ENGAÑOSO Y PERVERSO

Engañoso es el corazón más que todas las cosas, y perverso; ¿quién lo conocerá?” (Jer 17.9). Con este texto de las Santas Escrituras, deseamos iniciar el tema de los afectos humanos y las diversas formas en que éstos, y el sentimentalismo de nuestra propia naturaleza, pueden engañarnos y hacernos marchar en contra de la verdad y la voluntad de Dios; y aun pueden también hacernos tener por ciertos y veraces, principios, ideas, criterios, conductas, formas y doctrinas, que en realidad son completamente erróneos y nocivos para la vida espiritual de un creyente. Y al decir esto, queremos desde un comienzo enfrentarnos con la dura realidad de que en nosotros mismos, en nuestra propia naturaleza humana, opera un principio adámico de error, engaño y perversión, que tuerce los criterios divinos, estima como incorrecta la verdad o ciertas verdades de Dios, y hasta atribuye veracidad divina a cosas que son falsedades absolutas y artificiales maquinaciones del enemigo de las almas. Nos referimos a nuestros propios afectos, a nuestro engañoso corazón, a esos dictados y criterios de los sentimientos y emociones que nos embargan intensamente a la vez que nublan el discernimiento espiritual, llevándonos a un terreno de penumbras en donde es fácil confundir lo falso con lo verdadero, lo malo con lo bueno, lo divino con lo puramente humano y caído.

Cada uno de nosotros, como creyente, puede comprobar cuán difícil es escapar al engaño de los sentimientos y los afectos. Y notemos que en este sentido, las Escrituras, no solo nos advierten sobre el carácter engañoso de nuestro propio corazón, sino que además nos advierten sobre la naturaleza sumamente engañosa de ellos, puesto que en esta materia, no hay otra cosa que pueda serlo más. Ahora no hablaremos tanto de la perversidad de los sentimientos y afectos, sino sobre todo de su carácter engañoso, pues aun cuando ellos puedan ser sinceros, buenos y rectos en nuestra propia estimación, suelen contener la letal y venenosa fascinación que nubla la vista y nos hace ver como bueno y deseable lo que en realidad es una total iniquidad.

“Engañoso es el corazón más que todas las cosas, y perverso; ¿quién lo conocerá?” (Jer 17.9). Uno se pregunta ¿por qué es tan engañoso el corazón, y aun tanto, que no hay cosa que lo sea más que él? Dios que conoce nuestra naturaleza humana, nuestras debilidades y flaquezas, nos advierte cómo la operación del sentimiento, de los afectos, de esa pasión que compromete tan profunda e intensamente nuestro ser moral, es tan idónea para engañarnos, turbar nuestro discernimiento espiritual, y aun anular la autoridad de la Palabra de Dios sobre nuestra conciencia. Sin duda que el asunto tiene que ver con la misma naturaleza de nuestra humanidad, con la flaqueza que le es propia, y que indiscutiblemente queda manifiesta cuando el sentimentalismo nos arrastra y los afectos anulan, o al menos neutralizan, la operación del Espíritu Santo sobre la conciencia. Es difícil que el engaño opere en una conciencia alumbrada y sometida a la Palabra de Dios, pero es sumamente fácil torcer los criterios y la senda de uno que es impulsado por sus propios afectos y sentimientos, aun cuando estos sean sinceros y no contengan ninguna mala intensión. Y si bien demostraremos esto por medio de varios pasajes de las Escrituras, antes de seguir adelante, queremos aclarar algo más sobre el citado texto de Jer. 17.9. Deseamos insistir, advertir y expresar, ese mismo carácter y naturaleza engañosa de los afectos y sentimientos, que puede nublar completamente nuestra conciencia y apagar todo su ejercicio. Como dijimos, la cuestión reside en la flaqueza propia de nuestra humanidad, y la poderosa y cegadora influencia de los afectos para engañarnos y turbar el discernimiento espiritual. Todos podemos comprobar cómo un afecto intenso o sentimiento profundo, compromete de tal forma nuestro ser moral, poseyéndolo de una manera casi tiránica, produciendo profundas impresiones, conmoviendo poderosamente nuestra intimidad, e imponiéndose muchas veces con soberana autoridad sobre nosotros mismos. Los afectos tienen en su naturaleza una capacidad y un efecto muy incisivo y poderoso sobre nuestro ser moral, comprometiéndolo, embargándolo, sometiéndolo de una forma tan intensa, completa y profunda, que muchas veces venimos a ser presa de ellos o poderosamente arrastrados por ellos, anulando el trabajo de Dios en la conciencia. Y lo terriblemente engañoso de nuestros afectos, es que ese impacto tan poderoso, enérgico y profundo en nuestro ser moral, no deja ver lo que se oculta detrás de ellos. El potente impacto que compromete nuestro ser moral y efecto engañoso de los afectos, no está solo en el embargo que éstos generan en nuestro ser interior, sino además en la ceguera que producen para considerar y discernir el mal que se oculta tras ellos, no permitiendo advertir las indeseables consecuencias que siguen. Los afectos no disciplinados ni educados en el ejercicio del juicio propio a la luz de la Palabra de Dios y bajo la guía del Espíritu Santo, son doblemente engañosos, no solo por lo que producen en sí, sino también por lo que ocultan tras sí. Y sin duda que como el enemigo de las almas conoce esta característica y debilidad propia de la humanidad, a menudo obra por estos medios para engañar, atacar y confundir a los creyentes, y anularlos completamente en la vida espiritual, y hacerlos caer en francas y concretas comuniones con el mal. En este orden de cosas, Pablo bien dijo a los corintios: “temo que como la serpiente con su astucia engañó a Eva, vuestros sentidos sean de alguna manera extraviados de la sincera fidelidad a Cristo” (2Co 11.3).

