo estado de zozobra por temor a lo que puede ocurrir, una asamblea así afligida gravemente ¿qué debería hacer? ¿Abandonar el terreno con impaciencia, pena y decep­ción? ¿Renunciar a todo como si fuera un mito, una fábula o una vana ilusión? ¿Regresar a lo que se dejó una vez? Lamen­tablemente, es lo que algunos hicieron, probando así que nunca comprendieron lo que estaban haciendo o que, si lo comprendieron, no tuvieron fe para proseguir. Quiera el Señor tener misericordia de ellos y abrir sus ojos para que puedan ver de dónde han caído y obtener la exacta noción de la Asamblea en contraste con los más atractivos sistemas humanos

 

Pero ¿qué debe hacer la asamblea cuando los abusos se des­lizan en su seno? Sencillamente mirar a Cristo como el Señor de Su casa. Reconocerle en el lugar que le pertenece. Valerse del Nombre de Jesús para obrar sobre los abusos, cuales­quiera sean. ¿Dirá alguno que esto no es suficiente? ¿Alguna vez esto demostró ser ineficaz? No lo creemos; no podemos creerlo. Y podemos decir con toda seguridad que, si el Nom­bre de Jesús no es suficiente, nunca tendremos recursos en el hombre y en su miserable orden. Con el socorro de Dios, nunca borraremos ese Nombre incomparable del estandarte a cuyo alrededor el Espíritu Santo nos ha reunido, para colocar en su lugar el perecedero de un hombre mortal.              

 

Estamos plenamente enterados de las inmensas dificultades y de las penosas pruebas que se presentan en conexión con la Asamblea. Creemos que sus dificultades y sus pruebas son perfectamente características. No hay nada bajo la bóveda celeste que el diablo aborrezca más que a la Asamblea. Él removerá cielo y tierra contra esa Asamblea. Hemos visto muchos ejemplos de ello. Un evangelista que va  a un lugar a predicar la plena suficiencia del Nombre de Jesús para la salvación del alma, tendrá a miles pendientes de sus labios. Si el mismo siervo retorna allí más tarde y, al predicar el mismo Evangelio, da un paso más y proclama la plena suficiencia de ese mismo Jesús para responder a todas las necesidades de una asamblea de creyentes, se verá combatido de todos lados. ¿Por qué ocurre esto? Porque Satanás aborrece la más débil expresión de la Asamblea. Ud. Puede ver una ciudad librada por siglos y generaciones a su ignorante y tonta rutina de formalismo religioso, un pueblo muerto que se reúne una vez por semana para oír a un hombre muerto que cumple un servicio muerto, y que todo el resto de la semana vive en el pecado y en la insensatez. No hay ni un soplo de vida, ni una hoja que se mueva. Esto le  agrada mucho al diablo. Pero venga alguien y despliegue la bandera del Nombre de Jesús —Jesús para el alma y Jesús para la Asamblea— y pronto verá Ud. un poderoso cambio. Se excita la rabia del infierno y se levanta la sombría y terrible marea de la oposición.

 

Creemos plenamente que este es el verdadero secreto de muchos de los mordaces ataques recientemente dirigidos con­tra aquellos que ocupan el terreno de la Asamblea. Sin duda, debemos deplorar los errores, equivocaciones y caídas. Le hemos dado demasiada ocasión al adversario con nuestros desatinos e inconsecuencias. Hemos sido una pobre epístola borrosa, un testimonio débil y languideciente, una luz vacilante. Por todo ello tenemos que estar profundamente humillados delante de nuestro Dios. Nada podría ser más indigno para nosotros que la pretensión de arrogamos orgu­llosamente títulos pomposos y derechos eclesiásticos altiso­nantes. Nuestro lugar está en el polvo. Sí, amados hermanos, el lugar de la confesión y del juicio propio nos conviene en la presencia de Dios.

 

No obstante, no debemos abandonar la gloriosa verdad de la Asamblea porque hayamos fracasado tan vergonzosamente en llevarla a cabo; no debemos juzgar la verdad por lo que hemos mostrado de ella, sino que debemos juzgar nuestro comportamiento por medio de la verdad.

 

Una cosa es ocupar el terreno según Dios, y otra conducirnos apropiadamente en ese terreno; y mientras que es perfecta­mente legítimo juzgar nuestras prácticas por nuestros prin­cipios, no obstante la verdad es la verdad para todo ello, y podemos estar seguros de que el diablo aborrece la verdad de la Asamblea. Un mero puñado de gente humilde, reunida en el Nombre de Jesús para partir el pan, es una espina en el costado para el diablo. Es cierto que tal asamblea excita la ira de los hombres, por cuanto echa por la borda su oficio y autoridad, lo cual no pueden soportar. Sin embargo, creemos que la raíz de todo el asunto se halla en el odio de Satanás por el testimonio especial que la Asamblea da acerca de la plena suficiencia del Nombre de Jesús para responder a todas las necesidades posibles de la Asamblea de Dios.   

