LA IGLESIA O ASAMBLEA

Cuando decimos “Israel”, claramente entendemos que se trata del pueblo terrenal de Dios que desciende de Jacob (Génesis 32:27-28; 35:10). Aquel pueblo que Dios escogió de entre las naciones (Deuteronomio 7:6-8), y con el cual estableció y establecerá pactos (Romanos 9:4; Jeremías 31). Cuando decimos “gentiles”, entendemos bien que se trata de todas las naciones que no son Israel, ni son sujetos de los pactos divinos. Mas cuando hablamos de “la Iglesia”, tenemos que reconocer con humillación, que a causa de la confusión y ruina actual, aun los mismos creyentes de esta dispensación no tienen claro de qué se trata, confunden el sentido del término, o le dan un significado totalmente erróneo y contrario a las Escrituras. Es verdaderamente asombroso tener que decir que estamos en el tiempo en que la Iglesia se halla presente aquí abajo, y que justamente el concepto de “Iglesia” o “Asamblea” es uno de los que más ha sido vaciado de su contenido y genuino significado, para darle otros totalmente extraños. Y aun es más triste tener que admitir, que han sido y son los mismos creyentes de esta era de la Iglesia, los que más han hecho para generar tal confusión y tergiversar el genuino sentido de este divino concepto. Lo cierto es que según las Escrituras divinamente inspiradas, el Espíritu Santo ha otorgado un significado especial a la palabra “Iglesia”, mas el hombre se ha obstinado en cambiarlo e incluso darle otros totalmente distintos. Insistamos que aun los mismos creyentes, en su hablar regular, se refieren a ella como algo absolutamente ajeno al sentido que le da la Palabra de Dios.

Preguntémonos. ¿Qué se dice diariamente por los más diversos medios, y qué dicen aun los mismos creyentes respecto de la Iglesia? ¿Qué significado atribuyen a esta palabra? Es común oír que alguien llame “iglesia” a una determinada construcción edilicia, generalmente de amplias dimensiones y destinada a alguna forma de culto cristiano; pero jamás leemos en las Escrituras que el Espíritu Santo llame “iglesia” a tal cosa. Es común oír que se llame “iglesia” a un determinado salón, donde se reúnen creyentes o personas que se identifican como cristianos; pero jamás leemos en las Escrituras que el Espíritu Santo llame “iglesia” a un local de reunión cualquiera y a sus concurrentes. Es común oír que alguien llame “iglesia” a un determinado grupo de cristianos asociados a una determinada organización o denominación. Y en tal sentido, se une a la palabra “iglesia” el nombre de una denominación cualquiera, o el nombre de todo un amplio sistema de la cristiandad profesante. Por ejemplo: “Iglesia Pentecostal”, “Iglesia Metodista”, “Iglesia Bautista”, “Iglesia Católica Romana”, etc., etc., etc. Mas el Espíritu Santo en las Escrituras, jamás utiliza tales expresiones cuando habla de la “Iglesia”, ni asocia el concepto de “Iglesia” con las denominaciones o grandes sistemas religiosos que hoy conocemos. La Palabra de Dios jamás llama “Iglesia” a una denominación o sistema religioso, pues siempre conforman una secta (una parte de la cristiandad) (*1) . .

 

(*1) Aclaremos aquí, que llamamos “secta” a cualquier organización cristiana que no tiene presente la verdad y el testimonio de la unidad del Cuerpo de Cristo. Una secta considera como “la iglesia”, a un determinado sector o parte de la cristiandad.

 

En fin, para decirlo breve y claramente, en las Escrituras nunca se llama “Iglesia” a un local o edificación, ni a una denominación o sistema religioso cristiano cualquiera. Cuando hacemos esto, estamos aportando nuestra cuota de iniquidad en el vaciamiento del solemne significado que supone la palabra “Iglesia” o “Asamblea” según Dios nos lo da en las Escrituras. A menudo oímos a ciertas jerarquías religiosas y creyentes, hablar y referirse a la “Iglesia” privándole de su significado escritural. De esta manera, estamos rebajando un noble concepto divino al nivel de la iniquidad humana y del error doctrinal introducido por el hombre. No estamos autorizados a llenar nuestra boca con tan noble palabra, si es que no lo hacemos en el sentido mismo que lo hace la Escritura. Y estamos completamente convencidos que justamente la ausencia de claridad respecto de este concepto, ha impulsado a que muchos creyentes conciban el denominacionalismo y sectarismo actual, como algo normal, lógico, y divinamente aprobado; cuando en realidad se trata de una inmensa iniquidad que protagoniza el cristianismo profesante de hoy. Nuestro propósito en este escrito, es presentar el concepto de “Iglesia” según las Escrituras. Y ello, con el franco deseo de que el creyente lo coteje con el uso que él mismo y la cristiandad actual le confieren. Y todo, a fin de que el fiel sea ejercitado en cuanto a la inmensa verdad que tal concepto supone según la Palabra de Dios.

Al iniciar este tema, debemos hacer una oportuna aclaración. En las Escrituras la palabra “iglesia” posee un significado general o un sentido amplio, que se relaciona con el uso vulgar del término en su idioma de origen. Pero también tenemos un sentido más restringido, que define una verdad muy especial de acuerdo al contenido doctrinal que la misma Palabra de Dios le confiere. Es importante aclarar esto, porque en las Escrituras aparece este doble uso que es necesario no confundir.

 

La palabra “Iglesia” proviene del griego (ekklesia), y en su etimología significa llamar fuera o llamamiento afuera. Se utiliza para referirse a una asamblea, congregación o conjunto de personas reunidas, ya formalmente ya de manera espontánea, pero con un cierto propósito o compartiendo cierta característica. Así, en el libro de los Hechos de los Apóstoles, se utiliza en un sentido amplio para hablar de Israel. Esto sucede por ejemplo en Hechos 7:38. Allí se dice que Moisés “estuvo en la congregación (ekklesia) en el desierto...”. En otras ocasiones, el libro de Hechos llama iglesia a unaasamblea gentil. Por ejemplo Hechos 19:32,39,41. En Hechos 19: 39 se aplica a una asamblea que legítimamente puede peticionar ante los gobernantes (“en legítima asamblea”); en Hechos 19:32 y 41 se hace alusión a una asamblea espontánea (“la concurrencia estaba confusa”;“despidió la asamblea”). Indudablemente, en ninguna de estas referencias encontramos a la Iglesia en relación a los redimidos de esta era cristiana. Estos son sentidos amplios del término, que no se aplican estrictamente a lo que conocemos como Iglesia o Asamblea de Dios.

 

Existen aun otros sentidos en que la palabra iglesia, asamblea, o congregación, es utilizada en las Escrituras, y ello para referirse a una asamblea o conjunto de personas que no tienen que ver exclusivamente con los creyentes cristianos o redimidos de este tiempo. Nos referimos al uso que se le da en Hebreos 2:12 y Hebreos 12:23. En el primer caso, la palabra traducida por congregación es en los manuscritos “ekklesia”: “En medio de la congregación te alabaré” (Hebreos 2:12). Este pasaje es una cita del Salmo 22, y estrictamente no se refiere a los creyentes que constituyen la Iglesia de Dios, sino aquel remanente judío del cual el Señor resucitado vino a ser el centro divino. Y si bien es cierto que por Mateo 18:20, entendemos que la Iglesia o Asamblea es congregada según el principio de que Cristo es su centro divino, estrictamente hablando, este texto de Hebreos (cita del Salmo 22) pertenece al tiempo anterior a la venida del Espíritu Santo en Pentecostés (Hechos 2). Por lo tanto, su cumplimiento queda fuera de la actual era de la Iglesia. Siendo Hebreos 2:12 una cita del Salmo 22, y siendo que en el Antiguo Testamento no aparece ni se considera la Iglesia de Dios, es imposible que el mencionado Salmo se refiera a ella. El otro texto de la epístola a los Hebreos que contiene la palabra “ekklesia” y que no se refiere exclusivamente a creyentes cristianos, es Hebreos 12:23: “la congregación (o asamblea) de los primogénitos que están inscritos en los cielos”. Esta expresión incluye a todos los salvos de todos los tiempos cuya vocación es celestial. Incluye principalmente a los santos del tiempo del cristianismo, pero también a otras compañías de salvos cuya vocación es celestial. Recordemos que la epístola a los Hebreos no trata de la Iglesia. Su tema no es la Iglesia sino las verdades, bendiciones y privilegios que corresponden a la posición y condición del creyente en el cristianismo, frente al marcado contraste que ofrece el judaísmo. La epístola a los Hebreos no se define por lo que la Iglesia es en contraste con Israel, sino por lo que el cristianismo es en contraste con el judaísmo. Se trata de los mejores bienes espirituales que existen en el cristianismo, frente a los que un judío podía gozar en su sistema ritual y ceremonial.