El caso que en la parábola del sembrador representa al que fue sembrado en pedregales, es un interesante ejemplo para observar el terrible engaño de los afectos cuando la conciencia no es alcanzada con la verdad de la Palabra de Dios, y el Espíritu Santo no hace su profundo trabajo en ella. Notemos: “el que fue sembrado en pedregales, éste es el que oye la palabra, y al momento la recibe con gozo; pero no tiene raíz en sí, sino que es de corta duración, pues al venir la aflicción o la persecución por causa de la palabra, luego tropieza” (Mt 13.2021). Hay aquí una rápida recepción de la Palabra “con gozo”, hay expresión de sentimientos, hay afectos comprometidos, pero sin que la conciencia sea alcanzada en el poder del Espíritu. El ojo inexperto, podría acreditar rápidamente una obra divina donde solo hay una emoción pasajera y superficial, o la efusividad de un gozo ostensible que pronto se apaga. El mal no está en el sembrador ni en la semilla, sino en el terreno engañoso de un corazón arrastrado por afectos pero sin trabajo de la conciencia. La ausencia de fruto no se halla en la impericia del sembrador ni en la calidad de la semilla; es decir, no hallamos el fracaso en el Señor ni en su Palabra, sino en el estado de corazón del sembrado. Éste último presentó un engañoso gozo superficial, sin que la Palabra alcanzase la profundidad de la conciencia, y echase raíces allí. El gozo y los sentimientos pueden ser efusivos, intensos y claramente manifiestos, y aun contener lágrimas o algarabía, pero todo eso no es más que una apariencia totalmente engañosa. El Señor nos enseña aquí, a no confiar en los afectos o en los sentimientos como crédito de que su Palabra ha alcanzado en verdad la conciencia y ha producido una obra divina en el sujeto (Mt 13.23).

Tomemos también el caso de Absalón. “Y acontecía que cuando alguno se acercaba para inclinarse a él, él extendía la mano y lo tomaba, y lo besaba. De esta manera hacía con todos los israelitas que venían al rey a juicio; y así robaba Absalón el corazón de los de Israel” (leer 2S 15.26). Absalón tomó ocasión de la especial sensibilidad humana, cuando ésta está exacerbada por la vivencia del sentimiento de injusticia; y entonces, con demostraciones de afectos, se colocaba como uno que desearía hacer toda justicia si fuese juez. Así, con gran astucia ganaba más y más el corazón de Israel. Él, en el abominable engaño y seducción de uno que conoce la sensibilidad del corazón humano, se presentaba como un paladín de lo justo y equitativo a la vez que daba afectos que compraban el corazón. Con paciencia perseveró en este malvado proceder, de modo que al cabo de cuatro años, todo el corazón de Israel iba tras Absalón (2S 15.7,13). Aquí tenemos un homicida sin escrúpulos, lleno de orgullo y codicioso de poder, que se levanta contra su padre, el rey David, para matarle y usurpar el trono. Aquí tenemos uno que con engañosa astucia, esconde toda su pérfida intensión detrás de sentimientos y falsas demostraciones de amor. Absalón es uno que conoce lo que es el corazón humano, y cómo los afectos pueden comprar todo un pueblo mediante astucia. Bajo la influencia de Absalón, la conciencia de Israel cambia. Entonces David, el rey según Dios, es visto como nada ante la imagen de su rebelde hijo. “Un mensajero vino a David, diciendo: El corazón de todo Israel se va tras Absalón” (2S 15.13).