 

Este es un testimonio verdaderamente noble, y nosotros anhelamos con ardor verlo más fielmente manifestado. Podemos contar con una violenta oposición. Ocurrirá con nos­otros como con los cautivos que regresaron en los días de Esdras y Nehemías. Podemos esperar que encontraremos muchos Rehum y muchos Sanbalat. Nehemías pudo haberido a cualquier lugar del mundo entero a construir un muro que no fuese el de Jerusalén, y Sanbalat nunca lo habría molestado. Pero reconstruir el muro de Jerusalén era una ofensa imperdonable. ¿Por qué? Justamente porque Jerusalén era el centro terrenal de Dios, alrededor del cual él quiere todavía reunir las restauradas tribus de Israel. Este era el secreto de la oposición del enemigo. Y nótese su afectado desprecio: "Lo que ellos edifican del muro de piedra, si subiere una zorra lo derribará" (Nehemías 4:3). Y, sin embargo, Sanbalat y sus aliados no fueron capaces de derribarlo. Ellos podrían haber hecho cesar la obra a causa de la falta de fe y energía de los judíos; pero no habrían podido                derribarlo una vez que Dios lo hubiera levantado. ¡Qué parecido con el momento actual! Seguramente no hay nada nuevo bajo el sol. Hoy también existe un afectado desprecio, pero, además, una real alarma. Si aquellos que se reúnen en el Nombre de Jesús tuviesen solamente un corazón más fiel a su bendito centro, ¡qué testimonio darían! ¡Qué poder! ¡Qué victoria!

 

¡Con qué fuerza llamaría la atención a su alrededor! "Donde están dos o tres congregados en mi nombre, allí estoy yo". No hay nada semejante bajo el sol, por débil y despreciable que sea. El Señor sea loado por levantar semejante testimonio para sí en estos últimos días. ¡Quiera Él incrementar grande­mente la eficacia del mismo por el poder del Espíritu Santo!

 

3.- El poder por el que se reúne la Asamblea.

 

Enfoquemos ahora nuestro tercer punto, a saber: cuál es el poder por el que se reúne la Asamblea. Aquí también el hom­bre y su acción son puestos a un lado. No es la voluntad del hombre la que elige, ni su razón la que descubre, ni su juicio el que prescribe, ni su conciencia la que exige: es el Espíritu Santo el que reúne a las almas en torno a Jesús. Como Jesús es el único centro, así también el Espíritu Santo es el único poder que congrega. El uno es tan independiente del hombre como el otro. Ocurre "donde están dos o tres congregados". No dice “donde dos o tres se encuentran”. Las per­sonas pueden encontrarse alrededor de un centro, en un terreno, por una influencia cualquiera, y meramente formar un club, una sociedad, una asociación, una comunidad. Pero el Espíritu Santo congrega a las almas hacia Jesús, en el terreno de la salvación; y dondequiera que ello tenga lugar, eso es la Asamblea. Puede no abarcar a todos los san­tos de Dios de la localidad, pero ella está realmente en el terreno de la Asamblea, y nada más lo está. Puede consistir solamente de "dos o tres", y puede haber centenares de cristianos en los diversos sistemas religiosos que les rodean; con todo, los "dos o tres" estarían en el terreno de la Asamblea.    

 

Esta es una verdad muy sencilla. Una alma, guiada por el Espíritu Santo, se reunirá solo hacia el Nombre de Jesús; y si nosotros nos reunimos hacia cualquier otra cosa, sea hacia  algún punto de la verdad, o de alguna ordenanza, en ese aspecto no somos guiados por el Espíritu Santo. No es cuestión de vida o de salvación. Miles son salvos por Cristo sin  que por eso le reconozcan como su Centro. Ellos se reúnen alrededor de alguna forma de gobierno eclesiástico, alrededor de alguna doctrina favorita, de alguna ordenanza especial, de algún  hombre dotado. El Espíritu Santo jamás congregará en torno a alguien ó a alguna cosa. Él solo congrega alrededor de un Cristo resucitado. Esto es verdad respecto de toda la Asamblea en la tierra; y cada asamblea local, donde  quiera se reúna, debería ser la expresión de la Iglesia en su totalidad.                                                                                           

 

Ahora bien, el poder de la Asamblea dependerá muchísimo de la medida en la cual cada miembro del cuerpo de ella esté reunido con corazón íntegro en torno al Nombre de Jesús. Si me uno a un partido enarbolando opiniones particulares, si soy atraído por las personas o por la enseñanza, si, en una  palabra, no es el poder del Espíritu Santo el que me guía hacia  el verdadero centro de la Asamblea, solo resultaré un obstáculo, una carga, una causa de debilidad. Yo sería para la Asamblea lo que un apagador es para una vela, y, en lugar de contribuir a la iluminación y a la utilidad general, haría pre­cisamente lo contrario.