Es importante aclarar entonces, que la palabra “iglesia” puede poseer ciertos sentidos ajenos a los que nos interesan en nuestra meditación. Dejamos todos estos sentidos totalmente a un lado, para referirnos exclusivamente al uso más estricto de este término, de acuerdo a lo que los pensamientos divinos definen cuando se hace referencia a los santos de este tiempo. No obstante, digamos que no han sido estas aplicaciones amplias y excepcionales del término lo que ha producido confusión entre los creyentes, sino esa operación del error y la iniquidad del hombre religioso. Hasta aquí, la primera conclusión cierta que tenemos en cuanto a la palabra “iglesia”, es confirmada por su uso amplio y excepcional (como por su uso estricto): siempre se refiere a personas. Siempre se refiere a personas y jamás a sistemas, organizaciones, denominaciones, construcciones, locales, etc. La palabra iglesia en las Escrituras jamás se aplica a cosas inanimadas ni a organizaciones de existencia ideal o jurídica (instituciones, asociaciones, u organizaciones de cualquier clase).

 

Notemos entonces que por lo visto hasta ahora, hemos considerado que por “iglesia” o “asamblea” se entiende un conjunto de personas reunidas bajo ciertas condiciones o identificables por ciertas características comunes. Pero esto en un sentido muy general del término. Ahora nos proponemos dar un paso adelante en el desarrollo del concepto. Para ello, determinaremos límites más precisos de acuerdo a la doctrina que el Espíritu nos da acerca de la Iglesia o Asamblea de Dios. Al respecto, diremos que el concepto que nos ocupa es desarrollado en su forma más íntegra, clara y profunda, en la epístola a los Efesios. Pero antes de llegar ahí, propondremos una idea inicial a fin de dar mejor comprensión al desarrollo que nos ocupa. Nos adelantamos a decir que se trata de un concepto que no abarca a todos los santos de todas las épocas, sino solo a los creyentes que están comprendidos desde el bautismo del Espíritu Santo en Pentecostés (Hechos 2), hasta el rapto o arrebatamiento (1Tesalonicenses 4). Por cierto que la Iglesia o Asamblea supone una determinada congregación de creyentes, pero no de cualquier creyente de cualquier época, sino de aquellos que recibieron el Espíritu Santo en ocasión de descender en Pentecostés, y que siguen siendo bautizados por el Espíritu y unidos al Cuerpo de Cristo; y ello, hasta que se observe el rapto o arrebatamiento. Ocasión, en que el Espíritu Santo también será retirado de aquí abajo como persona divina que mora en la Iglesia (1Corintios 3:16; Efesios 2:21-22; Juan 14:16; 2Tesalonicenses 2:7). Notemos entonces, que la Iglesia surge sobre el fundamento de la redención cumplida por el Hijo de Dios. Es después de la muerte, resurrección y ascensión del Señor a los cielos, que Él envía el Espíritu Santo (Juan 14:15-26). Y justamente el Espíritu morando en este conjunto de santos (santos que vienen a ser un templo místico), supone la idea de la Iglesia o Asamblea. Hay sin duda una estrecha relación entre el Espíritu Santo y la Iglesia. Notemos que ella surge con la venida del Espíritu (Hechos 2), que ella es un templo en donde mora el Espíritu (1Corintios 3:16), y que el Espíritu (como persona que mora en este templo) se irá con ella en el rapto (2Tesalonicenses 2:7).

Si bien hemos dado un concepto que abarca una determinada clase de santos o creyentes, que gozan la presencia del Espíritu Santo como persona estableciendo morada en el conjunto de ellos (una vez consumada la redención), el asunto no queda ahí. Hay muchas otras verdades esenciales que hacen a la idea y concepto de la Iglesia según las Escrituras. Por eso es importante tener presente que cuando se trata de desarrollar un concepto según la Palabra de Dios, necesitamos de especial paciencia. Esto, porque algunas de las grandes verdades divinas son desarrolladas progresivamente, y nunca una sola Escritura contiene todos sus aspectos o elementos. Necesitamos entonces, realizar un progresivo desarrollo de la verdad de la Iglesia o Asamblea a fin de que seamos conducidos a un concepto completo y libre de error. Y en este sentido, tengamos presente que cada libro de la Palabra de Dios que trata sobre una determinada verdad, a menudo no da todos los aspectos de ella sino solo algunos, que son vistos bajo ciertas perspectivas especiales. Como el método divino suele presentarnos una verdad desde diversas perspectivas, es necesario siempre sujetarnos al conjunto de la revelación escritural. Es por eso que, con la ayuda del Señor, intentaremos desarrollar brevemente la verdad de la Iglesia o Asamblea de Dios, conforme al testimonio que nos otorgan numerosos pasajes de la Biblia que a ella se refieren. Y para comenzar, somos absolutos y tajantes en decir que la Iglesia o Asamblea, desde el punto de vista riguroso del término tal como lo hemos definido más arriba, no es un concepto que existiera en el Antiguo Testamento. Ningún libro del Antiguo Testamento trata de ella. El Antiguo Testamento siempre nos habla de Israel y de los gen-tiles. Puede mencionar al Israel salvo y a los gentiles salvos, pero jamás a la Iglesia. Podremos hallar figuras pero nunca a ella misma. Desde que la Iglesia es un misterio que estuvo escondido en Dios desde la eternidad, y que fue dado a conocer por los apóstoles después de la muerte, resurrección y ascensión del Señor, evidentemente es imposible que en el antiguo tiempo se halla hablado de ella (Efesios 3:1-11).

 

De acuerdo al propósito de nuestra meditación, nos ocuparemos especialmente de los pasajes en donde aparece justamente la palabra “Iglesia” o “Asamblea”, y dejaremos de lado aquellos en donde la palabra no ocurre. Solo excepcionalmente citaremos algunas escrituras en donde la Iglesia o Asamblea no se mencione literalmente. Procederemos así, porque los pasajes en que aparece esta palabra son suficientes para darnos su concepto con toda claridad y en toda su extensión.

 

Comencemos por considerar la Iglesia o Asamblea en los evangelios. Al llegar aquí, debemos decir que el Evangelio de Mateo es el único que expresamente se refiere a ella. No obstante, debe aclararse que los evangelios no tienen como propósito divino darnos todo el desarrollo de la verdad, doctrina y principios de la Iglesia o Asamblea de Dios. Solo se habla de ella en un sentido futuro, como algo que se edificaría más adelante.

 

Leamos Mateo 16:15-18: “Vosotros, ¿quién decís que soy yo? Respondiendo Simón Pedro, dijo: Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente. Entonces le respondió Jesús: Bienaventurado eres, Simón, hijo de Jonás, porque no te lo reveló carne ni sangre, sino mi Padre que está en los cielos. Y yo también te digo, que tú eres Pedro, y sobre esta roca edificaré mi iglesia; y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella”. Ante las distintas opiniones quelos hombres tenían en relación a la persona del Señor, Pedro contestó, por revelación divina, reconociéndole como el Cristo, el Hijo del Dios viviente. Es importante considerar esto, porque el concepto de Iglesia aparece por primera vez como algo esencialmente unido a la persona del Señor y a la verdad de lo que Él mismo es. La Iglesiao Asamblea tiene que ver directamente con la persona del Señor, con su gloria como el Hijo de Dios, y con su obra. Él aparece entonces en resurrección (“el Hijo del Dios viviente”), munido de una forma de vida en donde la muerte no puede entrar ni operar. Esta es la base divina de la Iglesia; y estemos absolutamente seguros de que no hay otra, ni pude haber una superior. También notemos que Él mismo Señor dice “edificaré”. La Asamblea es por lo tanto una edificación o construcción divina, levantada por el mismo Hijo de Dios sobre el fundamento de su persona y de su obra (la redención). Una construcción levantada por el Señor uniendo a los redimidos a Él mismo. Por eso leemos que Pedro (“petros”: un pedazo de roca o pequeña roca) será edificado sobre “esta roca” (“petra”: Cristo, la peña amplia y maciza). Pedro no podía ser edificado sobre sí mismo.

 

Las puertas del Hades no prevalecerán contra la Iglesia o Asamblea, porque es una construcción divina que está más allá del poder de la muerte y del pecado. Ella se funda en la verdad de que el Señor es el Hijo de Dios resucitado (el Hijo del Dios viviente). Notemos que la verdad de la resurrección está esencialmente ligada a la Iglesia, pues ella supone el ámbito en donde ha quedado inactivo el poder de la muerte. Es decir, surge en relación a un Cristo que habiendo resucitado y consumado la obra de la redención, edifica a cada uno de los suyos en este edificio que se halla en el terreno mismo de los beneficios y bendiciones de esta redención enteramente consumada. Es el terreno donde el pecado y la muerte no tienen ninguna operación (hablamos en el sentido de la posición propia de los que están bajo los beneficios de la redención). En fin, el concepto de Iglesia surge a partir de la verdad de lo que Cristo mismo es (el Hijo del Dios viviente), y se la ve aquí como algo futuro que el Señor edificará sobre el fundamento de la redención consumada. Desde un principio, la apreciamos como un edificio espiritual que tiene por principal piedra a Cristo mismo, y los creyentes serían reunidos a Él como pequeñas piedras. La Iglesia es un concepto colectivo que asocia los redimidos a Cristo. Por este pasaje, podemos ver con claridad que Cristo no edificó ningún sistema denominacional, ni avaló ningún sector de la cristiandad profesante como siendo la Iglesia. Tal criterio es una construcción inicua del hombre.