En el terreno de la vida espiritual de un creyente, es posible que podamos hallar tres ámbitos en donde los afectos y el sentimentalismo pueden desviarnos del sincero y recto camino del Señor, engañarnos turbando el discernimiento de la verdad, conducirnos a una errónea y mala asociación, y establecer una comunión totalmente abominable. Hablamos de los engañosos afectos naturales, por un lado; de los engañosos afectos fraternales, por otro; y aun de engaños afectos a Cristo, en un tercer lugar. Nuestros afectos pueden llegar a ser tan engañosos, que tienen la potestad de penetrar en los campos más inesperados e inadvertidos, y a menudo lo hacen entre la familia de la fe, e incluso en nuestra propia relación con Cristo. No es nuestra intensión desanimar. Al decir todo esto, no queremos de ninguna manera afirmar que no existan afectos genuinos y verdaderos en la vida espiritual de un creyente; para nada negamos la existencia de afectos divinos inspirados por el Espíritu Santo. Lo que tratamos ahora, son esos afectos engañosos que perturban sensiblemente la vida del creyente, embotando el discernimiento espiritual y generando una comunión falsa con el mal; y todo ello, en la apariencia de una rectitud según Dios. Y creemos necesario ocuparnos del asunto, por cuanto el engaño está siempre a la puerta y es necesario discernir nuestro propio estado interior frente a las operaciones del mal, a fin de vernos librados de él.

 

EL ENGAÑO EN LOS AFECTOS NATURALES

Dejemos ahora esta introducción para ir de lleno a estos tres terrenos, en donde los afectos pueden manifestar su engañosa y venenosa influencia. Comencemos tratando la operación de los engaños del corazón en los afectos naturales. Citemos Mt. 10.37 y Lc 14.26: “El que ama a padre o madre más que a mí, no es digno de mí; el que ama a hijo o hija más que a mí, no es digno de mí”. “Si alguno viene a mí, y no aborrece a su padre, y madre, y mujer, e hijos, y hermanos, y hermanas, y aun también su propia vida, no puede ser mi discípulo”. Aquí vemos con claridad cómo los afectos naturales, que son plenamente legítimos en su lugar, pueden venir a ser un obstáculo serio y decisivo en el camino del discípulo. Cuando estos afectos naturales gobiernan el corazón, entonces el lugar de Cristo es relegado. El mal no está en la presencia misma de ellos, sino en la falsa operación de ellos. Hablamos de esa falsa operación de los tales, que relega a Cristo y los intereses divinos. No necesariamente que tal cosa signifique apostasía ni el abandono de la fe, pero sí una relegación completa de los intereses divinos y del amor que reclama el mismo Señor. Si en el escenario moral de mi vida doy toda prioridad a estos afectos naturales, y busco por sobre toda otra cosa la satisfacción de los mismos, evidentemente que estoy “aborreciendo” a Cristo. Como muchas veces se lo ha citado, el caso de Bernabé y su sobrino Marcos, muestra bien este asunto en el terreno de la obra de Dios. Pablo y Bernabé se disponen a comenzar el segundo viaje a los gentiles, y entonces “Bernabé quería que llevasen consigo a Juan, el que tenía por sobrenombre Marcos; pero a Pablo no le parecía bien llevar consigo al que se había apartado de ellos desde Panfilia, y no había ido con ellos a la obra. Y hubo tal desacuerdo entre ellos, que se separaron el uno del otro; Bernabé, tomando a Marcos, navegó a Chipre, y Pablo, escogiendo a Silas, salió encomendado por los hermanos a la gracia del Señor, y pasó por Siria y Cilicia, confirmando a las iglesias” (Hch. 153741). La simple lectura de este pasaje, nos muestra cómo Bernabé, bajo la influencia de los afectos naturales, quería llevar a la obra de Dios al que justamente la había abandonado, mostrando entonces su ineptitud para ella. La influencia de los afectos naturales produjo en Bernabé una falsa adhesión a su sobrino (Col 4.10), y una tenacidad de propósito que no era según Dios. Bernabé termina uniéndose al objeto de sus afectos (su sobrino), separándose de Pablo y viajando a Chipre, pero nunca más el Espíritu Santo se ocupa de él en el relato del libro de los Hechos. En tanto que Pablo proseguirá ocupando el escenario de la obra de Dios en el mundo gentil, Bernabé ni siquiera vuelve a ser mencionado en ella. Evidencia irrefutable de cómo los afectos naturales pueden en verdad desviarnos de la obra de Dios, cuando seguimos la inclinación de ellos y no la dirección del Espíritu Santo. Y lo más admirable de todo, es que el mismo Marcos vendrá, con el tiempo a ser un servidor útil al apóstol (2Tm 4.11; Col 4.10; Fl 2324), mientras que Bernabé seguirá completamente silenciado por el Espíritu.

