TERMINOLOGÍA: CONVENCIONAL VERSUS ESCRITURARIA

 Mucha de la confusión que existe en el testimonio cristiano procede de la terminología que los teólogos han aplicado a las sencillas verdades de la Biblia. F. B. Hole dijo una vez que la teología moderna ha tomado muchos de los términos de la Escritura y los ha vaciado de su significado escriturario; luego, ha asignado a esos términos significados de invención humana para apoyar su sistema de teología. Cuando comparamos esas ideas con la Palabra de Dios, veremos qué alejamiento ha habido de la verdad por medio de esas cosas.

    Uno de los ejemplos más evidentes de cómo la terminología convencional ha dado un nuevo significado a un término escriturario es «la iglesia». La mayoría de los cristianos usan este término para referirse a un edificio al que van los cristianos cuando se reúnen para el culto. Cuando se reúnen en el edificio, dicen: «Vamos a la iglesia.» Sin embargo, la Biblia nunca emplea la palabra de esta manera. La Biblia habla de la iglesia (Gr.: ekklesia) como una compañía de redimidos que han sido «llamados afuera» de los judíos y de los gentiles mediante su creencia en el evangelio. Esas personas componen el cuerpo y la esposa de Cristo, y un día reinarán con Él sobre el mundo. La Biblia muestra claramente que la iglesia no es un edificio material, porque dice que Cristo la amó y se dio a sí mismo a la muerte por ella (Efesios. 5:25-26). Desde luego, no lo habría hecho por un mero edificio hecho con manos de hombres. La Palabra de Dios nos dice también que la iglesia se encontraba frecuentemente en casa de alguna persona (Romanos. 16:5; 1 Corintios. 16:19; Col. 4:15; Filemón. 2). Dice que la iglesia tenía oídos para recibir instrucción (Hechos. 11:22, 26); capacidad de discernimiento para conocer la mente del Señor (Hechos. 15:22); y podía orar (Hechos. 12:5), ser saludada (Romanos. 16:5) y ser perseguida (Hechos. 8:1; 1 Corintios. 15:9). Es muy evidente por esas referencias que la iglesia es una compañía de personas salvadas por la gracia de Dios. Un «Ministro» de una denominación local preguntó a una mujer negra de las Pequeñas Antillas que había aprendido algo de la verdad de la iglesia por qué «no iba más a la iglesia». Ella contestó: «La única iglesia de la que leo en la Biblia es la que cayo poniendo los brazos alrededor del cuello de Pablo y le besó. Si eso cayese sobre mí (dijo, señalando al edificio al lado del camino), ¡me mataría!»

    Los cristianos usan también erróneamente este término para describir a una secta en la iglesia. Hablan de ser miembros de una iglesia, cuando en realidad están refiriéndose a su condición de miembros de una secta denominacional (o no denominacional) de la iglesia. La verdad es que la Escritura no conoce otra membresía que la del cuerpo de Cristo. Cada creyente en el Señor Jesucristo es miembro de ese cuerpo (1 Corintios. 12:12, 27).

    También oímos de cristianos refiriéndose a personas «uniéndose a una iglesia», cuando en realidad quieren decir unirse a una secta en la iglesia. A. H. Rule dijo: «La iglesia no es una asociación voluntaria a la que pueden unirse las personas voluntariamente y luego dejarla, como es el caso de las sectas.» La Biblia no nos enseña que debamos «unirnos» a una iglesia. Hay sólo una iglesia en la Biblia: a la misma el Señor (no nosotros) une a las personas cuando creen en Él para salvación (Hechos. 2:47; 5:14; 11:24; 1 Corintios. 6:17). Un hermano que tenía conocimiento de esta verdad respondió, cuando le preguntaron a qué iglesia pertenecía: «¡Yo pertenezco a la iglesia a la que nadie puede unirse!» La persona que preguntaba quedó naturalmente asombrada, y le preguntó: «¿Y cómo consiguen ustedes nuevos miembros?» Él respondió: «Oh, el Señor los une cuando son salvos, pero no pueden unirse voluntariamente.» A lo que podemos y deberíamos «unirnos» es a la comunión de los santos, pero no podemos unirnos a la iglesia (Hechos. 9:26).