El evangelio de Mateo nos presenta otro pasaje en donde se habla expresamente de la Iglesia o Asamblea. Es el que encontramos en Mateo 18:15-18. Aquí apreciamos un camino y secuencia para la administración de la disciplina, cuando se trata del caso de un hermano que peca contra otro hermano. La obstinación sistemática que desoye tanto al ofendido como a los testigos, tiene como último recurso la comunicación a la Iglesia o Asamblea; la cual es depositaria de la autoridad misma del Señor. No nos detendremos aquí sobre el asunto del pecado que pueda presentarse en una relación entre hermanos, sino que seguimos adelante con el tema de la Asamblea. Solo diremos que apreciamos aquí a la Iglesia como la que en definitiva posee la delegación de la autoridad misma de Cristo, para intervenir y obrar en su nombre. Ella ostenta la potestad administrativa que ata y desata en la tierra con pleno aval de los cielos (Mateo 18:18 Aunque el evangelio de Mateo posea un marcado carácter judaico, evidentemente estamos aquí en el terreno de la Iglesia o Asamblea, pues antes de estas palabras del Señor, en Israel todo asunto era juzgado por los ancianos y jueces en conformidad a los preceptos de la ley. Aquí no encontramos ancianos juzgando en la puerta, ni referencia a la ley mosaica. Ahora no tenemos ni la ley mosaica ni la congregación de Israel, sino la Asamblea o Iglesia. Esto nos muestra cómo el Señor comenzó a introducir el concepto de lo que sería la Iglesia, desde el tiempo de su ministerio aquí abajo. Y lo hace mostrando que ella sería la depositaria administrativa de Su misma autoridad.

 

Aun tenemos que agregar algo de suma importancia. En este mismo contexto en que nos hallamos (en ocasión de hablar del mencionado caso de disciplina y de la potestad de la Iglesia o Asamblea para atar y desatar), el Señor agrega: “Porque donde están dos o tres congregados a (o“hacia”)mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos” (Mateo 18:20). Es evidente que aquí el Señor Jesús introduce unnuevo principio de congregación, que nada tenía que ver con lo que hasta entonces se conocía. Nótese que hasta entonces, el lugar de congregación de los judíos era el templo, según las prescripciones de la ley mosaica. Además, nunca los judíos se habían congregado al nombre del Señor Jesucristo. El Señor anunciaba así el carácter y naturaleza de lo que sería congregarse en la era de la Iglesia. La presencia espiritual del Cristo resucitado en medio de los santos, y la dignidad y autoridad de su nombre, sería lo que definiría la forma característica de congregación de la Iglesia o Asamblea.

 

Pasemos ahora al libro de los Hechos. Si afirmamos que en este libro no aparece la doctrina de la Iglesia, quizás algunos se verían sorprendidos. Pero realmente es así. En Hechos no tenemos lo que corresponde a su doctrina sino a su historia. Este libro es la historia de la Iglesia naciente que abarca sus primeros tiempos, caracterizados por la presencia apostólica. No decimos que no podamos apoyar ciertos puntos de doctrina si lo hacemos en su debido lugar, pero esencialmente es un libro histórico. No obstante, su historia misma nos permite confirmar ciertas verdades doctrinales de gran importancia.

 

Entendemos que la Iglesia surge en la tierra en Pentecostés (Hechos 2). Decimos en la tierra, porque en realidad desde la eternidad, antes de la creación, ya había sido concebida en los consejos divinos tal como puede verse en la Epístola a los Efesios. Si bien el libro de Hechos no dice que la Iglesia fue conformada por el bautismo del Espíritu Santo en Pentecostés, por 1Corintios 12:12-13 y Efesios 1:22-23 entendemos que fue entonces que los creyentes fueron (y siguen siendo) bautizados en un Cuerpo; y que la Iglesia es justamente eso: el Cuerpo de Cristo. En realidad, el libro de Hechos nos habla del hecho histórico del bautismo del Espíritu Santo, pero no presenta la doctrina de lo que ello significó. No obstante, como hemos visto, otros pasajes vienen a hacerlo con toda claridad. La Iglesia o Asamblea entonces comienza a ser mencionada después de Hechos 2:1-4; es decir, después de que el Espíritu Santo vino. La Iglesia es un organismo que supone a Cristo resucitado en los cielos (como Cabeza del Cuerpo; Cuerpo que es la Iglesia) y al Espíritu Santo descendido aquí abajo y morando en ella (1Corintios 3:16). Nótese que desde entonces comienza a ser insinuada en Hechos 2:47. Decimos insinuada, porque en realidad en este texto no aparece la palabra, aunque la mayoría de las traducciones la agrega. No obstante, se da una plena idea de un ámbito distinto en donde el Señor añadía los salvos. Este ámbito no era otro que la Iglesia, que en ese momento estaba representada por ese remanente judío que había creído en el Señor Jesucristo. “Y el Señor añadía cada día a (la iglesia) los que habían de ser salvos” (según mejores traducciones: “los que iban siendo salvos”; Hechos 2:47). Aun cuando este pasaje nocontenga la palabra Iglesia, es evidente que el Señor no añadía los salvos al judaísmo ni al paganismo de los gentiles. Él añadía los suyos a la Iglesia. Y esto sobre el terreno de la redención ya cumplida y la venida del Espíritu Santo. Notemos que allí eran añadidos cada día “los que iban siendo salvos”. El concepto de Iglesia que tenemosen las Escrituras (salvo en el Apocalipsis), nunca supone mera profesión cristiana en donde exista posibilidad de que el cristiano nominal tenga un lugar. Siempre supone la posesión de la vida divina. Este es el terreno de la redención. En la Iglesia solo tienen lugar los salvos. Es importante siempre distinguir entre Iglesia y cristiandad. En el cristianismo profesante (o cristiandad) puede existir la falsa profesión o el profesante sin vida; pero en el concepto de Iglesia, tal como lo utiliza Pablo, nunca se contempla que pueda haber un falso profesante. Puede producirse desorden y error en el aspecto de su marcha práctica, tal como lo vemos en la Primera Epístola a los Corintios y en otras partes de las Escrituras, pero no falsa profesión. La falsa profesión siempre es vista en la esfera exterior, en la profesión cristiana, en la apostasía, en lo que se llama “la casa grande”, etc. Estrictamente hablando, cuando decimos “Iglesia” o “Asamblea” nos referimos a lo que positivamente tiene la vida. Así utiliza siempre el apóstol Pablo el concepto.

 

En Hechos 5:11 sí aparece la palabra Iglesia: “Vino gran temor sobre toda la iglesia, y sobre todos los que oyeron estas cosas”. El solemne juicio sobre Ananías y Safira (Hechos 5:1-11), produjo una fuerte conmoción moral entre los creyentes. Mas nosotros no nos detendremos a considerar el pecado de Ananías y Safira ni el juicio divino que cayó sobre ellos, sino que repararemos en el versículo citado para observar dos cosas: la iglesia evidentemente son personas. Son aquí los creyentes judíos que se habían convertido al cristianismo. Ningún edificio u organización denominacional podría tener temor. Por otro lado, después de referirse a la Iglesia, la Escritura es clara al agregar “y sobre todos los que oyeron estas cosas”. Evidentemente, estosno pertenecían a la Iglesia. Aquí el Espíritu Santo hace diferencia entre la Iglesia y los que simplemente oyeron lo sucedido. Este simple texto, nos enseña que la Iglesia es algo esencialmente distinto a los otros judíos y a otras personas que residían en Jerusalén. Esto mismo queda evidenciado en Hechos 8:1 y 3.

 

“En aquel día hubo una gran persecución contra la iglesia que estaba en Jerusalén; y todos fueron esparcidos por las tierras de Judea y de Samaria, salvo los apóstoles” (Hechos 8:1).“Y Saulo asolaba la iglesia, y entrando casa por casa, arrastraba a hombres y a mujeres, y los entregaba en la cárcel” (Hechos 8:3). Es más que evidenteque la persecución fue sobre personas, igualmente fueron personas los entregados a la cárcel por Saulo. Nadie ha metido en la cárcel a un edificio o sistema denominacional. Notemos de qué manera tan clara como sencilla, las Escrituras nos muestran constantemente que la Iglesia no es otra cosa que los creyentes de la actual era cristiana.

 

En Hechos 9:31 leemos: “Entonces las iglesias tenían paz por toda Judea, Galilea y Samaria; y eran edificadas, andando en el temor del Señor, y se acrecentaban fortalecidas por el Espíritu Santo”. Al llegar a este texto tenemos una aclaración que realizar. Sibien muchos traducen aquí “la Iglesia” en singular, lo que es más correcto, esto no altera el sentido del versículo. Si se admite el concepto en singular, la alusión es al conjunto de los creyentes que pertenecían a todas estas regiones donde el evangelio ya había llegado. Si se lo admite en plural, tampoco es erróneo, pues se trata del conjunto de Iglesias o Asambleas locales que habían en estos lugares. La verdad de la Iglesia admite tres ámbitos de referencia: uno universal, otro local, y otro regional. El universal incluye a todos los creyentes de la dispensación (desde Pentecostés hasta el rapto, abarcando a los creyentes en todo lugar). El local, incluye solo a los santos de un determinado lugar, paraje o localidad. El regional, incluye a las iglesias de una determinada región o provincia (Gálatas 1:2,22; 1Tesalonicenses 2:14; 1Corintios 16:19).

