¿VOZ DE DIOS... O VOZ DE HOMBRE?

Categoría de nivel principal o raíz: Estudios Bíblicos
posted by: R Guillen

 

 

¿VOZ DE DIOS... O VOZ DE HOMBRE?

 “Un día señalado, Herodes, vestido de ropas reales, se sen­tó en el tribunal y les arengó. Y el pueblo aclamaba gritando: ¡Voz de Dios, y no de hombre! Al momento un ángel del Señor le hirió, por cuanto no dio la gloria a Dios; y expiró comido de gusanos”(Hechos 12:21-23).

 Todo hombre de fe halla pleno convencimiento de que “nun­ca la profecía fue traída por voluntad humana, sino que los santos hombres de Dios hablaron siendo inspirados por el Espíritu Santo” (2 Pedro 1:21); y que, si bien Dios habló “muchas ve­ces y de muchas maneras en otro tiempo a los padres por los profetas, en estos postreros días nos ha hablado por Hijo” (o “en Hijo” según mejor traducción) (Hebreos 1:1-2). Que la voz de Dios se ha hecho oír, y de una manera especial en y por Jesucris­to, y que ha quedado plasmada en la Palabra Dios, las Santas Escrituras, no guardamos ninguna duda acerca de todo ello. Pe­ro deseamos en esta oportunidad, llevar este asunto a un terre­no práctico que nos pone en ejercicio, a fin de que nuestro oído se agudice y pueda discernir, en nuestra vida diaria, la voz de Dios hablándonos por medio de otros. Y en esta materia, no du­damos que el Señor mismo muchas veces utilice la boca de nues­tros prójimos, para hablarnos y señalarnos su voluntad, así co­mo otras muchas, no lo haga. Y como en esta materia no halla­mos reglas rígidas, ni principios ni métodos que seguir, creemos que el cultivo de la comunión íntima y personal con el Señor, un estado de corazón que sinceramente desee someterse y hacer su voluntad, el juicio propio, la oración, y la meditación perma­nente en su Palabra, es lo que nos permitirá discernir su voz ha­blándonos, y distinguirla respecto de la que aun pareciendo ser-la, no lo es. En esta materia tan personal de las relaciones de un creyente con su Señor, no queremos entrar en muchas conside­raciones de nuestra parte, sino ilustrar lo que venimos diciendo con ejemplos muy instructivos que nos ofrecen las mismas Escri­turas. La diversidad de casos que nos suministra la preciosa Pala­bra de Dios, nos son altamente valiosos, pues de este modo po­demos abrir nuestros pensamientos y corazones a la voz del Se­ñor en las más diversas circunstancias de nuestra vida práctica, ante los variados anhelos de nuestros corazones, y en las encru­cijadas en las que solemos permanecer irresolutos e ignorantes acerca de su voluntad.