 

Todo esto es profundamente práctico y debería ejercitar nues­tros corazones y conducirnos al juicio de nosotros mismos con respecto a lo que nos ha atraído a la Asamblea y con rela­ción a nuestro andar en medio de ella. Estamos completamente persuadidos de que el carácter y el testimonio de la Asamblea han sido grandemente debilitados por la presencia de personas que no entienden su posición. Algunas concu­rren a ella porque reciben enseñanzas y bendiciones que no pueden recibir en ningún otro lado. Algunas se allegan porque gustan de la simplicidad del culto. Otras lo hacen buscando amor. Ninguna de estas cosas está a la altura de nuestro Cen­tro de reunión. Debemos estar en la Asamblea sencillamente porque el Nombre de Jesús es el único estandarte elevado allí y porque el Espíritu Santo nos ha "congregado" en torno a él.

 

Sin duda, el ministerio es muy precioso, y nosotros lo tendre­mos, con mayor o menor poder, donde todo esté bien ordenado. Así también, con respecto a la simplicidad del culto, estamos seguros de ser sencillos y veraces cuando la presencia divina es sentida, la soberanía del Espíritu Santo plenamente reconocida y uno se somete a ella. Con relación al amor, si allí lo vamos a buscar, seguramente nos sentiremos desilu­sionados; pero si somos capaces de cultivarlo y manifestarlo, podemos estar seguros de recibir bastante más de lo que esperamos o merecemos. Generalmente se encontrará que aquellas personas que se quejan constantemente de falta de amor en los demás, ellas mismas carecen de él;y, por otro lado, aquellos que andan realmente con amor le dirán que ellos reciben diez mil veces más de lo que merecen. Recordemos que la mejor manera de sacar agua de una bomba seca es echando un poco de agua en ella. Ud. puede darle a la bomba hasta cansarse y luego marcharse contrariado, impaciente, quejándose de esa horrible bomba; en tanto que, si Ud. justamente vierte dentro de ella un poco de agua conseguirá un borbotante chorro de agua que satisfará sus mayores deseos.         

 

Nosotros no podemos formarnos más que una débil idea de   lo que sería la Asamblea si cada uno se dejara guiar por el Espíritu Santo y se reuniera solamente en torno a Jesús. Entonces no tendríamos que quejamos de reuniones muertas, pesadas, sin provecho y fatigosas. No veríamos la intrusión profana y la acción agitada de la naturaleza humana fabricando una oración, hablando por el solo hecho de hablar, indicando un himno para llenar un vacío. Cada uno sabría su lugar en la presencia inmediata del Señor, cada vaso dotado sería llenado, adecuado y utilizado por la mano del Maestro,           cada mirada sería dirigida hacia Jesús, cada corazón estaría dedicado a Él. Si fuese leído un capítulo, sería oído como la voz misma de Dios. Si fuera dicha una palabra, ella hablaría  al corazón. Si fuera ofrecida una oración, esta guiaría a las almas a la misma presencia de Dios. Si fuera cantado un            himno, este elevaría el espíritu hasta Dios y resonaría como las cuerdas del arpa celestial. No tendríamos ningún sermón preparado, ninguna enseñanza o predicación en las oraciones, como si le explicáramos doctrinas a Dios o le dijéramos un conjunto de cosas acerca de nosotros mismos, ninguna ora­ción por nuestro prójimo, o petición de todo tipo de gracias para él de las cuales nosotros mismos estamos lamentable­mente desprovistos, ningún cántico por amor a la música o que turbe nuestra tranquilidad si la armonía nos preocupa. Todas estas miserias serían evitadas. Nos sentiríamos en el mismo santuario de Dios y disfrutaríamos de un goce anticipado de aquel momento en que adoraremos en los atrios celestiales, de los cuales no saldremos más. Puede ser que se nos pregunte: “¿Dónde encontrará Ud. todo esto aquí abajo?”. ¡Ah! esta es la cuestión. Una cosa es presentar un bello ideal sobre el papel y otra realizarlo en medio del error, de la caída y de la flaqueza. Merced a la gracia, algunos de nosotros hemos probado, a veces, un poco de esta bendición. Hemos gozado, ocasionalmente, momentos celestiales en la tierra. ¡Ojalá podamos tenerlos más! Quiera el Señor, en su gran misericordia, elevar el carácter de la Asamblea en todo lugar! ¡Quiera él aumentar grandemente nuestra capa­cidad para gustar una comunión más profunda y un culto más espiritual! ¡Quiera él también capacitamos para caminar así, en la vida privada de cada día, juzgándonos a nosotros y a nuestra marcha, en su santa presencia, para que, al menos, no resultemos una masa de plomo o un detrimento para la Asamblea!