 

Notemos que en Hechos 11:22 leemos “llegó la noticia de estas cosas a oídos de la iglesia que estaba en Jerusalén...”. Leemos también acerca de “la Iglesia de Dios que está en Corinto” (1Corintios 1:2; 2Corintios 1:1); en Antioquía (Hechos 13:1); en Tesalónica (1Tesalonicenses 1:1; 2Tesalonicenses 1:1);

 

“la iglesia en Cencrea” (Romanos 16:1);“la iglesia de los laodicenses” (Colosenses 4:16); etc. Esto muestra que en estas localidades había creyentes; creyentes que justamente eran la iglesia en ese lugar. Observemos entonces que en el libro de los Hechos, el Espíritu Santo se está refiriendo a la Iglesia como algo esencialmente distinto al judaísmo y a la sinagoga. Se trata de algo nuevo que incluye solo a los creyentes en Cristo. La verdad histórica del libro de los Hechos deja en claro que desde la ascensión del Señor y la venida del Espíritu Santo, quedó conformada una nueva compañía de creyentes, que es vista como algo enteramente distinto a los judíos y a los gentiles.

 

Detengámonos brevemente en Hechos 14:27 para considerar un detalle de importancia: “Y habiendo llegado, y reunido a la iglesia, refirieron cuán grandes cosas había hecho Dios con ellos, y cómo había abierto la puerta de la fe a los gentiles”. Al principio del librode Hechos, cuando el evangelio aun no había salido de Jerusalén, apreciamos que la Iglesia cristiana era evidentemente algo distinto al judaísmo; pero ahora, observamos también que es algo distinto al mundo gentil y su paganismo. La fe en Cristo primeramente había sido dirigida a los judíos, y si bien Pedro ya había introducido la verdad entre los gentiles (Hechos 10), ahora Pablo y Bernabé testifican que Dios mismo había extendido la fe de Cristo entre éstos. Evidentemente la Iglesia o Asamblea es entonces un organismo distinto al mundo judío y al mundo gentil; es algo esencialmente distinto al judaísmo y paganismo. Esto lo confirma con toda claridad el texto que hallamos en 1Corintios 10:32: “No seáis tropiezo ni a judíos, ni a gentiles, ni a la iglesia de Dios”. Aquí vemos que judíos y gentiles, como tales, no son laiglesia de Dios. La Iglesia o Asamblea solo se compone de judíos o gentiles que han creído de manera genuina en el Señor Jesucristo, y que han venido a formar una unidad en y con Él. Esta verdad se aprecia sobre todo en Efesios 2:11-22. Si bien en Romanos 16:4 encontramos la expresión “las iglesias de los gentiles”. Esto no significa que había Iglesias que no admitían judíosentre sus miembros, o que estaban separadas de la comunión con los creyentes judíos. Aquí el apóstol se refiere a las Iglesias que se habían originado en el mismo seno del mundo gentil de la época. Es absolutamente extraño a las Escrituras, la idea que la Iglesia deba formarse o esté formada a partir de determinada característica de personalidad, nacionalidad, ideología, condición social, etc. Los grandes sistemas eclesiásticos de las llamadas “iglesias nacionales” (las que se identifican como pertenecientes y unidas a una determinada nación terrenal), constituyen una abominable creación humana.

 

Consideremos ahora Hechos 20:28: “la iglesia del Señor, la cual él ganó por su propia sangre”. Primeramente, notemos que aquí tenemos la expresión “la Iglesia del Señor”. En otros pasajes encontramos: “la iglesia de Dios” (1Corintios 1:2; 10:32; 11:16; 2Corintios 1:1; 2Tesalonicenses 1:4; 1Timoteo 3:5; 3:15); en otro caso hallamos: “las iglesias de Cristo” (Romanos 16:16). Sin duda que son sumamente importantes estas expresiones, pues nos enseñan que la Iglesia es propiedad divina. No es una organización generada por hombres ni pertenece a los hombres. Es en verdad un organismo o un edificio espiritual que pertenece a Dios en todos sus aspectos, y sobre el cual Dios mismo y el Señor ostentan todo derecho y autoridad. El Señor ganó a su Iglesia “por su propia sangre”, de modo que por redención es exclusiva propiedad divina.Observemos que ni bien se lee “la Iglesia del Señor”, inmediatamente se agrega: “la cual él ganó por su propia sangre”. Esto es sumamente solemne, pues además de ubicar a la Iglesia en el terreno de la redención, también habla que por redención pertenece al Señor. Y advirtamos también, que se trata de la redención consumada al precio de la sangre del Hijo de Dios. Aquí estamos en un ámbito enteramente nuevo que está determinado por los beneficios y derechos que Cristo adquiere sobre la Iglesia, por el hecho concreto de su sacrificio en la cruz. Insistamos entonces, que la Iglesia es el conjunto de los redimidos de la presente era que están bajo los beneficios de la redención. Es importante insistir y volver a insistir que ella es lo que surge y se relaciona directamente con la redención consumada por el Hijo de Dios. Y en tal terreno, no cabe el concepto de una falsa profesión religiosa. En fin, la Iglesia siempre está sobre un terreno de vida y sobre el fundamento de la redención. Ella es propiedad divina. Es totalmente extraño al concepto bíblico, referirse a la Iglesia o Asamblea del Señor como si fuese el conjunto profesante de cristianos de una determinada denominación u organización, o como si perteneciese a un determinado líder. Si yo digo que la Iglesia es el conjunto de cristianos que profesa tal o cual denominación o conforman tal o cual grupo sectario, evidentemente ofendo el principio mismo de lo que es la Iglesia o Asamblea según el testimonio del Espíritu por las Escrituras (*2).

 

(*2) Es cierto que algunos hablan de “Iglesia profesante”, cosa que no sería erróneo decir si nos referimos a la profesión que pretende ser la Iglesia. No obstante, pensamos que es más apropiado decir “el cristianismo profesante” o “la cristiandad”.

 

 

Notemos que este principio que nos ocupa, tiene paralelo con la expresión “las iglesias de los santos” (1Corintios 14:33). Si por un lado la Iglesia es del Señor en virtud de la redención; por otro, la Iglesia no puede ser sino formada por santos. Es decir, por creyentes, por redimidos. “La Iglesia del Señor” es también “la Iglesia de los santos”, pues la redención hace verdad ambas cosas. Los santos son propiedad del Señor por redención, y por redención la Iglesia solo está conformada por ellos. La redención excluye al falso profesante de su ámbito y concepto.

 

Si bien no hemos agotados todos los pasajes en que en el libro de Hechos se menciona a la Iglesia o Asamblea, seguiremos adelante para considerar otros que aparecen en las epístolas del apóstol Pablo. Y ello, sin pretender analizarlos uno por uno pues solo nos ocuparemos de los más significativos. Es necesario saber que de los tres ministerios más notables del Nuevo Testamento (el de Pablo, el de Pedro y el de Juan), es especialmente el apóstol Pablo quien recibe la revelación de todo lo que respecta a la Iglesia. Por medio de él se nos otorga su doctrina, su naturaleza y todos sus principios. El ministerio de Pedro no tuvo por objeto la Iglesia sino el primer rebaño judío que, habiendo salido del judaísmo e ingresado al cristianismo, necesitaba ser pastoreado y confirmado en la nueva verdad que había recibido. El ministerio de Juan no trata de la Iglesia sino de la familia de Dios, y por sobre todo se relaciona con la vida divina que es manifestada en Cristo y poseída por el creyente en virtud de la fe. No obstante, en Apocalipsis, Juan se refiere a la Iglesia pero desde un punto de vista muy distinto al de Pablo. Juan presenta allí su historia responsable. La Iglesia es considerada en su responsabilidad de dar luz (testificar) ante el mundo. Por eso se la ve como candeleros, e incluso es pasible de juicio, y aun se contempla la posibilidad de que en ella pueda existir profesión sin vida (Apocalipsis 3:1). Cosa verdaderamente excepcional. Volveremos luego sobre esto; ahora continuaremos nuestro tema considerando algunos pasajes en las epístolas paulinas.

“La iglesia de su casa” (Romanos 16:5). Por este texto y otros que hallamos en 1Corintios 16:19; Colosenses 4:15; Filemón 2, aprendemos algo muy especial. La Iglesia del tiempo apostólico siempre supuso ese frescor de comunión e intimidad, que nada tiene que ver con formales edificios, ritos y jerarquías artificiales que hoy vemos en la cristiandad. No tenemos nada contra los salones de reunión, pero un hogar podría ser el lugar en donde la Iglesia se reúne. Esto nos enseña, cómo los esquemas estructurados y formales del hombre muchas veces privan a los creyentes de esa sana libertad y soberanía del Espíritu Santo, que puede establecer la Asamblea en una casa. Es propio pensar que en un principio, la Iglesia en una localidad se pueda haber reunido simultáneamente en varios hogares, pues inicialmente los creyentes no contaron con grandes locales (Hechos 2:46: “partiendo el pan en las casas”).