Otro ejemplo instructivo en el asunto, es considerar cómo los afectos naturales del sumo sacerdote Elí, generaron la ausencia de una eficaz disciplina correctiva sobre sus impíos hijos Ofni y Finees. Cosa que ofendió a Dios de tal manera, que trajo grande juicio y ruina sobre el sacerdocio (1S 2.124.22).

 

ELENGAÑO EN LOS AFECTOS HACIA CRISTO

En un segundo orden, mencionamos el nocivo engaño que los afectos pueden producir en las relaciones fraternales, o en las relaciones entre los consiervos del Señor, pero dejaremos este punto para el final, pues queremos explayarnos en él de una manera especial. Ahora tomaremos el tercer asunto: el engaño que puede manifestarse aun en los afectos hacia Cristo. Uno podría quedar completamente asombrado al considerar la sola posibilidad de que hay sentimientos y afectos engañosos, cuando el objeto de ellos es Cristo mismo. Pero hay, tristemente, ocasiones que en verdad es así. Y ello no hace más que confirmar el carácter engañoso y perverso del corazón humano, que puede generar falsos afectos ante los objetos más legítimos, preciados y santos. El mal no está aquí en el objeto amado, sino en el corazón del hombre que compromete afectos y sentimientos erróneos, y aun perversos, hacia ese objeto. El pasaje muchas veces citado en este terreno, es el que tenemos en Mt 16.2123. “Desde entonces comenzó Jesús a declarar a sus discípulos que le era necesario ir a Jerusalén y padecer mucho de los ancianos, de los principales sacerdotes y de los escribas; y ser muerto, y resucitar al tercer día. Entonces Pedro, tomándolo aparte, comenzó a reconvenirle, diciendo: Señor, ten compasión de ti; en ninguna manera esto te acontezca. Pero él, volviéndose, dijo a Pedro: ¡Quítate de delante de mí, Satanás!; Me eres tropiezo, porque no pones la mira en las cosas de Dios, sino en las de los hombres”. Aquí apreciamos una compasión, unos sentimientos de piedad de Pedro hacia el Señor, que, aunque llenos de una gran simpatía y sinceridad, escondían una terrible trampa y tropiezo de Satanás: pretender que el Señor no subiese a la cruz o fuese desviado de su camino de obediencia a ella. Nadie se atrevería a dudar de la buena intensión de Pedro, pero sin embargo sus afectos que pretendían resguardar al Señor de sufrimientos y de la ignominiosa cruz, no eran otra cosa que un insuflo del mismo Satanás en su pretensión de impedir la redención. No dudamos de la sinceridad de los afectos de Pedro, pero tampoco dudamos del error y engaño de ellos. Aprendemos entonces, cómo muchas veces afectos aparentemente espirituales en verdad son puramente carnales y humanos, y pueden constituir una verdadera piedra de tropiezo, y pueden ser una certera operación de Satán en su esfuerzo de llevar a la desobediencia y desviar de los caminos de la voluntad de Dios. Y en tal sentido, no debemos pensar que sólo Pedro tuvo este desatino, sino que cualquiera de nosotros podemos caer en lo mismo o algo semejante, cuando nuestro hombre natural se entromete en los asuntos de la obra de Dios y de los intereses de Cristo, para manifestar una falsa piedad según el sentir y los pensamientos del hombre adámico; y ello, en viva oposición a los caminos y propósitos de Dios. Por ejemplo, Saúl tuvo una falsa piedad hacia Dios, cuando perdonó muchas cosas del anatema de Amalec, bajo el criterio equivocado de que eran para presentar una ofrenda a Jehová (leer 1S. cap. 15). Muchos sentimientos y afectos que nos mueven bajo el supuesto interés de que es para Dios o de acuerdo a los intereses de Dios, en verdad no hacen otra cosa que ofender a ese Dios que se dice y pretende honrar. Y notemos cómo muchas veces tras afectos engañosos que pretenden honrar a Dios, está escondida justamente la desobediencia flagrante a la Palabra de ese mismo Dios. La comunicación divina había sido clara para Saúl, debía aniquilar completamente todo Amalec, y ello incluía tanto Amalec como todo lo que es de Amalec, pues había sido declarado maldito. Pero Saúl, arrastrado por su corazón engañoso, pretendió honrar a Dios con su desobediencia. Igualmente, había sido clara la revelación del Señor, acerca de la necesidad de que Él padeciera, muriese y resucitase; pero notemos cómo los afectos de Pedro resisten esta Palabra del Señor, a causa de una falsa piedad, un falso amor que viene de nuestro hombre adámico y es inspirado por Satán. Un falso amor que ofende al Dios que ha dado claramente a entender su voluntad. La primera vez que David pretendió traer el arca, lo hizo con sentimientos sinceros a su Dios, pero en desobediencia. Los afectos que pretenden honrar a Dios sin el sometimiento a la voluntad de Dios, sin que la conciencia adhiera a la autoridad de su Palabra, son verdaderamente una engañosa perversión del corazón caído. Podríamos multiplicar los ejemplos, pero estimamos que estos nos bastan. No nos engañemos, los afectos y el sentimentalismo del caído hombre religioso adámico, turban el discernimiento espiritual a la vez que suelen ser una positiva rebelión y resistencia a la voluntad divina expresada por la Palabra. Así, el hombre se engaña a sí mismo, pretendiendo cumplir una gran obra para el Señor cuando en verdad pudiera ser la más inicua desobediencia. La seguridad no está en lo que me dicen mis afectos, sino en lo que dice la Palabra de Dios.