Comencemos con el caso de Moisés en Números capítulo nue­ve. Allí observamos que Jehová habla a Moisés en el Sinaí, esta­bleciendo que la pascua debe celebrarse en su tiempo y en su forma; es decir, el decimocuarto día del primer mes, conforme a su rito (Números 9:1-5). Pero enseguida leemos que “hubo algunos que estaban inmundos a causa de muerto, y no pudieron cele­brar la pascua aquel día; y vinieron delante de Moisés y de­lante de Aarón aquel día, y le dijeron aquellos hombres: Noso­tros estamos inmundos por causa de muerto; ¿por qué sere­mos impedidos de ofrecer ofrenda a Jehová a su tiempo en­tre los hijos de Israel? Y Moisés les respondió: Esperad, y oiré lo que ordena Jehová acerca de vosotros. Y Jehová habló a Moisés, diciendo: Habla a los hijos de Israel, diciendo: Cual­quiera de vosotros o de vuestros descendientes, que estuvie­re inmundo por causa de muerto o estuviere de viaje lejos, celebrará la pascua a Jehová. En el mes segundo, a los cator­ce días del mes...” (ver Números 9:1-14). Moisés era el permanente vocero de Dios ante el pueblo, pero ahora se le presentó una si­tuación no contemplada en la ordenanza de la pascua, y sobre la cual ignoraba completamente la voluntad divina. Él, con gran in­tegridad, no da un “no” prohibitivo ni un “sí” compasivo. Él no presume una respuesta de sí, aún cuando haya sido permanen­temente el oráculo de Dios en Israel. Ignora el asunto y no aven­tura ninguna opinión según sus criterios. Él dice a aquellos que no pudieron celebrar la pascua en el primer mes, que esperen que Dios le dé mandamientos sobre la cuestión. Luego, el Señor le da respuesta en cuanto al asunto. Aprendemos entonces, que deberíamos ser sumamente cautos de hablar como oráculo de Dios sobre aquello que no tenemos certeza o que ignoramos. Nuestro criterio personal, por más servidores del Señor que sea­mos y ministerio notable nos acompañe, no es la voz autorizada de Dios. Esperar, orar, depender del Señor, escudriñar su Pala­bra, es lo que conviene cuando ignoramos la voluntad de Dios en un negocio cualquiera. La sinceridad, el reconocimiento de la propia ignorancia y la dependencia de Moisés, libró de errores a otros. Y no solo eso, sino que mantuvo los derechos de Dios a la vez que fue de bendición para los israelitas que no habían podi­do celebrar la pascua en el primer mes.

El caso de Natán y David nos ofrece un interesante contraste con el anterior, y una solemne enseñanza que aprender. “Acon­teció que morando David en su casa, dijo David al profeta Na­tán: He aquí yo habito en casa de cedro, y el arca del pacto de Jehová debajo de cortinas. Y Natán dijo a David: Haz todo lo que está en tu corazón, porque Dios está contigo” (1 Crónicas 17:1­2). David tiene en su corazón levantar una casa para morada de Jehová, y presenta su sentir ante el profeta Natán. El profeta co­mete un error. El hecho de que Dios había estado con David en to­dos sus deseos y propósitos, le condujo a pensar que tal intento era algo conforme a la voluntad de Dios. Pero Natán debe recti­ficarse, pues “en aquella misma noche vino palabra de Dios a Natán, diciendo: Ve y di a David mi siervo: Así ha dicho Jeho­vá: Tú no me edificarás casa en que habite... ¿hablé una pala­bra a alguno de los jueces de Israel... para decirles: ¿Por qué no me edificáis una casa de cedro?” (1 Crónicas 17:3-6). Natán era sin duda un profeta estimado por David, era el oráculo de Dios en el reino, pero sin embargo, su opinión presurosa no era conforme a la voluntad de Dios. Él estimó, según su parecer humano, que porque David tenía su corazón para con Dios y era amado de Dios, Dios mismo sancionaría con toda aprobación el propósito de edificarle casa; mas tal supuesto, era una entera falacia. Por más que los profetas hablen al pueblo de parte de Dios, no es la condición de profeta lo que garantiza que hablemos de parte de Dios. Es necesario ser el oráculo de Dios en la circunstancia con­creta (1 Pedro 4:11). Esto es de suma importancia práctica, pues po­dríamos encontrar como inapelables e infalibles muchas pala­bras y recomendaciones de personas que aparecen como “auto­rizadas” para hablar de parte de Dios, que muchas veces vierten criterios muy personales que para nada tienen que ver con la vo­luntad divina. El hecho desnudo que una opinión venga de una jerarquía religiosa cualquiera, y aun de un personaje prestigio­so, no garantiza que una recomendación o instrucción sea nece­sariamente conforme a la voluntad divina. No estamos diciendo que debamos rechazar de plano cualquier parecer que recibié­semos de otro, o consulta que deseemos realizar a uno que crea­mos autorizado para hablar conforme a la verdad de las Escritu­ras; sino que afirmamos, que es necesario someter todo a nues­tro propio ejercicio delante del Señor, pues es solo nuestra de­pendencia y comunión íntima con Él, lo que nos permitirá en de­finitiva discernir su voluntad para con nosotros, nuestros de­seos, dificultades y decisiones personales.