 

La Primera Epístola a los Corintios es sin duda el escrito paulino en que más veces ocurre la palabra “Iglesia” o “Asamblea” (más de 20 veces). Se trata de una epístola que está casi enteramente consagrada al tema del orden práctico de la Iglesia local. Si bien varias epístolas del apóstol se ocupan en mayor o menor grado del tema de la Iglesia, no todas lo hacen bajo la misma perspectiva. Por la simple lectura de la Primera Epístola a los Corintios, podemos advertir que en la Asamblea de Corinto existían una serie de importantes desórdenes en su vida práctica. Y justamente esta epístola, nos otorga todos los principios divinos para el orden de la Asamblea local. En realidad, la epístola es el resultado de lo que el Espíritu Santo, por medio de la pluma de Pablo, instruye a fin de que el orden sea restablecido y mantenido en la Asamblea. En otras palabras, es una epístola en donde el Espíritu Santo toma la mano de Pablo para dar principios divinos de orden para la vida práctica de la Asamblea local. Se percibe en toda su atmósfera, esos esfuerzos y trabajos del Espíritu llamando y conduciendo a los santos hacia el orden divino que es propio de la Asamblea.

 

Hay una expresión repetitiva en esta epístola, que sin duda el Espíritu Santo dejó plasmada a lo largo de todo su desarrollo, para cerrar la boca de los cuestionadores que resisten el orden divino. Sin duda que los principios de orden que el Espíritu Santo nos da aquí, delatan a las innumerables denominaciones y sectas cristianas de hoy, acerca de lo mucho que se han alejado de la verdad escritural y el orden divino que debe imperar en la vida de la Asamblea. Hoy encontramos una enorme resistencia a sujetarse a estos principios divinos. Una excusa común, versa en decir que los corintios necesitaron una rigidez especial en ciertas materias, en vista del desorden en que se hallaban. Pero lo interesante de la epístola, es que justamente el Espíritu Santo tomó ocasión del desorden de los corintios para darnos la verdad doctrinal del orden de la Asamblea; y ello, previendo que fuese la verdad práctica para todas las Asambleas. Así, leemos continuamente expresiones como: “de la manera que enseño en todas partes y en todas las iglesias” (1Corintios 4:17).“Esto ordeno en todas las iglesias” (1Corintios 7:17).“No tenemos tal costumbre, ni las iglesias de Dios” (1Corintios 11:16). “Como en todas las iglesias de los santos” (1Corintios 14:33). “Haced vosotros también de la manera que ordené en las iglesias de Galacia” (1Corintios 16:1). Notemos que lo que Pablo enseñó a los corintios eralo que enseñaba en todas las Asambleas; y la doctrina que era para la vida práctica de una, también lo era para todas. Esto tira por tierra todo argumento que pretenda una práctica distinta para la vida de la Asamblea, que no sea la que hayamos en la Primera Epístola a los Corintios. En definitiva, quiera el hombre admitirlo o no, hay en conformidad a la autoridad de las Escrituras una doctrina para la vida práctica de la Asamblea.

Vayamos ahora al capítulo 11 de primera de Corintios, para observar cierto aspecto de gran importancia en nuestro tema. Allí encontramos la expresión “cuando os reunís como iglesia... (o “en asamblea”) (1Corintios 11:18). Hay algo que se define como reunión de Asamblea, y esto justamente deja a un lado todo lo que no es una reunión de tal naturaleza. En esta misma epístola se menciona la ocasión en que “toda la iglesia se reúne en un solo lugar (o“en uno”)(1Corintios 14:23). Por todo el contexto que encontramos tanto en 1 Corintios 11:17-26 y 14 de esta epístola, entendemos que una reunión adquiere el carácter de una reunión de Iglesia o Asamblea, cuando los santos acuerdan congregarse en uno en un determinado sitio para observar el memorial de la cena (contexto de 1Corintios 11:18) y para su edificación. Necesariamente dando oportunidad para que los dones tengan su ejercicio, en el caso de una reunión de estudio o ministerio. No podríamos decir que existe una reunión de Iglesia o Asamblea cuando el hombre digita el culto o el ministerio, ni cuando la condición sacerdotal de todos los creyentes no es reconocida, ni cuando los dones no posean su oportunidad según la guía del Espíritu Santo (1Corintios 14:29-33).

 

“Vosotros, pues, sois el cuerpo de Cristo, y miembros cada uno en particular. Y a unos puso Dios en la iglesia, primeramente apóstoles, luego profetas, lo tercero maestros, luego los que hacen milagros, después los que sanan, los que ayudan, los que administran, los que tienen don de lenguas” (1Corintios 12:27-28). La Iglesia oAsamblea es el Cuerpo de Cristo. Esto queda bien claro en las Epístolas a los Efesios y a los Colosenses, donde tal verdad se dice directamente: “la iglesia, la cual es su cuerpo” (Efesios 1:22-23; Colosenses 1:18,24). En la Epístola a los Corintios la verdad de la Iglesia como Cuerpo, aparece sobre todo en su aspecto práctico y en relación a los dones. En este sentido, notemos que hay una soberanía de Dios en la Iglesia respecto de los dones. “A unos puso Dios en la iglesia, primeramente apóstoles, luego profetas, lo tercero maestros...” (1Corintios 12:28). Aprendemos que la Iglesia no es un ámbito donde el hombre pueda arrogarse la autoridad de erigir cargos y jerarquías a su antojo. Por el contrario, el Señor mismo guarda absoluta soberanía en ella, y es Él quien dispone por los dones una diversidad necesaria para la armonía del Cuerpo. Regresaremos luego al tema del Cuerpo cuando lleguemos a la Epístola a los Efesios.

 

Había en Corinto desorden en el ejercicio de los dones, y por lo tanto Pablo otorga principios de orden en este sentido (cap. 14). Y ello, procurando siempre la edificación de la Iglesia. Notaremos que hay a lo largo del capítulo catorce una palabra que se repite varias veces: edificación. En la Iglesia, cuando justamente se trata de una reunión que puede considerarse tal (es decir reunión de Iglesia o Asamblea), el asunto que prima es la edificación como el principio rector que debe inspirar el ejercicio práctico de los dones. Las siguientes expresiones lo hacen ver de una manera inequívoca. Notemos: “el que profetiza, edifica a la iglesia” (1Corintios 14:4); “para que la iglesia reciba edificación” (1Corintios 14:5);“para edificación de la iglesia” (1Corintios 14:12). Cuando la intervención de un don no edifica, entoncesleemos “calle en la iglesia” (1Corintios 14:28). Todo esto nos enseña que el gran principio que ha de regular los dones, es la edificación que producen en la Iglesia o Asamblea.

 

Pasamos ahora a la Epístola a los Efesios. En Efesios, la palabra Iglesia o Asamblea ocurre solo en nueve ocasiones (Efesios 1:22; 3:10,21; 5:23,24,25,27,29,32), pero sin embargo es la epístola que nos presenta la Iglesia de acuerdo a los más preciosos y elevados pensamientos divinos. En definitiva, podríamos decir que Efesios es la epístola que define con toda claridad y profundidad la verdad misma de la Iglesia o Asamblea, conforme Dios la “concibe” (si es que podemos hablar así) desde la eternidad y nos es revelada en el tiempo.

 

Citemos primeramente Efesios 1:20-23. Este pasaje se refiere al poder de Dios que “operó en Cristo, resucitándole de los muertos y sentándole a su diestra en los lugares celestiales, sobre todo principado y autoridad y poder y señorío, y sobre todo nombre que se nombra, no sólo en este siglo, sino también en el venidero; y sometió todas las cosas bajo sus pies, y lo dio por cabeza sobre todas las cosas a la iglesia, la cual es su cuerpo, la plenitud de Aquel que todo lo llena en todo”. Se nos enseñan aquí preciosísimas verdades sobre la Iglesia, algunas de las cuales ya hemos considerado, pero en las que conviene insistir. Lo primero que podemos notar, es que la Iglesia o Asamblea es algo que surge sobre el fundamento de la redención. Después de la cruz, tenemos la resurrección del Señor y su nueva posición en gloria sentado a la diestra de Dios Padre. Y desde esta posición de gloria, desde esta posición celestial de señorío universal, es que entonces aparece en escena la Iglesia. Y esto nos enseña varias y solemnes verdades. En primer lugar, tenemos la conexión indisoluble que hay entre la consumación de la redención y la existencia de la Iglesia misma aquí abajo. En segundo lugar, apreciamos que su carácter es puramente celestial. Ella está en relación con el Cristo sentado a la diestra de Dios en los lugares celestiales. Esto determina su gran diferencia con Israel, el cual siempre está relacionado con la tierra de la promesa (Canaán) y con un Cristo reinando en ella. Para la Iglesia, este mundo no es el lugar de su herencia, sino su mero sitio de paso. Aquí abajo, la Asamblea es peregrina porque todas sus expectativas y vocación distintiva se relacionan con el cielo, donde justamente el Señor está sentado a la diestra de Dios. En tercer lugar, aprendemos que la Iglesia tiene que ver directamente con el señorío y autoridad divina de Cristo. Él, en esta posición celestial adquirida por redención, es la Cabeza de la Iglesia. Y esto justamente nos habla de la preeminencia del Señor en el ámbito de la redención. No se trata de un ámbito donde el hombre sea cabeza o autoridad de algo, sino donde el Señor es la autoridad suprema e indiscutida. La Iglesia no es el lugar del gobierno del hombre sino de la primacía de Cristo.