 

EL ENGAÑO EN LOS AFECTOS FRATERNALES

Hemos dejado para el final el tema del engaño que los afectos pueden producir a nivel fraterno, o entre consiervos en el cumplimiento del ministerio, pues creemos que es un peligro al que estamos expuestos en la actualidad de una manera especial. Para ilustrar este punto, queremos acudir al caso del profeta de Judá y el viejo profeta de Betel, según el relato de 1R. cap. 13; el cual pedimos que el lector considere detalladamente. Hagamos un breve repaso de las circunstancias y del escenario en que se desarrolla esta historia. Tras la división de Israel en dos reinos, Jeroboam, temiendo que los israelitas que subiesen a sacrificar a la casa de Jehová en Jerusalén, se volviesen nuevamente al cetro de la casa de David, estableció todo un sistema falso de culto unido a la idolatría (1R 12.2533). Uno de los becerros y falsos altares que levantó Jeroboam, estaba en Betel; y allí sacrificaba. Dios envió un profeta desde Judá, donde permanecía el centro de adoración genuino, a profetizar contra el altar de Betel y anunciar su futura contaminación, pues sería hecho inmundo al quemarse sobre él huesos humanos (13.2). Una poderosa señal confirmó que lo anunciado por el profeta era Palabra de Jehová, pues el altar inmediatamente se quebró y se desparramó la ceniza que había sobre él, tal como el varón de Dios lo acababa de afirmar (v. 3). Jeroboam, el rey norteño, extendió su mano ordenando que el profeta fuese prendido, pero ésta se le secó; y solo por la oración del varón de Dios, la mano se le restauró. Ante tales poderosas demostraciones de poder divino, Jeroboam quiso honrar al profeta, pero sin cambiar su corazón en cuanto a todo el sistema de religión que inicuamente había establecido, invitándole a su casa para comer y darle un presente (v. 7). “Pero el varón de Dios dijo al rey: Aunque me dieras la mitad de tu casa, no iría contigo, ni comería pan ni bebería agua en este lugar. Porque así me está ordenado por palabra de Jehová, diciendo: No comas pan, ni bebas agua, ni regreses por el camino que fueres” (v. 89). Es importante captar el solemne principio que hayamos aquí, pues es la llave para entender todo este interesantísimo episodio. El profeta de Judá había sido llamado a profetizar contra el falso altar y sistema religioso de Jeroboam, y no a expresar comunión con él. Por lo tanto, el mensajero divino debía guardarse de toda expresión de comunión con aquel lugar, que había sido establecido como el centro mismo de todo un sistema de falso e inicuo culto, de invención humana e idolatría, levantado en viva oposición a Dios y la genuina adoración en el templo. Y es de una importancia capital para nosotros, observar que en ese sitio el profeta de Judá tuvo dos encuentros: uno con el rey, y otro con el viejo profeta de Betel. Él no sucumbió ni cedió ante el rey en lo que respecta a expresar comunión con aquel inicuo lugar, pero sí ante el viejo profeta de Betel. Ante el monarca mostró ser el canal más idóneo para presentar su profecía judicial, mostró toda integridad para despreciar todo bien terrenal y riquezas con que podría ser honrado, y mostró obediencia a Dios al rechazar toda comunión, agasajo y banquete. Mas tristemente, sí sucumbió ante las manifestaciones engañosas de afecto de uno que como él, era profeta; pero evidentemente, un profeta en un estado moral caído. Aprendemos mucho aquí, pues en la imagen del viejo profeta de Betel hallamos todo lo que pudiere hacer torcer un corazón sincero para con Dios, por medio de esa confraternidad, cortesía y afectos de profeta a profeta.