 

Y luego, aun cuando tal vez seamos capaces de llegar prácticamente a la verdadera noción de lo que es la Asamblea, no nos contentemos con algo menos. Aspiremos sin vacilación a alcanzar el nivel más elevado, y pidamos ardientemente que podamos lograrlo. Con respecto al terreno de la Asamblea, debemos asirnos a él con celosa tenacidad y nunca avenirnos a ocupar, ni por un instante, cualquier otro. Con respecto al tono y carácter de la Asamblea, ellos pueden variar y variarán inmensamente, lo que dependerá de la fe y espiritualidad de aquéllos que están reunidos. Cuando se sienta que ese tono está bajo, cuando se sienta que las reuniones no son provechosas, cuando frecuentemente se digan y se hagan cosas que los hermanos espirituales sientan que están totalmente fuera de lugar, que todos aquellos que lo sientan esperen en Dios, esperen continuamente, esperen con fe, y él, con toda segu­ridad, escuchará y responderá. De este modo, las mismas pruebas y ejercicios que son peculiares de la Asamblea, tendrán el feliz efecto de impulsarnos tanto más hacia él, y así del devorador saldrá comida, y del fuerte saldrá dul­zura (Jueces 14:14). Podemos contar con que tendremos pruebas y dificultades en la Asamblea, justamente porque es la genuina y única cosa divina en esta tierra. El diablo reali­zará todos los esfuerzos para apartarnos de aquel santo y ver­dadero terreno. Él irritará la paciencia, el temperamento, herirá el amor propio, causará ofensas de mil maneras, hará cualquier cosa para hacernos olvidar de la Asamblea.

 

Es bueno que recordemos esto. Nosotros solo podemos mantenernos en el terreno divino por la fe. Esto caracteriza a la Asamblea y la distingue de todo sistema humano. Ud. no puede situarse allí más que por la fe. Y, además, si Ud. quiere ser alguien, si está procurando una posición, si quiere exaltarse a sí mismo, no es necesario que piense en la Asam­blea. Ud. encontrará pronto su nivel allí, con tal que sea, en cualquier medida, el que deba ser. Una grandeza terrenal o mundana, de cualquier forma, jamás será tomada en cuenta en la Asamblea. La presencia divina desluce todo lo que tiene esta naturaleza y arrasa todas las pretensiones humanas. Finalmente, Ud. no puede continuar andando en la Asamblea si está viviendo en pecado secreto. La presencia divina no le satisfará. ¿No hemos experimentado con fre­cuencia en la asamblea un sentimiento de incomodidad cau­sado por la reminiscencia de muchas cosas que habían escapado a nuestra consideración durante la semana? Malos pensamientos, palabras alocadas, comportamientos poco o nada espirituales, ¡todas estas cosas se amontonan en la mente y ejercitan la conciencia en la Asamblea! ¿Por qué ocu­rre esto? Porque la atmósfera de la Asamblea es más tónica que aquella que hemos estado respirando durante la semana. No hemos estado en la presencia de Dios en nuestra vida pri­vada. No nos hemos juzgado a nosotros mismos; y de ahí que, cuando tomamos nuestro lugar en una asamblea espiri­tual, nuestros corazones son descubiertos, nuestros caminos son expuestos a la luz; y ese ejercicio que debió haber ocu­rrido en privado —incluso el ejercicio tan necesario de juzgar­nos a nosotros mismos— debe ocurrir cuando estamos a la Mesa del Señor. Este es un pobre y miserable trabajo para nosotros, pero prueba el poder de la presencia de Dios en la Asamblea. Es preciso que el estado de cosas esté miserable­mente bajo en la Asamblea para que los corazones no sean así descubiertos y manifestados. Es una admirable evidencia de poder espiritual en la Asamblea cuando personas sin prin­cipios, descuidadas, carnales, mundanas, ambiciosas, amantes del dinero y sin conciencia son repelidas por la propia intensidad de la atmósfera divina. La Asamblea no eslugar para tales personas. Ellas pueden respirar más libremente fuera.