 

Resumamos diciendo entonces, que la Iglesia tiene que ver en su esencia y naturaleza, y en su existencia misma (en el tiempo), con la redención consumada, con la posición celestial y el señorío universal del Cristo resucitado. No hay Iglesia sin Cristo resucitado, exaltado  en los cielos y puesto en el lugar de autoridad sobre todas las cosas. Esta posición de exaltación celestial que el Señor hereda tras la resurrección, también supone una posición de autoridad sobre todas las cosas. Eso incluye a toda la creación, pero aprendemos en nuestro pasaje, que ese señorío y autoridad guarda un vínculo mucho más especial y estrecho con relación a la Iglesia. Así, leemos que “lo dio por cabeza sobre todas las cosas a la iglesia”. Por cierto que el Señor es Cabeza de todas las cosas, pero por sobre todas ellas su relación es mucho más íntima respecto de la Iglesia, pues ella “es su Cuerpo”. No meramente "un cuerpo" conectado a Él, sino su mismoCuerpo. Si Cristo es la Cabeza, la Iglesia es su Cuerpo. Esta es una relación y unión tan íntima y exquisita, que no podemos hallar en las Escrituras otro conjunto de santos que goce de tales vínculos con el Señor. Israel es el pueblo terrenal de Dios, pero nunca es el Cuerpo del Cristo resucitado y sentado en los cielos. Estamos ante una unidad que surge como consecuencia de la redención, y en conformidad con los eternos consejos de Dios para con los santos de esta era. Pero aún se nos dice más. No solo que Cristo es la Cabeza de este Cuerpo, que es la Iglesia, sino que ella es su misma plenitud. “La plenitud de Aquel que todo lo llena en todo”. Es cierto que en el Estado Eterno,Dios será todo en todos (1Corintios 15:28), pero la Iglesia es el ámbito en donde toda la plenitud de Cristo la embarga con todas sus glorias, y especialmente con las glorias y bienes eternos de la redención. Es esta, evidentemente, una relación y posición de privilegio que hace primar a la Iglesia sobre todo lo creado, tanto en este siglo (el presente orden) como en el venidero (el nuevo orden milenial). Al considerar estas preciosas verdades, podemos apreciar cuán lejos está el concepto de Iglesia o Asamblea de lo que se oye hoy en la cristiandad.

 

En  Efesios  3:10-11  leemos:  “para  que  la  multiforme  sabiduría  de Dios sea ahora dada a conocer por medio de la iglesia a los principados y potestades en los lugares celestiales, conforme al propósito eterno que hizo en Cristo Jesús nuestro Señor”. En verdadque no podemos comprender este texto, si no tenemos presente lo que se desarrolla en el contexto anterior. Pablo ha venido refiriéndose a la especial revelación que le ha sido confiada en lo que respecta al “conocimiento en el misterio del Cristo” (Efesios 3: 4). Se trata de un misterio, un propósito eterno, que anteriormente no había sido revelado al hombre, pero que en ese tiempo sí era dado a conocer por el Espíritu a los apóstoles y profetas (Efesios 3:3-5). ¿Y cuál es este  misterio?:  “que los gentiles son coherederos y miembros del mismo Cuerpo, y copartícipes de la promesa en Cristo Jesús por medio del evangelio” (Efesios 3:6). Esto pudiera parecernos a simple vista como algo de poca significación, pero sin embargo tiene que ver con el más exquisito consejo eterno que Dios tenía reservado en sí mismo. Este “misterio escondido desde los siglos en Dios” (Efesios 3:9), excede a la creación.Desde la eternidad, Dios tenía en sí mismo un propósito sublime que supera todo otro. Y esto se relaciona con la verdad del Cuerpo, el Cuerpo de Cristo. En sus pensamientos y afectos eternos, Él concibió, si es que podemos hablar así, esa unidad eterna entre los redimidos y el Señor Jesucristo. Este es el propósito eterno: la verdad del Cuerpo en el terreno de la redención. Verdad en la que los redimidos son considerados como una unidad indisoluble y eterna con Cristo. Cristo es la Cabeza del Cuerpo, y los redimidos, ya sean judíos o ya sean gentiles, son miembros del mismo Cuerpo. Cuerpo, que como hemos visto, es la Iglesia. Este designio eterno de los pensamientos divinos es el misterio de los misterios. Notemos que el Nuevo Testamento nos habla de doce misterios, pero hay uno que lleva el mismo nombre de Cristo: “el misterio del Cristo” (Efesios 3:4). Y este misterio del Cristo es el Cuerpo. Y son miembros del Cuerpo tanto los judíos como los gentiles que han recibido el evangelio. De modo que “el Cristo” es aquí un concepto que involucra a la Cabeza resucitada y glorificada, y a los redimidos mismos. Esta unidad es justamente “el Cristo”. En la expresión “el misterio del Cristo”, este “Cristo” es el Cuerpo (la Cabeza y los miembros). Aquí “el Cristo” es un concepto místico que aprecia la unidad de los redimidos como una sola cosa con la Cabeza. No hay misterio ni verdad tan elevados desde que ocupó los pensamientos eternos de Dios, antes de la creación, y que compromete esa unidad generada sobre el principio de la redención. Esta revelación, tal como Pablo lo aclara, le es dada por el Espíritu en sus días, pero estuvo escondida en Dios desde la eternidad. Los mismos ángeles, los principados y potestades en los lugares celestiales, no la recibieron. Ellos aprenden de los designios de Dios a través de lo que ven en la Iglesia. Por eso nuestro texto dice que la multiforme sabiduría de Dios, está siendo dada conocer a los ángeles por medio de la Iglesia. Los sucesos que en relación a la Iglesia acontecen en la tierra, son contemplados desde los lugares celestiales por los ángeles, los que toman así conocimiento de lo que Dios se había dispuesto hacer desde la eternidad. En fin, los ángeles no son los sujetos ni receptores de la revelación divina; ellos la aprenden según aprecian lo que Dios cumple en la Iglesia o Asamblea. Pueden ser mensajeros de verdades, pero nunca los sujetos mismos a quienes la verdad es dirigida.

En conclusión, una de las mejores y más exactas definiciones de lo que es la Iglesia o Asamblea, es decir que ella es el Cuerpo de Cristo. Este es el consejo de Dios acerca de ella. Consejo que albergó en sí mismo desde la eternidad.

 

Pasemos ahora a Efesios 3:20-21: “Y Aquel que es poderoso para hacer todas las cosas mucho más abundantemente de lo que pedimos o entendemos, según el poder que actúa en nosotros, a él sea gloria en la iglesia en Cristo Jesús por todas las edades, por los siglos de los siglos. Amén”. Si bien hay varios textos que hablande la eternidad de los salvos, solo en éste se aprecia la eternidad de la Iglesia mencionada como tal. De nuestro pasaje se desprende que si Dios puede recibir gloria por toda la eternidad en la Iglesia, es porque necesariamente la Iglesia pertenece a la eternidad. Hemos visto en la Primera Epístola a los Corintios la existencia de tres pueblos: los judíos, los gentiles y la Iglesia de Dios. El carácter de judío y gentil es cosa de la actual creación. Es un accidente que no pertenece ni tiene lugar en la nueva creación (Gálatas 6:15). Pero la Iglesia, el Cuerpo de Cristo, pertenece a la eternidad. Y como lo vemos en nuestro texto, es en ella que Dios recibirá perpetua y eterna gloria. Dicho con otras palabras, Dios ha dispuesto la Iglesia como el incensario en donde en la eternidad, Él mismo encontrará la exaltación de su gloria.

 

Citemos ahora Efesios 5:22-24: “Las casadas estén sujetas a sus propios maridos, como al Señor; porque el marido es cabeza de la mujer, así como Cristo es cabeza de la Iglesia, la cual es su Cuerpo, y él es su Salvador. Así que, como la Iglesia está sujeta a Cristo, así también las casadas lo estén a sus maridos en todo”. Es interesante ver aquí, que las Escrituras hacen un paralelo entre la sujeción que la mujer debe a su cabeza (su marido), con la sujeción de la Iglesia a Cristo. Bien podemos decir entonces, que la relación eterna que por redención involucra a Cristo y la Iglesia, viene a ser para el creyente la fuente de inspiración para la vida práctica marital. Por más que la vida marital sea algo pasajero y que solo llena circunstancias aquí abajo, su realización práctica encuentra en Cristo y la Iglesia su más alto ejemplo moral. En nuestro pasaje, la sujeción es la virtud destacada. También apreciamos aquí la gloria de Cristo como Cabeza de la Iglesia y Salvador de ella; y del lado de la Iglesia, su gloria es la de ser el Cuerpo de Cristo.