    Habrá alguna ocasión en la que alguien preguntará: «¿Quién es la cabeza de vuestra iglesia?» suponiendo que mencionaremos el nombre de algún llamado «Ministro». Sin embargo, la Cabeza de la iglesia de la que habla la Biblia está en el cielo (Colosenses. 1:18). 

    También hemos oído a gente decir: «Nuestra iglesia enseña que …» Sin embargo, la Palabra de Dios desconoce en concepto de que la iglesia enseñe. Esto es puramente una idea humana. Si los hombres constituyen una organización con ciertas doctrinas y credos que se formulan como la norma de su secta, no se equivocarían en un cierto sentido al decir que aquella organización enseña. ¡Pero una organización no es la iglesia! La Biblia nos enseña que la iglesia no enseña, ¡sino más bien que recibe enseñanza! Y esta enseñanza la recibe de aquellas personas dotadas que suscita Cristo, la Cabeza ascendida de la iglesia (Hechos. 11:26).

    Otro ejemplo de la confusa terminología que existe en la Cristiandad lo encontramos en el uso que se hace de la palabra «santo». La mayoría de los cristianos piensan que un santo es una persona que vive o ha vivido una vida ejemplar. Pero la Biblia usa este término para designar a los corintios: a creyentes que estaban señalados por la división y la carnalidad (1 Corintios. 1–4); asociados con males morales (1 Corintios. 5); y había entre ellos algunos que mantenían una falsa doctrina que minaba la base misma del cristianismo (1 Corintios. 15). En todo el Nuevo Testamento no encontramos un grupo de cristianos que anduviese peor, excepto quizá los gálatas. Sin embargo, y a pesar de todos esos fracasos, la Palabra de Dios ¡llama «santos» a los corintios! (1 Corintios. 1:2). Por todo esto queda claro que la Biblia tiene una diferente definición para «santo» que la que la gente usa comúnmente en la actualidad.

    W. Kelly dijo que en las mentes de la mayoría de la gente un santo es algo más que un cristiano, mientras que en realidad ¡un cristiano es más que un santo! Dijo también: «Muchos considerarían extraña mi doctrina, porque consideran que todos los nacionales de estos países son cristianos y a muy pocos en la tierra como santos —quizá a ninguno hasta que llegue al cielo. Pero para mí es más que evidente —nada más cierto— que un cristiano es un santo, ¡y mucho más!»

    La verdad es que todos los cristianos son santos, pero que no todos los santos son cristianos. Un santo es un «santificado». Llega a serlo por el nuevo nacimiento. Ser santificado es ser «apartado» por Dios. Los santificados han sido separados de la masa de la humanidad que se precipita a la destrucción, al recibir una nueva vida (el nuevo nacimiento) de parte de Dios. Consiguientemente, al nacer de nuevo se encuentran entre los que están de camino al cielo. Santificada es lo que es posicionalmente toda persona que posee una nueva vida delante de Dios, con independencia de como pueda andar de forma práctica en su vida.

    Todos los creyentes desde el principio del tiempo son santos. Pero los santos de los tiempos del Antiguo Testamento no eran cristianos. Los creyentes desde Pentecostés hasta el arrebatamiento son los únicos que son designados cristianos en la Biblia. La Escritura no se refiere a Abraham, a Job, a Moisés y a otros santos del Antiguo Testamento como cristianos. Es un término específico que describe a los creyentes hoy. Un cristiano es alguien que cree en la obra consumada de Cristo en la cruz. Ha sido sellado con el Espíritu de Dios que mora en él, mediante el cual ha quedado inseparablemente unido a Cristo, la Cabeza de la iglesia. El lugar y la bendición del cristiano como parte del cuerpo y de la esposa de Cristo es algo distintivamente diferente (al ser celestial) y mucho más grande que aquello que tuvieron los santos de Dios en los tiempos del Antiguo Testamento. Asimismo, aquellos que se volverán al Señor en el venidero período de tribulación de siete años después del arrebatamiento (cuando la iglesia estará en el cielo) no son designados como cristianos, aunque son santos de Dios.

    El espacio no nos permite enumerar todos los varios términos que los cristianos usan hoy de manera errónea. Sin embargo, examinaremos algunos de ellos al ir prosiguiendo con nuestro tema.

 

B. Anstey