Otro caso también muy interesante, son las palabras de Jona­tán a David, cuando éste había huido de Saúl. Jonatán, el hijo de Saúl, dijo al David despreciado y perseguido: “No temas, pues no te hallará la mano de Saúl mi padre, y tú reinarás so­bre Israel, y yo seré segundo después de ti; y aun Saúl mi pa­dre así lo sabe” (1 Samuel 23:17). Todas estas palabras dichas por Jona­tán, pueden ser claramente divididas en dos partes muy dife­rentes. En la primera parte, en lo tocante a David, son la perfec­ta expresión de la voluntad de Dios. En realidad expresan el pen­samiento mismo de Dios para con David, según sus propósitos. El hijo de Isaí nunca sería puesto en manos de Saúl, y Dios le con­fiaría el reino sobre Israel. Pero la segunda parte de estas pala­bras, las que Jonatán pronunció respecto a sí mismo (que él se­ría el segundo en el reino), nunca se cumplieron. Por más que Da­vid y Jonatán habían forjado una amistad íntima y eran de un mismo pensamiento y corazón (1 Samuel 18:1,3,4), Jonatán nunca se asoció al David en desprecio sino que regresó junto a su padre. Y por más que la relación de Saúl con su hijo se vio deteriorada a causa de David (1 Samuel 20:30-33; 22:8), ellos, padre e hijo, perma­necieron unidos tal como la endecha de David lo dice: “Saúl y Jonatán, amados y queridos; inseparables en su vida, tampo­co en su muerte fueron separados” (2 Samuel 1:23). Nos interesa es­te pasaje, porque justamente la voz de Dios se hizo oír por la bo­ca de Jonatán, en todo lo que respecta a los propósitos divinos de entregar el reino de Israel a David. Y ello, en circunstancias muy difíciles, cuando justamente David estaba en el desprecio y huía para preservar su vida; y cuando naturalmente el sucesor al trono de Israel, era Jonatán mismo. Jonatán, es en verdad oráculo de Dios para decir lo que en ese momento iba en contra de toda la corriente de las circunstancias. David era un rechaza­do a quien se le perseguía para muerte, el reino estaba en la ca­sa de Saúl, y Jonatán era el heredero natural del trono. En fin, en lo concerniente a David, Jonatán habló la verdad contra toda la evidencia exterior que las circunstancias dictaban, y aun con­tra su propia gloria e interés. Pero lo que siguió a continuación en la boca del hijo de Saúl, era completamente falso. Nunca se cumplió, pues Jonatán permaneció asociado a su padre. Es inte­resante observar entonces, cómo una misma boca puede ser oráculo de Dios hasta cierto punto, y de ahí en más no serlo para nada. El hecho desnudo de que alguien habló en una ocasión siendo la voz misma de Dios, no garantiza que siempre lo sea o en todo lo sea. Tomemos el caso de Pedro, quien fue oráculo divi­no en lo tocante a la persona del Hijo, pero enseguida fue la voz de Satán al intentar quitar la cruz del camino del Señor.“Res­pondiendo Simón Pedro, dijo: Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente. Entonces le respondió Jesús: Bienaventurado eres, Simón, hijo de Jonás, porque no te lo reveló carne ni sangre, sino mi Padre que está en los cielos...Desde entonces comenzó Jesús a declarar a sus discípulos que le era necesa­rio ir a Jerusalén y padecer mucho de los ancianos, de los principales sacerdotes y de los escribas; y ser muerto, y resu­citar al tercer día. Entonces Pedro, tomándolo aparte, co­menzó a reconvenirle, diciendo: Señor, ten compasión de ti; en ninguna manera esto te acontezca. Pero él, volviéndose, dijo a Pedro: ¡Quítate de delante de mí, Satanás!; me eres tro­piezo, porque no pones la mira en las cosas de Dios, sino en las de los hombres” (Mateo 16:16-23).