 

“Maridos, amad a vuestras mujeres, así como Cristo amó a la Iglesia, y se entregó a sí mismo por ella, para santificarla, habiéndola purificado en el lavamiento del agua por la palabra, a fin de presentársela a sí mismo, una Iglesia gloriosa, que no tuviese mancha ni arruga ni cosa semejante, sino que fuese santa y sin mancha. Así también los maridos deben amar a sus mujeres como a sus mismos cuerpos. El que ama a su mujer, a sí mismo se ama. Porque nadie aborreció jamás a su propia carne, sino que la sustenta y la cuida, como también Cristo a la Iglesia, porque somos miembros de su Cuerpo, de su carne y de sus huesos. Por esto dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, y los dos serán una sola carne. Grande es este misterio; mas yo digo esto respecto de Cristo y de la Iglesia” (Efesios 5:25-32). Insistamos entonces que tanto el esposo como la esposa creyentes, encuentran en la relación de Cristo con la Iglesia una fuente de inspiración moral para la vida práctica del matrimonio. Ya vimos que la esposa es llamada a la sujeción, ahora apreciamos que el marido es llamado a amar a su mujer. En el caso de la mujer, ella debe sujetarse “como la Iglesia está sujeta a Cristo” (Efesios 5:24); y en el caso del varón, él debe amar a su mujer “como Cristo amó a la Iglesia” (Efesios 5:25). Y bien podemos decir que la imitación de estas relaciones de Cristo y la Iglesia, eleva la condición marital a su clímax moral.

 

Dejemos por un momento el tema marital para regresar a la relación entre Cristo y la Iglesia. La relación que aparece aquí como predominante y excelsa es el amor. “Cristo amó a la Iglesia”. Y la amó de tal manera y con tal intensidad, que “se entregó a sí mismo por ella” (Efesios 5:25). El amor de Cristo por la Iglesia queda manifestado en laevidencia innegable de la cruz. Por eso siempre insistimos que la redención es el terreno y vínculo eterno entre Cristo y la Iglesia. Pero el asunto no se reduce a la redención ya consumada por la sangre, pues hay una obra que Cristo continúa en su Iglesia. Una obra que prosigue y se realiza en vista del glorioso día en que Él se la presentará a sí mismo. Nos referimos a la santificación por la Palabra. “Para santificarla, purificándola (según mejores versiones)en el lavamiento del agua por la Palabra” (Efesios 5:26). En todo este tiempo que la Iglesia peregrina aquí abajo, está siendo purificada, santificada en el poder de la Palabra. Y ello, en vista de ese supremo tiempo en que Cristo se la presentará “a sí mismo” en una condición gloriosa y sin mancha. Esta no es la santificación por la sangre, sino por el progresivo efecto purificador de la Palabra de Dios. Santificación que tiene por objeto hacerla tan digna como Aquel que la tomará como Esposa.

La exhortación a los esposos es sustentar y cuidar a sus esposas “como también Cristo a la Iglesia” (Efesios 5:29). Esos amorosos cuidadosde Cristo sobre la Iglesia, han de inspirar el trato de los esposos hacia sus esposas. Es verdaderamente precioso observar cómo el Espíritu Santo hace en todo este pasaje un paralelo entre los conyugues y la relación de Cristo con la Iglesia. Así como el hombre deja a su padre y a su madre para unirse a su mujer, y los dos vienen a ser “una sola carne”, este es un grande misterio cuando se lo aplica a Cristo y laIglesia. “Grande es este misterio; mas yo digo esto respecto de Cristo y de la Iglesia” (Efesios 5:32).“Somos miembros de su cuerpo, de su carne y de sus huesos” (Efesios 5:30). Es verdaderamente tan íntima launidad que existe entre Cristo y su Iglesia, que ahora, mientras estamos aquí abajo, solo podemos apreciarla a través de la similitud que nos ofrece la unidad marital. El Espíritu Santo ha escogido la institución matrimonial, a pesar de ser algo temporal y terrenal, a fin de ilustrar y darnos a entender cuán íntima es esa unidad de Cristo con sus redimidos.

 

Sigamos con Colosenses 1:24: “Ahora me gozo en lo que padezco por vosotros, y cumplo en mi carne lo que falta de las aflicciones de Cristo por su Cuerpo, que es la Iglesia” (Colosenses 1:24). Ya hemos considerado el asunto de la Iglesia como Cuerpo de Cristo, por lo que aquí solo apreciaremos el tema de las aflicciones. Esto de ninguna manera quiere decir que Pablo podía cumplir sufrimientos expiatorios en lugar de Cristo, o en asociación a los de Cristo. El apóstol se refiere en este pasaje, a los sufrimientos y padecimientos que por causa de Cristo debe sobrellevar al cumplir su ministerio. Y lo hace con gozo, sabiendo que el mismo Señor ha determinado que sus servidores lleven la especial honra de sufrir por su causa, en ocasión de cumplir el ministerio por Él confiado. Hay sufrimientos que cumplir en este sentido. Cuando mis pensamientos están embargados de y en Cristo, yo, como su servidor, me gozaré en llevar los sufrimientos que vienen por Su causa al ministrar a favor de los santos. Esto es cumplir con las aflicciones de Cristo por su Iglesia. Y los obreros cumplen así “lo que falta” de tales aflicciones, pues esto es necesario hasta que se hayaobservado todo el vituperio que acompaña al servicio cristiano, y que el Señor así ha dispuesto que se cumpla. En fin, no se trata de sufrimientos expiatorios por el pecado, sino de sufrimientos por causa del testimonio y el servicio a los santos.

 

Leamos ahora Colosenses 4:16: “Cuando esta carta haya sido leída entre vosotros, haced que también se lea en la Iglesia de los laodicenses, y que la de Laodicea la leáis también vosotros”. A primera vista, este versículo pudiera parecernos sin mucha importancia, pero sin embargo contiene una solemne doctrina. En primer lugar, aprendemos que las cartas apostólicas de Pablo dirigidas a una Iglesia cualquiera, eran tan útiles en doctrina y exhortación práctica para una Asamblea como para otra. Si bien ignoramos qué epístola estaba en poder de los laodicenses, es cierto que su contenido era de provecho para los colosenses, tal como la de estos para aquellos. Esto, como ya lo hemos visto, confirma que hay una unidad de doctrina para la Iglesia o Asamblea. Pero aun otra cosa expresa nuestro versículo: no hay independencia de Asambleas en cuanto a la verdad doctrinal y la vida práctica. No hay elementos escriturales que permitan sostener la independencia entre las Asambleas, sino la interdependencia entre ellas. A pesar de que existe una administración local de la Iglesia o Asamblea en un lugar (ostentando en ello la autoridad delegada por el Señor; Mateo 18:18), esa administración local no niega la mutua interdependencia que se deben en la obediencia a los mismos principios divinos.

 

1Timoteo 3:15: “para que si tardo, sepas cómo debes conducirte en la casa de Dios, que es la Iglesia del Dios viviente, columna y baluarte de la verdad”. Este texto es sumamente interesante, porcuanto nos presenta el carácter distintivo de lo que es la Iglesia o Asamblea como depositaria de la verdad de Dios. En la primera epístola a Timoteo, apreciamos principios prácticos para mantener la sana doctrina y el orden en la Asamblea local, y ello por medio del ministerio de un delegado apostólico: Timoteo. Y cuando estamos en este terreno, la visión de la Iglesia es la de “la casa de Dios”. Una casa nos habla de un lugar de administración responsable; y en este caso, especialmente de una esfera de administración y orden en relación a las verdades divinamente confiadas. la Iglesia como tal, es la depositaria de la verdad de Dios en esta dispensación. En otras dispensaciones fueron otros los sujetos depositarios de la verdad divina (los patriarcas, Israel, etc.), pero hoy es la Iglesia. Si queremos conocer la verdad de Dios y el orden de Dios en el ministerio y en el culto, no podemos prescindir de ella. La Iglesia misma es la columna y baluarte de la verdad. A ella se le ha confiado la verdad y el testimonio de la verdad. La exhortación para nosotros es la misma que el apóstol dirige a Timoteo: aprender a conducirnos en la Iglesia conforme al pensamiento de Dios acerca de ella. La epístola que nos ocupa ciertamente trata de eso. Ni Israel ni los gentiles, como tales, son hoy depositarios de verdad alguna. En el actual tiempo, es la Iglesia la columna y baluarte de la verdad. A ella no solo que se le ha confiado la verdad, sino que se la ha erigido en el ámbito donde esa verdad está firme y protegida por el poder de Dios. Y al decir esto, no hablamos de la profesión cristiana, de la ruina actual, de las denominaciones, de los sistemas, de los seminarios, etc., ni de nada generado por el hombre; sino de aquello que el Señor mismo reconoce como su Iglesia o Asamblea, y que mantiene aquí abajo el testimonio y expresión de la verdad divina.

 

Al llegar aquí, se nos hace necesario aclarar algo. En la Segunda Epístola a Timoteo no aparece la palabra Iglesia o Asamblea. Y al hacer esta aclaración, nos vemos en la necesidad de agregar otra. Pablo nunca se refiere a la Iglesia o Asamblea como lo que alberga la falsa profesión. Por eso el término cristiandad, por un lado, e Iglesia, por otro, no son intercambiables ni sinónimos. La cristiandad incluye también la falsa profesión, mientras que en los pensamientos del apóstol, jamás la Iglesia es considerada como lo que admite al falso profesante. Pablo podrá hablar de “la casa grande” (2Timoteo 2:20), podrá darnos el carácter de los hombres religiosos de los postreros tiempos (2Timotep cap. 3), pero nunca contempla en sus escritos a la Iglesia como algo que pueda contener la falsa profesión. Él puede advertir que entre los santos surgirán falsos maestros y lobos rapaces, pero no dirá nunca que estos son la Iglesia.