 

No podemos menos que juzgar a aquellas multitudes que se han apartado del terreno de la Asamblea porque su andar práctico no estaba de acuerdo con la pureza del lugar. Sin duda que es fácil, en todos los casos semejantes, encontrar una excusa para la conducta de aquellos que son dejados atrás. Pero si en todos los casos las raíces de los hechos fuesen puestas al desnudo, encontraríamos que muchos dejan la Asamblea por causa de su incapacidad o aversión a soportar la luz escrutadora. "Tus testimonios son muy firmes; la san­tidad conviene a tu casa, oh Jehová, por los siglos y para siem­pre" (Salmo 93:5). El mal debe ser juzgado, pues Dios no puede aprobarlo. Si una asamblea lo tolera, no es para nada la Asamblea según el corazón de Dios aunque esté compuesta de cristianos, como decimos. Pretender ser una asamblea y no juz­gar falsas doctrinas y malos caminos, implicaría la blasfemia de decir que Dios y la iniquidad pueden habitar juntos. La Asamblea debe guardarse pura a sí misma porque ella es el lugar donde él mora. Los hombres pueden consentir el mal y llamar a esta actitud liberalidad y magnanimidad; pero la casa de Dios debe conservarse pura a sí misma. Que esta gran verdad práctica penetre profundamente en nuestros corazones y produzca su influencia santificadora sobre nues­tro curso y nuestro carácter.

 

4.- La autoridad según la que se reúne la Asamblea.

 

Pocas palabras serán suficientes para manifestar, en último término, “la autoridad” conforme a la cual se reúne la Asam­blea. Esa autoridad es la Palabra de Dios solamente. El estatuto de la Asamblea es la eterna Palabra del Dios vivo y verdadero. No lo son las tradiciones, ni las doctrinas, ni los mandamientos de los hombres. Un pasaje de la Escritura al cual nos hemos referido más de una vez, en el curso de este escrito, contiene, simultáneamente, el estandarte alrededor del cual se reúne la Asamblea, el poder por el cual se reúne y la autoridad según la cual está reunida: "el Nombre de Jesús", "el Espíritu Santo" y "la Palabra de Dios".

 

Ahora bien, estos tres elementos son los mismos en todo el mundo. Sea que se vaya a Nueva Zelanda, a Australia, al Canadá, a Londres, a París, a Edinburgo o a Dúblin, el centro, el poder que reúne y la autoridad son una misma cosa. No podemos reconocer otro centro más que Cristo, ninguna otra energía que congregue además del Espíritu Santo, ninguna otra autoridad que no sea la Palabra de Dios, ninguna otra característica salvo la santidad de vida y la pureza de la doc­trina.

 

Tal es la Asamblea, y no podemos reconocer ninguna otra. Podemos reconocer a los santos de Dios, amarlos y honrarlos como tales, dondequiera que los encontremos; pero a los sistemas humanos los consideramos deshonrosos para Cristo y hostiles al verdadero interés de los santos de Dios. Anhelamos ver a todos los cristianos en el verdadero terreno de la Asamblea. Creemos que este debe ser el lugar de real bendición y de testimonio eficaz. Creemos que hay un carácter de testimonio producido por la Asamblea que no podría existir si la Asamblea estuviera dividida y cada miembro fuese un Whitefield por su poder evangelizador. Decimos esto sin desmedro de la obra evangelizadora. Dios no lo permita. Qui­siéramos que todos fuesen Whitefield. Pero no podemos cerrar nuestros ojos al hecho de que muchos menosprecian con frecuencia la Asamblea bajo el pretexto de salir a evan­gelizar; y cuando rastreamos sus pasos y examinamos los resultados de su obra, encontramos que no tienen ninguna provisión para las almas que fueron convertidas por su inter­medio. Parece que no supieran qué hacer con ellas. Extraen piedras de la cantera, pero no las ensamblan para hacer con ellas un edificio. Por consecuencia, las almas son dispersadas acá y allá, algunas siguen un curso inconstante, otras viven en el aislamiento, todas extraviadas con relación al verdadero terreno de la Iglesia.

 

Ahora bien, nosotros creemos que todas estas personas encontrarían su lugar en la Asamblea. Deberían ser agregadas a la Asamblea para tener "comunión en el partimiento del pan y en la oración". Deberían "reunirse el primer día de la semana, para partir el pan", pendientes del Señor Jesús para que él las edificase por boca de quien él lo deseara. Esta es la senda sencilla, la idea normal, divina, la que tal vez exija más fe para ser realizada, a causa de las numerosas sec­tas que actualmente están en conflicto, pero, sin embargo, es el camino simple y verdadero con respecto a la congregación.

 
   

 

Prevemos, por supuesto, que todo esto será tildado de proselitismo, prejuicio y espíritu partidista por aquellos que parecen considerar como el más elevado ideal de liberalidad cristiana y magnanimidad hacia el cristianismo poder decir: “Yo no pertenezco a nada”. ¡Extraña y anómala posición! Se reduce simplemente a esto: es alguien que profesa el nihilismos (*8) con el objeto de eludir toda responsabilidad e ir con todos y con todo. Esta es una senda muy fácil para la natura­leza —particularmente la afable—, pero veremos lo que resul­tará de ella en el día del Señor. Por ahora la consideramos como una positiva infidelidad a Cristo, de la cual quiera el buen Señor liberar a su pueblo. La asamblea es un organismo.