“Moraba entonces en Betel un viejo profeta...” (v. 11). Éste, al saber del profeta de Judá, fue tras él, y por medio de mentira, afirmando haber recibido una supuesta profecía de parte de un ángel, le hizo volver y comer pan en su casa y beber agua (v. 19). En otras palabras, le hizo hacer justamente lo que la Palabra de Dios le había prohibido que hiciese (v. 9,17). Tanto el rey como el viejo profeta de Betel, propusieron lo mismo al profeta de Judá: comer con ellos en aquel lugar de ídolos y falsa religión; pero el varón de Dios no cayó por la invitación del rey, pero sí por la del viejo profeta de Betel. Esto nos enseña cómo muchas veces una demostración de afectos puede constituir una gran trampa en el camino de la obediencia a Dios, sobre todo cuando estos provienen de la supuesta confraternidad de aquellos que, de una u otra forma, aparecen como servidores del Señor. Había posiblemente tres cosas engañosas en el viejo profeta de Betel. La primera, quizás sea el porte reverente de sus años, sus honorables canas, el tono solemne de uno que en un tiempo anterior pudo haber sido oráculo de Dios. En segundo lugar, podemos ver su diligencia en la hospitalidad y su conducta afectuosa y deferente. Él monta su asno, sigue tras el varón de Dios, le invita amable y afectuosamente a una comida de comunión en su propia casa. Los afectos pudieron tener toda su oportunidad; las palabras y conducta cariñosa invitaron a una falsa confianza, basada en toda una apariencia de sinceros sentimientos. En tercer lugar, su identificación como uno igual y consiervo, munido de un supuesto genuino ministerio divino, apoyaron también esa falsa confianza. “Yo también soy profeta como tú, y un ángel me ha hablado por palabra de Jehová, diciendo: Tráele contigo a tu casa, para que coma pan y beba agua” (v. 18). Conocemos las tristes consecuencias de este engaño, por el cual el profeta de Judá desobedeció la voz de Dios, y entonces recibió la disciplina del gobierno divino: fue muerto por un león. Esto nos hace meditar sobre lo terriblemente engañoso de los afectos, y sobre todo, cuando éstos provienen de uno que por sus años en las cosas del Señor, asume un porte respetuoso y solemne; de uno que es amable y diligente, pronto para compartir una comida y beber junto a sus invitados dando muestras de cariño y hospitalidad; de uno que también dirime la Palabra de Dios y habla como boca y oráculo de Dios. Y sin duda que todos estos elementos, hicieron aun más engañosa la operación del enemigo. Insistamos en el hecho de que el propósito del rey Jeroboam fue el mismo que el del viejo profeta, y sin duda era el mismo propósito de Satanás: hacer que el profeta de Judá comiese y expresase comunión con aquel sitio de abominable iniquidad e idolatría, levantado voluntariamente contra el lugar del genuino culto en Jerusalén. Ambos marcharon juntos en este propósito, pero mientras el rey no pudo mover la desobediencia por codicia, el viejo profeta lo hizo por afectos de un profeta a otro profeta, y por una pretendida revelación de Dios por sobre la revelación de Dios.

Al llegar aquí, queremos decir que hay tres cosas en que se fió el profeta de Judá, que nunca deberían ser el criterio para establecer una comunión; así como hay tres cosas que siempre deberían serlo. Expliquemos un poco esto. Comencemos por los tres principios falsos en los que erróneamente se confió el profeta de Judá: los pretendidos afectos fraternos y una notable amabilidad que compra el corazón; la solemne apariencia de uno que por sus años y canas, inspira respeto (pero sin haber tomado una posición de separación con el mal); y la pretendida condición de ser el oráculo divino con una sobreautoridad para determinar qué es lo que en definitiva dice la Palabra de Dios. Estas tres cosas, sobre todo cuando se reúnen en una sola persona, pueden venir a ser engañosas en extremo e inspirar una grande pero falsa confianza. Pero a la vez, hay otras tres cosas en las que el viejo profeta de Betel no puede engañar a nadie: su posición ambigua en cuanto al terreno genuino de la verdad, la evidencia del gobierno de Dios en su casa, y la contradicción en su pretendida condición de oráculo de Dios. Y notaremos al meditar cada uno de estos últimos puntos, que para discernir y advertir su presencia es necesario una conciencia ejercitada en la verdad de Dios más que un corazón sensible a los afectos. En la medida que el sentimentalismo y los afectos nos gobiernan por sobre el poder de la autoridad de la Palabra de Dios imperando en la conciencia, seremos más propensos a ser engañados por los falsos profetas y ministerios erróneos de hombres. En la medida que el afecto prime sobre la conciencia, corremos el terrible peligro de no advertir aquello que se esconde detrás de un trato amable, de afectos que compran, de declaraciones hipócritas de un amor que no existe, de formas altamente respetuosas, y hasta de canas y un aspecto exterior de espiritualidad que inspira confianza. El engaño de los afectos siempre oculta de nuestra vista aquello que se esconde detrás de ellos.