 

Hacemos notar que la Segunda Epístola de Pedro, la de Judas, y la Segunda a Timoteo de Pablo, son las epístolas que nos hablan de la profesión cristiana corrompida y de la apostasía. Y justamente en ellas nunca aparece la palabra Iglesia. Esto nos muestra que el Espíritu nos enseña a no confundir lo que es la profesión que incluye lo que no posee la vida, con lo que es la Iglesia misma (los genuinos creyentes). Justamente aquí es donde yerran enormemente los sistemas y denominaciones, ofendiendo en lo más íntimo el concepto divino de lo que es la Iglesia según se nos da en las Escrituras. Hoy es común decir: “la Iglesia tal y tal”, incluyendo todos los profesantes que la componen, aun cuando es dudoso de que todos los reconocidos como pertenecientes a tal sistema, posean efectivamente la vida divina.

 

Llegamos ahora al libro de Apocalipsis, el cual nos presenta una visión muy particular de la Iglesia. Visión que justamente no nos da el apóstol Pablo, sino exclusivamente Juan. En realidad, el ministerio de Juan no se ocupa específicamente de la Iglesia (sino de la familia de Dios), aunque debemos notar que el Apocalipsis está especialmente dirigido a ella (Apocalipsis 1:4,11; 22:16). Está dirigido a ella, pero en general la materia del libro es presentarnos el desarrollo pormenorizado del gobierno de Dios sobre la tierra por medio de los juicios; incluyendo también la venida de Cristo, la instauración del Reino y el Estado Eterno. No obstante, insistimos que la revelación se dirige especialmente a la Iglesia, aun cuando no se nos de la doctrina de ella. Mas al hablar de la Iglesia o Asamblea en el Apocalipsis, es importante aclarar que en este libro es especialmente considerada en su responsabilidad. La Iglesia es vista aquí desde su historia responsable; desde su responsabilidad de dar luz en el mundo, de guardar la verdad confiada, de recibir el mensaje profético, y de corregir sus males.

 

Notemos que la Iglesia no es considerada en Apocalipsis como Cuerpo, ni como Templo, ni como Casa. Solo se la ve como Esposa en Apocalipsis 19:7; 22:17, pero la perspectiva y visión especial de ella es: como candeleros.“Los siete candeleros que has visto, son las siete iglesias” (Apocalipsis 1:20). Insistamos que la Iglesia como candelero nos habla desu responsabilidad de dar luz; de dar a este mundo la luz del testimonio de Jesucristo. Y es desde esta perspectiva que la revelación profética de Juan es dirigida a ella (Apocalipsis 1:4,11; 22:16). El hecho de que sean siete, cuando en esos tiempos había muchas más Iglesias, pone en evidencia que se trata de un número simbólico, y que a través de estas siete se nos otorga toda su historia responsable.

 

Aquí, la palabra Iglesia o Asamblea ocurre cada vez que Cristo se dirige con un mensaje a cada una de estas siete Iglesias: Apocalipsis 2:1,8,12,18; 3:1,7,14. En estos pasajes el término aparece en singular, y habla a cada Iglesia de Asia que representa un período histórico. No nos proponemos en este escrito desarrollar el tema de la historia de la Iglesia responsable a través del análisis del mensaje dirigido a cada una, sino hablar del principio fundamental bajo el cual la Iglesia es considerada en Apocalipsis. Al respecto, debemos notar que si bien hay un mensaje dirigido a cada una de estas siete Iglesias (“Escribe al ángel de la iglesia en...”), en cada caso hallamos a la vez una exhortación dirigida al fiel, quien ha de considerar lo que se dice a todas ellas: “El que tiene oído, oiga lo que el Espíritu dice a las iglesias” (Apocalipsis 2:7,11,17,29; 3:6,13,22). Y por Apocalipsis 2:23 apreciamos que las Iglesias aprenden del juicio que el Señor ejecuta en ellas. Aquí el Señor aparece como el Juez que pesa e interviene con retribución en el cristianismo profesante de la era de la Iglesia.

 

Es importante observar que desde la perspectiva que aquí encontramos, lo esencial no es la vida sino la responsabilidad. La Iglesia es vista en su responsabilidad de profesarse como tal, y desde esta visión, cabe justamente la falsa profesión. Así, se le dice a Sardis: “Yo conozco tus obras, que tienen nombre de que vives, y estás muerto” (Apocalipsis 3:1). Como lo dijimos anteriormente, Pablo nunca considera la Iglesia como profesión que pueda incluir al cristiano nominal y sin vida (falso profesante); y cuando habla de la profesión cristiana, utiliza otras expresiones, pero jamás “Iglesia”. Aquí ocurre algo distinto. La Iglesia es vista en su responsabilidad, y en tal sentido se habla a la profesión de lo que pretende ser: “la Iglesia”. Y en ella sepesan sus obras bajo la responsabilidad que le concierne. Notemos que no es la visión de la vida divina sino la de sus obras: “Yo conozco tus obras...” (Apocalipsis 2:2,9,13,19; 3:1,8,15). Es verdaderamente llamativoque a cada una de las siete Iglesias, el Señor diga estas palabras. Esto nos muestra el carácter excepcional en que Apocalipsis se refiere a la Iglesia. Ella es vista entonces como un candelero que ha de dar luz por su testimonio y obras; y es considerada en la pretensión responsable de ser la iglesia. Y son estas obras las que el Señor conoce y valúa. No se trata tanto de si hay posesión de vida divina o no, sino de la responsabilidad de portar su testimonio. Y en este terreno se valúan las obras. Insistamos en esto. Notemos cómo permanentemente se hace referencia a las obras: “las primeras obras” (Apocalipsis 2:5); “las obras de los nicolaítas” (Apocalipsis 2:6);“las obras de ella” (Jezabel) (Apocalipsis 2:22);“os daré a cada uno según vuestras obras” (Apocalipsis 2:23);“guardare mis obras” (Apocalipsis 2:26);“no he hallado tus obras perfectas delante de Dios” (Apocalipsis 3:2). Y si bien en muchos casos no aparece la palabra “obra”,evidentemente se trata de ellas cuando el Señor considera, delante de sí, el estado de cada Iglesia. Esta especial visión, y el hecho de que se diga a Sardis “tienes nombre de que vives, y estás muerto” (Apocalipsis 3:1), y luego “y no borraré su nombre del libro de la vida” (Apocalipsis 3:5), hace evidente de que estamos en el terreno de la profesión. En el primer caso, es decir la cita de Apocalipsis 3:1, este asunto es muy claro y evidente. En tanto que en el segundo (la cita de Apocalipsis 3:5), se requiere una explicación. Un verdadero creyente, poseedor de la vida divina, jamás será borrado del libro de la vida. Pero el falso profesante es considerado según su pretensión de vida; y cuando por sus obras se prueba que no la tiene, entonces será borrado de allí. Es sumamente importante observar entonces, la diferencia grande entre la forma que Pablo y Juan consideran a la Iglesia. Pablo la ve como Cuerpo, Templo (edificio), Casa, y Esposa; y jamás la considera como conteniendo la falsa profesión. Él nunca la ve como candeleros. Cuando Pablo habla de la falsa profesión, entonces no utiliza la palabra Iglesia o Asamblea. Juan, por el contrario, la ve como candeleros. Allí se pesa su responsabilidad y entonces aparece la visión de las obras. Y en este sentido, hay lugar para la falsa profesión. No obstante, es importante indicar excepciones. Observemos que en Apocalipsis 19:7 y 22:17 apreciamos a la Esposa.

 

Al llegar aquí, al final de este escrito, debemos decir que los creyentes hemos de referirnos a la Iglesia en los términos en que lo hacen las Escrituras. Y en tal respecto, queda claro que la forma en que la visualiza Juan en Apocalipsis, es excepcional. Nosotros regularmente hemos de referirnos a ella conforme a los pensamientos de Dios, tal como nos son especialmente revelados en los escritos de Pablo (a quien se le confió justamente el ministerio doctrinal de la Iglesia o Asamblea). Evidentemente podemos referirnos a ella como lo hace Juan, pero esto cuando se trata de su historia responsable. Y cuando así se la ve, hablamos de su responsabilidad según se manifiesta en sus obras. Mas insistamos que es cosa totalmente extraña a la verdad de Dios, referirnos a la Iglesia como si se tratase de una denominación o sistema organizado de cristianos, o de una determinada construcción edilicia. Cuando así lo hacemos, rebajamos el nivel de ella a eso mismo: a un inicuo sistema denominacional, a una organización de hombres, a una construcción edilicia aquí abajo. ¡Jamás la boca de un creyente manche tan noble concepto, dándole una significación que no tiene y privándole de la que sí posee!

R. Guillen