 

(*8)N. del T: Negación de toda creencia. No ser de nada.

 

Pero ninguno se imagine que nosotros querríamos así señalar oposición entre el evangelista y la Asamblea. Nada está más lejos de nuestros pensamientos. El evangelista debería salir del seno de la Asamblea en plena comunión con ella; debería trabajar no solo para reunir las almas en torno a Cristo, sino también para llevarlas a la Asamblea, en la cual los pastores dotados por Dios las instruirían. No tenemos el menor deseo de cortarle las alas al evangelista sino tan solo de guiar sus movimientos. Estamos maldispuestos para ver una auténtica energía espiritual derrochada en un servicio incierto o incompleto. Sin duda, es un gran resultado traer almas a Cristo. La unión de una alma con Cristo es un trabajo hecho para siempre. Pero los corderos y las ovejas ¿no deben estar reunidos y cuidados? ¿Alguien puede estar satisfecho de adquirir ovejas y luego dejarlas errar por donde ellas quieran? Seguramente que no. Pero ¿dónde deberían estar reunidas las ovejas de Cristo? ¿En los corrales dispuestos por el hombre o en la Asamblea? En la última, incuestionablemente, pues ella, aunque sea débil, despreciada, denigrada y maldecida, es el lugar apropiado para todos los corderos y ovejas del rebaño de Cristo.

 

Aquí, sin embargo, habrá responsabilidad, cuidado, ansiedad, trabajo, una constante necesidad de vigilancia y oración, todo lo que la carne y la sangre querrían evitar en lo posible. Hay algo muy agradable y atractivo en la idea de ir por todo el mundo como evangelista, teniendo a miles pendientes de sus labios y a centenares de almas como sellos de su minis­terio; pero ¿qué deberá hacerse con esas almas? Mostrarles por todos los medios que su verdadero lugar está en la Asamblea, en la cual, a pesar de la ruina y apostasía del cuerpo profesante, ellas pueden gozar de la comunión espiritual, del culto y del ministerio. Ello implicará muchas pruebas y ejercicios penosos. Esto fue así en los tiempos apostólicos. Aquellos que realmente cuidaban del rebaño de Cristo tenían que derramar muchas lágrimas, hacer subir oraciones fervientes, pasar noches en vela. Pero también, con todo ello, gustaron la dulzura de la comunión con el Pastor principal; y, cuando él aparezca, aquellas lágrimas, oraciones y desvelos serán recordados y recompensados; mientras que los falsos pastores que, sin compasión, solo toman el báculo pastoral para usarlo como un instrumento de crueldad contra las ovejas y de vergonzosa ganancia, ten­drán sus rostros cubiertos con eterna confusión.

 

Podríamos concluir aquí si no fuera porque estamos ansiosos por responder a tres preguntas que podrían acudir a la mente del lector.

 

En primer lugar, se nos puede preguntar: “Dónde podemos encontrar lo que Ud. llama “la Asamblea”, desde los días de los apóstoles hasta el siglo XIX (*9)? Y ¿dónde la pode­mos hallar ahora?”. Nuestra respuesta es sencillamente esta: Tanto entonces como ahora, encontramos la Asamblea en las páginas del Nuevo Testamento. Poco importa para nosotros que Neander, Mosheim, Milner y otros nume­rosos historiadores eclesiásticos no hayan advertido, en sus interesantes investigaciones, ni trazas de la verdadera noción de la Asamblea desde el final de la era apostólica hasta el principio del corriente siglo. Es muy posible que haya habido, aquí y allá, entre las densas tinieblas de la Edad Media, "dos o tres" realmente reunidos en el Nombre de Jesús; o, al menos, que suspiraran tras esa verdad. Pero, de cualquier manera, esta verdad permanece completamente intacta. No edificamos sobre los documentos de los historia­dores, sino sobre la infalible verdad de la Palabra de Dios; por eso, aunque pudiera probarse que por dieciocho siglos no hubo siquiera "dos o tres" reunidos en el Nombre de Jesús, ello no afectaría en absoluto la cuestión, la cual no es: ¿Qué dice la historia de la Iglesia? sino: ¿Qué dice la Escri­tura?

 

(*9) N. del T.: Tómese el siglo XIX como un hito en la historia de la Iglesia, el que marca el período del «Despertar», en el cual fueron desenterradas verdades respecto de la Iglesia que habían permanecido olvidadas desde la época apostólica hasta entonces.