Sigamos ahora adelante, para detallar cada uno de estos tres elementos que hemos mencionado, y que nunca hubiesen perturbado una conciencia iluminada y gobernada por el poderoso testimonio de la Palabra de Dios. En primer lugar mencionamos la posición ambigua en cuanto al testimonio y la verdad de Dios, que caracterizaba al viejo profeta de Betel. Si nosotros analizamos su caso, observaremos algo interesante que define su posición más por lo que no dice que por lo que dice. Él no había entrado en la disputa sobre cuál era el altar genuino, ni si el verdadero culto era el del templo de Jerusalén o el instaurado por Jeroboam en Betel. Él, no había ido al sacrificio de Betel, pero tampoco subía a adorar a Jerusalén. Él, en ningún momento justificó, pero tampoco condenó, el falso altar de Betel. Así como no reivindicó como genuino el altar de Jerusalén, tampoco lo hizo con el de Betel. Se trata de un hombre no comprometido con la verdad. Su posición es ambigua en cuanto a la verdad de Dios y el lugar divino del testimonio de Dios. Él, lo único que reivindicó es su condición personal de profeta; o sea, su autoridad para ser oído como oráculo de Dios. ¡Terrible estado! Un estado que hoy se ve mucho en la cristiandad: enseñanza liviana no comprometida con la verdad, silenciamiento voluntario de muchos aspectos esenciales de la verdad, a la vez que se pretende una posición, un cargo, un reconocimiento de ser un gran ministro de la verdad. Se trata de esa posición ambigua que si bien no ataca la verdad, tampoco la reivindica. No se ataca el error y la iniquidad, sino que se ignora el mal bajo una falsa actitud de estar por sobre él. En definitiva, esta clase despliega un ministerio que reivindica la propia posición, o mejor, la pretendida posición de ser un gran “profeta”, “doctor”, “ministro”, “misionero”, “pastor”, “apóstol”, etc., que proclama supuestamente la verdad de Dios, pero que en realidad no existe para nada la franca y concreta reivindicación de tal verdad. Es una actitud relajada y permisiva que diluye toda separación de con el mal. Notemos que si bien el viejo profeta de Betel no estuvo en el sacrificio del falso altar, sí lo hicieron sus hijos (v. 1112). Su posición y enseñanza era la de esa ambigüedad tolerante, que en tanto su condición de profeta fuese guardada y reconocida, lo demás no le importaba, aun cuando eso que no le importaba fuese la misma verdad de Dios y la participación de los suyos en un altar idólatra.