En otro caso, podemos apreciar cómo un gran número que ex­presa unanimidad de criterios y que toma la posición de ser el le­gítimo oráculo de Dios, en realidad habla bajo un espíritu de mentira. “El rey de Israel reunió a los profetas, como cuatro­cientos hombres, a los cuales dijo: ¿Iré a la guerra contra Ra­mot de Galaad, o la dejaré? Y ellos dijeron: Sube, porque Jehová la entregará en mano del rey” (1 Reyes 22:6). Recuperar es­ta ciudad y territorio de Israel arrebatados por el rey de Siria, pa­recía un noble propósito desde que la vocación de Israel es pose­sionar la herencia que le había sido prometida. Y ello, uniendo las fuerzas de los dos reinos de Israel en una empresa que pare­cía augurar el resurgir de la unidad nacional. Y aun este propósi­to parecía ser promisorio, cuando cuatrocientos profetas presu­men hablar de parte de Jehová, asegurando el éxito en la bata­lla. Pero para nada esto era la voz de Dios. Los falsos profetas ha­cían un gran despliegue y alarde delante de los reyes de Israel y Judá, profetizando, en el nombre de Jehová, el éxito en la em­presa (v. 10-12). Pero frente a estos, el genuino profeta de Jeho­vá, Micaías, profetizó en contra de los cuatrocientos profetas, anunciando la derrota de Israel. Y no solo la derrota de Israel, si­no que además denunció que era un espíritu de mentira el que actuaba en la boca de los otros profetas. “Yo vi a todo Israel es­parcido por los montes, como ovejas que no tienen pastor; y Jehová dijo: Estos no tienen señor; vuélvase cada uno a su ca­sa en paz... Jehová ha puesto espíritu de mentira en la boca de todos tus profetas, y Jehová ha decretado el mal acerca de ti” (ver 1 Reyes 22:17-40). Así, apreciamos cómo muchas veces el consejo de una mayoría que parece autorizada como oráculo de Dios, se halla bajo error. La apariencia y el despliegue del hom­bre con todas sus pompas y promisorios augurios, invocando el mismo nombre del Señor, suele a veces ser una total falacia en la boca de los que parecen autorizados para hablar. La extensa soli­daridad de un conjunto corporativo en el ministerio, suele ser el ámbito donde la verdad es dejada a un lado, sobre todo cuando los profetas buscan hablar lo agradable y promisorio, a la vez que se guardan de toda denuncia acerca del mal y ponen a un la­do la verdad de Dios. La escena de los dos reyes vestidos con sus lujosos atuendos reales, la algarabía de un gozo artificial, y la voz promisoria de los profetas, sin duda que creaba un clima de contagiosa alegría y unidad, que asociaba a dos reinos separa­dos en pos de un propósito que aparecía como sublime de acuer­do a la vocación de Israel: recuperar un trozo de su herencia de las manos de incircuncisos. Mas allí no estaba la voz de Dios. El criterio de todo un conjunto no necesariamente es la voz de Dios.