 

Si hubiera alguna fuerza en el argumento fundado sobre la historia, se aplicaría, igualmente, a la preciosa institución de la Cena del Señor. En efecto, ¿qué sucedió con esa ordenanza por más de mil años? Fue despojada de uno de sus grandes elementos, velada en una lengua muerta, enterrada en una tumba de superstición e intitulada: “Un sacrificio incruento por los pecados de los vivos y de los muertos”. Y aun cuando, en el tiempo de la Reforma, se le permitió nuevamente a la Biblia que hablase a la conciencia del hombre y difundiera su viva luz sobre el sepulcro en el cual yacía la Eucaristía, ¿qué fue lo que se vio? ¿Bajo qué forma aparece ante nosotros la Cena del Señor en la Iglesia Luterana? Bajo la forma de consubstanciación. Lutero negó que el pan y el vino fuesen cam­biados en el cuerpo y la sangre de Cristo, pero sostuvo —y ello, además, en feroz e inflexible oposición a los teólogos suizos— que había una presencia misteriosa de Cristo con el pan y el vino.

 
 

 

 

Pues bien, ¿no deberíamos celebrar la Cena del Señor, en medio de nosotros, según la orden consignada en el Nuevo Testamento? ¿Deberíamos adherirnos al sacrificio de la misa, o a la consubstanciación, porque la verdadera noción de la Eucaristía parece haber estado perdida para la Iglesia profesante durante tantos siglos? Seguramente que no. ¿Qué debemos hacer? Tomar el Nuevo Testamento y ver lo que dice al respecto, inclinarnos con reverente sumisión ante su autori­dad, aderezar la Mesa del Señor en su divina sencillez y celebrar la fiesta según la orden dada por nuestro Amo y Señor, quien dijo a sus discípulos,. y por consecuencia a nosotros: "Haced esto en memoria de mí".

 

Pero también se nos puede preguntar: “¿No es más que inútil procurar realizar la verdadera noción de la Asamblea, viendo que la Iglesia profesante está en una ruina tan com­pleta?”. Respondemos preguntando: ¿Debemos ser desobe­dientes porque la Iglesia profesante esté en ruinas? ¿Debemos continuar en el error porque la dispensación ha fracasado? Seguro que no. Reconocemos la ruina, nos condolemos por ella, la confesamos, tomamos nuestra parte en ella y en sus tristes con­secuencias, procuramos caminar silenciosa y humildemente en medio de ella, reconociendo que nosotros mismos somos muy infieles e indignos. Pero, aunque nosotros hayamos fra­casado, Cristo no ha fracasado. Él permanece fiel; él no puede negarse a sí mismo. Él prometió estar con los suyos hasta el fin del siglo. La promesa formulada en Mateo 18:20 es tan segura hoy en día como hace casi 2.000 años atrás. "Sea Dios veraz y todo hombre mentiroso" (Romanos 3:4). Rechaza­mos completamente la idea de que los hombres se pongan a crear iglesias o se consideren con derecho a ordenar minis­tros. La consideramos como pura pretensión, enteramente desnuda de autoridad bíblica. Es la obra de Dios reunir una Iglesia y suscitar ministros. No nos atañe constituirnos en iglesia y ordenar funcionarios. Sin duda, el Señor es muy misericordioso y está lleno de compasión. Él soporta nuestra debilidad y gobierna nuestros errores y, si nuestro corazón le es fiel, aun en la ignorancia, él no dejará de conducirnos a una luz superior.

 

Pero no debemos usar la gracia de Dios como pretexto para actuar de un modo contrario a la Escritura, como tampoco debemos servirnos de la ruina de la Iglesia como excusa para aprobar el error. Tenemos que confesar la ruina, contar con la gracia y actuar con sencilla obediencia a la Palabra del Señor. Tal es la senda de bendición en todas las épocas. Los fieles del remanente, en los días de Esdras, no pretendían el poder y el esplendor de los días de Salomón, sino que obedecieron la Palabra del Señor de Salomón y su obra fue abun­dantemente bendecida. Ellos no dijeron: “Las cosas están en ruinas y, por consiguiente, más vale permanecer en Babilonia y no hacer nada”. No, ellos confesaron sencillamente sus propios pecados y los del pueblo, y contaron con Dios. Esto es precisamente lo que debemos hacer. Debemos reconocer la decadencia y contar con Dios.