A la posición ambigua, hay que agregar un segundo elemento que desenmascara la condición moral del viejo profeta. Nos referimos a las claras manifestaciones del gobierno de Dios en su casa. Y en este sentido, notaremos que aunque él mismo no participó del sacrificio en el altar de Jeroboam, su casa mantenía evidente comunión con este mismo altar. En este sentido, advirtamos el abismal contraste que nos ofrece el caso de Cornelio. Leemos en Hch. 10.2, que este centurión era “piadoso y temeroso de Dios con toda su casa”. Es indiscutible la conexión directa entre la piedad de Cornelio, la cabeza de su casa, y la piedad de su casa misma. Es un principio sumamente claro del gobierno de Dios, el hecho de que la piedad de la cabeza familiar se reproduce fielmente en su mismo hogar. Encontramos esta verdad, de enorme importancia, a través de todas las Escrituras, y nos es bien conocida bajo la expresión: “Tú y tu casa” (Gn 7.1; 18.1719; Hch 11.1314; 16.31; etc). El reflejo del gobierno de Dios en una casa, expresa indudablemente el estado moral de la cabeza de esa casa. Y es por eso que las Escrituras establecen como condición para el obispo: “que gobierne bien su casa, que tenga a sus hijos en sujeción con toda honestidad (pues el que no sabe gobernar su propia casa, ¿cómo cuidará de la iglesia de Dios?)” (1Tm 3.45). Es de la mayor importancia este principio, pues Dios, en su sabiduría, conoce bien que uno que ha fracasado en la piedad de su hogar, va a reproducir los mismos males de su casa en el pueblo de Dios. Si en mi casa particular, si en mi esfera doméstica, reina la anarquía y el relajamiento, yo, si ocupo un lugar eminente en la obra de Dios, introduciré los mismos principios malos en la casa de Dios. El mal que yo no supe refrenar o introduje en mi casa lo repetiré en la casa de Dios, pues no se trata tanto del ámbito en que el mal opera sino del principio moral por el cual opera ese mal. Y notemos que es justamente en este punto, donde el viejo profeta de Betel no puede resistir la prueba. ¿Cómo supo él acerca de la venida y la profecía del profeta de Judá? ¡Porque sus hijos estaban en el sacrificio del altar idólatra de Betel, formando parte de esa nefasta comunión! (v. 11 y 12). Y preguntémonos, ¿a qué comunión condujo el viejo profeta de Betel al de Judá? ¡Exactamente a la misma! El primero llevó al segundo a expresar la misma comunión que sus relajados hijos; esa comunión que Dios aborrecía. El gobierno de Dios en una casa y sus consecuencias, no puede dejar de ser una referencia que ponga de manifiesto el estado de quien pretende un lugar en la obra de Dios. Esto, porque el mal o el bien de la esfera doméstica y la comunión que la alienta, se reproducirá en aquellos que están bajo el ministerio del obrero que de él es cabeza.

Observemos ahora el tercer punto. Las mismas palabras del viejo profeta de Betel, demostraron la falsedad de su ministerio. Él dijo haber recibido por un ángel un mensaje de Dios, que contradecía y pretendía reemplazar el mensaje divino ya dado al profeta de Judá. Este último afirmó: “por palabra de Dios me ha sido dicho: No comas pan ni bebas agua allí” (v. 17 y 9); en tanto que aquel dijo: “un ángel me ha hablado por palabra de Jehová, diciendo: Tráele contigo a tu casa, para que coma pan y beba agua” (v. 18). Notemos qué importante es discernir el principio que hallamos aquí, pues se trata de un ministerio acompañado de un espíritu de error, que por medio de afectos, una apariencia respetable y reverente, y por una condición distinguida como administrador de la verdad divina, es capaz de neutralizar la verdad y la autoridad de la Palabra de Dios en la conciencia de otro. El viejo profeta no negó que Dios hubiese dicho lo que le dijo al profeta de Judá, sino que él se presentó como en un terreno superior, donde lo dicho por Jehová perdía su efecto para dar lugar a una nueva revelación otorgada a él, que dejaba atrás la anterior. Es el principio que relaja el valor y la autoridad de la verdad de Dios y de su divina Palabra sobre la conciencia, para suplantarla por un criterio distinto y opuesto. Es un principio verdaderamente nefasto que, a la vez que relaja la verdad propicia la comunión con la iniquidad. Y esto, se hace sin negar frontalmente la verdad de Dios; y por ello es tanto más engañoso. Y tristemente tenemos que admitir, que hoy se observa en la cristiandad este tipo de ministerio, en donde el valor y autoridad de la verdad revelada, es relajado con el claro y deliberado propósito de generar una holgura tal, que haya libertad para que pueda realizarse la comunión con el mal. Así, el profeta de Judá que denunció el inicuo altar de Betel y profetizó juicio contra él, terminó expresando comunión con el mismo mal por él denunciado. Y todo ello, por la intervención engañosa de un viejo profeta que pudo inspirarle confianza, ya por su porte reverente, ya por su caluroso y afectuoso recibimiento, ya por su hospitalidad y comunión en una comida. Los recursos del engaño fueron triples, pero también había un triple testimonio divino por el que podía leerse la iniquidad del viejo profeta de Betel, y podía descubrirse lo que había detrás de sus falsos afectos.

¡Oh amado hermano! Quiera el Señor darnos la suficiente sabiduría para no dejarnos engañar por falsos afectos, vengan estos afectos de donde vengan. Quiera Él darnos la gracia de discernir lo que hay detrás de ellos; quiera Él mostrarnos esa inicua conducta que, por ellos, inyecta un venenoso ministerio que relaja el valor de la verdad sobre la conciencia, relaja la separación de con el mundo profano y de con el mundo religioso, y propicia una comunión falsa con principios mundanales y malos principios religiosos.