¿Qué decir del caso del viejo profeta de Bet-el? Un profeta que parecía ser asistido por la experiencia de los años y que ha­bló como si fuera oráculo de Dios, y sin embargo resultó ser un gran engañador. Su mala posición lo asociaba a un culto falso y a falsos principios de adoración, y si bien él mismo nunca se en­tregó a tal adoración, su condición moral no era la de un santo varón de Dios separado de la iniquidad de la idolatría. Por más que él era profeta, un hombre entrado en años que podría inspi­rar confianza, y uno que con gentileza hospeda al profeta de Ju­dá, su intervención fue un lazo y el juicio de muerte para el pro­feta venido del sur. Jehová había dicho a este último: “No co­mas pan, ni bebas agua, ni regreses por el camino que fue­res” (1 Reyes 13:9). Esto era necesario, pues el profeta de Judá no debía expresar ninguna comunión con el lugar de ídolos de Bet­el. Y si bien el profeta de Judá no fue arrastrado por la propues­ta del inicuo Jeroboam, sí lo fue por la gentileza y artero engaño del viejo profeta de Bet-el. “Yo también soy profeta como tú, y un ángel me ha hablado por palabra de Jehová, diciendo: Traéle contigo a tu casa, para que coma pan y beba agua” (1 Reyes 13:18). Así, el falso oráculo neutralizó con su poder engañoso al que era verdadero, y el profeta de Judá cedió a la desobedien­cia para su propio juicio de muerte (ver 1 Reyes capítulo 13). Esto nos enseña, que la autoridad de la Palabra de Dios nunca debe dejar de imperar en nuestra conciencia, por más que un sujeto de bue­nos modales y amoroso trato, de canas que inspiran confianza y que habla como oráculo de Dios, la contradiga. La voz de Dios no está en lo que al hombre suele parecerle recto según sus crite­rios, y lo que los ojos y apariencias muestran, sino en la autori­dad desnuda de su Palabra. La camarería de un profeta con otro, fue de tristes y nefastas consecuencias para el que en ver­dad era fiel.

Pasemos a otro ejemplo que nos es también altamente ins­tructivo, toda vez que compromete al mismo apóstol Pablo, y las voces que se levantan invitándole a judaizar, son justamente la de Jacobo (el hermano el Señor que era considerado columna de la Iglesia en Jerusalén; Gálatas 1:19; 2:9) y la de los ancianos de Jerusalén. Y esto, cuando justamente existía un precedente muy promisorio, pues la Iglesia de Jerusalén había anteriormen­te resuelto, conforme a la preciosa guía del Espíritu Santo, un asunto que minaba las relaciones con los conversos venidos de los gentiles. En aquella ocasión, pudo decirse: “ha parecido bien al Espíritu Santo, y a nosotros, no imponeros ninguna car­ga más que estas cosas necesarias: que os abstengáis de lo sa­crificado a ídolos, de sangre, de ahogado y de fornicación” (ver Hechos 15:1-32). Pero ahora, no vemos semejante caso. El con­sejo de Santiago y los ancianos no fue el más feliz. “Ya ves, her­mano, cuántos millares de judíos hay que han creído; y todos son celosos por la ley. Pero se les ha informado en cuanto a ti, que enseñas a todos los judíos que están entre los gentiles a apostatar de Moisés, diciéndoles que no circunciden a sus hi­jos, ni observen las costumbres. ¿Qué hay, pues? La multitud se reunirá de cierto, porque oirán que has venido. Haz, pues, esto que te decimos: Hay entre nosotros cuatro hombres que tienen obligación de cumplir voto. Tómalos contigo, purifíca­te con ellos, y paga sus gastos para que se rasuren la cabeza; y todos comprenderán que no hay nada de lo que se les informó acerca de ti, sino que tú también andas ordenadamente, guar­dando la ley” (ver Hechos 21:17-36). El consejo y sugerencia de Ja­cobo y los ancianos parecía plausible, pero llevó al apóstol Pa­blo a un terreno extraño a su ministerio, pues su doctrina de la soberana gracia de Dios negaba cualquier virtud por obediencia a la ley y sus ritos (Gálatas 2:3-5,14-16; 4:9-11; 5:1-14; Colosenses 2:16-17). Si lo que Pablo quiso evitar, observando lo que Santiago y los an­cianos indicaron, fue la ofensa a la conciencia escrupulosa de los judíos que habían creído en el Señor, lo que produjo fue jus­tamente lo contrario a lo que quiso evitar: un tremendo alboro­to, escándalo y una gran ofensa al espíritu legalista de los judíos de Jerusalén. Alboroto que casi le cuesta la vida, y que desenca­denará en la pérdida de la libertad del apóstol. Desde entonces, Pablo pasa a ser un preso de Roma. Debemos tener especial cui­dado con seguir consejos de líderes influyentes, que parecen ha­blar de parte de Dios y presentan razones que, a primera vista, parecieran cuerdas y muy convenientes, pero que no están bajo la plena sanción de la Palabra de Dios. Insistamos que hemos de tener gran cautela, con seguir esas sugerencias dadas por algu­nos estimados como “autorizados”, pues su misma desautoriza­ción queda manifiesta en los efectos que traen al seguirlas. Mu­chos procederes aparentemente piadosos, condescendencias que parecieran venir de la caridad, que presagian ser muy efec­tivas para limar asperezas entre creyentes, suelen ser la misma voz del enemigo haciéndonos salir del terreno donde la verdad debe ser sostenida por sobre todo otro interés. La condescen­dencia y los afectos comprometidos en los principios de falsa co­munión y caridad, nos pueden hacer dar pasos falsos que no son según la verdad y la voluntad del Señor.