 

Finalmente, si se nos preguntase: “¿Dónde está la Asamblea actualmente?”, responderíamos: Donde dos o tres están congregados en el Nombre de Jesús. Esta es la Asam­blea. Y nótese con cuidado que, a fin de obtener resultados divinos, es preciso estar en las condiciones divinas. Pretender aquellos resultados sin estar en estas condiciones, es solo una vana ilusión. Si no estamos realmente congrega­dos en el Nombre de Jesús, no tenemos ningún derecho a esperar que él esté en medio de nosotros; y si él no está en medio de nosotros, nuestra asamblea será un asunto de poco valor. Pero es nuestro feliz privilegio estar congregados de tal manera que podamos gozar de su bendita presencia entre nosotros, y, teniéndolo a él, no necesitamos establecer a un pobre mortal para que nos dirija. Cristo es Señor de su propia casa; que ningún mortal se atreva a usurpar su lugar. Cuando la Asamblea se reúne para las reuniones, Dios dirige en medio de ellas, y, si él es plenamente reconocido, la corriente de la comunión, de la adoración y de la edificación fluirá sin agita­ción, sin trabas y sin desvíos (*10). Todo estará en armonía. Pero, si se permite que la carne actúe, el Espíritu será contristado y apagado, y todo se echará a perder. La carne debe ser juz­gada en la Asamblea, lo mismo que debería serlo en nuestro andar individual de cada día. Debemos recordar tam­bién que los errores y faltas de la Asamblea no son argumen­tos válidos contra la verdad de la Presencia Divina allí, como tampoco lo son nuestros errores y faltas individuales para ser usados contra la verdad bíblica de la morada del Espíritu Santo en el creyente.

 

(*10) N. del A.: Hay una diferencia muy importante entre las reuniones regulares de la asamblea y otras reuniones especiales, convocadas por hermanos individualmente. En estos últimos casos, el evangelista o el maestro, el predicador o el que enseña, sirve con su capacidad indi­vidual, siendo responsable ante su Señor. Poco importa que esas reu­niones tengan lugar en las salas habitualmente ocupadas por la asamblea o en otro lugar. Los que forman parte de la asamblea pue­den estar presentes o no, según se sientan dispuestos. Pero cuando la asamblea como tal se reúne para la adoración, la edificación o la oración, si ocurriera que un hombre, por dotado que fuese, se atri­buyera un lugar distinto del de hermano, eso sería apagar al Espíritu.

 

Alguno puede decir: “¿Sois vosotros, pues, el pueblo de Dios?”. La pregunta no es: “¿Somos nosotros el pueblo de Dios?”, sino: “Estamos en el terreno divino?”. Si no lo esta­mos, cuanto antes abandonemos nuestra posición será mejor. Que hay un terreno divino, a pesar de toda la oscuridad y confusión, difícilmente será negado. Dios no ha dejado a su pueblo expuesto a la necesidad de permanecer en conexión con el error y el mal. Y ¿cómo podemos saber si estamos o no en el terreno divino? Sencillamente por la Palabra divina. Probemos honesta y seriamente, mediante la confrontación con la Escritura, todo aquello con lo cual nos hallamos liga­dos, y, si no puede soportar la prueba, abandonémoslo de inmediato. Sí, inmediatamente. Si nos detenemos para razo­nar o para pesar las consecuencias, seguramente equivocare­mos nuestro camino. Deténgase Ud., ciertamente, para cerciorarse de cuál es el pensamiento del Señor, pero nunca para argumentar una vez que se ha cerciorado de él. El Señor nunca da luz para dar dos pasos a la vez. Él nos da luz y, cuando obramos en consecuencia, nos da más. "La senda de los justos es como la luz de la aurora, que va en aumento hasta que el día es perfecto" (Proverbios 4:18). ¡Preciosa divisa, alentadora para el alma! La luz "va en aumento". No hay ninguna detención, ningún alto, ningún descanso en su logro. Ella "va en aumento" hasta que seamos introducidos en la cabal esfera de luz del perfecto día de gloria.

 

Lector, ¿está Ud. en este divino terreno? Si es así, aférrese a él con toda su alma. ¿Está Ud. en esta senda? Si es así, avance con todas las energías de su ser moral. Nunca se contente con algo inferior a lo que es Su morada en Ud. y a la conciencia de su cercanía respecto de él. No permita que Satanás le despoje de su propia porción al inducirle a quedarse en lo que no es más que un mero nombre. Que él no le tiente hasta el punto de hacerle tomar su ostensible posición por su real condición. Cultive la comunión íntima, la oración personal, el constante juicio de sí mismo. Esté alerta contra toda forma de orgullo espiritual. Cultive la humildad, la mansedumbre, el quebrantamiento de espíritu, la sensibilidad de conciencia en su propio andar privado. Procure combinar la gracia más dulce hacia los demás con el coraje de un león cuando se trate de la verdad. Entonces será Ud. una bendición para la Asam­blea y un testigo eficaz de la plena suficiencia del Nombre de Jesús.

 

C. H. Mackintosh