Otro caso muy llamativo es el del sumo sacerdote Caifás. En él, podemos apreciar cómo la soberanía de Dios puede tomar oportunidad de la posición de un gran líder religioso, y por el Espíritu Santo soplar profecía por la boca de un hombre lleno de odio, orgullo y sed homicida. “Caifás, uno de ellos, sumo sacerdote aquel año, les dijo: Vosotros no sabéis nada; ni pen­sáis que nos conviene que un hombre muera por el pueblo, y no que toda la nación perezca. Esto no lo dijo por sí mismo, si­no que como era el sumo sacerdote aquel año, profetizó que Jesús había de morir por la nación; y no solamente por la na­ción, sino también para congregar en uno a los hijos de Dios que estaban dispersos. Así que, desde aquel día acordaron matarle” (Juan 11:49-53). Aquí, Dios justifica lo dicho por su Espí­ritu, pero de ninguna manera aprueba el estado moral de quien expresó esa palabra. El Espíritu Santo, en su soberanía divina, puede traer profecía por medio de uno que a causa de su espe­cial posición, hace más brillante y oficializa el propósito divino, pero no por esto aprueba el inicuo estado moral de quien ocupa tal posición. La voz de Dios se hizo oír por la boca de Caifás de es­ta manera extraordinaria, mas él para nada era un referente es­piritual para el hombre de fe, y menos aún un modelo moral pa­ra seguir.

En estos tiempos de gran ruina de la cristiandad, cuando mu­chos hablan mucho de lo venido de sus propios criterios, muchas veces sesgados por grandes errores, y ello con una apariencia de verdad y caridad, es necesario más que nunca afinar nuestro dis­cernimiento espiritual en la comprensión de las Escrituras, y cul­tivar la comunión personal con el Señor y la dependencia en ora­ción, para vernos librados de muchas opiniones que parecen ra­zonables y legítimas, pero que no tienen ninguna sanción ni aprobación en la voluntad de Dios y su bendita Palabra. Mas de­seamos aclarar, que para nada queremos apartar el oído de lo que Dios pueda hablarnos por sus ministros; por el contrario, confirmamos esto en todo su lugar y honra. “Las palabras de los sabios son como aguijones; y como clavos hincados son las de los maestros de las congregaciones, dadas por un Pastor” (Eclesiastés 12:11).

Terminamos este artículo, deseando que la gracia de Jesu­cristo nos esmere en cultivar nuestra comunión personal con Él, nos dé constancia en la oración, y ese escudriñar de la inspirada Palabra, que nos haga marchar conforme a su voluntad, aun en medio de la oposición, el desprecio o la incomprensión de otros. Oír y caminar según la voluntad del Señor para nada puede signi­ficar aprobación, buena disposición y sentimientos favorables de parte de los que nos rodean.

“Hazme saber el camino por donde ande, porque a ti he ele­vado mi alma” (Salmo 143:8).

“Te haré entender, y te enseñaré el camino en que debes andar; sobre ti fijaré mis ojos. No seáis como el caballo, o co­mo el mulo, sin entendimiento, que han de ser sujetados con cabestro y con freno, porque si no, no se acercan a ti”(Salmo 32:8-9).

R. Guillen